Loading...

EL SECRETO DE LA TRITONA

Manuel Pinomontano

5


Fragmento

De Cádiz

DE CÁDIZ

La Paca decía que a las mujeres que disponen de su cuerpo los hombres las llaman putas, a las que disponen de sus ideas, las llaman locas, y a las que disponen de su alma, las llaman brujas. Yo no dispuse de nada. De mí, en cambio, dispusieron a su antojo muchos años, hasta que un día me cansé y aprendí a ser como ella. A partir de ese día ningún hombre me diría a mí que dos y dos son cuatro.

No sé qué te habrán contado de tu abuela Gregoria, ni cuál de los sambenitos me ponen o si me los cuelgan todos a la vez. Puta, loca o bruja, lo mismo me da, porque ser una pirata, Rosario, deja todo lo demás en enaguas. Nací en Cádiz, según dicen mis papeles, el 3 de abril del año de 1739, mi madre tenía entonces dieciséis años y estaba muy perdida, me dio a luz donde pudo, gracias a Dios en una casa de arrepentidas, el hospitalillo que hay al lado de la iglesia de la Conversión de San Pablo. Allí me bautizaron, me dijo ella, a pesar de que la pobre no tenía ni pa pipas y el cura no quería hacerlo, porque mi madre no solo no tenía ni un real que darle, sino que además no estaba casada por la Iglesia, y él quería que me diera en amparo a un matrimonio como Dios manda. Pero también me contó que la monja comadrona que la atendió en el parto me cogió cariño y se empeñó en que yo fuera cristiana allí mismito y en que me quedase con la que me parió, diciéndole al padre de todo: que si una niña tan rubita y con esos ojos no puede ser una pagana sino hija de María, que si con esa cara de querubín un sacerdote cabal no tenía más remedio que bautizarme o no hacerlo sí que sería un pecado y de los gordos, y que si no se podía dejar, de ninguna de las maneras, a una niña tan preciosísima sin la Gracia de Dios. Así que le armó al cura la de «Dios es Cristo», y el beato no tuvo más remedio que bautizarme. Esa monja era de las mías, hija. Como ves ya llegué a este mundo armando escándalo, provocando trifulca, como la mayor parte de mi vida por mucho que tratara de evitarlo, no me extraña nada de lo que me pasó, porque, aunque quise ser yo buena y recatada, cuando la suerte está echada lo que ha de ser, será.

Últimamente pienso mucho en la ciudad que me vio crecer, será porque al hacerme vieja me dan ganas de ser niña de nuevo, de vivir otra vez aquellos primeros años. Me acuerdo de Cádiz, de sus esquinas y sus plazas, de la playa de la Caleta, donde jugaba a coger burgajos y berdigones con mi hermana Micaela cuando la marea estaba baja, o la de Puntales, a la que iba siempre por Navidad con mi madre a comprar de las pateras los tapaculos, las acedías, las pijotas y los boquerones.

Cuando me encuentro sobre la cubierta de este hermoso navío, como hace un momento antes de meterme en la cabina a escribir mis confesiones, con el barco fondeado en algún islote del mar de los Caribes, abasteciéndonos de agua dulce de algún riachuelo, y veo a las gaviotas sobrevolar el galeón en busca de los despojos de pescado que el grumete tira por sotavento, se me hace un nudo en la garganta viendo su libertad, me pongo a pensar en Cádiz, cierro los ojos y me imagino que me convierto en una de aquellas aves, que Dios me concede ese deseo y que vuelo y vuelo hasta llegar allí, atravesando el océano que tantas veces he cruzado en la Tritona. Con los ojos cerrados veo sus playas de arena fina, arropando las murallas de la vieja ciudad, hasta me figuro que oigo un vigía que desde una torre mirador da el grito de «nave a la vista» cuando llega a la bahía una fragata de las Antillas o un galeón repleto de mercadurías, y puedo sentir el céfiro que me trae el sonido de las campanas de la catedral repicando para misa de doce y el bullicio del mercado, huelo el mar de algas que se retira de la playa mezclado con el olor de un naranjo que comienza a abrir su azahar en algún jardín cercano y hasta observo cómo un criado de librea prende con meticulosa precaución los velones en la fachada de una casa solariega y les coloca unos briseros para que no los apague el relente de la noche, mientras una trémula ciudad lejana, que solo existe en mis pulsos, se hace real por un babor imaginario.

Tú no conoces Cádiz todavía, ya sé. Espero que vayas alguna vez, hija, porque las raíces de uno son importantes y en Cádiz están tus raíces, de las que menos te han hablado, supongo, porque nadie te hablará de mí; quizá tu aya yucateca te contó de tu abuela, quizá no la dejaron. No sé si el antiguo casco de la hacienda en la que naciste te habló en las noches de embrujo de tu abuela Gregoria, cuando los atabales de los esclavos y sus jaranas te despiertan a lo lejos tocando por la velaíta de San Juan y puedes ver las lomas lejanas a la luz de la luna menguante, o si ese viejo y gigantesco galápago que yo sé que sigue pululando por el jardín de Pirules te ha contado de mí y de que yo lo traje en la nao de tierras lejanas, o la vereda que sigue el acueducto hasta la ribera te haya chismorreado de mis paseos a caballo, cuando quería ver los límites de las tierras que me aprisionaban y si existía alguna posibilidad de salir de ellos, como ahora pienso en salir de este galeón por arte de magia convertida en gaviota, sabiendo que ya me queda poco para poder hacerlo, porque algún día de estos alguno de mis achaques me llevará para el otro barrio, si Dios lo permite.

Pero, hija, si no te han hablado de mí, yo voy a hacerlo. No porque quiera la inmortalidad de mis recuerdos en la memoria de aquella nieta que tuve y no me dejaron tener, ni porque desee vengarme de los que cerraron toda evocación de mi presencia en tu vida, escandalizándote con algunas cosillas que, no debiera, pero voy a contarte; sino porque tener una abuela es el derecho de cualquier nieta, y tener a su nieta es el derecho de las abuelas, y ni siquiera los padres que te dieron vida y a los que debes obediencia y respeto tienen la dispensa para quitarnos la una a la otra, por muy filibustera que yo haya sido y el cuantísimo precio que le haya puesto Carlos III y el Papa de Roma a mi cabeza, sin saber siquiera de quién es esa cabeza que buscan y, sobre todo, por muchas ideas disparatadas que a tu padre, mi hijo primogénito, se le hayan pasado por la cabeza, como esa que tiene entre ceja y ceja de que yo he sido de siempre la querida del capitán Bocachica, el capitán que gobierna la Tritona. Además, Rosario, te cuento todo esto porque quiero influenciarte. Sí, quiero influenciarte como buena abuela que soy, es lo justo: las abuelas estamos para influenciar a los nietos. Quiero terciar para que leas los libros de los hombres y no las pamplinas de libros que tienen destinados ellos para nosotras, para que entiendas cómo los escritos pueden transformar a una mujer, cómo me transformaron a mí, para que te ilustres y seas una mujer de bien y de razón, para que no te asustes de la vida ni vivas acoquinada como muchas mujeres viven.

Te voy a contar mi historia, donde hay mucho de bueno y donde hay mucho de malo, así es la de todos, aunque te quieran decir lo contrario, pero sobre todo te cuento esto pa que sepas que los itinerarios son muchos, las rutas las hay a montones, son cientos de cartas de navegación donde escoger ese rumbo, lo único que hay que comprender es que, en un galeón, como en esta vida, para que uno sepa adónde va tiene que recordar de dónde viene.

Tu abuela Gregoria, la pichelingue, te querrá siempre; hasta cuando me vaya de este mundo, desde dondequiera que esté, te estaré guardando el barlovento con mis cañones de amor, cualquiera que sea el derrotero que tú escojas. Una deriva que debes elegir por propia voluntad y no por el empeño de los hombres que tienes a tu lado.

Como te dije, tienes que ir a Cádiz en cuanto puedas, te enamorarás de ella. Y digo de ella porque Cádiz es mujer, eso lo tengo claro. Es seductora y sirena, galantea con el mar, se pasa las horas bailando con él, dejándose piropear por sus olas, extendiendo el mantoncillo de su arena a la vera del agua para que el mar la desvista y la corteje, vive su amorío con el Atlántico desde hace siglos, lo deja entrar en su bahía como yo dejaba entrar en mis adentros los besos de tu abuelo.

En sus tabernas se cantan los mejores tangos, las habaneras más dulces y las tarantas más tristes, hasta vienen los marineros de otros puertos a cantar fandangos de Huelva y seguidillas de Sevilla, porque allí la noche es más tibia y la madrugada más larga. Las guitarras se mezclan con el ruido del levante golpeando los postigos de las ventanas, el vinillo de Sanlúcar corre como chorro de abrevadero, de copa en copa en la noche, y las gaditanas, desde jovencitas, bailan al repique de castañuelas mientras el frescor de una brisa impregnada de espuma entra a raudales baldeando los patios de sus casas. Deberías ir por carnavales, y ver el entierro de la sardina, las comparsas cantando murgas, ponerte una máscara de plumas, un disfraz, y cantar y brincar por las calles con todo el mundo y, antes de despedirte por unos días de la carne como buena cristiana, perderte un poco en ella, porque si una mujer no se ha perdido nunca en la carne, aunque sea una sola noche, es que no ha sido mujer.

Deberías llegar al anochecer a la Caleta para sorprender a la bahía color de acero besar las rocas, o perderte por sus azoteas con algún galán para encontrarte con la torre Bella Escondida recortándose a la luz de la luna llena, recorrer las murallas, pasear por sus calles bulliciosas de carruajes y en verano comerte un pescaíto frito con ortiguillas o unos erizos de mar en cualquier taberna del puerto, mientras los muchachos te dicen piropos en cualquier esquina y tú, altiva pero sonriente, corres calle abajo quitándotelos de encima, revoleando los picos del bordado mantón de Manila para que no se te resbale de los hombros.

Pasé mi infancia en una casa de vecinos, cerca del Puerto Chico en el arrabal de Santiago. No creas que fue una infancia feliz, para nada. Mi madre, la Paca, era lo que era, de eso no hay duda, ella dispuso de su cuerpo. Pero si algo no he sido yo en esta vida es eso, puedes estar tranquila. Y no lo digo porque crea que haya menosprecio en ello, que gracias a la valentía de muchas mujeres en irse pa los puertos muchas casas salen adelante. Yo las admiro, porque para serlo hay que ser valiente, tener agallas, y no bajo la cabeza al reconocer que mi madre fue las dos cosas: puta y valiente.

Dicen que la mujer a la que mejor trató a Nuestro Señor Jesucristo era eso, una buscona, y si para Dios no había nada malo, ¿quiénes somos los hombres para juzgar? Si entre las filas de Él había una, por qué voy a callar yo que mi madre, mi santa madre, que sí, sería una trafalmeja, pero era tan santa como la de cualquiera, vendió lo único que tenía para que mis hermanos y yo comiéramos y saliéramos del hoyo en que vivíamos. Pues gracias a eso pude yo aprender costura y más adelante dedicarme a un oficio decente; que, si hubiera sido ella cigarrera o carbonera o qué sé yo, hubiera yo acabado siendo vendida a una casa rica para limpiar chimeneas como deshollinadora, o quizá quién sabe, hubiera sido yo la mala pécora. De la Paca se decían muchas cosas, las malas lenguas afirmaban que además era la querida del regidor Lasquetty, y que su influencia fue la que nos libró de la gran redada que hizo Fernando VI contra los gitanos, cuando yo tenía once años, y que fue una cosa tremenda. También decían que su amante fijo fue por muchos años un duque, que luego se fue a vivir a Madrid, lo cierto es que la Paca estaba bien parada. Mi madre fue siempre una mujer libre que dio mucho que hablar.

Éramos pobres, recuerdo aquellas dos habitaciones en aquella calle maloliente que luego tumbaron para hacer las murallas nuevas, con aquella ventana grande enrejada que daba a la calleja de atrás, por donde entraron y salieron la mayoría de las cosas que rigieron nuestras vidas. Lo mismo llegaba a veces el pan calentito cuando el panadero nos regalaba un bollo por dejarlo que amarrase el burro en los barrotes, o lo comprábamos porque nos sobraban dos cuartos de más ese día, que también llegaban los correveidiles a traerle a la Paca los recados de sus amantes, escuchábamos al pregonero anunciar las bulas y las misas de las que ella era muy devota, o mi madre maldecía en caló a mi abuela, la mamá Antoa, cuando la vieja venía a batallar y a decirle disparates, antes de que se la llevaran al Arsenal de la Carraca a trabajo forzado con las otras gitanas, y también, Rosario, lo mejor que me pudo pasar en la vida pasó por esa reja: me enamoró un hombre por culpa del embrujo del olor de azahar que al anochecer siempre es más intenso, y de unos ojos claros que hacían que la luna se quedase chica cuando, a la par que ellos, salía a alumbrar la calle: Tu abuelo.

Estaban los cuartos al final de unos corredores al aire libre de pared ocre desconchada con tendederos, que unían patios llenos de macetas de geranios tronchados por los juegos de los niños, albahacas, y

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

En Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U , trataremos tus datos personales sólo bajo tu expreso consentimiento para la prestación del servicio solicitado al registrase en nuestra plataforma web y/o para otras finalidades específicas que nos haya autorizado.
La finalidad de este tratamiento es para la gestión del servicio solicitado e informarte sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos. Por nuestra parte nunca se cederán tus datos a terceros, salvo obligación legal.
En cualquier momento puedes contactar con nuestro Delegado de Protección de Datos a través del correo lopd@penguinrandomhouse.com y hacer valer tus derechos de acceso, rectificación, y supresión, así como otros derechos explicados en nuestra política que puede consultar en el siguiente enlace