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EL SECRETO DE LAS FLORES

Valerie Perrin  

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Fragmento

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En qué quieres que me convierta si ya

no escucho tus pasos, es tu vida o la mía la que se va, no lo sé

Me llamo Violette Toussaint. He sido guardabarreras y ahora soy guarda de cementerio.

Degusto la vida, la bebo a sorbitos como el té de jazmín mezclado con miel. Y cuando llega la noche, las verjas de mi cementerio se cierran y cuelgo la llave en la puerta de mi cuarto de baño, me siento en el paraíso.

Pero no en el paraíso de mis vecinos de enfrente. No.

En el paraíso de los vivos: un traguito de oporto —cosecha de 1983— que me trae José Luis Fernández cada primero de septiembre. Un resto de las vacaciones vertido en un pequeño vaso de cristal, una especie de veranillo de san Miguel que descorcho hacia las siete de la tarde, ya llueva, nieve o sople el viento.

Dos dedales de líquido color rubí. La sangre de las viñas de Oporto. Cierro los ojos y lo saboreo. Un solo sorbo basta para alegrar mi velada. Dos dedales justos porque me gusta la sensación de ebriedad pero no el alcohol.

José Luis Fernández llena de flores la tumba de María Pinto, de casada Fernández (1956-2007), una vez por semana, salvo en el mes de julio, ahí soy yo quien toma el relevo. Y de ahí el oporto para agradecérmelo.

Mi presente es un presente de cielo. O eso es lo que me digo cada mañana cuando abro los ojos.

Me he sentido muy desgraciada, aniquilada incluso. Inexistente. Vacía. Era como mis vecinos de enfrente, pero peor. Mis funciones vitales funcionaban pero sin mí en el interior. Sin el peso de mi alma, que pesa, al parecer, ya sea uno gordo o delgado, grande o pequeño, joven o viejo, veintiún gramos.

Pero como nunca me he regodeado en la desgracia, decidí que aquello no podía durar. La desgracia tiene que acabar algún día.

Mis comienzos no fueron buenos. Nací de madre desconocida en las Ardenas, al norte del departamento, en ese rincón que linda con Bélgica, allí donde el clima está considerado como «continental degradado» (fuertes precipitaciones en otoño y frecuentes heladas en invierno), allí donde imagino que se perdió[1] el canal de la canción de Jacques Brel.

El día de mi nacimiento, no lloré. Así que me dejaron a un lado, como a un paquete de dos kilos seiscientos setenta gramos, sin sello, ni nombre de destinatario, con el tiempo justo para rellenar los papeles administrativos y declararme muerta antes de llegar.

Nacida muerta. Niña sin vida y sin apellido.

La comadrona debía buscarme rápidamente un nombre para rellenar el formulario, y eligió Violette (Violeta).

Imagino que debía de estarlo de la cabeza a los pies.

Cuando cambié de color, cuando mi piel viró al rosa y ella tuvo que rellenar un acta de nacimiento, no me cambió el nombre.

Me habían colocado sobre un radiador. Mi piel se había comenzado a calentar. El vientre de mi madre, que no me deseaba, había debido de helarme. El calor me devolvió a ese día. Y sin duda por eso me gusta tanto el verano, y nunca pierdo ocasión de buscar el primer rayo de sol como la flor de un girasol.

Mi apellido es Trenet, como Charles Trenet, el famoso cantante. Después de Violette debió de ser sin duda la misma comadrona la que me dio el apellido. Le debía de gustar Charles. Como también me gustó a mí. Durante mucho tiempo lo he considerado como un primo lejano, una especie de tío de América al que nunca había conocido. Cuando te gusta un cantante, a fuerza de escuchar sus canciones, se llega a sentir incluso una especie de vínculo de parentesco.

El apellido Toussaint[2] llegó más tarde. Cuando me casé con Philippe Toussaint. Con semejante nombre, tendría que haber desconfiado. Pero también hay hombres que se apellidan Primavera y pegan a su mujer. Un nombre bonito no impide que se pueda ser un cabrón.

Nunca he echado de menos a mi madre. Salvo cuando tenía fiebre. Mientras gozaba de buena salud, crecí. Y lo hice muy erguida como si la ausencia de padres me hubiese colocado un tutor a lo largo de la columna vertebral. Me mantengo muy recta. Es una particularidad mía. Nunca me he encorvado. Ni siquiera en los días tristes. Con frecuencia me preguntan si he practicado ballet clásico. Yo respondo que no. Que es la vida diaria la que me ha moldeado, la que me ha hecho practicar en la barra y de puntas cada día.

3

Que me lleven o que se lleven a los míos pues todos los cementerios al final se convierten en jardines

En 1997, cuando nuestra barrera fue automatizada, mi marido y yo perdimos nuestro empleo. Salimos incluso en el periódico. Representábamos las últimas víctimas colaterales del progreso, los empleados que activaban la última barrera manual de Francia. Para ilustrar el artículo, el periodista nos hizo una foto. Philippe Toussaint pasó incluso un brazo alrededor de mi cintura para posar. A pesar de mi sonrisa, ¡qué ojos más tristes tengo en la foto, por Dios!

El día de la aparición del artículo, Philippe Toussaint regresó de la desaparecida ANPE (Agencia francesa para el empleo) con el corazón encogido: acababa de comprender que iba a tener que trabajar. Se había acostumbrado a que yo lo hiciera todo en su lugar. Con él en modo holgazán, me había tocado la lotería, el premio gordo y el reintegro.

Para animarle un poco, le tendí un periódico: «Guarda de cementerio, una profesión de futuro». Me contempló como si hubiese perdido la razón. En 1997, me contemplaba todos los días como si yo hubiese perdido la razón. ¿Acaso cuando un hombre ya no ama a su mujer la mira como si esta hubiese perdido la razón?

Le expliqué que me había topado con ese anuncio por casualidad. Que el ayuntamiento de Brancion-en-Chalon buscaba una pareja de guardas que se ocupara del cementerio. Y que los muertos tenían horarios fijos y sin duda harían menos ruido que los trenes. Que había hablado con el alcalde y que estaba dispuesto a contratarnos inmediatamente.

Mi marido no me creyó. Replicó que él no creía en la casualidad. Que prefería morirse antes que tener que ir «allí» y realizar ese oficio de carroñero.

Encendió la consola y jugó a Mario 64. El objetivo del juego era atrapar todas las estrellas de cada mundo. Por mi parte, solo había una estrella que deseara atrapar: la buena. Eso es lo que pensé cuando vi a Mario correr por todas las pantallas para salvar a la princesa Peach raptada por Bowser.

De modo que insistí. Le dije que convirtiéndonos en guardas de cementerio tendríamos cada uno un sueldo, uno mucho mejor que en la barrera, pues los muertos daban más dinero que los trenes. Que dispondríamos de un bonito alojamiento incluido y ninguna carga. Que eso nos haría dejar la casa en la que vivíamos desde hacía años, una bicoca que tragaba agua como un viejo bote en invierno y era tan caliente como el Polo Norte en verano. Que sería el nuevo comienzo que tanta falta nos hacía, que pondríamos bonitas cortinas en las ventanas para no ver a los vecinos, las cruces, las viudas y todo lo demás. Que esas cortinas serían la frontera entre nuestra vida y la tristeza de los otros. Habría podido decirle la verdad, decirle que esas cortinas serían la frontera entre mi tristeza y la de los otros. Pero sobre todo debía ser discreta. No decir nada. Hacerle creer. Fingir. Para que se plegara.

Para terminar de convencerle, le prometí que no tendría que hacer nada. Que tres sepultureros se ocupaban ya del cuidado de las fosas y del mantenimiento del cementerio. Que ese trabajo no consistía más que en abrir y cerrar las verjas. En algo presencial. Con horarios nada incómodos. Con vacaciones y fines de semana tan largos como el viaducto de la Valserine, y que yo haría el resto. Todo lo demás.

Super Mario dejó de correr. La princesa se despeñó de golpe.

Antes de acostarse, Philippe Toussaint releyó el artículo: «Guarda de cementerio, una profesión de futuro».

Nuestra barrera se encontraba en Malgrange-sur-Nancy. En ese periodo de mi vida —o mejor dicho, «en ese periodo de mi muerte»—, yo no vivía. Me levantaba, me vestía, trabajaba, hacía la compra, dormía. Con un somnífero. Quizá dos. Quizá más. Y contemplaba a mi marido contemplarme como si hubiera perdido la razón.

Mis horarios eran increíblemente incómodos. Bajaba y subía la barrera cerca de quince veces al día durante toda la semana. El primer tren pasaba a las 4:50 y el último a las 23:04. Tenía los mecanismos del timbre de la barrera grabados en la cabeza. Los escuchaba incluso antes de que sonaran. Esa cadencia infernal, habríamos debido compartirla, hacerla alternativamente. Pero la única cosa que Philippe Toussaint alternaba era su moto y el cuerpo de sus amantes.

¡Oh, cómo me hicieron soñar los usuarios que veía pasar! Sin embargo, no eran más que pequeños trenes regionales que conectaban Nancy con Épinal y que se detenían una docena de veces por trayecto en aldeas marginales, para prestar servicio a los autóctonos. Pese a todo, envidiaba a esos hombres y mujeres. Me imaginaba que acudían a sus citas, citas que me habría gustado tener como esos viajeros que veía desfilar.

*

Tres semanas después de la aparición del artículo en el periódico pusimos rumbo a la Borgoña. Pasamos del gris al verde. Del asfalto a las praderas, del olor a alquitrán de la vía férrea al de la campiña.

Llegamos al cementerio de Brancion-en-Chalon el 15 de agosto de 1997. Toda Francia estaba de vacaciones. Todos sus habitantes habían desertado. Los pájaros que volaban de tumba en tumba ya no volaban. Los gatos que se estiraban entre los tiestos de flores habían desaparecido. Hacía demasiado calor incluso para las hormigas y los lagartos, los mármoles ardían. Los sepultureros estaban de vacaciones, los nuevos muertos también. Yo deambulaba sola en medio de las avenidas, leyendo el nombre de gente que no conocería jamás. Sin embargo, casi de inmediato me encontré bien. En mi lugar.

4

El ser es eterno, la existencia una travesía,

la memoria eterna será el mensaje

Siempre que los adolescentes no introducen un chicle en el ojo de la cerradura, soy yo quien abre y cierra las pesadas verjas del cementerio.

Los horarios de apertura varían dependiendo de la estación.

De 8:00 a 19:00 horas del 1.º de marzo al 31 de octubre.

De 9:00 a 17:00 horas del 2 de noviembre el 28 de febrero.

Nadie ha dispuesto nada para el 29 de febrero.

De 7:00 a 20:00 horas el 1.º de noviembre.

He asumido las funciones de mi marido desde su partida —o más exactamente, su desaparición—. Philippe Toussaint aparece bajo la denominación «desaparición voluntaria» en el fichero nacional de la gendarmería.

Me quedan muchos hombres en el horizonte. Los tres sepultureros, Nono, Gaston y Elvis. Los tres oficiales de pompas fúnebres, los hermanos Lucchini que se llaman Pierre, Paul y Jacques, y el sacerdote Cédric Duras. Todos esos hombres pasan varias veces al día por mi casa. Se acercan a beber algo o a comer alguna nadería y también me ayudan con la huerta si tengo que trasladar algún saco de tierra o reparar alguna fuga de agua. Yo los considero como amigos, y no colegas de trabajo. Incluso si no estoy en casa, pueden entrar en mi cocina, servirse un café, aclarar la taza y marcharse.

Los sepultureros realizan un trabajo que inspira repulsión, repugnancia. Sin embargo los de mi cementerio son los hombres más dulces y agradables que conozco.

Nono es con quien tengo más confianza. Se trata de un hombre recto que lleva la alegría de vivir en la sangre. Todo le divierte y nunca dice que no. Salvo cuando hay que asistir al entierro de un niño. «Eso» se lo deja a los otros. «A aquellos que tienen más coraje», como él dice. Nono se parece a Georges Brassens, y eso le hace reír porque soy la única persona en el mundo que le dice que se parece a Georges Brassens.

Gaston, por su parte, ha inventado la torpeza. Tiene los gestos desajustados. Parece que estuviera siempre ebrio pese a que no bebe más que agua. Durante los enterramientos, se coloca entre Nono y Elvis por si pierde el equilibrio. Bajo los pies de Gaston hay siempre un temblor de tierra permanente que le hace caer, y efectivamente se cae, vuelca, se estampa. Cuando entra en mi casa, siempre tengo miedo de que rompa alguna cosa o que se haga daño. Y como el miedo no evita el peligro, cada vez que pasa ro

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