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EL SECRETO DE ÎLE-DE-SEIN (COMISARIO DUPIN 5)

Jean-Luc Bannalec

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Fragmento

El primer día

—¡Mierda! —masculló a media voz el comisario Georges Dupin, de la comisaría de policía de Concarneau.

La pestilencia era atroz. Nauseabunda. Le asaltó un mareo, una especie de vahído. Tuvo que apoyarse en la pared; no podría aguantar allí mucho más. Notó el sudor frío en la frente. Eran las 5.32 de la mañana; aunque aún no era de día, tampoco era noche cerrada, y hacía bastante frío. Una luz tenue empezaba a teñir el cielo. Lo habían despertado a las 4.49 de la madrugada, cuando todavía estaba todo oscuro. Hacía solo unas horas, poco después de las dos de la madrugada, Claire y él habían salido del Amiral tras celebrar por todo lo alto la gran fiesta del día más largo del año, el 21 de junio, el solsticio de verano, que los celtas llamaban «Alban Hevin». En esos días, la hechizante luz que ya de por sí envolvía siempre la Bretaña alcanzaba su punto culminante como por arte de magia, si es que eso era posible. El sol se ponía a las 22.30 y durante un buen rato dejaba suspendida en el aire una intensa luminosidad; el horizonte se dibujaba nítidamente en el Atlántico, así como las estrellas más brillantes. Ese crepúsculo astronómico, que era como se llamaba, se prolongaba hasta casi medianoche; luego, el mar y el cielo se sumían en una oscuridad completa. Tanta luz resultaba embriagadora. A Dupin le encantaban esos días.

Era una sala estrecha, cubierta hasta el techo con azulejos amarillos. Unos fluorescentes la iluminaban con una luz fría. Las dos ventanas diminutas, poco más que unas rendijas anchas, estaban abatidas, pero apenas dejaban entrar el aire fresco. Había seis contenedores grandes de color gris oscuro dispuestos en dos filas de tres.

La joven, de unos treinta años, había sido hallada en el contenedor delantero izquierdo; la había encontrado un responsable de la limpieza. Dos agentes habían acudido inmediatamente a la sala de la lonja del puerto de Douarnenez y, asistidos por la policía científica de Quimper, que había llegado antes que Dupin, habían sacado el cadáver del contenedor y lo habían dejado en el suelo, sobre las baldosas.

La escena era desagradable incluso para los más curtidos. Dupin no había visto nada parecido en toda su carrera. El cadáver estaba cubierto de restos de pescado: vísceras, tripas, intestinos… y una mezcla de toda suerte de fluidos acumulados en el contenedor. Había además trozos de pescado enteros, espinas y colas, que se habían adherido al cuerpo de la mujer: en la cabeza; en las manos; en el jersey, cuyo color azul celeste solo se adivinaba en algunos puntos; en los pantalones de peto de pesca amarillos con tirantes negros; en las botas de goma negras. Un par de cabezas de sardina se le habían quedado prendidas en el pelo castaño, que llevaba corto. También la cara estaba sucia. Unas escamas brillantes destellaban bajo la luz; había una grande encima del ojo izquierdo que le daba un aspecto macabro, mientras que el ojo derecho permanecía abierto. En el torso, la sustancia pringosa se había mezclado con la sangre. Mucha sangre. En la base del cuello se veía un corte de entre cuatro y cinco centímetros.

—Más muerta, imposible. —El forense, un hombre fornido de mejillas sonrosadas, sin apariencia de gracioso y, al parecer, insensible a la pestilencia, se encogió de hombros—. ¿Qué quiere que le diga? La causa de la muerte plantea tantas dudas como su estado vital. Alguien la degolló, posiblemente ayer, entre las ocho y las doce de la noche. Le ahorraré los detalles que avalan esta hipótesis. —Levantó la mirada hacia Dupin y luego se volvió hacia los dos colaboradores de la policía científica—: Si no les importa, nos llevaremos a esta joven al laboratorio. El contenedor también. Tal vez encontremos algo.

Su tono de voz era animoso. Dupin volvió a sentir náuseas.

—Por nosotros no hay problema. Hemos acabado. De momento, la labor de la científica ha terminado.

Para alivio de Dupin, el forense titular de Quimper estaba de vacaciones; en su lugar habían acudido dos de sus ayudantes, ambos dotados de la misma arrogancia que su dueño y señor. El más menudo tomó la palabra:

—En la tapa del contenedor, en el punto por donde se abre, hemos encontrado varias huellas, unas veinte distintas, la mayoría de ellas incompletas y superpuestas. De momento, no hay nada más que decir. —Vaciló unos instantes—. También analizaremos de nuevo el contenedor por dentro.

Labat, uno de los dos inspectores de Dupin, parecía totalmente despierto y descansado y permanecía muy cerca del cadáver. Se aclaró la garganta antes de hablar:

—Nos vendría bien tener más datos. Por ejemplo, algo sobre el arma. —Se volvió hacia el forense e imitó a un experto—. Me figuro que fue un cuchillo bastante pequeño, porque el corte es casi quirúrgico.

Aquello no amedrentó al forense.

—Examinaremos bien la herida. El corte no depende solo del arma empleada, sino, sobre todo, de la habilidad y de la velocidad del asesino al usarla. Cualquiera que sepa manejar un cuchillo es capaz de hacer todo tipo de cortes con casi cualquier arma blanca, incluso en medio de una pelea. De todos modos, yo me inclino por descartar que el arma del crimen fuera un machete. —Desde luego, el hombre se creía realmente gracioso—. Pero podría tratarse de cualquiera de los, digamos, cien o doscientos cuchillos que los pescadores suelen tener aquí, en la lonja. Y a eso hay que sumar también las docenas de cuchillos profesionales que se utilizan para limpiar y preparar el pescado.

»Centrarse en las personas capaces de manejar bien un cuchillo no le servirá de nada —prosiguió el patólogo con tono desdeñoso—. Cualquiera que viva junto al mar, que pesque, que recoja moluscos, que tenga una barca o que se dedique a faenar, es decir, cualquiera de las personas que hay por aquí, dispone de un buen cuchillo y sabe manejarlo.

Labat pareció sopesar una réplica, pero luego desistió y cambió enseguida de tema:

—¿Saben ya cada cuándo se vacían los contenedores? Sin duda debe de haber una rutina establecida.

Al formular la pregunta se volvió hacia el jovencísimo policía de Douarnenez que, junto con su compañero, habían sido los primeros en llegar al lugar y que parecía ser de la zona.

—Dos veces al día, eso ya lo sabemos. Como la tarea de los limpiadores de pescado a veces se prolonga hasta bien entrada la noche, los contenedores se vacían a primera hora del día siguiente, antes de que lleguen las barcas más madrugadoras, sobre las cuatro y media de la mañana. Luego se recogen de nuevo en torno a las tres de la tarde. El responsable de la limpieza que iba a vaciar el contenedor ha llamado, completamente fuera de sí, a un miembro del personal de la lonja, y este ha sido el que nos ha avisado y ha impedido el acceso a esta sala.

—¿Sin echar un vistazo al contenedor para ver si reconocía a la víctima?

—Solo se veía una pierna.

—¿Y el teléfono? —Labat no aflojaba—. ¿Han encontrado algún móvil junto al cadáver?

—No.

—En fin… —El forense tenía prisa—. Nos llevaremos el cadáver y…

—¡Jefe! —Le Ber, el otro inspector de Dupin, se asomó en ese momento por el marco de la puerta de la pequeña estancia, que ya estaba abarrotada. Le seguía una mujer que, aunque aparentaba unos cincuenta años, guardaba un extraño parecido con la fallecida—. Gaétane Gochat, la directora del puerto y de esta lonja, acaba de llegar y…

—Es Céline Kerkrom. Es Céline Kerkrom. —La directora del puerto se había detenido bruscamente y tenía la mirada clavada en el cadáver. Tardó unos instantes en volver a decir algo—. Es una de nuestras pescadoras de bajura. Vive en Île-de-Sein y suele vender sus capturas en nuestra lonja.

Gaétane Gochat hablaba con un tono de voz contenido, sin el menor indicio de horror, espanto o compasión, algo que, como bien sabía Dupin, no significaba nada. La reacción ante sucesos repentinos, brutales o dramáticos era distinta en cada persona.

En el último gran caso en Port du Bélon habían tenido que remover cielo y tierra para descubrir la identidad de la víctima; aquí, en cambio, la identificación del cadáver no les había supuesto ningún problema.

—Necesito un café —murmuró Dupin. Aquella era la segunda frase que pronunciaba desde su llegada—. Me gustaría hablar con usted, señora Gochat. Acompáñeme. ¡Usted también, Le Ber!

No estaba en condiciones de molestarse en corregir el tono desabrido de su voz.

De repente se separó de la pared y, pasando por delante de todos sin aguardar ninguna respuesta ni reparar en las expresiones de perplejidad y asombro a su alrededor, salió inmediatamente por la puerta. Necesitaba café y lo necesitaba ya. Tenía que librarse de aquella sensación de mareo, del hedor infernal y de aquel cansancio que le hacía verlo todo como a través de un velo difuso. En resumen: tenía que recuperarse, volver a poner los pies en el suelo, y hacerlo cuanto antes. Necesitaba tener la mente despejada, pensar con claridad y agudeza.

El comisario se abrió paso con resolución a través la gran sala; al llegar había visto un puesto con un pequeño mostrador, una gran máquina de café y un par de viejas mesas de pie. Le Ber y Gaétane Gochat lo seguían con dificultad.

En la lonja, en una sala embaldosada y carente de adornos, los negocios seguían su curso ajenos a la trágica noticia que, sin duda, a aquellas alturas estaría ya en boca de todo el mundo. Reinaba un gran ajetreo. Los pescadores, los pescaderos, los restauradores y demás compradores proseguían con sus asuntos. Sobre el suelo de hormigón mojado había cientos de cajas de plástico distribuidas por todo el recinto. Los colores eran estridentes: rojo carmesí, verde neón, azul intenso, naranja brillante… Muy pocas cajas eran blancas o negras. Dupin ya había visto esos contenedores en Concarneau; eran un elemento importante en todos los puertos y una herramienta básica en las subastas. Estaban llenos de hielo picado, sobre el que se colocaba todo lo que habían recogido las redes: cantidades inmensas de pescado y de marisco, de todos los tamaños, colores y formas; todas las criaturas marítimas exóticas imaginables. Rapes enormes de aspecto arcaico con la boca muy abierta, caballas irisadas, bogavantes azules, sepias grisáceas dispuestas en filas apretadas, grandes cantidades de langostinos, distintas especies de lenguados, fantásticos ejemplares de lubinas (que Dupin adoraba, sobre todo servidas como carpaccio o tartar), deliciosos salmonetes, centollos gigantes, cangrejos enormes de mirada feroz. También había peces y crustáceos cuyo nombre el comisario desconocía y otros que nunca había visto, al menos que pudiera recordar, o de esa forma, aunque tal vez sí cocinados y emplatados. Como buen francés, su interés culinario iba mucho más allá de lo meramente zoológico. En una de las cajas vio un tiburón de mirada triste enrollado sobre sí mismo; a su lado, en otra caja, un pez de un metro de largo con el cuerpo casi por completo circular y, a la vez, bastante plano, con una aleta dorsal desproporcionadamente grande y que podía confundirse con facilidad con la de su vecino de caja. Un pez luna, se dijo Dupin. Hacía poco que Le Ber le había mostrado uno en la lonja de Concarneau. La Bretaña era un paraíso en muchos sentidos, pero sobre todo para los amantes del pescado y el marisco; en ningún lugar lo había mejor, ni más fresco. Por eso casi todos los platos de pescado de los restaurantes franceses con estrellas Michelin llevaban la coletilla «bretón»: sôle bretonne, langoustines bretonnes, Saint-Pierre breton… No había mayor distinción.

El mayor ajetreo estaba en la parte posterior de la lonja, donde se celebraban las subastas. En los laterales había unas salas semiabiertas donde se preparaba una parte de la mercancía. Unos hombres vestidos con monos higiénicos blancos con capucha, botas de goma del mismo color y guantes azules manipulaban el pescado en las superficies de trabajo de acero inoxidable manejando unos enormes cuchillos muy largos.

—Dos cafés solos.

Aunque había tenido que zigzaguear entre las cajas, Dupin logró llegar rápidamente hasta el puesto. La mujer mayor que atendía detrás del mostrador le dedicó una mirada recelosa, pero al momento se volvió hacia la máquina de café con dos vasos de cartón en la mano.

Dupin dedicó entonces su atención a la directora del puerto, que estaba junto a Le Ber.

—¿Está usted emparentada con la víctima, señora?

Era algo que le había pasado por la cabeza al fijarse en el parecid

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