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EL SECRETO DE LOS NOCTURNOS

Sergio Villanueva  

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Fragmento

Capítulo 1

1

Salvo alguna antorcha colgando en los húmedos muros, o la débil luz de algún candil temblando ante la figura de un pequeño santo, solo la luna iluminaba la oscuridad de las calles donde inquietantes penumbras se perfilaban en las fachadas. Se percibía un incierto olor a muerte en cada esquina. Sobre todo a ciertas horas bien asentadas en la noche, cuando surgían figuras encapuchadas y algún solitario y famélico gato. Ni siquiera un hombre de Dios estaba a salvo en aquellas peligrosas callejuelas, cuando ya las rondas de los alguaciles concluían y quedaba el silencio presente entre las piedras y tejas musulmanas. Ese hombre santo había preferido no recurrir a la lumbre de un farol, porque para participar en reprochables actos, aquelarres o ignominias de la carne, no podía ser reconocido. Por ello tampoco le acompañaba un criado para ampararle en la negrura. Pero al percibir que era observado, un extraño frío recorrió su espalda. Lamentó entonces no haber recurrido a la compañía de un fiel seguidor. Sus blanquecinas sienes comenzaron a sudar. Sin detener sus pasos, y al girar su cabeza hacia atrás, rozó la luz próxima de otra antorcha colgada en la rasposa fachada delatando a la figura encapuchada un miedo intenso. Sus manos adiposas acudieron prestas al encuentro del crucifijo de oro y gemas oculto dentro de su eclesiástica indumentaria. Dos nuevas figuras también ocultas, sin catadura ni nombre, le cortaron el paso. El grave pavor era una garra invisible enmudeciendo la boca femenina y grasienta. Aunque su mirada gritó clemencia a los persistentes sicarios, supo claramente que no la tendría cuando se aproximaron a él subrayando con lentitud y seguridad que aquella era su hora última. A la distancia adecuada uno de ellos apartó su capucha, aquel rostro conocido, algo más viril que hacía años, era para la eclesiástica víctima la consciencia plena de que sus pecados eran de imposible redención. Cada uno de los sicarios embozados desnudó su propia arma. Solo el gato grisáceo y famélico, desde uno de los tejados, fue testigo del encuentro de las figuras negras con la alta y católica víctima. Solo ese gato de ojos amarillos presenció cómo las capas enlutadas engullían con hambre de tripas a su rolliza, patética y arrodillada presa en un sinfín de concluyentes cuchilladas. Solo el gato y la luna que también quedó rasgada por una nube en forma de daga.

Capítulo 2

2

Manteniendo firme el farolillo y con inapelable premura, el padre Matías Ricart alcanzó la zona donde se distribuían las estancias de los canónigos cuidadores de la Seu. Se detuvo en una de las austeras puertas de madera y la golpeó con sus ancianos y flacos nudillos. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió y asomó al umbral de la misma otro canónigo más alto y espigado, de no tan anciana edad, cercano a los cuarenta años.

—Padre Tárrega, lamento importunaros a estas horas de la noche —se adelantó a decir el anciano Matías.

—No os preocupéis. No dormía. Decidme qué sucede.

—Un alguacil, con dos guardias de la Santa. Preguntan por vos —contestó con susurrante voz entrecortada.

—Calmaos —le respondió apoyando su elegante mano sobre el hombro de su compañero—. ¿No han dicho de qué se trata?

—Solo que os hiciera llamar. Y que era muy urgente.

—Está bien —contestó tras unos segundos con la mirada fija en la oscuridad del pasillo—. Esperad que coja algunas cosas.

El padre Matías observó en silencio desde el pasillo, en el umbral de la puerta, cómo el padre Tárrega introducía unos instrumentos de la mesa de su escritorio en una alargada arqueta que introdujo seguidamente en el interior de su hábito, así como un cuaderno de tamaño pequeño con tapa de cuero del color del vino añejo. La figura se perfilaba ante una magnífica colección de libros y manuscritos que ocupaban todos y cada uno de los rincones de las paredes de su pequeña estancia, visión que siempre fascinaba al padre Matías, cuya única devoción, fuera de la catedral, la dedicaba a un pequeño huerto.

—Vamos —dijo el padre Tárrega al tiempo que sopló la llama de la vela de su escritorio.

Prima Itineris

Prima Itineris

Capítulo 1

1

Los primeros bosquejos del alba comenzaban a diluir la noche en la marítima línea del horizonte. Unas embarcaciones se acercaban silenciosas y prudentes a la playa. A bordo de las mismas, decenas de cetrinos hombres de afiladas y montaraces miradas apercibían aquello que todo hombre de mar sabía de buena fe: que una playa dormida y silente puede llegar a ser la más concreta de las advertencias.

Era el casi amanecer en el Grao de Valencia cuando presidía la costa una atmósfera húmeda e inescrutable bajo la vigilia de una encogida luna. Solo se apercibía en ese momento desde la orilla el liviano acudir de olas y las embarcaciones cada vez más próximas. Pero desde las dunas agazapadas, donde se alcanzaba el olor de la brisa salobre, imperceptibles figuras contemplaban alineadas y vigilantes la llegada a la orilla de esas embarcaciones a remo.

Había, en ese instante, más naves sedientas de esa tierra que los infieles consideraban legítimamente propia, eso calibraban algunos de los soldados guardados en los relieves de fina arena, esperando sus órdenes, cuando solo quedaba algo menos de una hora para que amaneciese otro día más del Señor o de algún cabrón que pretendiera arrancarles la vida. Eso mismo pensaban los armados soldados de la Guardia de Costas que acechaban con cautela la llegada de esos berberiscos piratas. Permanecían todos quietos pero alerta, a la espera de la orden última de su joven capitán.

A pocos metros de la conclusión de las bravas espumas los misteriosos hombres saltaron de las barcas. Sus botas puntiagudas y sus pantalones bombachos fueron engullidos parcialmente por el agua. Algunos con las dagas de media luna en la boca, otros teniéndola bien prieta en el fajín, a la altura del abdomen para ser pronto agarrada, fueron empujando las embarcaciones con un fantasmal silencio tal como si fueran la misma bruma personificada. No había más noche que la noche de sus pupilas alertas. Y ya cuando las barcas y los piratas se encontraron próximos a la arena, surgió el contundente y rasgado grito del joven capitán desde las dunas.

—¡Fuego!

La última sílaba se fusionó a los primeros disparos de pistolas, arcabuces y pedreñas. Buena parte de los bravucones moros cayeron en la

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