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EL SECRETO DE SUS OJOS

Eduardo Sacheri  

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Fragmento

Índice Portada Índice Dedicatoria Despedida 1 2 Cine 3 4 5 6 7 8 9 10 11 Teléfono Coartadas y partidas Archivo Sastre Fojas 12 13 14 15 16 Nombre y apellido 17 18 19 20 21 22 23 Abstinencia 24 25 Café 26 27 28 29 30 Más café Dudas 31 32 33 34 35 36 37 38 39 Más dudas 40 41 42 43 44 45 Devolución Nota del autor Biografía Otros títulos del autor Créditos Grupo Santillana

A mi abuelita Nelly.

Por enseñarme

lo valioso que es

conservar y compartir

la memoria.

Despedida

Benjamín Miguel Chaparro se detiene en seco y decide que no va. No va y punto. Al cuerno con todos. Aunque haya prometido lo contrario y aunque vengan preparando la despedida desde hace tres semanas y aunque hayan reservado la mesa para veintidós personas en El Candil y aunque Benítez y Machado hayan confirmado que se vienen desde el fin del mundo para celebrar la jubilación del dinosaurio.

Su gesto es tan abrupto que el hombre que viene caminando detrás de él, por Talcahuano y hacia el lado de Corrientes, casi se lo lleva por delante y a duras penas logra esquivarlo bajando un pie de la vereda al pavimento para seguir andando. Chaparro odia esas veredas angostas, ruidosas y sombrías. Lleva cuarenta años transitándolas, pero sabe que no va a extrañarlas a partir del lunes. Ni las veredas ni tantas otras cosas de esa ciudad que nunca ha sentido como suya.

No puede fallarles. Tiene que ir. Aunque sea porque Machado se viene expresamente desde Lomas de Zamora, con todos sus achaques a cuestas. Y Benítez otro tanto. Aunque desde Palermo hasta Tribunales no es un viaje tan largo, el pobre está bastante hecho puré, sinceramente. Pero Chaparro no quiere ir. Está seguro de muy pocas cosas, pero esa es una de sus escasas certezas.

Se mira en la vidriera de una librería comercial. Sesenta años. Alto. Canoso. La nariz aguileña, el rostro flaco. “Mierda”, se ve obligado a concluir. Escruta el reflejo de sus propios ojos en el vidrio. Una novia que tuvo de joven solía burlarse de su manía de mirarse en las vidrieras. Ni a ella, ni a ninguna de las otras mujeres que han pasado por su vida, Chaparro ha llegado a confesarle la verdad: su hábito de mirarse en los espejos no tiene nada que ver ni con quererse ni con gustarse. Siempre ha sido ni más ni menos que otro intento de aprender a saber quién carajos es él mismo.

Pensar en eso lo ha puesto más triste todavía. Camina de nuevo, como si el movimiento pudiese librarlo de las esquirlas de esa nueva tristeza adicional, añadida. Se vigila de tanto en tanto en las vidrieras mientras avanza sin prisa por esa vereda que no conoce el sol de la tarde. Ya divisa el cartel de El Candil, cruzando la calle, treinta metros más, a mano izquierda. Mira la hora: dos menos cuarto. Deben estar casi todos. Él mismo ha despachado a los de su Secretaría a la una y veinte para no andar a las corridas. No están de turno hasta el mes que viene, y ya tienen acomodado el carro con las causas del turno anterior. Chaparro está satisfecho. Son buenos chicos. Trabajan bien. Aprenden rápido. El pensamiento siguiente es “voy a extrañarlos”, y como Chaparro no quiere chapalear torpemente en la nostalgia vuelve a detenerse. Esta vez no hay nadie detrás para atropellarlo: los que vienen en su dirección tienen tiempo de sortear a ese hombre alto, de blazer azul y pantalón gris que ahora se mira en el vidrio de una agencia de lotería.

Gira en redondo. No va. Definitivamente no va. Tal vez si se apresura puede alcanzar a la doctora antes de que llegue a la despedida, porque se ha demorado terminando una prisión preventiva. No es la primera vez que se le ocurre la idea, pero sí es la primera que consigue acopiar la módica valentía que necesita para intentar llevarla a cabo. O tal vez es simplemente que lo otro, lo de quedarse a su propia despedida, es un infierno en el que no está dispuesto a cocinarse. ¿Sentarse a la cabecera de la mesa? ¿Benítez y Machado a sus lados, formando el trío de momias venerables? ¿La clásica pregunta del miserable de Álvarez, esa de “hacemos a la romana, les parece”, para prorratear el vino de buena calidad que piensa zamparse? ¿Laura preguntándole a medio mundo quién está dispuesto a compartir una porción de canelones, para no salirse demasiado de la dieta que acaba de empezar el lunes pasado? ¿Varela agarrándose meticulosamente uno de esos pedos melancólicos que lo llevan a abrazarse, entre mocos, con amigos, conocidos y mozos? Esas imágenes de pesadilla lo hacen acelerar el paso. Sube las escalinatas de Talcahuano. Todavía no han cerrado la puerta principal. Se trepa al primer ascensor que tiene a tiro. No necesita aclararle al ascensorista que va al quinto piso, porque en el Palacio lo conocen hasta las piedras.

Avanza, a paso firme, haciendo ruido con los mocasines de suela sobre las baldosas blancas y negras del pasillo que corre paralelo a la calle Tucumán hasta encararse con la alta y angosta puerta de su Secretaría. Se detiene mentalmente en el posesivo “su”. Sí, qué tanto. Es suya, y mucho más suya que del secretario García, o que de cualquiera de los otros secretarios que han precedido a García, o que de cualquiera de los que habrán de sucederlo.

M

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