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EL SECRETO DE UNA DAMA

Nora Roberts  

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Fragmento

1

El viento húmedo y gélido parecía penetrar hasta la médula. Al costado de la carretera, la nieve de una tormenta anterior formaba montones irregulares. El cielo era de un azul intenso. Los árboles se elevaban entre la hierba, agitando como brazos sus ramas negras y desnudas.

Así era el mes de marzo en Maine.

Miranda encendió la calefacción y puso La Bohéme, de Puccini, para escucharla a todo volumen mientras conducía.

Regresaba al hogar. Después de dar una serie de conferencias, que la habían llevado de una habitación de hotel a una facultad, de un aeropuerto a otra habitación de hotel, estaba más que deseosa de llegar a su casa.

Su alivio guardaba relación con el hecho de que detestaba dar conferencias; sufría cada vez que debía enfrentarse a un auditorio expectante, pero nunca dejaba que la timidez o el miedo le impidieran cumplir con su deber.

Era la doctora Miranda Jones, descendiente de los Jones de Jones Point, y jamás se le permitía olvidarlo.

La ciudad había sido fundada por el primer Charles Jones, para dejar su impronta en el Nuevo Mundo. De los Jones, como bien sabía Miranda, se esperaba que dejaran su impronta allí donde fueran, que conservaran su posición de familia principal de Point, que hicieran su aporte a la sociedad y que se comportaran como correspondía a los Jones de Jones Point, Maine.

Feliz de poner distancia entre ella y el aeropuerto, giró hacia la carretera de la costa y pisó el acelerador. Uno de sus pequeños placeres era conducir a gran velocidad. Le gustaba ir deprisa, desplazarse de un punto al siguiente en un mínimo de tiempo y con la menor cantidad de molestias posible. Rara vez pasaba inadvertida, pues medía casi un metro ochenta de estatura y tenía un cabello tan rojo como un camión de bomberos. Aun cuando no estuviese al mando de alguna situación, parecía estarlo.

Y cuando se movía, con la precisión y la exactitud de un misil, lo habitual era que el camino se despejara.

Un hombre enamorado había comparado su voz con el terciopelo envuelto en papel de lija; a su modo de ver, era un accidente del destino, que ella compensaba cultivando una forma de hablar enérgica y áspera.

Pero así lograba sus objetivos.

Quizá hubiera heredado su físico de algún guerrero celta, pero su rostro era un claro ejemplo de Nueva Inglaterra: estrecho e imperturbable, de nariz larga y recta, mentón algo puntiagudo y pómulos altos. La boca era ancha y severa, y sus ojos, casi siempre serios, eran azules como el cielo a principios de verano.

Pero ahora, mientras conducía por la larga carretera serpenteante que bordeaba los acantilados cubiertos de nieve, tanto su boca como sus ojos sonreían. Más allá, el mar estaba agitado y gris. A ella le encantaban los cambios de humor de éste, su facultad de serenar o apasionar. Tras doblar en una curva, le llegó el estruendo del agua que rompía contra las rocas para luego retirarse como un puño y volver a golpear.

La débil luz del sol chisporroteaba en la nieve que el viento hacía volar a través de la carretera. Por el lado de la bahía, los árboles desnudos se doblaban como ancianos bajo el peso de muchos años de tormentas. En su infancia, cuando aún era fantasiosa, Miranda solía imaginar que esos árboles intercambiaban murmullos quejumbrosos, abrazándose para resistir el embate del viento.

Aunque ya no se consideraba fantasiosa, aún le encantaba verlos así: anudados y retorcidos, pero alineados como viejos soldados.

La carretera ascendía por un terreno cada vez más estrecho, a los lados del cual acechaba el agua. El mar y su brazo, ambos melancólicos, a veces lúgubres, mordisqueaban las costas con hambre tan voraz como perpetua. La franja de tierra se elevaba en una punta encorvada como un nudillo artrítico, coronada por la vieja casa victoriana, desde la cual se veían el mar y el continente. Más allá, donde el suelo volvía a descender hacia el agua, se alzaba la nivea lanza del faro que custodiaba la costa.

Esa casa había sido, en la infancia, su refugio y su gozo, gracias a la mujer que allí vivía. Amelia Jones había rechazado la tradición de los Jones para vivir a su antojo y decir lo que pensaba. Y siempre, siempre había tenido en su corazón lugar para sus dos nietos.

Miranda la había adorado. Su único dolor auténtico había sido la muerte de Amelia, que se había ido mientras dormía, sin aspavientos ni advertencias, ocho inviernos atrás.

Legó a Miranda y a su hermano la casa, la fortuna que había acumulado, gracias a hábiles inversiones, con el correr de los años y su colección de arte. A su hijo, el padre de Miranda, le dejó su esperanza de que llegara a ser siquiera la mitad de hombre que ella había soñado, antes de que volvieran a encontrarse. A su nuera, un collar de perlas, pues era lo único de ella que Elizabeth había apreciado.

Esos lacónicos comentarios en su testamento eran tan propios de ella, pensó Miranda. Tras la muerte de su esposo había pasado más de una década viviendo sola en aquella gran casa de piedra.

Mientras pensaba en su abuela, Miranda llegó al final de la carretera de la costa y giró hacia el largo y curvo sendero de entrada.

La casa que lo coronaba había sobrevivido a los años y los vendavales, el implacable frío del invierno, el asombroso y brusco calor del verano. Y ahora (pensó Miranda, con una punzada de culpa) sobrevivía al abandono.

Ni ella ni Andrew parecían hallar tiempo para contratar a pintores ni jardineros. Cuando ella era niña, la casa había sido algo digno de verse; ahora mostraba sus heridas y su decadencia. Aun así, Miranda la encontraba encantadora, como una anciana que no temiera mostrar su edad. En vez de desdibujar sus líneas, se erguía en ángulos rectos, digna su piedra gris, distinguidos sus aguilones y sus torrezuelas.

Hacia el lado del brazo de mar, una pérgola ofrecía encanto y fantasía, con el techo oculto por una glicina que en primavera se cubría de flores. Miranda siempre soñaba con tener tiempo para sentarse en uno de sus bancos de mármol, bajo aquel fragante dosel, y disfrutar del perfume, la sombra y el silencio; pero de algún modo la primavera se convertía en verano, el verano en otoño, y ella nunca recordaba sus intenciones hasta el invierno, cuando las gruesas ramas estaban desnudas.

Tal vez fuera necesario reemplazar algunas tablas en el amplio porche delantero. Los marcos y las celosías, cuyo azul se había convertido en un gris desvaído, requerían sin duda varias manos de pintura. Y en cuanto a la glicina de la pérgola, probablemente hubiera que podarla, abonarla o lo que fuera que se hacía con esas cosas.

Ya lo haría. Tarde o temprano.

Pero las ventanas centelleaban y, bajo los aleros, las gárgolas mostraban sus feroces sonrisas. Largas terrazas y balcones estrechos ofrecían una vista espectacular hacia todas partes. De las chimeneas brotaban columnas de humo... cuando alguien tenía tiempo para encender el fuego. Los robles eran altos y añosos, y un bosquecillo de pinos cortaba el viento que soplaba del norte.

Ella y su hermano compartían la vivienda sin mayores problemas... o así había sido hasta que Andrew se dio a la bebida. Pero Miranda no quería pensar en eso. Le gustaba tenerlo cerca; lo quería, por lo que era un placer compartir con él la casa y el trabajo.

En cuanto bajó del coche, el viento le arrojó el pelo a los ojos. Vagamente molesta, se lo echó hacia atrás, mientras se inclinaba para coger el maletín y el ordenador portátil. Se colgó ambos de los hombros y, tarareando los últimos compases de Puccini, se dispuso a abrir el maletero.

El pelo le azotó la cara otra vez, arrancándole un suspiro de irritación, que se convirtió en exclamación ahogada cuando alguien la cogió por los cabellos y tiró hacia atrás con fuerza. Frente a sus ojos estallaron pequeñas estrellas blancas, en tanto el dolor y el espanto le apuñalaban el cráneo al mismo tiempo. Y la punta de un cuchillo presionó, fría y aguda, contra su cuello.

El miedo aulló dentro de su cabeza, como un ardor primordial que explotara en el vientre y trepara chillando hacia la garganta. Pero antes de que pudiera soltarlo, la hicieron girar en redondo y la empujaron con fuerza contra el coche; una punzada de dolor en la cadera hizo que se le nublase la vista y convirtió sus piernas en gelatina. La mano que la sujetaba volvió a tirar del pelo, bajándole la cabeza como si fuera una muñeca.

La cara del hombre era horrible. Pálida como el papel, cubierta de cicatrices. Pasaron varios segundos antes de que el terror permitiera a Miranda comprender que el hombre se cubría el rostro con una máscara de látex.

No opuso resistencia; no podía. Nada la espantaba tanto como los cuchillos, con su punta mortífera y su filo asesino. Así, como la aguda punta haciendo presión debajo de su mandíbula, cada gemido sofocado, y hasta el mero intento de respirar, le provocaba dolor y pánico.

Él era corpulento y debía de medir casi dos metros, según advirtió Miranda, que se esforzaba por memorizar los detalles, mientras el corazón le palpitaba en la garganta, allí donde presionaba la hoja. Más de cien kilos, sin duda, ancho de hombros, de cuello corto.

Oh, Dios.

Ojos pardos; era todo lo que permitían ver las ranuras de aquella horrible máscara de látex, y tan inexpresivos como los de un tiburón. Deslizó la punta del cuchillo por el cuello y abrió una pequeña herida en la piel. Un hilo de sangre comenzó a descender hacia el cuello del abrigo.

—Por favor —musitó Miranda mientras empujaba instintivamente la muñeca de la mano que sostenía el cuchillo. El miedo acabó con cualquier pensamiento racional cuando él la obligó a echar la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea vulnerable de la garganta.

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