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EL SECRETO DE XEIN (GUARDIANES DE LA CIUDADELA 2)

Laura Gallego  

4


Fragmento

1

Algo salido del fondo del pozo se deslizaba por las sombras en la sofocante noche estival de la Ciudadela. Avanzaba pegado a los muros, donde crecía la hierba más alta, buscando humedad. Se detuvo un momento bajo una ventana, se alzó sobre sus patas traseras y husmeó en el aire, dilatando sus orificios nasales.

La ventana estaba enrejada, pero el hueco entre los barrotes era lo bastante ancho como para que el ser del pozo pudiese utilizarlo para entrar en la habitación.

Allí dormían dos niñas en catres contiguos, destapadas debido al asfixiante calor; la pequeña se removió inquieta, pero la mayor permaneció sumida en un profundo sueño.

Tal vez fue esto lo que hizo que la criatura se decidiese por ella. Caminó sin hacer ruido por la habitación y trepó a su cama, olisqueando su rastro en la penumbra.

La muchacha abrió los ojos de pronto, sobresaltada. Vio ante sí un rostro pálido e hinchado, de enormes ojos saltones sin párpados, enmarcado por algo que parecía un amasijo de plantas acuáticas húmedas y pegajosas.

Quiso chillar, pero una mano fría y viscosa le cubrió la boca. La criatura abrió la suya, ancha y sin labios como la de un sapo, y se relamió con una lengua gruesa y azulada. La niña se debatió, tratando de quitársela de encima, pero el monstruo tiró de ella, se la cargó al hombro sin dificultad y salió corriendo.

Todo fue tan rápido que la muchacha no fue capaz de asimilarlo. Sintió que salían al exterior, no llegó a saber cómo ni por dónde, y un instante después caía al agua con un grito de sorpresa.

Fue entonces cuando comenzó la verdadera pesadilla.

La niña más pequeña se despertó momentos después, con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho. Se dio cuenta enseguida de que su hermana no estaba. Y gritó.

Apenas unos minutos más tarde, toda la familia estaba en pie. Buscaron a la muchacha por toda la casa, pero no la encontraron. La madre se había sentado en un taburete, presa de la angustia, y no podía dejar de sollozar, estrechando a su hija menor entre sus brazos. El padre se puso la chaqueta, pálido.

—Voy a buscar a los Guardianes —anunció con voz ronca.

—Por favor, date prisa —gimoteó su esposa.

Tras ellos, la abuela de la niña sacudía la cabeza con pesar. Llamó al hijo mayor del matrimonio, un desgarbado adolescente que se mantenía en un rincón aturdido, y le ordenó en voz baja:

—Trae a la chica de la biblioteca.

Él la miró sin comprender.

—¿La chica...?

—De la biblioteca, sí. Morena, cabello corto, cojea al andar. La habrás visto por el mercado. Vive en el sector oeste del segundo ensanche, ve a buscarla y pídele que venga.

—Pero, abuela..., no tengo permiso para cruzar la muralla...

—Pues le pides a tu amigo que te acompañe... Ese chico pelirrojo, ¿no tiene familiares en el segundo ensanche? Inventaos algo, pero id a buscarla y traedla a casa.

El muchacho salió de la casa detrás de su padre, que ya corría calle arriba en dirección al cuartel más cercano de la Guardia de la Ciudadela.

Un rato más tarde regresó acompañado de una pareja de Guardianes; entraron en la casa con autoridad pero sin aspavientos, imponiendo respeto con su mera presencia e infundiendo a la vez una llama de esperanza en los corazones de la familia. Eran jóvenes, como casi todos los que servían en el cuerpo. Un chico y una chica, ambos altos, fuertes y enérgicos; y, no obstante, caminaban en silencio, casi con elegancia, con la potencia contenida de los grandes felinos. Ambos vestían el mismo uniforme gris y llevaban el pelo muy corto, a la manera de los Guardianes; pero lo que realmente los distinguía como tales era el insólito color de sus ojos, plateados los de ella, dorados los de él.

El padre los guio hasta la habitación donde había desaparecido su hija. Los Guardianes entraron con las armas a punto; el joven echó un breve vistazo y salió enseguida, la chica examinó los rincones con algo más de atención, pero no tardó en seguirlo. Se detuvieron ante el matrimonio y el Guardián sacudió la cabeza.

—No detectamos monstruos aquí —dijo—. ¿Estáis seguros de que no ha sido obra de un criminal común?

El padre pestañeó, desconcertado.

—No... no lo había pensado.

—Es la explicación más probable —prosiguió el Guardián—. Después de todo, vivimos en la Ciudadela.

No necesitaba añadir que, en lo referente a los monstruos, aquel era el lugar más seguro del mundo.

—Examinaremos el resto de la casa de todas formas —añadió su compañera, sin embargo.

Los padres, abrumados, asintieron con un nudo en la garganta.

El edificio era de nueva construcción. La familia se había mudado allí recientemente, de hecho, después de haber pasado casi tres años apuntados en la lista de espera para poder instalarse en las zonas del anillo exterior que se iban urbanizando de forma paulatina. Los Guardianes recorrieron todas las estancias; la joven era algo más meticulosa, pero su compañero entraba y salía sin apenas detenerse, como si estuviese siguiendo un rastro y fuera consciente de estar buscando en el lugar equivocado. Por fin, ambos anunciaron que iban a salir a la calle a inspeccionar los alrededores.

—Especialmente detrás de la casa —añadió él—. Es la zona más cercana a la muralla; si ha sido un monstruo, probablemente habrá llegado desde allí.

La mujer redobló su llanto. El hombre se estremeció y logró preguntar:

—¿Ha sido un... un monstruo?

El Guardián se encogió levemente de hombros.

—Es posible, pero aún no podemos saberlo con certeza. No hay que descartar ninguna posibilidad.

—Volveremos para informar —prometió su compañera.

Los dos salieron de nuevo a la calle y se perdieron en la oscuridad.

—No lo soporto más —declaró el padre—. Voy a salir yo también.

—¡Espera! —lo detuvo su mujer—. ¿Y si el monstruo sigue por ahí fuera?

—Ya has oído al Guardián. No podemos estar seguros de que se trate de un monstruo.

Pero recorrió la estancia con la mirada, inquieto. Y fue entonces cuando se percató de la ausencia de su hijo mayor.

—¿Dónde está...? —empezó, pero no llegó a concluir la frase, porque justo en ese instante entró alguien en la casa.

Corrieron al recibidor pensando que eran los Guardianes, que regresaban. Pero se trataba del muchacho. Venía acompañado por una joven de cabello corto y negro que avanzaba renqueante y llevaba un pesado zurrón colgado al hombro.

El padre se detuvo, perplejo.

—¿Quién eres tú?

—Me llamo Axlin —respondió ella—. Trabajo en la biblioteca.

—La he mandado llamar —intervino la abuela—. Sabe mucho de monstruos.

—Para eso están los Guardianes —objetó el padre cruzándose de brazos—. Y tú no lo eres.

—Los Guardianes saben cómo luchar contra los monstruos, cuando se enfrentan a uno —dijo ella con suavidad—. Yo sé lo que hay que hacer antes de que lleguen. Y después.

El hombre se mostró indeciso un instante. Miró por encima del hombro de la muchacha, pero los Guardianes no regresaban, y se rindió, comido por la angustia.

—Está bien, pasa. Si logras encontrar a mi hija... —Se le quebró la voz antes de concluir la frase.

La anciana guio a Axlin hasta la habitación de sus nietas. Allí, la chica examinó la estancia a la luz de un candil. Se inclinó a los pies del jergón de la niña desaparecida y acercó la lámpara al suelo para estudiarlo con atención.

—¿Y bien? —preguntó el padre sin poder contenerse.

—Un piesmojados ha estado aquí —anunció ella.

Les indicó las marcas del suelo. Hacía ya un buen rato que se habían llevado a la niña y, sin embargo, allí seguían las huellas, charcos de agua con una forma demasiado regular y definida como para haberse creado por azar.

—Piesmojados —repitió el hombre con perplejidad. Tras él, su esposa volvió a estallar en llanto—. Pero... las ventanas están enrejadas. ¿Cómo ha podido entrar?

—Los monstruos allanadores siempre encuentran la manera. Son los que se cuelan en los enclaves, capturan a alguien y se lo llevan a su cubil para... sin que nadie se dé cuenta —se corrigió a tiempo—. Los piesmojados suelen salir fuera del agua en noches de lluvia o especialmente húmedas como esta. —Frunció el ceño, pensativa—. Estamos lejos del canal, ¿no es cierto? ¿Hay algún pozo cerca de aquí?

—Sí, uno, y es nuevo —respondió la abuela.

—Estamos en un área recién urbanizada —murmuró la madre, como si aquel hecho fuera garantía de que ningún tipo de monstruo pudiera rondar por allí.

Axlin fue a decir algo, pero lo pensó mejor.

—Hay que mirar dentro del pozo —resolvió.

—No vas a ir a ninguna parte, ciudadana —dijo de pronto una voz tras ella; una voz que Axlin conocía muy bien, y que la hizo estremecer—. Es demasiado peligroso.

Inspiró hondo para recobrar la compostura antes de darse la vuelta. Y allí estaba Xein, en la puerta, mirándola con expresión ceñuda. Llevaba el uniforme de verano de los Guardianes, con una camisa gris sin mangas que dejaba sus brazos al descubierto. Axlin no pudo evitar fijarse en las cuatro cicatrices paralelas, ya blanquecinas por el paso del tiempo, que se había llevado como recuerdo de su enfrentamiento con un velludo al que había capturado solo para impresionarla.

En otro lugar. En otra época. Antes del Bastión.

Se habían visto de lejos en varias ocasiones desde aquella mañana en que Xein había fingido que no la conocía. Por las calles de la Ciudadela, en el mercado, al atravesar alguna puerta que él custodiaba. Los Guardianes siempre estaban allí, vigilantes, protegiendo a los ciudadanos, correctos y distantes al mismo tiempo.

Hasta aquel momento, sin embargo, Xein no había tenido necesidad de dirigirse a ella, ni lo había intentado tampoco. Para él, Axlin era una ciudadana más. Y así la miraba, con total indiferencia, aunque la joven tenía la sensación de que había un ligero tono irritado en sus palabras, como si estuviese enfadado con ella por alguna razón que todavía se le escapaba.

—¿Habéis buscado en el pozo? —insistió—. A la muchacha se la ha llevado un piesmojados.

—Esto no es asunto tuyo, ciudadana. De los monstruos nos ocupamos los Guardianes.

Ella clavó su mirada en los ojos dorados de él, firme y serena.

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