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EL SECRETO DEL NILO

Antonio Cabanas  

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Fragmento

El secreto del Nilo

Traducción: Borja Folch

1.ª edición: octubre 2012

© Antonio Cabanas, 2012

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.22795-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-269-6

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

A mi esposa Inma, el mayor de mis hallazgos.

 

 

 

 

 

Quieran los dioses ser magnánimos con mi alma y que la balanza tenga en cuenta los humildes ladrillos sobre los que me parió mi madre.

Shai, el destino, sea misericordioso al comprobar el fiel, pues no en vano él me empujó a recorrer los caminos que han hecho de mí cuanto soy; carne de la Devoradora, frente a la que estaré algún día si Maat no tiene a bien apiadarse de mi ba.

 

Neferhor, siglo xiv a. C.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

LIBRO PRIMERO. El libro de la abundancia

El señor de las cosechas

1

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La ciudad Santa de Amón

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El poder y la gloria

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El camino de Maat

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LIBRO SEGUNDO. El libro de la herejía

La residencia dorada

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El reino de los proscritos

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El llanto de los dioses

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La venganza de Amón

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Anexos

Notas

Índice de personajes

Terminología egipcia

Bibliografía

Mapa Tebas

Mapa Akhetatón

Calendario

Mapa Egipto 1

Mapa Egipto 2

LIBRO PRIMERO

El libro de la abundancia

El Señor de las Cosechas

1

Egipto, siglo xiv a. C.

La luz se desparramaba por entre los palmerales para crear una suerte de ensoñación a la que resultaba difícil sustraerse. Envuelto por la magia, el paisaje quedaba así enmarcado dentro de un lienzo en el que los colores parecían estallar de vida. Los rojos, los azules, los amarillos, los pródigos verdes..., todos se encontraban allí, como pinceladas salidas de las manos de los dioses creadores.

Los velos tejidos por el sol de la mañana hacían que el lugar pareciera ilusorio, pues Ra, el padre de los dioses, había regresado una vez más de su viaje nocturno para alumbrar de nuevo la tierra de Egipto.

El verano ya se anunciaba, y el aire se llenaba con los trinos de las aves que inmigraban desde el lejano sur y los sonidos propios del valle: los mugidos de las reses que pastaban plácidamente en los campos, los rebuznos de los pollinos que transportaban resignados sus alforjas repletas por los caminos vecinos, el murmullo de las aguas del río, el chapoteo de los hipopótamos...

El Nilo bajaba perezoso, como adormecido, creando meandros sin fin camino del lejano delta. Venía casi exhausto, con su nivel más bajo, estrangulado quizá por unas orillas que parecían más sedientas que nunca. Sin embargo, la vida bullía a su alrededor, y las gentes se mostraban henchidas de optimismo ante la buena cosecha que se presentaba, y la proximidad de la nueva crecida. Min, el dios de la fertilidad por excelencia y señor de aquellas tierras, les daba su bendición, una vez más, al tiempo que mostraba su generosidad al regalar la abundancia a su pueblo. Así, el ambiente se cargaba con el olor de la mies, con la fragancia de las flores que atiborraban la campiña hasta cubrirla con su manto multicolor, con la luz incomparable que irradiaba el poderoso astro rey.

Desde su posición, el chiquillo disfrutaba de todo aquello sin perder detalle. Para él representaba un privilegio; un regalo al que no estaba dispuesto a renunciar, pues pocos eran los que recibía. Observaba con atención cuanto le rodeaba, para tratar de comprender el porqué de las cosas, las leyes inmutables que imperaban en el país de Kemet. Su mente analizaba todo de forma natural, sin proponérselo, lo cual a menudo resultaba motivo de chanzas entre los demás niños, e incluso entre los mayores.

Esa era la causa por la que todos le llamaban Neferhor; un nombre poderoso, sin duda, y que en nada se parecía al que le habían puesto al nacer, Iki, vulgar donde los hubiera. Claro que poco tenían que ver los padres de Neferhor con los de Iki, puesto que el primero era hijo de Thot, dios de la sabiduría, las ciencias y las letras, y de su consorte Nehemetauey, y el segundo había nacido de la unión de un pobre campesino llamado Kai y su mujer Yah, de la que Iki nada recordaba pues había muerto al poco de venir él al mundo, durante el parto.

Que la diosa Nehemetauey pudiera ser su madre, al rapaz no le parecía mal, pues no en vano era tenida por la patrona de los oprimidos: la Defensora de los Despojados, la llamaban. Pero otra cosa bien distinta era que le emparentaran con Thot, dios por el que sentía auténtica veneración, sobre todo porque el muchacho no sabía leer ni escribir. Indudablemente esto no era nada extraordinario, ya que la mayoría de la gente era analfabeta sin que ello fuera causa de vergüenza. Si necesitaban que alguien los sacara del apuro acudían a un escriba, que para eso estaban, y así resolvían el asunto. Mas el jovenzuelo no se resignaba, y soñaba con poder leer algún día las inscripciones sagradas grabadas en las piedras que cubrían Kemet, o los papiros milenarios guardados en los templos.

En ocasiones se imaginaba descifrando los problemas matemáticos a los que eran tan aficionados los agrimensores, aunque en su fuero interno se ufanara de no necesitar cálamo ni papiro alguno para resolver cualquier operación. Él se sentía capaz de calcular el área de una tierra cultivable, y también el volumen de la cosecha que esta podría producir; pero ardía en deseos de saber cómo eran los números que los inspectores de los campos utilizaban para registrarlo todo apropiadamente, tal y como el dios Thot les había enseñado en el principio de los tiempos.

Iki, o mejor Neferhor, era un niño como la mayoría: pobre y sin muchas posibilidades de dejar de serlo. Para su edad no era ni alto ni bajo, ni feo ni guapo. En esto último no hacía honor a su sobrenombre, ya que Neferhor significa «el bello Horus», y él de bello tenía poco, y mucho menos de Horus. Aun así, con diez años recién cumplidos, el pequeño podía presumir de tener una agilidad mental fuera de lo común, y una capacidad de análisis que a todos sorprendía; un don sin duda recibido del mismísimo Thot, puesto que su padre mortal, el viejo Kai, no tenía muchas luces. Este era uno de tantos campesinos que trabajaba de sol a sol una tierra que ni siquiera le pertenecía, para así lograr el sustento. Él y su difunta esposa habían tenido siete hijos, que les habían ayudado en las labores diarias hasta que Osiris los fue llamando ante su Tribunal. Solo dos se habían librado de acudir a la presencia del señor del Más Allá. Su hija Repyt, una joven bonita y bien dispuesta que era la luz de sus ojos, y el pequeño Neferhor, que había venido al mundo cuando ya nadie le esperaba.

Este era todo el patrimonio con el que contaba el viejo Kai, y su única ayuda para sacar adelante los doce seshat de tierra que tenía que cultivar.

Aquella mañana, como tantas otras, Neferhor se había sentado junto a la orilla del río para disfrutar de cuanto le rodeaba. Era el mes de paone, abril-mayo, el segundo de la estación de Shemu, la cosecha, y el día era tan radiante que invitaba al optimismo. Con la proximidad del verano el calor ya se hacía notar, y multitud de especies se reunían en el río como si se hubieran citado con antelación. El nivel del Nilo era tan bajo que los bancos de arena habían formado multitud de islas en las que los cocodrilos tomaban el sol plácidamente. Los ibis y los pelícanos recorrían los márgenes en busca de alimento, y las oropéndolas volaban sobre las cabezas de los hipopótamos que ya se refrescaban en las sagradas aguas. Neferhor reparó en una jineta que cazaba entre los cañaverales, y luego dirigió la vista hacia las pequeñas islas pobladas por los cocodrilos. Al chiquillo estos le fascinaban, pues para él representaban las leyes que regían aquella tierra: eran pacientes, astutos e implacables, pero también sabios, y al observarlos ellos le habían transmitido sus secretos.

Neferhor pensó en esto un instante y se regocijó íntimamente por su perspicacia; de alguna forma Sobek, el dios cocodrilo, se había convertido en su confidente, o al menos eso creía él.

Los desagradables graznidos de una garza real vinieron a sacarle de tales pensamientos. Al niño le gustaba verlas volar y observar cómo se aventuraban en el agua en busca de sustento. Era un animal sagrado, pues el ba de Ra, al que su pueblo llamaba Benu, se manifestaba por medio de una garza real; una suerte de ave fénix con la que volver a la vida. Al chiquillo le pareció un buen augurio y suspiró satisfecho por encontrarse allí, respirando aquel aire límpido que invitaba al abandono. Si había algún lugar bendecido por los dioses era aquel, se dijo convencido, pues estaba seguro de que no había en toda la Tierra Negra un paraje que se le pudiera comparar, aunque él nunca hubiera salido de su pueblo. Neferhor se ufanaba de pertenecer a Ipu. Ser originario de este lugar suponía todo un orgullo, pues no en vano el dios Min lo tutelaba, y él era la fecundidad por excelencia. Por tal motivo no le extrañaba escuchar de los mayores que aquella tierra era fértil como pocas, y que las cosechas allí superaban a las del resto de Egipto.

Ipu era la capital del noveno nomo del Alto Egipto, llamado Min en honor a su santo patrón, aunque geográficamente se encontrara en el Egipto Medio. Situado a poco más de 150 kilómetros al norte de Tebas, Ipu estaba rodeado de grandes extensiones de campos en los que se cultivaban el lino y los cereales, y donde abundaban la caza, la pesca y los árboles frutales. Allí el Nilo se retorcía en sinuosos meandros que daban a la vega un aspecto de quietud de singular belleza, tal y como si el tiempo se detuviera unos instantes al compás de sus aguas. Al este, agrestes farallones delimitaban aquel vergel con el terrible desierto. Yermas tierras donde nada crecía, surcadas por montañas escarpadas y valles pedregosos en los que moraban la cobra y el escorpión; el reino de Set, el dios del caos, que se extendía hasta el lejano mar. Hacia el oeste la buena tierra se aventuraba, atrevida, en el desierto occidental más allá de lo que era usual para crear hermosas campiñas que llegaban hasta los pies de la necrópolis, en donde solo habitaba el silencio. Así era Ipu, tierra de abundancia, y también de hombres poderosos creadores de una estirpe que había terminado por emparentar con el mismísimo faraón.

Tal era el caso de Yuya, maestro de Carros y comandante de Caballería que había servido nada menos que a tres reyes. En las postrimerías de su reinado, Amenhotep II ya había sabido reconocer su valía, y su hijo y sucesor, Tutmosis IV, lo había honrado con su amistad para ponerle al mando de los tent heteri, los soldados de carros. Fue tal su ascensión que el faraón decidió emparentarlo con una aristocrática familia de rancio abolengo. Así fue como se casó con Tuya, una hermosa joven que descendía de la legendaria reina Amosis Nefertari y que, además, era paisana suya. Tuya poseía cargos tan importantes como los de superiora de los Harenes de Min y Amón y cantora de Hathor. Sin embargo, Renenutet, la diosa que encarnaba la fortuna caprichosa, tenía reservada a la pareja una sorpresa mayúscula, ya que una de sus hijas, llamada Tiyi, se desposó con el hijo de Tutmosis IV, Amenhotep III, al poco de subir este al trono con apenas diez años de edad.

El nuevo faraón se enamoró perdidamente de quien todavía era una niña, y se dejó guiar por los sabios consejos de su suegro, al que nombró primer profeta de Min y señor de Ipu. Además, Amenhotep donó a su familia política la mayor parte de aquellas tierras para que Tiyi señoreara en ellas como la Gran Esposa Real que era.

Neferhor había oído muchas historias acerca de esta familia, y también del romance que mantuvieron aquellos niños tan principales. Él no comprendía muy bien cómo un monarca de diez años se había prendado de una niña que ni siquiera era de sangre real, aunque sus paisanos aseguraban que Hathor, la diosa del amor y de la belleza, había tocado directamente el corazón de Amenhotep para obrar así el milagro. ¿Acaso Tuya, la madre de la pequeña, no era una de sus «divinas cantoras»?, se decían. Claro que también estaban los que aseguraban que aquel enlace se había realizado por decisión de la madre del rey, Mutemuiya, que según contaban era hermana de su consuegra.

Para alguien tan analítico como Neferhor, tales cuestiones le parecían más propias de hekas y adivinos que otra cosa; chismes con los que no le interesaba perder el tiempo, aunque pudieran parecer divertidos.

De lo que no cabía duda era de que Amenhotep III, el dios que gobernaba el país de Kemet, había traído la prosperidad a su tierra. Nebmaatra, nombre con el que se había entronizado el rey, había enriquecido Egipto como nunca en su milenaria historia, manteniendo las antiguas fronteras que sus antepasados guerreros habían establecido sin necesidad de iniciar campañas militares contra los pueblos de Retenu.

El Oriente Próximo había quedado apaciguado desde los tiempos de su combativo abuelo, Amenhotep II, y solo en su quinto año de reinado Nebmaatra tuvo que llevar a cabo una pequeña expedición de castigo al lejano Kush.

Egipto estaba en paz, y sus gentes se regocijaban por ello hasta el extremo de llegar a olvidarse de las temidas levas que tanto pesar habían causado años atrás. Sin embargo, estas habían sido sustituidas por las no menos odiadas corvadas con las que el Estado reclutaba mano de obra para la construcción de monumentos; y a fe que el faraón había salido aficionado a ello. «No se recuerda ningún dios que haya emprendido tantas obras como este», aseguraban sus paisanos, y Neferhor sabía muy bien a lo que se referían. No en vano él mismo había sido testigo de ello en la persona de su padre. Al pobre Kai se lo llevaron una noche de verano para que trabajara durante la estación de Akhet, la crecida, en la construcción de un templo en Solab, en la lejana Nubia. Cuando el agua anegaba los campos y los campesinos no podían trabajar, estos eran reclutados a menudo por la corvada, que no solía apiadarse por mucho que le suplicaran. El faraón necesitaba mano de obra, y ellos habían sido elegidos para mayor gloria de Kemet; eso sí, a cambio de un salario paupérrimo.

Cuando Kai regresó, pasados algunos meses, no era más que una piel pegada a los huesos con arrugas por doquier, por mucho que el viejo se esforzara en mostrar los pocos dientes que aún le quedaban en lo que se suponía era una sonrisa. El dios, el faraón, había quedado complacido con su labor, y al cabo le autorizó a regresar a su casa, justo a tiempo de recoger la cosecha de la tierra a la que se encontraba ligado.

Al verlo, Neferhor pensó que se trataba de un genio del Amenti enviado para castigarlos por váyase a saber qué, aunque enseguida su hermana lo tranquilizara en tanto ayudaba al viejo a entrar en casa. Aquella escena quedaría grabada en el corazón del chiquillo, y siempre que recordaba a su padre su imagen se presentaba como si en verdad Kai ya hubiera sido momificado.

Indudablemente, su familia debía sentirse afortunada. En su hogar nunca había faltado un bocado que llevarse a la boca, aunque Neferhor anhelara algo más que las verduras y cereales que acostumbraba a comer. Él siempre tenía hambre, y gustaba de ir a pescar al río e internarse en los marjales para cazar patos.

Su amigo Heny solía ser su compañero de fatigas en tales ocasiones, y juntos se las arreglaban para tender redes y trampas con las que cobrar sus presas. Cuando regresaba a casa, su hermana Repyt solía advertirle de los peligros que acechaban junto al río. «Recuerda que a tu hermano se lo comió un cocodrilo», le advertía invariablemente. Neferhor la miraba con cara de circunstancias mientras devoraba alguna de las piezas que hubiera cazado, como haciéndose cargo de la recomendación.

Que las márgenes del Nilo eran un lugar peligroso en aquellos parajes ya lo sabía él de sobra, mas valía la pena tentar a la suerte si con ello podía conseguir algún pato, su plato favorito. Además, su hermana ignoraba el pacto que él suponía haber hecho con los cocodrilos y, sobre todo, que estos le confiaran sus secretos.

El chiquillo se ufanaba de este particular y pensaba que la buena de Repyt nunca lo podría comprender.

Su padre, por su parte, permanecía con expresión ausente en tales ocasiones. Todo lo más esbozaba lo que sus hijos se imaginaban debía de ser una sonrisa, pero se abstenía de hacer ningún comentario. El silencio formaba parte de su persona, y sus ojos transmitían miradas que parecían perderse en cualquier recoveco. En ellas se escondían los avatares y sinsabores de una vida en la que la supervivencia era todo cuanto le había importado, pues no en vano había perdido a su esposa y a cinco de sus hijos. Demasiada dureza para un ba tan frágil como el suyo.

Neferhor pensaba que un día Kai no se levantaría para iniciar las labores del campo; que Osiris estaba próximo a citarle ante su Tribunal, y que entonces él tendría que hacerse cargo de la hacienda. Llegado a este punto, el niño se enfrascaba en sus habituales cálculos que tanto le divertían, aunque enseguida se sintiera abrumado ante el hecho de tener que permanecer ligado a aquella tierra para cultivarla durante el resto de su vida.

De nuevo el graznido de una garza hizo que Neferhor regresara de su abstracción. El ave sobrevoló el lugar donde él se encontraba para posarse seguidamente junto a la orilla. El chiquillo la observó con curiosidad un instante, y luego paseó su mirada por los trigales que le rodeaban. Estos se encontraban casi a punto de ser recogidos, y pensó en el duro trabajo que le esperaba durante las próximas semanas. Suspiró, y sin pretenderlo volvió a mirar a la garza que caminaba lentamente sobre el barro de la orilla. Entonces, de repente, la tierra pareció abrirse bajo sus patas y de ella surgió la cabeza de un cocodrilo. Era enorme, y antes de que pudiera alzar su vuelo, el reptil había atrapado a su presa irremisiblemente. Sus fauces se cerraron raudas, y hasta el chiquillo llegó el crepitar de huesos. Luego, el monstruo engulló al ave para desaparecer bajo las aguas, donde había esperado pacientemente desde hacía horas.

Neferhor se sintió tan impresionado que por un tiempo permaneció inmóvil, sin poder apartar la vista del lugar en el que había ocurrido la escena. Todavía tenía viva la imagen de la garza debatiéndose inútilmente entre los dientes del tenaz cocodrilo, y pensó que aquellas eran las leyes que regían en la Tierra Negra. Para sobrevivir era necesario ser cauteloso como el cocodrilo, que siempre se encuentra oculto, agazapado, listo para cobrar su presa. Aquel era un símil que resultaba válido para otros aspectos de la vida, y a pesar de contar con solo diez años, Neferhor lo comprendió al momento. De nuevo Sobek le había dado una lección, y él nunca la olvidaría.

2

Corría el año veintiuno del reinado de Nebmaatra, vida, salud y prosperidad le fueran dadas, y Egipto había sido bendecido por la abundancia. Todos los dioses benefactores parecían haberse confabulado para otorgar su favor a la Tierra Negra, y esta vivía en paz, para ofrecer todo lo bueno que los hombres pudieran desear. Incluso Hapy, el señor de las aguas del Nilo, se había mostrado particularmente propicio al desbordar el sagrado río en su justa medida. Nadie recordaba un período tan largo en el que se hubieran producido crecidas tan favorables. Durante aquellos veintiún años el Nilo no se había desbordado en demasía ni una sola vez, y mucho menos había faltado a su cita milenaria, como a veces ocurría, para sumir el valle en la terrible sequía. Ambas eventualidades resultaban desastrosas para Kemet y traían consigo, indefectiblemente, el hambre y las penalidades al país. No era, por tanto, de extrañar que por doquier se alzaran voces para dar loas al faraón que gobernaba aquella tierra con mano tan prudente como benefactora. Desde que este se sentara en el trono de Horus, las buenas cosechas no habían faltado a su cita ni una sola estación, hasta llegar a ser tan habituales que ya nadie se acordaba de las épocas de hambruna por las que tantas veces habían tenido que pasar.

Con el estómago lleno, los campesinos cantaban alegres a la vez que invocaban a Min para que diera larga vida al faraón. Este los había protegido como ningún otro rey desde hacía más de mil años, para desterrar la escasez del valle del Nilo y permitirles vivir en paz. Hasta los enemigos ancestrales de Egipto se habían rendido ante su poder para someterse de buena gana. El oro, la plata, el cobre, el ébano, el marfil, el lapislázuli... entraban a raudales en Kemet para cubrir el país con una pátina dorada desconocida hasta entonces. El lujo había prendido entre la alta sociedad, y esta se había aficionado a las costumbres asiáticas, al derroche y a la celebración de grandes fiestas en las que los invitados alardeaban de sus riquezas sin medida. Gloria pues al Horus viviente Nebmaatra. Gloria al faraón Amenhotep III.

Claro que para Neferhor las cosas resultaban bien distintas. La abundancia que se había instalado en Egipto había evitado que su familia pasara las habituales penurias a las que estaban expuestos los campesinos. Siempre tuvo una hogaza de pan que llevarse a la boca, y hortalizas y lentejas con las que acompañarla. Pero ahí terminaban sus lujos. Para poder vivir necesitaba trabajar la tierra en la que habitaba, desde que Ra-Khepri salía por el horizonte hasta que se ponía como Ra-Atum al anochecer, cuando el astro se disponía a iniciar su viaje por el Mundo Inferior. Además debía ayudar a su hermana a ordeñar las vacas y a cuidar de los dos bueyes y el pollino de los que dependían para la labranza. Sin embargo, el chiquillo se sentía afortunado de poder deambular por aquel vergel y respirar el aire con el que había crecido. Disfrutar de todo lo que su vista le regalaba y sentir el poder de aquel río capaz de darles o quitarles a su antojo. Este era el auténtico señor de la Tierra Negra, y él lo reverenciaba como tal.

Neferhor y su pequeña familia vivían en una finca que pertenecía al clero de Amón. Era un lugar hermoso, sin duda, rodeado de palmerales y frutales, que ofrecía todo lo bueno que el hombre pudiera desear, pues la proximidad del río les proporcionaba agua en abundancia, y la tierra era tan fértil que no había ninguna mejor en todo Egipto.

Aquella era una de las pocas fincas que no estaban subordinadas a la familia de la reina, ya que en Ipu, el lugar donde habitaban, casi todas las granjas eran de su propiedad. Mas a pesar de que Tiyi señoreaba en la región, los sacerdotes de Tebas habían conservado allí sus antiguos dominios, que continuaban explotando como antaño. Amón era dueño de gran parte de la tierra del país de Kemet, y su influencia era tal que incluso la reina no tenía otro remedio que resignarse a tenerlos por vecinos.

La familia del chiquillo había vivido en aquella hacienda desde hacía generaciones y, según aseguraba el viejo Kai, formaban parte de ella desde el mismo momento en el que nacían, independientemente de que fueran personas libres. Sin embargo, el sello del Oculto estaba grabado en su piel, aunque no fuera visible, como si se tratara de una más de las posesiones del todopoderoso dios tebano.

Indudablemente, vivir bajo la protección del señor de Karnak tenía sus ventajas, sobre todo a la hora de evitar litigios con los vecinos. Todas las parcelas colindantes pertenecían a la familia de Tiyi, y los campesinos que las trabajaban acostumbraban a mirarlos por encima del hombro y a hacer no pocas burlas de Kai y su hijo, al que veían algo extravagante para su edad.

—Dino

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