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EL SILENCIO DE CLARA LYNDON

Elene Lizarralde  

5


Fragmento

1

La luz del atardecer se filtraba por las ventanas de la cocina. Mientras preparaba el café, me preguntaba qué habría sido de mi vida sin ella.

Apenas había pasado un mes desde que volví aquel día de la universidad. Nunca olvidaré la sensación de angustia cuando la encontré en su habitación, tumbada en la cama, delirando a causa de la fiebre. Rápidamente la llevé hasta el hospital más cercano. Los médicos no tardaron en determinar que se trataba de una neumonía. Pasaron horas hasta que consiguieron estabilizarla. Las más largas que recuerdo. Pero ahora, después de varias semanas de ingreso, por fin estábamos de nuevo en casa.

Vivíamos en el condado de Somerset, en Bath, en la casa de piedra que había pertenecido a nuestra familia desde hacía más de doscientos años. No me había separado de ella desde que fallecieron mis padres siendo yo todavía un bebé. Éramos como una prolongación la una de la otra; ella había tenido a mi madre con apenas veinte años, y esta, a su vez, me había tenido a mí también con la misma edad, así que todavía era una persona joven, siempre lo había sido, también en mentalidad. Mi madre estudiaba para maestra cuando conoció a mi padre, y nací antes de lo que cabía esperar. Sin embargo, dicha circunstancia, a pesar del ambiente social «delicado» y «exclusivo» en el que vine al mundo, jamás se silenció. La abuela, como solía decir Margaret, su mejor amiga, parecía de otro planeta. Y aunque no hacía alarde de su forma de ser resuelta e independiente para una mujer de su edad porque era muy discreta, nunca se dejó influenciar por las normas y valores establecidos en el entorno en el que nos desenvolvíamos. En privado, hablábamos sobre cualquier tema; desde bien pequeña me invitaba a cuestionar, que no juzgar, las cosas que pasaban a nuestro alrededor, y la mayoría de las ocasiones llegábamos a conclusiones diferentes, en las que, por supuesto, solíamos estar de acuerdo. La admiraba y la respetaba, pero, sobre todo, le estaba profundamente agradecida por cuanto me ofreció desde que se hizo cargo de mí: amor y una formación basada en valores en los que prevalecían la bondad y la generosidad, pero también, en hacerme fuerte e independiente; «pasara lo que pasase podía elegir», dependía de mí ejercer la libertad de decidir, nunca de los demás. La abuela era mi vida, y había estado a punto de perderla.

Por un momento, antes de llevar la bandeja al jardín, donde la había acomodado al llegar, vino a mi memoria el recuerdo de lo ocurrido durante su estancia en el hospital. A mi temor porque pudiera pasarle algo, se le sumó una inquietud: su sueño, profundo y tranquilo hasta entonces, en el hospital se había vuelto nervioso y agitado. Los médicos y enfermeras lo achacaban a la fiebre, pero a mí me perturbaba. Creía conocerla bien, y su estado me generaba una profunda tristeza. Apenas se despertaba y cuando volvía a caer dormida, rendida por la enfermedad y la medicación, susurraba e incluso lloraba; sus ojos derramaban lágrimas que yo secaba cuidadosamente con una gasa y, aun así, no se despertaba. Dudé si hacerlo yo, tal vez estuviera reviviendo alguna circunstancia triste de su vida: la muerte de mi abuelo en España poco antes del nacimiento de mi madre, o quizá la misma muerte de esta; tal vez en sueños los volvía a llorar. Opté por no hacer nada salvo sujetarle la mano y decirle al oído que la quería y que debía luchar para permanecer a mi lado.

Sin embargo, me dio que pensar ¿y si había algo más? La discreción de la abuela era tan apabullante que, para saber de ella, era yo quien debía preguntar cuando quería conocer detalles de su niñez, su adolescencia o su relación con mi abuelo, y siempre respondía con brevedad. Así es que durante aquellos días me di cuenta de que apenas sabía nada sobre su vida antes de que mi madre y ella se establecieran definitivamente en Bath. Y unido a que de cuando en cuando hablaba y decía palabras ininteligibles, disparó mi imaginación: no conservaba ninguna fotografía de su vida antes de Bath; siempre me dijeron que ella y mi madre, un bebé recién nacido, habían llegado con lo puesto, pero ¿y si guardaba algún secreto? Quizá hubiera algo que desconocía, que jamás me había contado. Y, además, echando la vista atrás, empezaba a creer que cuando preguntaba acerca de su pasado algo en ella cambiaba. O ¿estaba equivocada? ¿Me estaba dejando llevar por mi mente novelesca? En cualquier caso, no soportaba verla sufrir, y si estaba en mi mano ayudarla, lo haría, porque, además, su agitación no cesó una vez bajó la fiebre. Algo en ella había cambiado.

Sin decirle nada, empecé a buscar pistas que me llevaran a descubrir el motivo de su angustia. Con ella hablaría una vez le dieran el alta, cuando se hubiera recuperado y estuviéramos de vuelta en casa. Ese momento había llegado.

En unos minutos iba a hablarlo con ella y, sin embargo, sentía que, al hacerlo, quizá descubriera algo que probablemente marcaría un antes y un después en nuestras vidas.

2

Cuando atravesé la puerta que daba a la parte trasera de la casa la encontré acariciando los tallos de las hortensias —sus favoritas—, cuyas hojas empezaban a brotar por doquier junto a las peonías y las rosas. Cada año, cuando empezaban a apreciarse los primeros brotes, me comentaba lo mismo:

—La naturaleza es milagrosa. ¿Cómo es posible que de una rama en apariencia yerma nazcan unas flores tan bonitas?

—Abuela, creo que ha llegado el momento de que hablemos. —Ya no había marcha atrás. Me senté a su lado en nuestro rincón favorito del jardín, cerré los ojos, dejé que los últimos rayos de sol acariciasen mi rostro, y suspiré profundamente. Podía sentir cómo me observaba.

Permaneció en silencio.

—No ignores lo que te acabo de decir.

—No lo hago, no sé a qué te refieres, Máire —me contestó con ojos risueños.

Sin embargo, algo en mi mirada debió de llamar su atención.

—¿Qué te pasa, mi amor? —preguntó cogiendo mis manos entre las suyas.

—Hay algo que no te he contado. —Mi cautela solo consiguió inquietarla.

—¿Qué ocurre? ¿Tengo algo grave? ¿Por qué no me lo has dicho antes?

—No es eso abuela. Los médicos han dicho que, si te cuidas y descansas, te recuperarás bien. Hemos tenido mucha suerte. Pero ¿recuerdas que te conté que, a veces, mientras dormías, hablabas en sueños? —continué sin dejar de observarla.

—¿Dije alguna barbaridad? —preguntó a su vez esbozando una sonrisa burlona en un intento por no rehuir la verdad.

—Lo cierto es que no pude entender lo que decías.

—Todo el mundo habla en sueños y dice cosas sin sentido.

—Esto es distinto. —Me costaba encontrar las palabras adecuadas.

Tras las pesquisas de Katy, mi mejor amiga, tenía la certeza de que el «secreto» era real. Temía cómo pudiera reaccionar; no quería herirla y tampoco traspasar sin su consentimiento un muro que ella había erigido a lo largo de cuarenta años. Pero necesitaba saber, me superaba la curiosidad.

—No pude entenderte porque hablabas en un idioma que no conocía.

Por un instante percibí que su rostro se tensaba; sin embargo, reaccionó con rapidez.

—Tal vez, en una vida anterior, fui una princesa china ¿te imaginas? —dijo tratando de eludir el tema.

—Tal vez una princesa, pero no china, más bien vasca. Hablabas en euskera.

De repente se llevó las manos al corazón y en esta ocasión el gesto de dolor en su cara fue notable. Me alarmé.

—Abuela, ¿estás bien?, ¿te duele algo? —Sin pensarlo, le cogí la mano. Su pulso estaba acelerado—. ¿Quieres que llame al médico?

—No, dame un minuto... Se me pasará —dijo con una sonrisa forzada mientras trataba de recuperarse.

Nunca la había visto así. Me sentí culpable. Era obvio que había hecho daño a la persona que más quería en el mundo.

—¿Qué es lo que te ha hecho pensar que hablaba en euskera? —preguntó con voz pausada en un último intento por evitar abordar la cuestión.

Todavía podía echarme atrás, pero había algo en sus ojos; parecía que en el fondo me estuviera pidiendo que la liberase. Continué.

—Al principio no sabía de qué lengua se trataba, pero repetías dos palabras que anoté, y llamé a Katy a la universidad. Como ella está terminando sus estudios de filología, supuse que me podría ayudar. Así fue como me enteré de que aquellas palabras, ama y aita, en euskera significan «mamá» y «papá». ¿Es así?

Miraba al vacío. Sentí miedo otra vez; parecía una persona sin alma. Y tras unos segundos, que se me hicieron eternos, respiró profundamente y contestó con resignación:

—Sí, es euskera.

Se acababa de rendir; algo impensable en ella. Sus ojos, que habían recobrado la vida, estaban vidriosos. Empezaba a arrepentirme de haberla puesto en aquella situación.

—Hacía muchos años que no escuchaba pronunciar «ama» y «aita».

Se le quebró la voz y dos lágrimas surcaron sus mejillas. Me sentí tremendamente avergonzada. Mi abuela nunca lloraba, o, si lo hacía, desde luego jamás delante de mí.

—No me lo cuentes si no quieres. Lo siento muchísimo. Quizá me haya pasado de la raya —dije de corazón.

—Tranquila, Máire, puede que tengas razón. Tal vez haya llegado la hora de contarte algo que siempre he guardado para mí, un secreto que ni siquiera revelé a Tara.

Dicha confesión no me sorprendió. Lo había hablado con Katy; desde mi punto de vista, de ser cierto que la abuela guardaba un secreto, estaba convencida de que no se lo había contado a nadie, ni siquiera a mi madre, Tara. Mi corazón latía con fuerza; saltaba a la vista que estaba dolida en lo más profundo de su corazón; sus ojos de un verde más claro que nunca, y la voz tenue y pausada... lo dejaban claro. Me atormentada saberme responsable de aquella transformación.

—Abuela, no sigas...

—Debo hacerlo. Aunque es posible que te resulte muy duro y lo único importante es que recuerdes que siempre te he querido y te querré más que a mi vida.

—Lo sé.

Le di un beso en la frente, con cierta inquietud, pero con el mismo cariño con el que ella me lo había dado a mí cada noche desde que era una niña.

—Lo que te voy a contar cambiará totalmente la imagen que a lo largo de tu vida te has forjado de mí. —Se secó las lágrimas con el pañuelo—. ¿Por dónde quieres que empiece?

—Por el principio, abuela, por el principio. —Era lo que ella me decía cada vez que tenía que confesarle alguna trastada o contarle algún problema.

—Qué mayor te estás haciendo. —Me colocó el mechón de cabello detrás de la oreja y me acarició la mejilla; un gesto muy suyo.

—Si prefieres, lo podemos dejar para otro día.

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