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EL SILENCIO DE LA NOCHE (CAZADORES OSCUROS 16)

Sherrilyn Kenyon  

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Fragmento

1

Stryker se detuvo para echar un vistazo por el Tártaro. Su padre, el dios griego Apolo, lo había llevado en una ocasión a ese lugar, hacía eones, cuando solo era un niño, para que conociera a su tío abuelo, Hades, que reinaba en el Inframundo griego y vigilaba a los antiguos muertos. Aquel día su padre también le había otorgado un don realmente excepcional y conveniente: la habilidad de entrar y salir del Inframundo para poder visitar a su tío. De niño, Stryker le tenía pavor a aquel dios moreno, cuyos ojos solo se suavizaban al mirar a su esposa, Perséfone.

Por suerte Perséfone se encontraba con Hades en ese momento, de modo que el dios estaba demasiado ocupado con ella para darse cuenta de que un semidiós se había colado en sus dominios. Semejante afrenta hacía que Hades se subiera por las paredes.

Sobre todo cuando el semidiós en cuestión portaba un vial repleto de una potente sangre. Concretamente, la sangre de Tifón. El hijo del dios primigenio Tártaro, el que le diera nombre a esa parte de los dominios de Hades. Tifón era letal. Su poder bastaba para acabar incluso con Zeus, el regente de los dioses. Al menos hasta que los dioses olímpicos se aliaron para encerrarlo debajo del monte Etna.

—Gracias por haber sido incapaces de matarlo —dijo

Stryker, que levantó el vial para contemplar la brillante sangre púrpura que había extraído del titán. Con eso podría despertar a los muertos y resucitar al mayor azote de todos los tiempos.

War, la personificación de la guerra.

Apretó con fuerza el vial y se encaminó a la zona más profunda del Tártaro. Ese nivel estaba reservado para las bestias y los dioses a quienes los olímpicos habían derrotado. Las criaturas a quienes más temían.

Concretamente se dirigía a la tumba más alejada, la que había descubierto sin querer de niño. Sumido en la oscuridad que lo rodeaba, recordó el miedo que había aparecido en los ojos de su padre…

—¿Qué es, padre? —le había preguntado en aquel entonces, señalando las estatuas de dos hombres y una mujer.

Apolo se había arrodillado a su lado.
—Es lo que queda de los Macas.
—¿De quiénes?
—De las Batallas. —Apolo había señalado la estatua más alta, que estaba al fondo. De enorme estatura y con la constitución de un guerrero, la estatua había hecho que el niño de siete años que era entonces contuviera el aliento, aterrado por la posibilidad de que cobrara vida y le hiciera daño—. Ese es War, la personificación de la guerra. El más feroz de los Macas. Fue creado por todos los dioses de la guerra para matar a los ctónicos. Se rumorea que War, junto con sus secuaces, los persiguieron y los llevaron al borde de la extinción. Durante la batalla final, que duró tres meses enteros, War acorraló a los últimos ctónicos hasta que lo engañaron. Lo rodearon y le lanzaron un hechizo que anulaba sus poderes y lo paralizaba. Aquí descansará hasta que alguien lo despierte.

A su mente infantil le había parecido un castigo demasiado severo. Vil y cruel.

—¿Por qué no l

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