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EL SILENCIO DEL PANTANO

Juanjo Braulio  

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Fragmento

Contenido Dedicatoria Citas 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 Agradecimientos

Para Clara Sánchez García:

por perder una mañana de sábado conmigo

en la biblioteca que lo cambió todo.

Y para Yolanda:

por tener tantas ganas de leer este libro.

El crimen perfecto no existe. Creer lo contrario es un juego de salón y nada más. Claro que muchos asesinatos quedan sin esclarecer, pero eso es distinto.

Tom Ripley en El amigo americano,

PATRICIA HIGHSMITH

¡Yo solo me bajo el pantalón para dar... para dar... para dar...!

José Manuel Casañ

SEGURIDAD SOCIAL

1

Se encendió el quinto Marlboro de la mañana y miró el reloj: las diez menos cuarto. Comprobó con desagrado que solo le quedaban dos cigarrillos en el interior de la cajetilla. Su mirada de adicto a la nicotina realizó una rápida inspección de la zona mientras repasaba mentalmente la hora y media larga que había pasado desde que llegó. No. No había visto fumar a nadie entre la docena de personas que andaban por allí, lo que significaba que tenía que racionar los pitillos que le quedaban, pues no podría pedir más. Y aunque el pueblo estaba a media hora escasa de camino, no tenía tiempo para acercarse a un bar a reponer el suministro de tabaco hasta que aquello estuviera terminado. Musitó una blasfemia y volvió a mirar el reloj: las nueve y cuarenta y seis. Y su señoría sin aparecer.

Los tres buzos ya tenían puestos los trajes de neopreno y esperaban sobre la pasarela de hormigón que cruzaba el río. Guardias jóvenes de espaldas anchas, cintura de abejorro, brazos como dos sacos de pelotas de tenis y culo respingón. Bajó la mirada y se concentró en dar una buena calada para borrar de su cara el cartel que creía tener en la frente y donde decía, en mayúsculas: «SOY DAVID GRAU; BRIGADA DE LA UNIDAD CENTRAL OPERATIVA DE LA GUARDIA CIVIL Y, ADEMÁS, MARICA.» Envidiaba de esos chicos su cuerpo de gimnasio, pero no su tarea. El agua debía de estar helada. El sol de enero se asomaba flojo en aquel valle entre peñascos y no calentaba. Calculó que no debía de haber más de un metro de profundidad en aquel tramo del río, con lo que los buzos no se iban a dar más que un chapuzón de cintura para abajo. Aun así, se alegró por la parte que le tocaba de no pasar frío mientras esperaba a que llegara el juez de Llíria para ordenar el levantamiento del cadáver. Porque de eso no había duda alguna: dentro de aquel saco había un muerto. El bulto estaba empotrado en uno de los vanos de aquella pasarela. Una de las costuras había cedido y una mano pálida se recortaba contra el fondo pardo del lecho acuático, del todo visible a través de las aguas cristalinas del Túria. Y, a tenor de la envergadura del paquete, o dentro había mucho líquido o el muerto estaba muy gordo o muy hinchado. O ambas cosas. Ninguna de ellas iba a ser agradable de ver.

Le dio la última calada al cigarro y lo aplastó entre las piedras. Pensó en tirarlo, pero la belleza del entorno sacudió su conciencia cívica y ecológica. Guardó la colilla en la cajetilla con los dos que le quedaban y echó un vistazo a la escena del crimen. El paraje era bonito, sin duda. El río corría de este a oeste encajado entre dos montes donde crecían algarrobos y olivos en sus faldas, y afiladas rocas se levantaban sobre sus cimas. El puente era una plataforma de obra cuyos vanos eran tramos de tuberías de hormigón. No parecía hecho para durar, sino más bien un arreglo para facilitar el paseo de excursionistas y domingueros durante el buen tiempo. A su izquierda había una casa con tejado a dos aguas vallada y bien cuidada. En el jardín de la edificación se levantaban las estructuras de hierro y la maraña de cables de una subestación eléctrica de Iberdrola y, a pocos metros de ella, una enorme rampa de piedra desembocaba directamente en el río. El sargento de la Casa Cuartel de Gestalgar —el pueblo donde no pod

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