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EL SUCESOR

Concha Álvarez  

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Fragmento

1

UN DÍA CUALQUIERA

César Dávila haría todo lo posible para evitar que lo encontrasen, incluso trabajar bajo las órdenes de un incompetente como el señor Alcázar.

Durante un instante, pensó en pagar las clases de judo con el último billete de cincuenta euros de su cartera, pero al final se apuntó a las clases de boxeo. Le ayudaban a no pensar demasiado en todo lo que había dejado atrás. Había huido de su hogar, sin nada en los bolsillos, y con una maleta cargada de venganza.

—¡César!

—Sí, señor Alcázar —dijo sin que se notara la falta de respeto en la voz.

El encargado del supermercado era un cuarentón, barbudo y con el diámetro de un oso polar. Poseía un carácter agrio que compaginaba con un olor a agua de colonia de barbero que usaba para peinar su barba.

—¿Cuántas veces tengo que explicarte que los cartones de leche desnatada se colocan a la derecha y los de leche entera a la izquierda?

César masculló una maldición y se tragó su orgullo. Contó hasta diez para contener una palabra soez y agachó la cabeza. Necesitaba ese empleo, si no quería usar las tarjetas de crédito y que descubrieran que se ocultaba en aquel supermercado.

—Ayer me ordenó lo contrario.

—Un error más, ¿me has oído? —aseguró, señalándolo con el dedo, alzando la cabeza para mirar el rostro de su empleado—, y vas a la puta calle.

—No volverá a suceder, se lo prometo.

César se dirigió a la sección de aseo femenino después de reponer los cartones de leche por segunda vez. Cerca de las estanterías de maquillaje, varias chicas curioseaban los pintalabios. Una de ellas sería el sueño de cualquier hombre entre los trece y los noventa años. Se ajustó las gafas y la miró de nuevo con disimulo. Organizó varias bolsas de algodones, mientras escuchaba las risas de las muchachas.

—¿Irás esta noche?

La voz de la chica que formuló la pregunta sonó suave y débil en comparación con la de las otras. Vestía unos vaqueros desgastados, con una camiseta negra y descolorida que en nada la favorecía. Sujetaba el cabello en una estirada coleta en la nuca; el sencillo peinado marcaba sus facciones, todavía infantiles y sin una pizca de maquillaje. Su estatura menuda aumentaba la imagen infantil en contraposición con la mundana y cosmopolita de sus dos amigas.

—No seas estúpida. Claro que iré, Mancia —afirmó la rubia espectacular.

César se preguntó qué significaría ese nombre.

—Ni siquiera has tratado a ninguno de ellos...

—¿Y qué importa? —la interrumpió su amiga con desdén—. Son cool.

César esbozó una sonrisa que le torció los labios en un gesto grotesco. Conocía muy bien a esa clase de mujeres que se rodeaban de tipos cuyas carteras atesoraban más de mil euros al final del día. A punto estuvo de casarse con una de ellas y, gracias a la intervención de su «samaritano padre», nunca se celebró la boda.

—No es buena idea —insistió la tal Mancia.

—¿Te chivarás a mi padre?

—Sabes que no.

—Vanesa, que nos acompañe —sugirió la otra rubia con voz chillona, mirándola como a un insecto al tiempo que se atusaba la larga melena.

—Ellos no me han invitado.

—Si vienes conmigo, te aceptarán.

Las chicas giraron la cabeza y observaron a César. Mancia fijó la vista en el hombre cuya mandíbula ancha contraía los labios en un claro gesto despreciativo. A pesar de ello, su expresión neutral al mirarlas le otorgaba un aspecto misterioso. Quizás anduviese por la treintena o tuviera más edad, pero su pelo oscuro y sus ojos verdes de un color aceitunado le daban un aspecto atractivo, que enrojeció sus mejillas al comprobar que él había advertido que lo contemplaba igual que un pastel en un escaparate de una confitería. Mancia, tras unos segundos, se obligó a reanudar la conversación para desviar la vista de él.

—¿Podemos marcharnos ya?

—Espera —le pidió la tal Vanesa, y se acercó con pasos firmes a César—. ¡Deja ya de comerme con los ojos! —dijo con un gesto chulesco. César guardó silencio y, aún más enfadada por aquella nota de indiferencia, añadió—: ¿Acaso crees que no me he dado cuenta?

—Señorita, se equivoca.

Desde que había abandonado la casa familiar, no salía con ninguna mujer, pero no se comportaba como un célibe; si alguna lo atraía, intentaba llevarla a la cama. El apellido Dávila le concedió la posibilidad de muchas noches de sexo con rubias como esa tal Vanesa aunque, después de lo sucedido, se preguntaba cuántas hubieran accedido solo por él, y no por su apellido.

—Encima, eres un cabrón mentiroso —lo insultó—. Desde que has llegado no me has quitado los ojos de encima.

—Creo que ha sido tu amiga —dijo, y señaló a Mancia— quien no me ha quitado los ojos de encima; yo solo hago mi trabajo.

—¡Ella! —exclamó, mirando con desdén a su compañera—. No me hagas reír.

Mancia enrojeció aún más al escuchar las palabras de aquel hombre. Por su parte, a César aquella rubia y sus ofensas empezaban a molestarlo de verdad. La gente comenzaba a formar un corrillo a su alrededor y, si Alcázar presenciaba la escena, ese día lo echaría a la calle.

—Vanesa, por favor —intervino la chica a la que llamaban Mancia—. Llegarás tarde a la fiesta.

—No te metas en esto —dijo, y su rostro evidenció que después se cobraría con creces esa intervención en su favor—. No soporto a los perdedores, sobre todo cuando pueden aspirar a un trabajo mucho mejor; entonces, todavía los desprecio más.

César vio en los ojos de la rubia una desmedida frialdad. Sus palabras

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