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EL SUEñO MILENARIO

Antonio Cabanas  

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Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita bibliográfica

LA LEYENDA

Hace tres mil años...

LA SUBASTA

1

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3

4

5

6

7

EL VUELO

8

EL CAIRO

9

10

11

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13

LA BÚSQUEDA

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17

18

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EL SUEÑO MILENARIO

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21

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Epílogo

Notas

Dedicatoria

A Dolores, mi madre, con cariño

Cita bibliográfica

¡Oh, Egipto, Egipto, de tu religión nada quedará más que fabulosas leyendas que ni tus propios hijos creerán, y tan solo sobrevivirán, grabadas en la piedra, palabras que nos hablen de tu sabiduría!

HERMES TRISMEGISTO

LA LEYENDA

LA LEYENDA

Hace tres mil años...

Hace tres mil años...

La oscuridad lo devoraba todo. Hambrienta hasta la desesperación, parecía haberse hecho corpórea engullendo cuanto le rodeaba con implacable ansia. Sin duda, ese era su privilegio, aunque no por ello dejara de infundir angustia y desasosiego a las dos figuras que luchaban denodadamente por abrirse paso por entre tan siniestro manto.

¿Eran humanas?, ¿o acaso solo desventuradas ánimas venidas desde alguna de las puertas del inframundo por las que discurrían las doce horas de la noche?

Difícil saberlo, de no ser por el ruido de sus pisadas, que parecían conducirles a las mismas entrañas de la Tierra. Aquellas delataban su verdadera naturaleza, lejana a la de cualquier genio o súcubo, aunque bien hubiera podido asegurarse que pertenecían a algún hijo de la noche.

Sin embargo, aquellos dos hombres nada tenían que ver con el reino de las sombras, y mucho menos formaban parte de él, y solo su afición desmedida a transitar por tan lúgubres dominios hacía que parecieran aspirar a cierto grado de parentesco con las criaturas propias de semejante submundo. Mas sobre su linaje no cabía duda alguna, pues descendían de una estirpe de reyes cuya grandeza los había llevado a ser considerados dioses entre los hombres, señores absolutos del país de Kemet. Su augusto padre, Usimare Setepenre, vida, fuerza y prosperidad le fueran dadas, era una buena prueba de ello, pues su memoria habría de ser recordada durante los milenios venideros, siendo considerado como el más grande de los faraones de Egipto: Ramsés II.

Deambulando entre la negrura, ambos hermanos apenas acertaban a atisbar cuanto los rodeaba, pues la antorcha que portaba uno de ellos más parecía destinada a alimentar aquellas tinieblas que a alumbrarlos. Hacía casi una hora que recorrían los más lóbregos pasajes envueltos en difusos velos de polvo y misterio, como dos penitentes en busca del perdón del guardián de las necrópolis. Pero este no parecía tener especial interés en atender sus plegarias, pues los zahería inmisericorde rodeándolos de un ambiente agobiante donde el aire parecía no existir, como si estuvieran en el mismísimo infierno.

¿Acaso no habían osado aventurarse en sus dominios, allí donde solo los muertos habitan y los más extraños conjuros se dan cita para velar por su eterno descanso? ¿Acaso sus temerarios pasos no les encaminaban hacia las puertas del reino de Osiris, señor del Más Allá? Él, Anubis, dios de los muertos, abominaba de todo aquel que tuviera el atrevimiento de cruzar el umbral de los vivos, aunque se tratara de príncipes.

—Hermano —dijo el que parecía más joven—, creo que nos hemos perdido.

El aludido lo miró con su habitual gesto inexpresivo, captando al instante la angustia en aquel rostro apenas iluminado.

—Ya hemos pasado por aquí antes —volvió a decir el menor de los hermanos—. Estoy seguro de ello, Khaemwase.

Este asintió en silencio en tanto observaba de nuevo la difusa imagen de su hermano recortándose entre las sombras. Aquel lugar había resultado ser un auténtico laberinto, una profusión de cámaras y pasadizos difíciles de imaginar que, no obstante, tampoco le causaban extrañeza. Las necrópolis de Egipto se hallaban plagadas de túmulos como aquel, construidos para que solo el alma del difunto pudiera encontrar la salida. Nada tenían que hacer allí los hombres, y él lo sabía.

Suspiró mientras apoyaba una de sus manos en los bajorrelieves que cubrían la cercana pared. A través de ellos, Khaemwase pudo sentir el significado de las letanías que adornaban aquellos muros y que habrían de ayudar al finado en su postrer viaje, aquel que le conduciría al reino de Osiris; magia en estado puro, sin duda.

Pero si había alguien en Egipto capaz de captarlas en toda su magnitud, sin lugar a dudas ese era él, Khaemwase, sumo sacerdote del dios Ptah y primer mago de Kemet, el País de la Tierra Negra. En realidad eran tantos los títulos que engalanaban su persona que nadie en Egipto, salvo su padre el faraón, podía comparársele. De hecho, era bien sabido por todos la predilección que este sentía hacia el cuarto de sus vástagos, al que quería y respetaba tanto por su rectitud como por sus grandes conocimientos. La sabiduría del príncipe Khaemwase era reconocida por todas las gentes que poblaban el Valle del Nilo, que conocían bien su desmedida afición por sacar a la luz las huellas olvidadas de su ancestral cultura. No les resultaba extraño, por tanto, ver al príncipe explorando las viejas necrópolis en busca de misteriosos vestigios del pasado. Además, su fama de estudioso de los más indescifrables papiros y su dominio sobre arcanos conjuros hacían que su figura resultara cautivadoramente enigmática y, por ende, vinculada a una naturaleza solo reservada a los magos.

Khaemwase volvió a mirar a su hermano, que, con mano temblorosa, asía una frágil antorcha cuya luz parecía desvanecerse por momentos, cada vez más trémula, y se arrepintió de haberle invitado a acompañarle.

Indudablemente, aquella no era la primera vez que Khaemwase se aventuraba en el interior de una tumba, aunque justo era reconocer que esta, en particular, le estaba resultando mucho más extraña de lo que hubiera imaginado. Todavía recordaba la tarde en que penetró en el complejo funerario del faraón Djoser III en Saqqara. Las entrañas de la pirámide escalonada que este rey se hiciera erigir más de mil años atrás le habían producido una impresión imborrable, ya que, al adentrarse en sus casi seis kilómetros de túneles y pasadizos, había estado a punto de perderse, y solo la ayuda de uno de sus hombres le había hecho encontrar la salida cuando se hallaba, confuso y asustado, en medio de un complejo entramado de cámaras y pasillos que parecían no tener fin.

El lugar en el que ahora se encontraban no podía compararse, en modo alguno, con la magnífica sepultura que Djoser se hiciera construir siglos atrás y, sin embargo, había resultado tan laberíntico como esta. Su hermano, el príncipe Anhurerau, tenía razón al advertirle que ya habían pasado con anterioridad por aquel túnel, haciéndole ver de esta forma que se encontraban perdidos.

Khaemwase no pudo sustraerse a un cierto sentimiento de culpabilidad. Él había elegido a uno de sus hermanos menores, famoso por su valentía, para que le acompañara en aquella singular misión, sin considerar lo poco que vale el temple de los hombres cuando se tratan asuntos que solo conciernen a los dioses. El hecho de que siempre hubiera sido respetuoso con todas las sepulturas en las que entrara con anterioridad de nada valía ahora, pues aquella tumba encerraba un secreto que nunca debió haber pertenecido a criatura alguna, por haber sido concebido en el fusor de la divina sabiduría.

Para Khaemwase, la búsqueda de aquella tumba había llegado a convertirse en una verdadera obsesión. Durante años había investigado en los archivos sagrados de los templos, estudiando antiguos papiros ya casi olvidados. Su afán de conocimiento le empujaba irremisiblemente a ello, como parte del destino que la diosa Mesjenet trazara para él en el día de su nacimiento. Por eso, cuando averiguó la situación del ansiado sepulcro, se vio presa de una euforia desmedida que llegó a sorprender hasta a su divino padre, el faraón. Ante semejante actitud, Ramsés II no tuvo más remedio que autorizarle la entrada a aquella sepultura, confiando en el buen juicio que su hijo siempre demostraba y en el respeto que, invariablemente, testimoniaba hacia las sagradas leyes.

Así fue como, aquella mañana, el príncipe se encaminó en compañía de su hermano Anhurerau y algunos obreros a la necrópolis de Saqqara, donde, tras despejar la arena que cubría la entrada de la tumba, forzaron su puerta, sellada muchos siglos atrás.

Los hombres que le acompañaban suspiraron aliviados al recibir la orden de permanecer fuera, a la vez que se cruzaban temerosas miradas al ver como ambos hermanos desaparecían en el interior del sepulcro. «Al fin y al cabo, ellos eran obreros de la necrópolis y si los príncipes habían decidido turbar el descanso eterno del difunto allí enterrado, ese no era asunto que les incumbiera, pues solo si les obligaban a hacerlo les acompañarían.»

Khaemwase sabía muy bien lo que pensaban aquellos hombres, pues no en vano eran fieles cumplidores de los sagrados preceptos, y todavía recordaba las expresiones de sus rostros al verles adentrarse en aquel túmulo, cuando la angustiosa voz de su hermano le hizo regresar de sus pensamientos. Al parecer, debía de llevar tiempo llamándolo, pues su tono era, en verdad, quejumbroso.

—Hermano, ¿te encuentras bien? Contesta. ¡Oh, genios del Amenti! —le escuchó decir casi con desesperación—. ¿Qué tipo de hechizo habéis obrado en su persona?

Khaemwase hizo un gesto de disgusto al oír aquellas palabras y se aproximó a su hermano.

—¡Deja el Amenti tranquilo! —masculló sin poder disimular su disgusto—. Sus genios no deben ser invocados con tanta ligereza.

—¿Pero es que no te das cuenta? Nos encontramos en un laberinto. Jamás saldremos de aquí.

Khaemwase acercó su rostro apenas a un palmo del de su hermano a la vez que lo miraba fijamente a los ojos. A la débil luz de la tea, a Anhurerau aquella mirada le pareció llegada desde las mismas tinieblas.

—Escúchame bien, soy Khaemwase; Kha-em-wa-se, ¿entiendes? Mago entre los magos de Egipto, y no saldremos de aquí hasta que encontremos lo que hemos venido a buscar.

Anhurerau no pudo ocultar su perplejidad.

—Ahora aproxima la antorcha a la pared —ordenó Khaemwase con gesto imperativo.

Sin decir una sola palabra, Anhurerau hizo lo que le pedía su hermano. Este le observó durante unos instantes con expresión adusta, y luego dirigió su mirada hacia la mortecina luz que apenas iluminaba uno de los muros.

Mientras se concentraba en las inscripciones de aquella pared, Khaemwase no pudo dejar de reconocer el hecho de que su hermano pequeño tuviera razón. Habían estado recorriendo los lóbregos pasillos de aquella tumba durante más tiempo del considerado como deseable, y siempre para acabar en el mismo lugar. Conocía muy bien los peligros que acechaban a quien se aventurase en un sepulcro que, como aquel, había permanecido cerrado durante siglos. Llegaba un momento en el que el aire, viciado por cientos de años de confinamiento, se hacía irrespirable, a la vez que expandía toda una gama de olores característicos que a la postre formaban parte de un mismo perfume: el de la muerte. Además, el polvo levantado por sus pisadas acababa por crear un fino velo que se adhería más y más a sus cuerpos a cada paso que daban, como entes desesperados en busca de su salvación; un abrazo terrible capaz de llevarlos a las puertas de la asfixia.

La propia arquitectura de la tumba no había hecho sino complicar aún más la situación, pues era difícil imaginar un laberinto como aquel. Pasadizos con profusión de cámaras adyacentes, desoladoramente vacías, de las que partían nuevos corredores que volvían a comunicarse, aquí y allá, y en los que perderse era ciertamente fácil.

Aquel enredo de salas y pasillos no parecía haber sido diseñado por la mano del hombre, pudiéndose asegurar que semejante complejidad en una tumba nunca había sido vista en Egipto.

Khaemwase reflexionó un instante sobre ello y llegó a la conclusión de que era algo lógico, puesto que lo que encerraban aquellos antiguos muros tampoco era humano.

Tras salir de su abstracción, el príncipe volvió a prestar toda su atención a los jeroglíficos que decoraban la pared. La escritura sagrada le hablaba del tránsito del difunto allí enterrado hasta el tribunal de Osiris, así como de los peligros que se vería obligado a sortear para poder alcanzar, finalmente, los anhelados Campos del Ialu, su paraíso.

El príncipe se hallaba ante la representación de la quinta puerta del Mundo Inferior, una de las doce que el finado tenía que franquear como paso obligado hacia la otra vida. Khaemwase reconoció enseguida a la divinidad que en ella residía, la verdadera de corazón, así como los conjuros mágicos que ayudarían al difunto a vencer a la serpiente que guardaba la puerta, la conocida como ojos de llama, y a todos los demonios con los que habría de encontrarse en su proceloso viaje.

«Incluso los más ingeniosos ardides pueden ser resueltos gracias al conocimiento», se dijo el príncipe mientras paseaba su vista por aquella pared.

Khaemwase hizo un gesto imperativo a su hermano para que se acercase.

—Aquí están los textos sagrados referentes al paso de las doce puertas —indicó a Anhurerau—. Ellos nos llevarán hasta la cámara funeraria.

Anhurerau aproximó la luz a su her

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