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EL TALISMáN

Stephen King  

5


Fragmento

1

El hotel y los jardines

del Alhambra

1

El 15 de septiembre de 1981 un muchacho llamado Jack Sawyer se hallaba donde convergen el agua y la tierra, con las manos en los bolsillos de los pantalones vaqueros, contemplando el sereno Atlántico. Tenía doce años y era alto para su edad. La brisa marina despeinaba sus cabellos castaños, probablemente demasiado largos, de la frente noble y despejada. Permanecía allí, pletórico de las emociones vagas y dolorosas que había experimentado durante los tres últimos meses, desde que su madre cerrara su casa de Rodeo Drive, en Los Ángeles, y —en medio de un remolino de muebles, cheques y agentes inmobiliarios— alquilara un apartamento en Central Park West. De aquel apartamento habían huido a este tranquilo lugar turístico de la minúscula costa de New Hampshire. El orden y la regularidad habían desaparecido del mundo de Jack. Su vida parecía tan cambiante e incontrolada como las grandes olas que tenía ante él. Su madre le hacía viajar por el mundo, llevándole de un sitio a otro; pero ¿por qué viajaba ella?

Su madre huía, huía.

Jack se volvió y contempló la playa desierta, primero a la izquierda y luego a la derecha. A la izquierda estaba el Divertimundo Arcadia, un parque de atracciones que funcionaba con gran estruendo desde el Día del Soldado hasta el Día del Trabajo. Ahora estaba vacío y silencioso, como un corazón entre dos latidos. La montaña rusa era un andamiaje que se recortaba contra aquel cielo nublado y uniforme y los soportes verticales y en ángulo como pinceladas hechas con carboncillos. Allí abajo estaba su nuevo amigo, Speedy Parker, pero el muchacho no podía pensar ahora en Speedy Parker. A la derecha estaba el hotel Jardines de la Alhambra, y hacia allí se dirigieron inevitablemente sus pensamientos. El día de su llegada Jack había creído ver por un momento un arco iris sobre el tejado a la holandesa, con buhardilla. Una especie de signo, una promesa de cosas mejores. Pero no había ningún arco iris. Una veleta giraba de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, atrapada por un viento de costado. Se apeó del coche de alquiler, haciendo caso omiso del deseo implícito de su madre de que se ocupara del equipaje, y miró hacia arriba. Sobre el gallo giratorio de latón de la veleta solo había un cielo plomizo.

—Abre el maletero y saca el equipaje, hijito —le llamó su madre—. Esta actriz vieja y destartalada quiere registrarse e ir a la caza de una copa.

—Un martini elemental —contestó Jack.

—«No eres tan vieja», tenías que decir. —Ella se apeó del asiento con grandes dificultades.

—No eres tan vieja.

Le dedicó una sonrisa radiante —un vestigio de la antigua desenfadada Lily Cavanaugh (Sawyer), reina durante dos décadas de las películas de la clase B— y se enderezó.

—Todo irá bien, Jacky —dijo—. Todo irá bien aquí. Es un buen lugar.

Una gaviota voló sobre el tejado del hotel y por un segundo Jack tuvo la inquietante sensación de que la veleta había levantado el vuelo.

—Nos abstendremos de contestar al teléfono por un rato, ¿eh?

—Claro —contestó Jack.

Ella quería esconderse de tío Morgan, no deseaba más disputas con el socio de su difunto marido, quería arrastrarse hasta la cama con un martini elemental y taparse la cabeza con la manta…

«Mamá, ¿qué te pasa?»

Había demasiada muerte, el mundo estaba medio hecho de muerte. La gaviota gritó en lo alto.

—Adelante, chico, adelante —dijo su madre—. Entremos en el bello y querido lugar.

Entonces Jack pensó: Por lo menos, siempre está tío Tommy para ayudar en caso de que las cosas se pongan realmente peliagudas.

Pero tío Tommy ya había muerto; solo que la noticia aún estaba en el otro extremo de un montón de hilos telefónicos.

2

El Alhambra se adentraba en el agua. Era un gran caserón victoriano sobre gigantescos bloques de granito que parecían confundirse casi sin fisuras con el promontorio bajo; un cuello de granito que se proyectaba en los escasos kilómetros de litoral de New Hampshire. Los jardines que había eran apenas visibles desde el lugar donde se encontraba Jack en la playa: un trozo de seto verde oscuro, esto era todo. El gallo de latón se recortaba contra el cielo, dividiéndolo en oeste y noroeste. Una placa anunciaba en el vestíbulo que aquí, en 1838, se había celebrado la Conferencia Metodista del Norte, la primera de las grandes reuniones abolicionistas de Nueva Inglaterra. Daniel Webster había hablado largo y tendido, con ardor e inspiración. Según la placa, dijo: «A partir de este día, sabed que la esclavitud, como institución americana, ha empezado a debilitarse y pronto morirá en todos nuestros estados y territorios».

3

Así llegaron aquel día de la semana anterior que había puesto fin a la agitación de sus meses en Nueva York. En Playa de Arcadia no había abogados de Morgan Sloat que saltaran de coches blandiendo papeles que debían firmarse, que debían archivarse, señora Sawyer. En Playa de Arcadia los teléfonos no llamaban desde las doce del mediodía hasta las tres de la mañana (tío Morgan parecía olvidar que los residentes de Central Park West no vivían a la hora de California). De hecho, los teléfonos de Playa de Arcadia no llamaban nunca.

Mientras cruzaban la pequeña localidad turística —su madre conducía con la concentración del miope, con los ojos entornados—, Jack solo vio a una persona en las calles, un viejo loco que empujaba por la acera un carrito de la compra vacío. Sobre sus cabezas pendía aquel cielo plomizo y gris, incómodo. En total contraste con Nueva York, aquí solo había el constante sonido del viento, que silbaba por las calles desiertas, demasiado anchas por la falta de tráfico. Aquí se veían tiendas vacías con letreros en los escaparates que rezaban: ABIERTO SOLO LOS FINES DE SEMANA o, aún peor, ¡NOS VEREMOS EN JUNIO! Había cien plazas de aparcamiento vacías en la calle del Alhambra y mesas vacías en el Salón de Té y Mermelada Arcadia, contiguo al hotel.

Y viejos locos y desaliñados empujando carritos de la compra por las calles desiertas.

—Pasé las tres semanas más felices de mi vida en este pintoresco lugar —le dijo Lily al pasar de largo junto al viejo (que se volvió a mirarlos con temor y suspicacia, murmurando algo que Jack no logró entender) y tomando la curva de la avenida que cruzaba los jardines delanteros del hotel.

Porque tal era la razón de que hubieran llenado maletas, maletines y bolsas de plástico con todas las cosas sin las que no podían vivir, cerrado con llave la puerta del apartamento (sin hacer caso del estridente grito del teléfono, que parecía penetrar por la cerradura y perseguirlos hasta el vestíbulo); tal era la razón de que hubieran llenado el maletero y el asiento trasero del coche alquilado con su montón de cajas y bolsas y pasado horas en la cola de la autopista Henry Hudson, en dirección norte, y muchas más horas ascendiendo por la I-95: porque Lily Cavanaugh Sawyer había sido una vez feliz aquí. En 1968, el año anterior al nacimiento de Jack, Lily fue candidata a un premio de la Academia por su papel en una película titulada La hoguera. La hoguera fue mejor que la mayoría de las películas de Lily, y en ella pudo demostrar un talento mucho mayor del que habían revelado sus habituales papeles de chica mala. Nadie esperaba que Lily ganase, y menos que nadie la propia Lily, pero para ella la frase hecha según la cual el verdadero honor está en la nominación era la pura verdad; se sentía honrada, profunda y genuinamente honrada, y para celebrar aquel momento único de auténtico reconocimiento profesional, Phil Sawyer tuvo el acierto de llevarla a pasar tres semanas al hotel Jardines de la Alhambra, en el otro lado del continente, donde contemplaron la ceremonia de entrega de los Oscar bebiendo champán en la cama. (Si Jack hubiera tenido más años y ocasión para preocuparse de ello, habría hecho la necesaria resta y descubierto que el Alhambra había sido el lugar de su principio esencial.)

Cuando se leyeron las candidaturas de las actrices secundarias, Lily, de acuerdo con una leyenda familiar, había gruñido a Phil:

—Si gano ese cacharro y no estoy allí, haré el gorila sobre tu pecho con mis tacones puntiagudos.

Pero cuando ganó Ruth Gordon, declaró:

—Se lo merece, claro que sí, es una chica estupenda. —Y, propinando un puñetazo a su marido en pleno pecho, añadió—: Será mejor que me busques un papel como ese si de verdad eres un agente de altos vuelos.

Sin embargo, no hubo más papeles como aquel. El último de Lily, dos años después de la muerte de Phil, fue el de una cínica ex prostituta en una película titulada Los maníacos de la motocicleta.

Mientras sacaba el equipaje del maletero y del asiento de atrás, Jack sabía que era aquel período el que Lily conmemoraba ahora. La maleta más pesada había rasgado la de lona, desparramando un montón de calcetines enrollados, fotografías sueltas, piezas de ajedrez, con el tablero, y cómics. Jack consiguió meterlo casi todo en los otros bultos. Lily subía despacio los escalones del hotel, apoyándose en la barandilla como una anciana.

—Avisaré al botones —dijo, sin volverse.

Jack se enderezó frente a las abultadas maletas y volvió a mirar hacia el cielo, donde estaba seguro de haber visto un arco iris. Sin embargo, no lo había, solo aquel cielo extraño e inquietante.

Entonces:

—Acércate —dijo alguien a sus espaldas con una voz tenue y perfectamente audible.

—¿Qué? —preguntó, volviéndose. Ante él se extendía la avenida y los jardines vacíos.

—¿Qué dices? —inquirió su madre, que se agarraba, encorvada, al picaporte de la gran puerta de madera.

—Nada —contestó Jack. No había oído ninguna voz ni visto ningún arco iris. Los olvidó y miró a su madre, que pugnaba por abrir la enorme puerta—. Espera, vengo a ayudarte —gritó y subió corriendo las escaleras, acarreando torpemente una gran maleta y una bolsa de papel llena de suéteres.

4

Hasta que conoció a Speedy Parker, Jack vivió en el hotel, tan inconsciente del paso del tiempo como un perro dormido. Toda su vida le pareció como un sueño durante aquellos días, lleno de sombras y transiciones inexplicables. Ni quiera la terrible noticia sobre tío Tommy, llegada por el hilo telefónico la noche anterior, le despertó del todo, pese a su magnitud. Si Jack hubiera sido un místico, podría haber pensado que las otras fuerzas se habían apoderado de él y estaban manipulando la vida de su madre y la suya propia. Jack Sawyer era, a los doce años, una persona que necesitaba actividad, y la pasividad silenciosa de aquellos días, después de la algarabía de Manhattan, le confundieron y desequilibraron de una forma básica.

Jack se encontró solo en la playa sin recordar cómo había ido hasta allí ni tener idea de qué hacía en aquel lugar. Supuso que se sentía triste por la pérdida de tío Tommy, pero tenía la sensación de que su mente se había echado a dormir dejando al cuerpo sin ayuda. No podía concentrarse lo bastante para comprender el argumento de las comedias que él y Lily veían por la noche, y menos aún retener en su mente los matices de la ficción.

—Estás cansado de tanto ir de un lado para otro —dijo su madre, chupando con fuerza el cigarrillo y mirándole a través del humo con los ojos entornados—. Debes relajarte un poco, Jacky. Este es un buen lugar. Disfrutemos de él mientras podamos.

Bob Newhart, que aparecía ante ellos en la pantalla de color algo demasiado rojizo, miraba con expresión pensativa un zapato que sostenía en la mano derecha.

—Esto es lo que hago, Jacky —dijo con una sonrisa—, relajarme y disfrutar.

Jack miró el reloj. Habían pasado dos horas frente al televisor y no podía recordar nada de lo que había precedido a este programa.

Ya se iba a la cama cuando sonó el teléfono. El bueno del tío Morgan Sloat ya los había encontrado. Las noticias de tío Morgan nunca eran muy emocionantes, pero por lo visto la de hoy era sensacional, incluso para su nivel acostumbrado. Jack se hallaba en el centro de la habitación, observando que su madre palidecía cada vez más y se llevaba la mano a la garganta, donde en los últimos meses habían aparecido nuevas arrugas. No dijo casi nada hasta el final, cuando murmuró: «Gracias, Morgan», y colgó. Entonces se volvió hacia Jack, con aspecto más viejo y enfermo que nunca.

—Ahora tendrás que ser fuerte, Jacky, ¿de acuerdo?

Jack no se sentía fuerte.

Ella le cogió una mano y se lo dijo.

—Jack, tío Tommy ha muerto esta tarde, atropellado por un coche.

Profirió una exclamación ahogada, como si le faltara el aliento.

—Cruzaba el bulevar La Ciénaga cuando un camión se le echó encima. Hay un testigo que ha dicho que era negro y llevaba escritas en un lado las palabras NIÑO SALVAJE, pero esto…, esto es todo.

Lily se echó a llorar. Un momento después, casi sorprendido, Jack la imitó. Todo aquello había ocurrido hacía tres días, que a Jack se le antojaban una eternidad.

5

El 15 de septiembre de 1981, un muchacho llamado Jack Sawyer se encontraba mirando las aguas tranquilas en una playa situada frente a un hotel que parecía el castillo de una novela de sir Walter Scott. Quería llorar pero era incapaz de dar rienda suelta a las lágrimas. Estaba rodeado de muerte, la muerte componía la mitad del mundo, no había ningún arco iris. El camión NIÑO SALVAJE había eliminado del mundo a tío Tommy. Tío Tommy había muerto en Los Ángeles, demasiado lejos de la Costa Este, donde incluso un chico como Jack sabía que era su verdadero hogar. Un hombre que se ponía corbata antes de ir a buscar un bocadillo de rosbif a Arby’s no tenía nada que hacer en la Costa Oeste.

Su padre había muerto, tío Tommy había muerto y su madre podía estar al borde de la muerte. También aquí, en Playa de Arcadia, llegaba la muerte a través del hilo telefónico en la voz de tío Morgan. No era la sensación de melancolía tan barata y evidente de un lugar turístico fuera de temporada, donde uno no dejaba de tropezar con fantasmas de veranos anteriores, sino porque parecía estar en la textura de las cosas y olerse en la brisa del océano. Sintió miedo…, lo sentía desde hacía mucho tiempo. Estar allí, en un lugar tan silencioso, no hizo más que ayudarle a comprender este hecho: que tal vez la muerte había viajado con ellos por la I-95 desde Nueva York, entornando los ojos a causa del humo del cigarrillo y pidiéndole que buscara una canción de moda en la radio del coche.

Podía recordar —vagamente— a su padre diciéndole que había nacido con una mente de viejo, pero su mente no se sentía vieja ahora, sino muy joven. Asustado —pensó—, estoy muy asustado. Aquí es donde termina el mundo, ¿no?

Las gaviotas surcaban el cielo plomizo. El silencio era gris como el cielo… y tan mortal como las ojeras cada vez más profundas de su madre.

6

Cuando entró paseando en el Divertimundo y conoció a Lester Speedy Parker después de no sabía cuántos días de dejarse llevar por el tiempo, aquella sensación pasiva de estar sujeto le abandonó. Lester Parker era un negro de cabellos grises muy rizados y profundas arrugas en las mejillas. Su aspecto era muy corriente ahora, pese a todo lo que hiciera en su vida pasada como músico itinerante de blues. Tampoco dijo nada que fuera notable y, sin embargo, en cuanto Jack entró sin rumbo fijo en el parque de atracciones y vio los ojos claros de Speedy, toda la confusión le abandonó y volvió a sentirse él mismo. Fue como si una corriente mágica hubiera pasado directamente del viejo a Jack. Speedy le sonrió y dijo:

—Vaya, parese que he encontrado compañía. Acaba de entrá un pequeño viajero.

Era cierto, ya no estaba sujeto; solo un segundo antes se sentía como envuelto en algodón húmedo y azúcar hilado y ahora estaba libre. Por un instante, un nimbo plateado pareció temblar en torno al viejo, una pequeña aureola de luz que desapareció en cuanto Jack pestañeó y vio por primera vez que el hombre sostenía el mango de una grande y pesada escoba.

—¿Está bien, chico? —El empleado se puso una mano en la espalda y se enderezó—. ¿El mundo ha empeorao o ha mejorao?

—Uf, ha mejorado —contestó Jack.

—Entonse yo diría que ha asertado con el lugar. ¿Cómo te yama?

Pequeño Viajero, le llamó aquel primer día Speedy, Viejo Viajero Jack. Apoyó su cuerpo alto y anguloso contra una máquina automática y agarró la escoba con ambas manos como a una chica en un baile. El hombre que ves aquí es Lester Speedy Parker, también viajero en otro tiempo, muchacho, je, je. Oh sí, Speedy conocía el camino, conocía todos los caminos en aquellos viejos tiempos. Tenía una banda, Viajero Jack, y tocaba blues con la guitarra. Grabé algunos discos también, pero no te pondré en el aprieto de preguntarte si los has oído. Cada sílaba tenía su propia cadencia rítmica, cada frase, su deje y su aire; Speedy Parker llevaba una escoba en vez de una guitarra, pero todavía era un músico. A los cinco segundos de hablar con Speedy, Jack supo que su padre, un amante del jazz, habría gozado con la compañía de este hombre.

Siguió a Speedy por doquier durante tres o cuatro días, viéndole trabajar y ayudándole cuando podía hacerlo. Speedy le dejaba clavar clavos, lijar una o dos estacas que necesitaban una mano de pintura; estas sencillas tareas, realizadas según las instrucciones de Speedy, eran la única educación que recibía, pero le hacían sentir mejor. Ahora Jack veía sus primeros días en Arcadia como un período de malestar continuado del que había sido rescatado por su nuevo amigo. Porque Speedy Parker era un amigo, no cabía duda, y en esta seguridad se escondía cierto misterio. Desde que el estado de confusión abandonara a Jack hacía pocos días (o desde que Speedy lo disipara con una mirada de sus ojos claros), el viejo se había convertido en un amigo más íntimo que cualquier otro, con la posible excepción de Richard Sloat, a quien Jack conocía como quien dice desde la cuna. Y ahora, contrarrestando su terror por la muerte de tío Tommy y el miedo de que su madre estuviera moribunda, sentía el tirón de la sabia y cálida presencia de Speedy en cuanto salía a la calle.

De nuevo tuvo Jack la incómoda y vieja sensación de ser dirigido, manipulando, como si un alambre largo e invisible le hubiera arrastrado a él y a su madre a este lugar abandonado a orillas del mar.

Quienesquiera que fuesen, querían que estuviera aquí.

¿O era una locura? En su visión interna distinguió a un hombre viejo y encorvado, que no estaba en sus cabales, empujando un carrito de la compra por la acera.

Una gaviota chilló en lo alto y Jack se prometió que hablaría de sus sentimientos con Speedy Parker. Aunque este creyera que había perdido el juicio, aunque se riera de él. Pero Jack sabía que no se burlaría de él; eran amigos porque una de las cosas que Jack comprendía sobre el viejo guarda era que podía confiarle casi cualquier secreto.

No obstante, aún no estaba preparado para todo aquello. Era demasiado absurdo y ni él mismo lo comprendía. Casi de mala gana, volvió la espalda al parque de atracciones y caminó por la arena en dirección al hotel.

2

El embudo se abre

1

Al día siguiente, Jack Sawyer seguía sin comprender nada, aunque aquella noche había tenido una de las peores pesadillas de su vida. En ella, una criatura horrible se había acercado a su madre, un monstruo enano de ojos desplazados y piel podrida y escamosa. Tu madre está casi muerta, Jack, ¿sabes decir aleluya?, graznó este monstruo y Jack supo —como se saben estas cosas en sueños— que era radiactivo y que si lo tocaba, también él moriría. Se despertó con el cuerpo bañado en sudor, a punto de lanzar un estridente grito. El continuo estruendo de la marea le recordó donde estaba, pero tardó horas en volver a dormirse.

Su intención había sido contar la pesadilla a su madre esta mañana, pero Lily estaba desabrida y reticente, oculta tras una nube de humo de cigarrillo. Solo le sonrió un poco cuando Jack se disponía a salir de la cafetería del hotel con una excusa.

—Piensa en lo que quieres cenar esta noche.

—¿Por qué?

—Porque sí. Pero que sea algo sólido; no he venido de Los Ángeles a New Hampshire para envenenarme con perros calientes.

—Probemos uno de esos lugares de mariscos de Hampton Beach —sugirió Jack.

—Estupendo. Anda, vete a jugar.

Vete a jugar, pensó Jack con una amargura inusitada en él. Oh, sí, mamá, ya me voy. Anda, vete a jugar. Demasiado normal. ¿Con quién? Mamá, ¿por qué estás aquí? ¿Por qué estamos aquí? ¿Hasta qué punto estás enferma? ¿Por qué no quieres hablarme de tío Tommy? ¿Qué está tramando tío Morgan? ¿Qué…?

Preguntas, preguntas. Y ninguna servía de nada porque no había nadie para contestarlas.

A menos que Speedy…

Pero esto era ridículo; ¿cómo podía un viejo negro que acababa de conocer solucionar cualquiera de sus problemas?

Aun así, pensó en Speedy Parker mientras bajaba por el sendero entablado que conducía a la deprimente playa desierta.

2

Aquí es donde termina el mundo, ¿verdad?, pensó de nuevo Jack.

Las gaviotas surcaban el cielo plomizo. El calendario decía que aún era verano, pero el verano había terminado aquí, en Playa de Arcadia, el Día del Trabajo. El silencio era tan gris como el aire.

Se miró las zapatillas y vio que tenían manchas de alquitrán. Grasa de playa, pensó, una especie de contaminación. No tenía idea de dónde se las había manchado y se apartó del borde del agua, inquieto.

Las gaviotas continuaban chillando y bajando en picado. Una de ellas gritó sobre la cabeza de Jack, que oyó un chasquido casi metálico. Se volvió a tiempo de verla bajar para posarse sobre una roca con un largo y torpe aleteo. Entonces movió la cabeza con gestos rápidos, casi robóticos, como para verificar que estaba sola y fue saltando hasta donde la almeja que había dejado caer yacía sobre la arena lisa y compacta. La almeja se había abierto como un huevo y Jack vio carne cruda moverse en su interior… o quizá solo se lo imaginó.

No quiero ver esto.

Sin embargo, antes de que pudiera volverse de espaldas, el pico amarillo y curvo de la gaviota empezó a hundirse en la carne, estirándola como una cinta de goma, y al muchacho se le contrajo el estómago. En su mente podía oír gritar a aquel trozo de carne… nada coherente, solo un poco de carne viva gritando de dolor.

Intentó de nuevo apartar la mirada de la gaviota, pero no pudo. El pico se abrió, mostrando una garganta rosada. La almeja volvió a encerrarse en sus resquebrajadas valvas y por un instante la gaviota miró a Jack con ojos negros y mortíferos, confirmando la horrible verdad: los padres mueren, las madres mueren, los tíos mueren, aun cuando hayan ido a Yale y parezcan sólidos como paredes de banco con sus ternos comprados en Savile Row. Los chicos también mueren, quizá…, y al final todo lo que queda es el grito estúpido, inconsciente de unos tejidos vivos.

—Eh —exclamó Jack en alto, pensando que la voz solo sonaba en su mente—. Eh, dame una oportunidad.

La gaviota, sentada sobre su presa, le observó con sus redondos ojos negros y enseguida volvió a picotear la carne. ¿Quieres un poco, Jack? ¡Todavía palpita! ¡Dios mío, es tan fresca que aún no sabe que está muerta!

El pico amarillo y fuerte volvió a hundirse en la carne y a estirar. Estiraaaaaaaar…

Se desprendió de golpe y la cabeza de la gaviota se elevó hacia el cielo gris de septiembre, tragando. Y una vez más pareció mirar a Jack, del mismo modo que algunos cuadros siempre dan la impresión de mirarle a uno, vaya adonde vaya en la habitación. Y los ojos… conocía aquellos ojos.

De repente deseó estar con su madre, ver sus ojos de color azul oscuro. No recordaba haberla necesitado con tanta desesperación desde que era muy, muy pequeño. La-la, la oyó cantar dentro de su cabeza y su voz era la voz del viento, tan pronto cercana como distante. La-la, duerme ahora, Jacky, niño bonito, papá se ha ido de caza. Y todo ese jazz. Recordó ser mecido y a su madre fumando un Herbert Tereyton tras otro, quizá mirando un guion; páginas azules, los llamaba ella, y Jack lo recordaba: páginas azules. La-la, Jacky, todo es frescura. Te quiero, Jacky. Chist… duerme. La-la.

La gaviota le estaba mirando.

Con un horror súbito que le invadió la garganta como agua salada y caliente, vio que realmente le estaba mirando. Aquellos ojos negros (¿de quién?) le veían. Y conocía aquella mirada.

Una tira de carne cruda colgaba todavía del pico de la gaviota. Mientras la observaba, el ave se la tragó y el pico se abrió en una sonrisa monstruosa pero inconfundible.

Entonces se volvió y echó a correr, con la cabeza baja y los ojos cerrados, arrasados en lágrimas saladas y calientes, hundiendo las zapatillas en la arena, y de haber existido un modo de subir muy arriba, muy arriba, hasta donde estaba la gaviota, se le habría visto solo a él, solo sus huellas en todo el día plomizo; Jack Sawyer, de doce años, corriendo solo hacia el hotel, habiéndose olvidado de Speedy Parker, con la voz casi perdida entre las lágrimas y el viento, gritando una y otra vez: no, no y no.

3

Se detuvo sin aliento al final de la playa. Una cálida punzada le recorría el costado izquierdo, desde la mitad de las costillas a la parte más profunda de la axila. Se sentó en uno de los bancos que la ciudad ofrecía a las personas viejas y se apartó el cabello de los ojos.

Contrólate. Si el sargento Furia se marcha con la sección ocho, ¿quién mandará los Comandos Aulladores?

Sonrió y se sintió un poco mejor. Desde aquí arriba, a quince metros del agua, las cosas tenían mejor aspecto. Quizá era la presión barométrica o algo parecido. Lo ocurrido a tío Tommy era horrible, pero suponía que llegaría a asimilarlo, a aceptarlo. En cualquier caso, esto era lo que decía su madre. Tío Morgan había estado muy pesado últimamente, pero el hecho era que tío Morgan siempre había sido bastante latoso.

En cuanto a su madre

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