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EL TALLER DE LIBROS PROHIBIDOS

Olalla García  

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Fragmento

Capítulo 1

I

—Ven acá, chiquilla. Palpa sin miedo.

Inés acarició, sin rozarlas apenas, las mangas del lujoso vestido extendido sobre la cama. Desde que su hermana dejara el encargo en casa del sastre aprovechaba cualquier conversación para alardear sobre el atuendo que estrenaría en la festividad de los Santos Niños, los patronos de la villa complutense.

Hoy lo había recogido. Y aunque faltase casi mes y medio para la celebración había venido a exhibirlo ante sus familiares más cercanas. Quería asegurarse —repetía— de que cualquier vecino supiese al verla que María Ramírez era esposa «de todo un maestro tipógrafo». Con saya y cuerpo de raso guarnecido, lechuguilla y puños blancos y aquella vistosa mantellina de seda, bien podría pasar por esposa de todo un corregidor.

A Inés le reconfortaba saber que, pese a aquella afectación, su interlocutora seguía siendo la misma: la buena de María, corpulenta y enérgica, amiga de verdades abruptas, que pasaba con la mayor naturalidad del ceño severo a la sonrisa.

—Guárdamelo como oro en paño, chiquilla, que me ha costado a precio de tal —aseguró—. ¿Por dónde anda madre? ¿Ya está preparada para la romería?

—Casi. Vendrá a reunirse contigo enseguida.

Para celebrar aquel domingo, radiante y cálido como correspondía a las postrimerías de junio, las mujeres de la familia habían preparado una excursión a la ermita del Val, seguida de una jornada de recreo y comida campestre a orillas del río Henares.

Inés tenía vedado acompañar a su madre y hermana en aquella celebración en la que tanto ansiaba participar. Intentó distraer su desconsuelo con otros pensamientos:

—Mientras viene madre, ¿por qué no me enseñas de nuevo los zarcillos?

La interpelada agitó la cabeza para mostrar bien sus vistosos pendientes de oro y perlas: la última atención de su marido, de la que, según confesión propia, no se desprendía siquiera para dormir.

—Quiera el cielo que mi señor esposo no nos eche a perder la ocasión, que en día de caminata es todo quejas y rezongos. —Estaba diciendo ahora. Tomó los dedos de su hermana menor entre los suyos—. En serio, chiquilla, me pesa dejarte aquí. ¿No hay modo de convencerte de que vengas con nosotros?

—Sabes que no.

Habían transcurrido poco más de seis meses desde el fallecimiento de su marido. Y toda viuda decente se debía al menos a un año de luto; un año recluida en una estancia tapizada de negro, en la que no penetrase el sol.

María escudriñó el dormitorio de su hermana con el gesto de quien busca el origen de un olor desagradable.

—Mira que el encierro y la oscuridad no traen consigo provecho, sino grandes males. Y el esperar, ¿de qué sirve? Lo dice el refrán: «Quien tiempo tiene y tiempo atiende, tiempo viene en que se arrepiente.» —Se acercó más a Inés y le susurró al oído—: Bien podrías salir de tapada, con el cuerpo y el rostro bajo un manto, como hacen otras. ¿Y quién se enteraría? —Hizo una pausa, como si dudara si añadir más o no—. Además, bien lo sabe Dios, tampoco es que él lo merezca. Que de tanto como se lo llevaban los demonios, seguro que le tenían ya sitio reservado allá abajo, como a buen conocido. Y aunque hubiera sido el más santo de los varones, ¿qué? ¿Es esa razón para enterrarte en vida? Digo, chiquilla, si el bendito de mi Juan...

—¡Guárdelo Dios muchos años! —la interrumpió su hermana, santiguándose.

—Guárdelo muchos, sí. Pero, de lo contrario, ¿crees tú que yo me iba a quedar cumpliendo condena? Malhaya quien dijo: «La mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa.» ¡Valiente mentecato! La pierna se la quebraba yo a él, a ver qué opinaba entonces del arreglo. Sí, señor mío, que de querer clausura me hubiera metido a monja. Conventos no faltan en nuestra villa de Alcalá...

Enmudeció al escuchar pasos. Su madre apareció en la puerta de la estancia, ataviada con las ropas negras que vestía en los días de fiesta, ya desgastadas por el uso. Venía asistida por el ama Teodora, macilenta como una ánima en pena, y por Matilde, la moza que ejercía funciones de cocinera y sirvienta en el hogar, la cual, con su buena color y sus carnes rollizas, presentaba todo un contraste con la anterior.

La señora Ana se había detenido a la entrada de la habitación.

—¿Callas, María? Algún disparate andarías diciendo.

Dirigió la mirada hacia la mayor de sus hijas, como si pudiera verla pese a sus ojos ciegos. Esta caminó hasta ella y la tomó del brazo con delicadeza.

—Hay verdades, madre, que parecen disparates al oído del necio.

—Y también disparates que parecen verdad a su boca, hija mía.

La aludida fingió ofenderse.

—¿Eso me decís, cuando soy yo quien viene a buscaros para llevaros a la plaza? ¡Bonita forma de mostrar gratitud! Aún os dejo en casa con vuestra hija favorita, que de seguro os alegra la tarde.

Inés sonrió, casi a su pesar. Por un momento volvió a sentirse como la niña que era hacía apenas dos años, antes de casarse.

Apartó ese pensamiento. A veces es provechoso volver los ojos al pasado; pero soñar con recuperarlo siempre es devastador.

—¡Ea, basta de disputas! —Besó a ambas en la frente y las acompañó a la salida—. Hoy es día de celebración y holganza. Y a vuestro regreso espero que me contéis hasta el último detalle.

Tras despedirse de su madre y su hermana, Inés se sintió incapaz de regresar a su habitación. La negrura de sus paredes le asfixiaba el alma. Más de seis meses llevaba durmiendo en aquella estancia lóbrega como un mausoleo. Y aún le quedaban casi otros tantos...

Transcurrido ese tiempo la tradición le permitía decorar el dormitorio con tonos más claros, siempre que este permaneciera sobrio y desprovisto de adornos, semejante a una celda monacal. Toda buena viuda debía ofrecer constantes muestras de abnegación, sacrificio y pesadumbre durante el resto de su existencia; y aún mejor si se privaba de toda convivencia social y optaba por el recogimiento, el silencio y la piedad.

María tenía razón en un punto. Se esperaba que Inés mostrase al mundo una completa aflicción; que llorase hasta agotar las lágrimas, que se encogiese sobre sí misma y renunciase a otra vida que no fuese la del encierro y el dolor.

Ella había derramado lágrimas, aunque no por su marido. Sí lo había hecho por las veces en que él la había ultrajado, o maltratado hasta hacerla sangrar, o encerrado a oscuras en aquel cuartucho oscuro y opresivo como un ataúd, en el que el aire parecía faltar; por haber aceptado que la resistencia era inútil; por haber visto romperse en pedazos su ingenuidad infantil, sus sueños de un hogar feliz y seguro; por sentirse agradecida de que el Señor se lo llevase tan pronto, antes de que él la aniquilase a ella. De cierto, tenía razones para llorar.

Pero no había agotado las lágrimas, ni había renunciado a seguir caminando hacia el futuro. Ahora era depositaria del negocio familiar; tenía a su cargo casa, comercio, taller: debía enfrentarse a dilemas, compromisos, obligaciones, responsabilidades. Había llegado al matrimonio como una niña; en pocos meses se había visto forzada a convertirse en mujer... y en una capaz de actuar como un hombre.

Recorrió la casa vacía de gente, llena de recordatorios dolorosos. La tienda, a pie de calle, con su mostrador de roble y sus anaqueles repletos de volúmenes: obras litúrgicas, devocionarios y libros de horas, tratados de oración y flores sanctorum. La librería y el taller de encuadernación de Antonio Lozano —ahora a nombre de su viuda— eran célebres en la villa por su especialización en títulos de temática religiosa.

Una escalera de mano descansaba junto a la puerta de entrada; permitía acceder a los estantes más altos, que guardaban los textos universitarios. Era harto conocida la tendencia de los estudiantes a hacerse con sus manuales de estudio sin pagar por ellos; razón por la cual los libreros usaban de toda prevención para evitar que tal cosa ocurriera.

—Dejar uno de estos al alcance de un colegial de San Ildefonso es ponérselo demasiado fácil —decía Tonio a su aprendiz, mientras este colocaba en la balda superior todos los comentarios a la Suma Teológica de santo Tomás y las Sentencias de Pedro Lombardo—. Lo intentarán de todos modos. Pero son nuestros futuros prelados, obispos, integrantes del Santo Oficio. Lo menos que podemos hacer por ellos es ayudarlos a aguzar el ingenio.

Ella recordaba la escena tan vívidamente como si acabara de tener lugar. Corría el mes de septiembre; en breve los nuevos estudiantes comenzarían a llegar y sus nombres engrosarían el registro de matrícula. En el taller se había recibido un nutrido cargamento de material de escritorio y libros de texto en rama. Tonio había concluido el inventario; vestía su sayo de paño leonado, el que resaltaba sus ojos, y sonreía. Eran las primeras semanas de su matrimonio, e Inés aún miraba al futuro como si este fuera un viejo amigo en el que pudiera confiar.

Parpadeó varias veces para contener las lágrimas. Los recuerdos dolían como golpes recientes. Giró con brusquedad, dejó atrás la tienda y entró en el taller contiguo. Las dos prensas, con sus respectivos ingenios de cortar, se alineaban en una de las paredes; en la contraria, junto a un gran ventanal —ahora con las cortinas cerradas— se hallaba el telar para coser y la mesa de encuadernación.

Por un momento tuvo la impresión de que una sombra acechaba en la calle, al otro lado de los cristales. Pero enseguida desechó la sensación como algo absurdo. Los cortinajes eran demasiado gruesos. ¿Quién iba a intentar atisbar a través de ellos? ¿Y para qué? En domingo todas las tiendas permanecían cerradas.

Miró a su alrededor y suspiró. Pese a sus amonestaciones, ni Gabriel ni Albertillo se habían ocupado de guardar los materiales: una regla de enlomar y la tabla para misales se hallaban fuera de sitio; uno de los mazos de la piedra para bruñir había quedado sobre el banco; varios otros instrumentos estaban fuera de sus respectivas cajoneras y gavetas: un compás aquí, una chifla allá, un martillo, unas tijeras y un sacabocados sobre la mesa...

En el caso de Gabriel no resultaba sorprendente. Era el único oficial del taller. Ahora que el maestro Antonio había fallecido, se mostraba reacio a cumplir con los requerimientos de Inés. Aunque ella estaba familiarizada con el oficio desde la infancia, no había tenido la formación regulada por contrato que los varones sí recibían. Y, por si eso no bastase, él no era de los que aceptan de buen grado órdenes de una mujer.

Albertillo era muy distinto. Desde el principio se había mostrado como un aprendiz despierto y servicial. Con su jovialidad y su carácter incansable, el chiquillo inspiraba ánimo a todos cuantos habitaban la casa, e Inés estaba más que dispuesta a pasar por alto sus pequeñas omisiones.

El almacén se hallaba junto al taller. Tal vez podría revisar el estado de los materiales con vistas al próximo pedido. No soportaba la idea de permanecer inactiva mientras el resto de la villa disfrutaba del asueto en las calles y plazas.

La sobresaltó un ruido en la ventana. Alguien martilleaba el cristal con los nudillos. Era un sonido impaciente, aunque amortiguado, que buscaba llamar a la casa pero permanecer sordo al exterior.

—¿Antonio? —susurró una voz masculina con acento francés—. ¿Antonio Lozano?

Inés se quedó paralizada. ¿Quién era aquel visitante clandestino? ¿Qué podía buscar allí? Lo mejor sería permanecer callada, fingir que la casa se encontraba vacía.

—¿Antonio Lozano? —repitió el desconocido. Golpeó las rejas, ahora con determinación. No parecía dispuesto a marcharse sin recibir respuesta.

Cediendo a un impulso, Inés se acercó al ventanal.

—Por la puerta principal —murmuró, sin abrir las cortinas.

El visitante calló unos instantes.

—¿No hay una portilla trasera?

Ahora fue ella quien vaciló. Aún estaba a tiempo de poner fin a aquello... lo que fuese.

—No —mintió al fin.

Echó a andar hacia la entrada. A los pocos pasos se detuvo. ¿Qué estaba haciendo? Actuaba de manera absurda, como si no fuera dueña de sus actos. ¿Y por qué?

Pareciera que, de repente, no pudiera quedarse sin descubrir a qué obedecía todo aquello. ¿Acaso era víctima de un hechizo? ¿O había sido poseída por algún espíritu maligno que la manejaba a su antojo?

Lo ignoraba. Tan solo sabía que necesitaba desvelar aquel misterio como si su vida dependiera de ello.

Tomó el rosario que colgaba de su cintura y empezó a repasar las cuentas con los dedos. Recitó un paternóster y, así pertrechada, se dirigió al encuentro del visitante. Abrió la mirilla, cuidando de mantener bien atrancado el batiente.

Por primera vez pudo ver las facciones del desconocido... o parte de ellas. Sostenía el manto ante la boca con la mano izquierda; llevaba calado el sombrero, para ocultar así sus facciones.

—¿Antonio Lozano? —preguntó de nuevo.

—Mi esposo nos dejó hace unos meses, téngalo Dios en Su gloria. —Intentó que su voz reflejase una entereza que estaba lejos de sentir—. ¿Teníais negocios con él?

El hombre se tomó un instante para considerar aquella pregunta.

—Negocios, eso es. Negocios importantes...

Miró de un lado a otro, como si temiese que alguien doblase la esquina. La zona de las Cuatro Calles estaba ocupada en su mayoría por librerías, talleres de imprenta y de encuadernación. Era un lugar muy frecuentado cuando las tiendas estaban abiertas, pero hoy había quedado sin apenas tránsito. Con todo, seguía siendo una zona céntrica, demasiado cercana a la universidad y a la plaza del Mercado. Cualquier vecino podía hacer su aparición de un momento a otro.

—Tenemos, como decís... negocios pendientes. Abrid la puerta y os lo explicaré.

—Explicaos primero. Después, tal vez la abra.

El visitante se inclinó hacia la mirilla. Al hacerlo, apartó al manto y dejó al descubierto la palma de la mano izquierda, cuajada de antiguas cicatrices... y los ojos más azules y despiadados que Inés hubiera visto jamás. La joven sintió que un escalofrío le dejaba temblando el cuerpo y el alma. Si Satanás adoptase un rostro humano —pensó— sin duda tendría ojos como aquellos.

—Solo quiero lo que vuestro esposo se comprometió a conseguir para nosotros, hace ya casi un año. De Viris Illustribus de san Jerónimo. ¿Os lo dejó a vos?

Ella apenas acertó a negar con la cabeza. Aquellas frases, que hubieran debido tranquilizarla, le provocaban justo el efecto contrario. Su mano izquierda apretaba el crucifijo del rosario con tanta fuerza como si pretendiese grabárselo en la piel, igual que un estigma. Se obligó a hablar:

—No tengo constancia de vuestro pedido. Pero puedo encargarme de conseguirlo. Volved mañana, cuando la tienda esté abierta, y hablaremos.

—Volveré... algún día. Tenedlo por cierto. Soy hombre de palabra.

El desconocido dio media vuelta y se alejó. Al comprender que no regresaría en breve, Inés no pudo evitar sentirse aliviada.

Pierre llamó a la puerta mientras se enjugaba la frente con el puño de la camisa. El aire del atardecer aportaba un respiro frente al calor asfixiante de la jornada.

Había caminado mucho, demasiado; y todo ello en la época más calurosa del año. Las últimas semanas de julio y las primeras de agosto no acostumbraban a ser clementes con los viajeros, sobre todo en las ásperas tierras de Castilla.

Un mes llevaba vagando por aquellos reinos hisp

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