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EL TALLER DE MUñECAS

Elizabeth Macneal  

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Fragmento

Un retrato

Cuando las calles están más oscuras y más silenciosas, una joven se sienta ante una mesita en el sótano de un taller de muñecas. Frente a ella, una cabeza calva de porcelana la observa con mirada vacua. La vela sisea. La muchacha pone un poco de acuarela roja y blanca en la concha de una ostra, chupa la punta del pincel, ajusta el espejo que tiene delante y mira arrugando los ojos el papel en blanco. Añade agua para hacer una mezcla de color carne. La primera pincelada es como una bofetada. El papel, prensado en frío, es grueso y no se arruga.

A la luz de la vela, las sombras se magnifican y las puntas de su pelo se funden con la negrura. Sigue pintando: un único trazo para la barbilla, blanco para las mejillas allá donde la llama se refleja. Copia fielmente sus defectos: los ojos separados, la clavícula deforme, retorcida. Su hermana y su ama duermen arriba, y hasta el rumor del pincel se le antoja una impertinencia, un estrépito ensordecedor que las despertará.

Frunce el ceño. Ha hecho la cara demasiado pequeña. Quería llenar con ella la página, pero ahora su cabeza flota sobre una expansión en blanco. El papel, en el que se ha gastado el salario de toda una semana, ha quedado inservible. Debería haber dibujado antes un boceto, debería haber tenido menos prisa para empezar.

Se queda sentada unos momentos con la luz y su pintura. El corazón le da brincos; el rostro de la muñeca la mira. Debería volver a la cama antes de que la descubran.

Pero al final se inclina sin apartar los ojos del espejo y acerca la vela. Es de cera, no de sebo, escamoteada del alijo secreto de su ama. Moja el dedo en la cera caliente y se hace un dedal. Luego pasa la mano por la llama para ver cuánto tiempo soporta el calor, hasta que oye el chisporroteo del fino vello del dedo.

PRIMERA PARTE

Sin duda, algo reside en este corazón que no es

perecedero, y la vida es más que un sueño.

MARY WOLLSTONECRAFT,

Cartas escritas en Suecia,

Noruega y Dinamarca (1796)

Una cosa bella es un goce eterno:

su hermosura crece, jamás

se trocará en nada, pues nos guarda

un rincón sereno, un lugar

lleno de dulces sueños y salud y una respiración callada.

JOHN KEATS,

«Endimión» (1818)

Tienda de curiosidades antiguas

y nuevas de Silas Reed

Silas está sentado a su mesa con una tórtola en la palma de la mano. El sótano está quieto y silencioso como una tumba, aparte de las lentas exhalaciones de su respiración, que agitan el plumaje del ave.

El hombre frunce los labios mientras trabaja. A la luz de la vela, no es feo, conserva todo el cabello a sus treinta y ocho años y no muestra signos de encanecimiento. Mira en torno a él: los tarros de cristal que se alinean en las paredes, cada uno etiquetado y, en cada uno, el hinchado cuerpo de un espécimen en conserva. Abotargados corderos, serpientes, lagartos y gatitos se aprietan contra los bordes de su confinamiento.

—No te me vayas a escapar ahora, bribona —masculla, tensando con las tenazas el alambre de sus garras.

Le gusta hablar con sus criaturas, inventarse las historias que han dado con ellas en su mesa. Tras considerar muchos escenarios imaginarios para esta paloma —la ha visto incordiar a las barcazas en el canal y anidar en una vela de El Odiseo— se ha quedado con una fantasía que le gusta; y así, reprende a menudo a su compañera por su inventada costumbre de atacar a las vendedoras de berros. Por fin la suelta, y la tórtola se queda muy tiesa posada en su poste de madera.

—¡Bueno! —exclama, reclinándose hacia atrás mientras se aparta el pelo de los ojos—. A ver si así aprendes a no arrebatarle el manojo de verduras a una pobre niña.

Silas está satisfecho con su trabajo, sobre todo teniendo en cuenta que ha tenido que apresurar las etapas finales para que el encargo estuviera listo por la mañana. Está seguro de que el ave será del agrado del artista, pues tal como este había pedido, está congelada en pleno vuelo y las alas forman una uve perfecta. Lo que es más, Silas ha arañado un beneficio extra al añadir otro corazón de paloma a uno de los amarillentos tarros, donde pequeños orbes flotan en fluido conservante, listos para obtener un buen precio de médicos y boticarios.

Silas recoge el taller, limpia y ordena sus herramientas. Está en mitad de la escala, empujando la trampilla con el hombro mientras sostiene con cuidado la paloma en los brazos, cuando suena abajo el tísico resuello del timbre.

Espera que sea Albie, puesto que ya es de mañana. Abandona el ave en un armario y atraviesa la tienda presuroso, ávido por saber qué le traerá el chico. Sus últimas capturas han sido cada vez más insignificantes: ratas agusanadas, gatos viejos con el cráneo aplastado, incluso una paloma medio atropellada con un muñón por pata. («Pero, señor, si supiera lo difícil que es... Los recolectores de huesos se llevan lo mejor del negocio.») Si la colección de Silas ha de superar la prueba del tiempo, necesita completarla con algo verdaderamente excepcional. Piensa en la panadería cercana, en el Strand, que malvivía de unas abultadas hogazas integrales que solo valían como arma arrojadiza, hasta que al panadero, a punto de entrar en la prisión de los deudores, se le ocurrió macerar fresas en azúcar para venderlas en tarros. Aquello transformó el establecimiento y lo hizo tan famoso que hasta aparecía en los panfletos turísticos de la ciudad.

El problema es que Silas piensa a menudo que ha encontrado su ejemplar único, especial, pero nada más concluir el trabajo, se ve atormentado por las dudas, por el ansia de ir más allá. A los patólogos y coleccionistas que admira —hombres de ciencia y medicina como John Hunter y Astley Cooper— no les faltan especímenes. Ha escuchado, subrepticiamente y pálido de envidia, las conversaciones de los hombres médicos en las tabernas frente a la Universidad de Londres, cuando comentaban las disecciones de la mañana. Tal vez él no tenga sus contactos, pero seguro, seguro que un día Albie le traerá algo —le tiembla la mano—, algo notable. Y entonces su nombre será grabado en la entrada de un museo y toda su obra, todos sus esfuerzos serán reconocidos. Se imagina subiendo por los escalones de piedra con Flick, su queridísima amiga de la infancia, deteniéndose al ver «Silas Reed» grabado en mármol. Ella, incapaz de contener su orgullo, le posaría la palma de la mano en la parte baja de la espalda. Y él le explicaría que todo lo ha construido para ella.

Pero no es Albie, y cada llamada a la puerta conlleva un mayor desencanto: una doncella acude de parte de su ama, que quiere un colibrí disecado para un sombrero; un niño con chaqueta de terciopelo curiosea una eternidad por la tienda hasta que por fin compra un broche de mariposa, que Silas le vende con un estremecimiento de desdén. Y mientras tanto, Silas solo se mueve para meter sus monedas en una bolsa de piel de perro. En la quietud entre un cliente y otro, su pulgar recorre una sola frase de la revista The Lancet. «Tu-mor que separa la os-oss-ossa navi.» El sonido del timbre y los golpes en la puerta son los únicos latidos de su vida. Arriba, un dormitorio en la buhardilla; abajo, su oscuro sótano.

Es exasperante, piensa Silas mirando en torno al pequeño comercio, que los artículos más banales sean los que le dan de comer. El mal gusto de las masas no conoce límites. La mayoría de sus clientes pasan de largo las auténticas maravillas —el cráneo de un león de cien años, el abanico hecho con tejido de pulmón de ballena, el mono disecado en una campana de cristal— y va derecha al aparador de lepidópteros del fondo. Contiene alas de mariposa color bermellón que él encaja entre dos pequeñas placas de cristal; algunas son colgantes para collares; otras, mero adorno; todas, absurdas baratijas que ellos mismos podrían hacerse si tuvieran imaginación, opina. Solo los pintores y los boticarios pagan por lo que de verdad le resulta interesante.

Y entonces, cuando el reloj canta la undécima hora, oye unos ligeros golpes y el débil tartamudeo del timbre del sótano. Se apresura a la puerta. Será algún niño idiota con solo dos peniques para gastar, o si es Albie le traerá otro maldito murciélago o un perro sarnoso que no valdrá más que para un guiso. A pesar de todo, se le acelera el corazón.

—Ah, Albie. —Silas abre la puerta intentando mantener firme la voz. La niebla del Támesis se cuela en la casa.

Un niño de diez años le devuelve la sonrisa. («Son diez, lo sé porque nací el día que la reina se casó con Albert.») Un solo diente amarillento se planta en mitad de su encía superior como una lápida.

—Le he conseguido una criatura fresca.

Silas mira el callejón sin s

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