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EL TEJEDOR DE PESADILLAS (LOS DIOSES DEL NORTE 2)

Jara Santamaría  

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Fragmento

1

Ada

a Amona echó un tronco más a la chimenea.

Cuidadosamente, cogió un atizador de hierro y comenzó a remover las ramas y las bolitas de papel que había entre la madera, provocando un chisporroteo rojo que terminó por avivar el fuego del salón.

Lo observé con atención durante unos segundos. O tal vez minutos, yo qué sé. Creo que ni siquiera fui consciente de que llevaba un buen rato ahí parada, de pie, con la cabeza echada hacia un lado, siguiendo el baile de las llamas. Como si fueran a decirme algo. Como si en cualquier momento fueran a desvelarme un secreto y tuviera que estar atenta, muy atenta, para comprenderlo bien.

No me habría enterado de que llevaba tanto tiempo haciendo el tonto, con una pila de platos en la mano esperando a que los colocase en la mesa, si no fuese porque la Amona se puso de pie, ayudándose de la repisa de la chimenea para incorporarse.

—¡Chist! —Yo agité la cabeza cuando me di cuenta de que se dirigía a mí—. ¡Ada, despierta!

Carraspeé, un poco avergonzada.

Ya lo sé. Seguro que te parece una tontería, ¿no? Seguro que piensas que no es más que una puñetera chimenea.

Ya.

Pero es que, desde que volví de Gaua, una chimenea jamás volvió a ser una chimenea.

Habían pasado varios meses desde... todo lo que pasó. Con la vuelta al colegio y mi vida de siempre en Madrid, el verano en Gaua parecía sacado de un sueño rarísimo. De alguna manera, era como si me hubiese inventado todo lo que vi y viví allí: Unax convenciéndome para que saltara por aquel pozo, llegar a ese lugar donde siempre era de noche sobrevolado por luciérnagas y descubrir que había sido engañada, Ximun amenazándome, los brujos intentando que destruyera un portal, todas esas historias sobre mi linaje y... y la magia.

Tragué saliva.

Es como si eso tampoco hubiera pasado nunca.

En el mismo momento en que volvimos al mundo de la luz, la Amona nos había hecho prometer que no le contaríamos a nadie lo que había pasado. Decía que era demasiado peligroso, especialmente para mí. Ya ves, por lo visto es lo que tiene ser un bicho raro y descender del dios de las tinieblas: todo el mundo quiere raptarte. Y con todo el mundo me refiero, por supuesto, a esos brujos revolucionarios que querían aprovechar mi supuesto poder para destruir el portal para siempre y acabar con la división de los dos mundos, pero ahí no quedaba la cosa. Según la Amona, si cualquier brujo ambicioso o cualquier criatura sedienta de venganza descubriera quién soy y lo que soy capaz de hacer, se pelearían por llevarme de su lado y utilizarme para dominar el mundo. Por no hablar del mismo Gaueko, claro. ¿Qué pasaría si llegaba a descubrir que yo existía? ¿Que estaba viva, después de todo? ¿Que había logrado esconderme de él? ¿Intentaría reclamarme como su legítima heredera de la Oscuridad Eterna, o algo así? No, a la Amona no le parecí

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