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EL TESORO DE HERR ISAKOWITZ

Danny Wattin  

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Fragmento

1

Mi abuelo me contó algo

 

Mi abuelo no me contó casi nada de su pasado. Nada sobre su infancia de judío en la Alemania de los años veinte y treinta, nada sobre su familia ni de cómo fue a parar a Suecia. No sé por qué nunca me contó quién era ni de dónde venía. Tal vez tenía miedo de recordar demasiado. Porque miedo sí tenía, y sus hijos sentían que no debían preguntar. La suya no era una familia en la que se hicieran preguntas. No obstante, mi padre logró enterarse de algunas cosas. Por ejemplo, que mi abuelo Erwin creció en una pequeña ciudad llamada Marienwerder, que amaba a su madre y odiaba a su padre, y que su familia tenía una tienda de ropa para caballeros. Eso era casi todo. Y es que el pasado de mi abuelo paterno no era un tema prioritario de conversación; de hecho, cuando le pregunté a mi padre el nombre de su abuelo, tuvo que buscarlo en el árbol genealógico donde registraba los nacimientos y las muertes de sus parientes.

Como hijo y nieto de supervivientes del Holocausto, la afición a la investigación genealógica tiene ciertas ventajas e inconvenientes que son únicos. Por ejemplo, gracias a lo buenos que fueron los nazis a la hora de documentar sus atrocidades durante la guerra, resulta fácil saber cuándo murieron nuestros parientes. Un inconveniente es que no quedaron muchos parientes sobre los cuales se pueda investigar; otro, que las ramas que aún existen de nuestro árbol genealógico ahora viven en diferentes lugares del mundo. Además, la relación entre esas ramas es muy complicada, a veces rayana en lo inexistente. Los que pertenecemos a la parte sueca de la familia llegamos a esa conclusión debido a que el hermano menor de mi abuelo, que vive en Argentina y que es el único de los tres hermanos que está vivo, jamás quiso saber de nosotros. Nunca hemos sabido por qué. Pero como nosotros, igual que los otros hombres del clan de los Wattin, somos tan sensibles como quisquillosos, tampoco hemos querido saber nada de él. Asimismo, mi padre solía decir que no estás obligado a tener contacto con la gente solo porque sean tus parientes. A veces basta con saber cuándo nacen o se mueren.

Pero antes de que esta historia se dispare en descripciones genealógicas demasiado detalladas, es preciso revelar lo que mi abuelo les contó a sus hijos: su padre, Hermann Isakowitz, antes de desaparecer enterró junto a un árbol de su patio lo más valioso que poseía. Con el paso de los años, he oído esa historia muchas veces, tanto en boca de mi padre como de mi tío. Pero para ser totalmente sincero, debo decir que yo nunca había pensado mucho en ella. En realidad no era más que una historia familiar entre muchas otras. Todos mis abuelos maternos y paternos eran judíos refugiados, y las historias de sus vidas eran más dramáticas que la mayoría de las novelas. De modo que una pequeña cosa enterrada no era algo que me hiciera saltar de alegría. Muy diferente fue lo que le sucedió a Leo, mi hijo mayor, cuando oyó la historia hace unos años.

—¡Cómo! —dijo—, ¿tenemos un tesoro?

—Sí —respondí—, supongo que podemos decir que lo tenemos. Al menos mi abuelo así lo creía. Pero bueno, tesoro, tesoro..., la verdad es que no lo sé.

—¿Qué clase de tesoro? ¿Podría ser oro?

—No lo sé —respondí—, pero imagino que debió de ser lo más valioso que tenía. Joyas, quizá, u objetos personales. Muchos hicieron lo mismo en aquellos tiempos. Enterraron sus cosas.

—¿Por qué las enterraron?

—Para desenterrarlas después, cuando volviesen.

—¿Y lo hicieron?

—¿Si hicieron qué?

—Desenterrarlas.

—No —dije—, no las desenterraron.

—¿Por qué no?

—Porque… bueno, los alemanes se los habían llevado... o sea, los condujeron a...

—Tenemos que ir a buscarlo.

—¿Qué tenemos que ir a buscar?

—El tesoro, Danny. Tenemos que ir a buscar el tesoro.

Miré a mi hijo. Esto ocurrió hace dos años más o menos, de modo que él tendría unos siete años. Su mirada aún era abierta como suele ser la de los niños hasta cierta edad, maravillosamente ingenua y perspicaz al mismo tiempo. Y él había visto algo tan evidente que yo, con toda mi madurez, me había perdido. A saber, que si tienes un tesoro debes dedicarte a buscarlo hasta que lo encuentres.

El niño tenía razón. Cuanto más pensaba en ello, más me convencía. Sin embargo, lo que más me tentaba no era la posibilidad de desenterrar cosas valiosas. Mis planes eran mucho más grandiosos. Sería una peregrinación en la que tres generaciones de hombres —mi padre, mi hijo y yo— iríamos en busca de los orígenes de nuestra familia. Sería un viaje terapéutico. Un viaje de entendimiento. Un viaje en el cual los tres nos acercaríamos mutuamente hasta descubrir todo lo que nos unía, pese a tantas diferencias. Esos eran mis planes.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta