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EL TIEMPO DE LA RAZóN PERDIDA

Ava Cleyton  

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Fragmento

Capítulo 1

Desde la terraza del dormitorio principal de la finca manchega de Los Romeros se podría contemplar un millón de veces el atardecer. Nunca sería el mismo. Cientos de matices propiciarían que el sol día a día desapareciera de una forma extraordinaria, distinta cada vez, aunque siempre salvaguardando una belleza casi cósmica, como de ficción. Rosas intensos se mezclarían al trasluz, entre las pomposas nubes algodonadas, con naranjas brillantes y violetas de los cuadros más coloridos. Tal vez por el suave recitar de las chicharras, o por el lejano ladrido de algún galgo afanándose en rescatar la presa para su amo, los atardeceres de la casa de Clara poseían un encanto especial, sublime e inusitado no solo para el caminante extranjero, poco acostumbrado quizás, a sensaciones tan sencillas y a la par tan maravillosas, sino para cualquier ser humano sensible capaz de saborear la hermosura de la naturaleza y de sentir la omnipresencia de la Diosa como algo único.

Desde allí una mujer joven, apoyada en la balaustrada de piedra del balcón floreado, contemplaba el maravilloso espectáculo del que el sol la hacía partícipe todas las tardes de aquella hermosa primavera de 1936, mientras saboreaba con dulce calma aquellos ratitos vespertinos, en los cuales la vida le parecía un poquito más amable.

El trajín de las criadas no irrumpía en su paz. Al contrario, la relajaba observarlas. Aprovechaban esas horas para ocuparse de la colada, siempre abundante en una casa de tales dimensiones, con tantas habitaciones: catorce, sin contar las reservadas a los gañanes, de cuya ropa, de labor la mayoría, se ocupaban ellos mismos. Vestidas todas de color blanco casi celestial, entonaban una dulce copla andaluza. Clara disfrutaba al verlas tan pulcras, inmaculadas, impolutas. Les dijo una mañana, antes de comenzar con la tarea: «Soy consciente de su trabajo, fabrican el jabón con sus propias manos, recogen el excremento de las gallinas, alimentan a los cerdos; no obstante, les ruego que ante mí se presenten ustedes curiosas».

Así que, por capricho de la señora, aquellas jornaleras, melladas algunas, o incluso luciendo un antiestético bello oscuro por encima de los labios, mostraban un aspecto verdaderamente mágico, como de cuento. Y para evitar que la maniática señora se enfadase y las regañara, o incluso las despidiese (ya se había dado el caso), habían adoptado la sabia costumbre de cambiarse de bata antes de realizar la última tarea de la jornada, cuando en Madridejos atardecía y la señora, relajada, tomaba su delicioso té con pastas traídas de Magán, mientras esperaba con graciosa impaciencia el regreso de su señor esposo.

Clara García Moreno no soportaba la miseria. Simbolizaba para ella no solo la pobreza, sino también la dejadez y el conformismo absoluto del ser humano, incapaz de superar sus propias adversidades. La vida podía ser más plácida si los enseres de la casa estaban siempre en orden, si el patio se quedaba todas las noches barrido y si el mantel de cada día despedía un certero aroma a «blanco nuclear».

Y odiaba las sobras. Los restos de comida le provocaban náuseas, sobre todo desde que llegó a la finca. Jamás permitía a las cocineras aprovechar la carne del cocido de los jueves para hacer croquetas, costumbre muy arraigada, por cierto, entre las mujeres de su entorno, ni mucho menos repetir un mismo plato dos días seguidos. Decía que no tenía ninguna necesidad de andar con menudencias, ya que su marido poseía suficiente riqueza como para permitirse ciertas licencias, por lo cual, con respecto a ese tema, era también bastante «estricta». Hasta tal extremo llegaba su absurda obsesión que en más de una ocasión se tiraron cantidades pecaminosas de carne hervida a la basura, de tocino o de garbanzos, pues en su atolondrado empeño tampoco permitía que el servicio comiera de sus sobras. Este hecho singular propició que doña Rosa, su suegra, la calificara en más de una ocasión, de «loca paleta despilfarradora».

Ciertamente, no le faltaba razón. Era tal su paranoia que a diario se aseguraba del número de comensales que se sentarían a la mesa. Después elaboraba una lista exhaustiva de los alimentos que iban a consumir y se la daba a la cocinera, Gertrudis. Esta, que a veces no podía entender la manía de la señora de comprar a diario teniendo una despensa en la que podrían dormir veinte individuos con bastante comodidad, fruncía el ceño y se metía el papel en el bolsillo del mandil, a la espera de que su hija Magdalena, la única de sus ocho vástagos que había ido a la escuela, se la descifrara.

Y es que Clara, desde que llegó hacía más de un año a la finca, organizaba al servicio de forma dictatorial, sin contemplaciones ni gestos que pudieran delatar el más mínimo indicio de camaradería, lo que provocaba muchas críticas no solo por parte de su suegra, que la soportaba estoicamente por ser la mujer de su único hijo varón, sino por parte de sus subordinadas, que veían en ella a una enemiga, de la cual se burlaban sin piedad en los placenteros descansos que les brindaba la siesta.

Así, el origen humilde de la señora era el tema de conversación predilecto de aquellas sirvientas envidiosas y chismosas. Para ellas, el ascenso social de «doña» Clara suponía un insulto, un ultraje, una humillación, pues creían que el puesto de la dama, a la que a regañadientes otorgaban el para ellas dudoso tratamiento de «señora», estaba en la cocina, entre las cazuelas y los fogones, y no entre las sábanas de algodón y las colchas de encaje bordadas a mano con delicadeza y primor. Se les hacía incluso ridículo considerarla distinta cuando habían jugado con ella, poco por cierto, en la plaza del ayuntamiento, cuando eran niñas. No comprendían como el señorcito Javier, tan apuesto y distinguido, tan refinado y cosmopolita, se había podido fijar en una pueblerina como ella, cuando había viajado tanto y con toda seguridad, habría frecuentado a verdaderas señoras de la aristocracia madrileña, de soltero, que con mucho, nada tenían que ver con la insulsa Clara.

Aquel atardecer era, además de extraordinario, único para ella. El doctor Oliver, médico del pueblo y amigo especial de la familia desde hacía muchos años, poseía los esperados resultados de las pruebas médicas que Clara se había hecho en Toledo. Sobre su mesa, un sobre color sepia procedente del laboratorio revelaba la verdad. A esas horas, el doctor Oliver había examinado escrupulosamente el resultado de los análisis que prescribió a Clara hacía más de tres semanas. No había ningún indicio desfavorable, por lo que al encaminarse a la finca de Los Romeros, relajado después de un ajetreado día de consulta, decidió disfrutar con plenitud del hermoso paisaje que se abría ante sus ojos. El mes de junio en Madridejos suele ser bastante caluroso. Aquel año las cabañuelas predestinarían un mes inestable en cuanto a las lluvias, pero por lo demás, se acercaba la fiesta de San Juan, y el tiempo no regalaba sorpresas. Caía la tar

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