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EL TRICICLO ROJO

Vincent Hauuy  

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Fragmento

Triciclo rojo

Jeremy Harrington sonríe ante el rosal; tiene motivos de sobra para sentirse feliz. Dentro de dos días cumplirá cincuenta años. Iris saldrá por fin de su casa de Pittsburgh y vendrá a presentarle al pequeño Lucas.

Hace más de tres años que espera este momento. Y la guinda es que ni siquiera tendrá que soportar al imbécil de su yerno, que ha tenido la buena idea de irse de viaje de negocios a Miami. Así que todo es perfecto en este día de verano: desde el olor del césped recién segado hasta el aroma de los dulces que se escapa por la ventana de la cocina. Ya no piensa en la artritis que lo va devorando poco a poco ni en las cartas de impago que acaba de pasar por la trituradora de su despacho. Cruza una mirada con su mujer, que tiende la ropa en el jardín. Intercambian una sonrisa cómplice. Sí, el día más bonito del verano, sin duda alguna. Jeremy relaja la mano y la sacude para devolverle la vida; luego coge las tijeras de podar que están plantadas en la tierra removida. Y mientras corta una rosa y la imagen de la cabecita rizada de su nieto lo llena de felicidad, no advierte el pequeño triciclo rojo que baja por Howard Drive.

Timothy Carter se dispone a meter la llave en la cerradura de su flamante Toyota MR cuando la puerta de su casa se abre y golpea contra la fachada. Lucy Carter asoma la cabeza, lo llama y tira delante de la entrada dos grandes bolsas negras; de una de ellas, reventada, sobresale la tapa de una caja de raviolis. Él hace una mueca y apoya la frente en la portezuela. Otra vez se le ha olvidado sacar la basura. Y la arpía de su mujer ya le está soltando la tercera bronca del día. La primera fue por haber dejado que la leche hirviera al fuego, la segunda por haber cambiado el orden de los zapatos en el vestidor y la última, en ese mismo instante, por haberse dejado las bolsas. Tanto da. ¡Que se vaya al diablo, esa engreída! En cuanto haya entrado en casa, él ya estará camino de la felicidad. Y cuando esté apalancada en el sofá vaciando botes de helado, con la cabeza llena de rulos pegada al televisor, él estará en el séptimo cielo. Un paraíso en forma de habitación de hotel en el Days Inn & Suites. Y todas las broncas se habrán esfumado cuando él se la esté metiendo hasta el fondo a la joven becaria a la que no se quita de la cabeza desde hace una semana.

Por eso se puede permitir una sonrisa forzada y unas excusas tontas masculladas deprisa y corriendo, y ya puestos, ¿por qué no?, hasta un beso en la frente de su mujer. Y mientras se inclina, recoge las bolsas negras y avisa a Lucy de que volverá tarde del trabajo, piensa en el culo y la minifalda ceñida de piel sintética y en los labios carnosos que lo esperan en Plattsburgh. Cuando vuelve al coche, el triciclo rojo ya ha pasado por delante de la puerta del garaje.

Antonio Da Silva apura su sexta Budweiser de la mañana y tira la botella vacía al cubo metálico que tiene al lado de la mecedora. Le importan un comino el sol y la temperatura, que ya es muy alta para una mañana de agosto. Su hermano se debate entre la vida y la muerte, y es culpa suya. Si no hubiese bromeado con Jackie y contado por enésima vez aquel día su estúpido chiste de árabes y judíos, habría podido avisar a Frank cuando la carretilla elevadora volcó, y quizá habría evitado que una caja de una tonelada le aplastase el abdomen.

Antonio coge el segundo pack de Bud, se lo coloca encima de las rodillas, saca una botella y la abre con los dientes.

Piensa en las tardes de barbacoa con su hermano mientras la vacía de un trago. «¡A tu salud, Frank!», dice antes de arrojar el casco de la botella al cubo metálico y fallar.

De no haber roto a llorar escondiendo la cabeza entre las manos, habría visto pasar el triciclo rojo por la esquina de Howard Drive con Haynes Terrace.

Rebecca Law sí que ha visto el triciclo rojo. Lo ha visto volar por encima del parabrisas al levantar la cabeza, después de inclinarse sobre el asiento del copiloto para buscar con el dedo el pendiente perdido entre los apuntes de clase. Había alcanzado a tocarlo con el índice justo en el momento en que el choque y un ruido sordo le hicieron pensar que su Buick Grand National había atropellado un animal o había topado con una rama en la calzada.

Pero no. No es un animal ni una rama.

Para el coche en medio de la calzada, deja el motor en marcha y abre la portezuela. Luego chilla como nunca había chillado, ni siquiera el día en que Jenny le puso una tarántula de verdad en el brazo para darle un susto.

Con las uñas clavadas en las mejillas y los ojos desmesuradamente abiertos contempla la escena del drama.

Jeremy Harrington suelta las tijeras de podar y se precipita hacia la calle.

Timothy Carter retira la llave de contacto y sale del coche.

Antonio Da Silva levanta la cabeza, se seca los ojos con la manga y corre hacia el lugar del que proceden los gritos.

Y mientras los vecinos salen de uno en uno de las casas y Rebecca sigue chillando, los tres ven el triciclo rojo, el charco de sangre que fluye… y el niño desnudo tendido sobre el asfalto.

Jeremy Harrington deja entonces de sonreír y ya no piensa en el pequeño Lucas que vendrá dentro de dos días.

Timothy Carter ya no está excitado con la idea de agarrar con firmeza ese culo ceñido por una minifalda de piel sintética.

Y Antonio Da Silva ha olvidado que Frank respira gracias a una máquina.

No. En ese momento preciso, en Peru, estado de Nueva York, ellos saben que su vida acaba de dar un giro y que ya nunca volverá a ser la misma.

Calipigia

Noah tiene los ojos fijos en la pantalla, pero su mirada sobrepasa el rectángulo luminoso. El monitor muestra desde hace unos diez minutos la póliza del seguro del señor Alvarez, pero no la lee. No ve las palabras, ni siquiera los caracteres, solo unas manchas negras sobre fondo blanco. Mira mucho más allá, tras un velo invisible en el que su mente está aprisionada.

Noah inspira, bloquea el diafragma, cierra los ojos y se concentra en su entorno para emerger de las brumas que los pensamientos parásitos han tejido en su mente. Lo primero que percibe es el staccato frenético que su vecino del compartimento de enfrente emite al aporrear las teclas de su ordenador, luego el ronroneo tranquilo de los ventiladores de la torre que descansa a sus pies y finalmente el olor a café que sale de la taza de Starbucks de la mesa de al lado y forma grandes volutas. Noah suelta el aire para disipar la neblina y abre los ojos. La magia ha surtido efecto. Las manchas negras han adoptado la forma de letras y ahora, por fin, distingue las frases en la pantalla.

Echa una ojeada al reloj y hace una mueca. La Gorgona exige la entrega del expediente antes del mediodía.

Sacude el teclado y sopla sobre las teclas hasta que las últimas migas de cruasán que han caído en él salgan.

Con un poco de suerte, terminará a tiempo ese tostón, siempre que no vuelva a distraerse.

Pero Noah está esperanzado: las crisis son cada vez menos frecuentes y la rehabilitación empieza a dar sus frutos. Salvo por las migrañas, los temblores y las noches en blanco, todo va divinamente.

Toma el cuaderno del escritorio y garabatea «alacridad» al final de una lista de palabras que ya ocupa varias páginas.

Después coloca los dos índices sobre las teclas y comienza a teclear.

Apellido: Alvarez

Nombre: Eduardo

Está a punto de introducir el número de la seguridad social del cliente cuando ve a Rachel con el rabillo del ojo; acaba de salir del despacho de la Gorgona. La monumental pelirroja vestida con traje de chaqueta también lo mira, le sonríe y se dirige hacia su compartimento.

Noah baja la mirada, clica con el ratón y da un golpe con el pie. El corazón se le acelera; es el efecto que esa mujer opera en él… uno entre muchos.

Ella se sienta a su lado y Noah traga saliva.

—Hola, Rachel —dice al tiempo que le dedica una sonrisa desvaída.

La pelirroja también le sonríe, apoya una mano en su hombro y mira la pantalla.

—Deberías ponerte las pilas, Noah. La Gorgona te tiene en su punto de mira.

Noah no le contesta todavía. A Rachel el pelo le huele a champú de manzana; le gustaría tocárselo, hundir la mano en su melena.

—¿Tú también llamas así a mamá Wood?

—Sí, tú has puesto de moda el nombre, y lo encuentro muy acertado.

Noah deja escapar una risa nerviosa.

—Ya, claro. Pero a esa mujer no le caigo bien, y si corre la voz y se entera de que el apodo se lo he puesto yo me odiará.

Rachel niega con la cabeza.

—No te detesta a ti, detesta tu lentitud; hay que reconocer que en lo que tú tardas en hacer un informe, los demás escriben diez.

La voz ronca de Carl ruge desde el compartimento contiguo:

—¡Eh, Noah, aquí tengo otra palabra para ti! «Pusilánime.»

Noah toma de nuevo el cuaderno y anota: «Pusilánime».

¿Acaso Carl ha elegido esa palabra de mala fe? Es cierto que Noah no se atreve a sincerarse con Rachel. ¡Es tan guapa…!

—¿Sigues con eso de anotar palabras rebuscadas? —le pregunta Rachel.

—Sí. Rebuscadas o poco usuales. Forma parte de mi terapia. Mi psiquiatra, la doctora Hall, insiste en que lo haga. Y reconozco que me ayuda.

—¿Y cómo va el dolor en las piernas?

Noah coge la caja de Vicodin que tiene junto al monitor y la agita.

—Tengo la impresión de ser el doctor House.

Señala el bastón que está apoyado en la torre del ordenador.

—Como ves, tengo el disfraz completo, ¡y eso que aún no es Halloween!

Se echa a reír, a pesar de que no se ha hecho gracia.

Rachel, en cambio, le sonríe. Noah ve auténtica ternura en ese gesto. No la

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