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EL TRIUNFO DE LA DEMOCRACIA EN ESPAñA

Paul Preston  

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Fragmento

Prólogo a la presente edición

Cuando escribí la primera edición de este libro, formaba parte de lo que, en mi concepto original, habría sido una trilogía que constaría de los siguientes volúmenes: La destrucción de la democracia en España, La lucha por la democracia en España y El triunfo de la democracia en España. Este iba a ser el tercero. El primero, La destrucción de la democracia en España, había sido publicado en 1978 en Madrid, donde fue presentado por Felipe González. La intervención del líder socialista ya de por sí subrayaba (pero también por lo que él decía respecto al papel del PSOE tanto en los años treinta como en los setenta) la conexión de aquel libro con este tercero. El segundo libro iba a ser un estudio muy amplio de la lucha antifranquista, la represión, el exilio y la resistencia en el interior. Ese libro fantasma fue objeto de mis investigaciones a fondo durante varios años. A lo largo de mucho tiempo, me entrevisté con dirigentes de muchos partidos, grupos y sindicatos de la oposición y coleccioné libros, panfletos y periódicos clandestinos. Un primer fruto de dicho trabajo había sido el libro colectivo que coordiné en Inglaterra en 1976, España en crisis, especialmente el capítulo titulado «La oposición antifranquista: la larga marcha hacia la unidad».[1] Aquel importante trabajo fue el primer esbozo de un proyecto ambicioso, pero no llegué nunca a redactar el libro definitivo. Las razones por las que me vi desviado tienen que ver con la génesis del libro actual y con mi interpretación de lo que fue la transición a la democracia en España. De todas formas, la materia de investigación acumulada sí sería utilizada en mi biografía de Santiago Carrillo.[2]

Paradójicamente, mis esfuerzos por escribir la historia de la resistencia antifranquista me abrieron la posibilidad de adelantar este tercer tomo de la trilogía y, al mismo tiempo, demorar indefinidamente el proyecto del segundo. Esto ocurrió por varias razones entrelazadas, unas de índole intelectual y otras personales. Mis investigaciones sobre la izquierda durante el franquismo me habían llevado a conocer a muchos dirigentes de la oposición. Como consecuencia de aquellos contactos me vi, en el año 1975, ligado primero a los trabajos de la Junta Democrática y después, a partir de abril de 1976, cuando esta se había unido con la Plataforma de Convergencia Democrática, a los de la Coordinación Democrática. Mi papel fue muy marginal: yo actuaba de intérprete y enlace entre los políticos ingleses y los líderes de muchos grupos españoles que venían a Londres en busca de apoyo para el proceso de democratización en la península. Sin embargo, por muy secundaria que fuera mi participación, me proporcionó un puesto de observación privilegiado para cualquier joven historiador de la España contemporánea en unos momentos muy dramáticos. No era de extrañar que me alentase, como expliqué en el prólogo de la primera edición, a estudiar el proceso que se desarrollaba delante de mí.

Por supuesto, fue interesantísimo para un historiador estar en contacto con tantos personajes de la política española, como indicaba en el prólogo original, pero también, he de confesar, fue una experiencia personal estimulante. El grupo de españoles en Londres que aportaban su grano de arena a la lucha por la democracia en su país, Pepe Coll Comín, Nicolás Belmonte, Juan Antonio Masoliver, Eric Clavería, Nisa Torrents, Isabel Vázquez de Castro y Ángel García de Paredes, se convirtieron en amigos de verdad. A la vez, los momentos dramáticos se vieron aligerados por otros divertidos. No es este el lugar para contar anécdotas de la oposición antifranquista en el exilio, pero hay una que siempre me recuerda la dimensión humana de aquellos días. Como había que tener una cuenta bancaria para el funcionamiento del grupo, fuera para el alquiler de locales o para el alojamiento de personajes que venían del exterior, Nicolás Belmonte se dirigió a un banco londinense. Sin embargo, por no ser la Junta Democrática ni una empresa ni un partido político inscrito en Gran Bretaña, no había un concepto adecuado para el titular de la cuenta, hasta que al funcionario del banco se le ocurrió abrir la cuenta a nombre de un particular, Juanita Democrática. En adelante, Juanita, así rezaba el talonario colectivo, fue el nombre por el que se conoció aquel grupo de amigos.

Con todo, fue una experiencia humana, además de política y profesionalmente enriquecedora. Sin embargo, justo por los testimonios de excepción que me proporcionó, fue una experiencia que me hizo repensar la lucha antifranquista y el proceso de democratización en España. Creo sinceramente que antes había dado por supuesto que el restablecimiento de la democracia sería el triunfo final de la lucha antifranquista. Ya que la dictadura no fue derrotada y la democratización fue un proceso de negociación entre elementos de la oposición y otros procedentes del mismo régimen, tuve que reflexionar sobre la dificultad de trazar la continuidad entre las luchas de la inmediata posguerra y el triunfo eventual de la democracia en el periodo 1976-1982.

Decir esto no significa, ni mucho menos, infravalorar el sufrimiento y el heroísmo de los luchadores por la democracia que padecían las consecuencias de la victoria de Franco. El exilio, las cárceles, las torturas, las ejecuciones, la lucha de los huidos en los montes, la guerrilla de 1944 a 1951, el esfuerzo por mantener una vida sindical en la clandestinidad, el trabajo silencioso de los partidos nacionales y regionalistas, todo forma parte de la lucha por la democracia, todo es parte de la herencia democrática española y, sin ello, es difícil concebir que hubiese habido una transición a la democracia. Sin embargo, no pude evitar ver cierta desconexión entre aquellas luchas y sufrimientos y el tejido de la transición pactada de 1976 a 1977. Por tener la oportunidad de observar ese proceso de cerca, me dejé desviar del estudio de la oposición de los años cuarenta y cincuenta. Hasta cierto punto, para que triunfara la democracia en los años peligrosos que vieron la muerte de Franco y la agonía de su régimen, esa parte de la herencia democrática fue silenciada. Precisamente al publicar una nueva edición de El triunfo de la democracia en España en 2001, ya se podía ver tanto las grandezas como las miserias del llamado «pacto del olvido» de otra forma. Las grandezas las estudiaría luego en mi libro sobre el rey Juan Carlos,[3] las miserias, en mi libro El holocausto español.[4]

Franco quería mantener siempre supurante la división de la nación en vencedores y vencidos. A pesar de ello, la transición a la democracia se basó en una transacción entre varias Españas: la parte más progresista y moderada de la España franquista, la España de las víctimas de la dictadura que renunció a venganzas y ajustes de cuentas, y la inmensa tercera España que quería una normalización dentro de una Europa democrática. Uno de los costes de esa transacción fue que los familiares de las víctimas de la dictadura, los afligidos y/o sus descendientes, no tuvieron el reconocimiento de sus sufrimientos que les permitiría finalmente llorar a sus muertos y lamentar otras pérdidas de vidas enteras: los profesores, médicos, abogados, funcionarios y trabajadores que no podían ejercer sus profesiones; las mujeres que tenían que prostituirse, los niños que sufrían hambre y que, por falta de educación, nunca pudieron realizarse. Todo esto tuvo que olvidarse durante la transición por la necesidad primordial de evitar obstaculizar con amarguras y rencillas un proceso delicadísimo. El pacto del olvido fue ineludible en el contexto de los años setenta, cuando había un búnker bien armado. Sin embargo, no dejó de llevar consigo una inmensa injusticia: las víctimas que debieron silenciar sus penas durante casi cuarenta años

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