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EL TRáNSITO DE MORGAN

Anne Tyler  

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Fragmento

1

¿Qué querría de ellos? Estaba en todas partes, una sombra extraña y tenaz que, cuando salían de paseo, los seguía de lejos, ocultándose en diferentes portales y aplastándose a la vuelta de la esquina contra algún edificio. Lo que tenían que hacer era volverse, sencillamente, y enfrentarse con él. «¡Vaya, doctor Morgan! —Con una sonrisa de sorpresa—. ¡Qué casualidad encontrarnos con usted!» Pero, por alguna razón, aquello no había sucedido. La primera vez que lo vieron (o, mejor dicho, que percibieron su presencia), siendo Gina todavía un bebé, no lo reconocieron. Volvían al atardecer de hacer las compras y se quedaron helados debido a una especie de líquida oscuridad que flotaba a sus espaldas por los callejones. Emily se había asustado. Leon se enfadó, pero con Emily a su lado y Gina en brazos no quiso forzar las cosas. Simplemente, apretaron el paso y empezaron a hablar en voz alta, con naturalidad, sin mencionar ni una sola vez lo que estaba sucediendo. La segunda vez, Emily iba sola. Había dejado a la niña con Leon para ir a comprar tela para los títeres. Enfrente mismo del edificio donde vivían, una figura se apartó bruscamente de la arcada de un portal para esconderse en la penumbra de la lavandería. Ella apenas lo vio; pensaba en los metros de género que necesitaba. Pero aquella noche, mientras hacía un sombrero picudo para Rumpelstiltskin, el recuerdo volvió a emerger. Vio una vez más la silueta perdiéndose de vista, que no llevaba un sombrero picudo, sino algo chato, una boina quizá. ¿Dónde lo había visto antes? «¡Ah!», se dijo y dejó las tijeras.

—¿A que no adivinas a quién he visto hoy? —le preguntó a Leon—. A aquel doctor, ¿recuerdas?, al doctor Morgan.

—¿Le has preguntado por qué no nos envió nunca la cuenta?

—No, en realidad él… No ha sido exactamente un encuentro. Quiero decir que él no me ha visto. Bueno, me ha visto pero parecía que… Probablemente no era el doctor Morgan. De lo contrario estoy segura de que me habría dicho algo.

Más o menos un mes más tarde, la siguió por Beacon Avenue. Emily se paró a mirar el escaparate de una tienda de ropa para niños y notó que alguien se detenía a su vez. Se volvió y, a cierta distancia, vio a un hombre de espaldas, no miraba nada en especial, sino solo la calle. Parecía salido de una película ambientada en la selva, pensó, con aquellos shorts y aquella camisa de safari, calcetines hasta las rodillas, botines y un enorme salacot. Extrañas hebillas y anillas en forma de «D» le brillaban por todas partes: en los hombros, las mangas, los bolsillos de atrás. No tenía nada de peligroso. Era un excéntrico de los que se ven a menudo en las calles de la ciudad, representando cualquier elaborada visión interna que de sí mismos tienen. Emily continuó andando. En el semáforo siguiente volvió a mirar atrás y allí estaba él, apresurándose hacia ella con un aire militar a juego con el uniforme, ocultos los ojos por el salacot, pero con su abundante barba completamente a la vista. Imposible no recordar aquella barba. ¡El doctor Morgan! Emily dio un paso hacia él. Morgan la miró, se tocó marcialmente el ala del sombrero y se escabulló por una puerta en la que se leía: «Estilistas de peinado LV-RAE».

Emily se sintió ridícula. Se dio cuenta de lo contenta y predispuesta que debió parecer, decidida a llamarlo por su nombre. Pero ¿qué había hecho ella de malo? ¿Por qué él ya no la apreciaba? Cuando nació Gina parecía tan encariñado con ellos…

No se lo contó a Leon; quizá se enfadaría con ella, una nunca sabía. Decidió que, de cualquier modo, había sido una de esas cosas inexplicables, sin sentido. No valía la pena fastidiar a Leon con aquel asunto.

Se podía decir que todo había empezado mal. En un momento dado habrían podido abordar el asunto abiertamente, pero se les había escapado de las manos. Tras varios incidentes de este tipo (con intervalos de semanas e incluso de meses), en los que esto o aquello les había impedido acercarse al hombre y saludarlo con naturalidad, la situación empezó a seguir su propio curso. Ahora mismo ya no había modo de arreglarla con cierta elegancia. Era evidente que el sujeto debía de estar loco o, por lo menos, obsesionado de forma inexplicable. (Emily temblaba al pensar en el parto de Gina en sus manos.) Aunque, como observaba Leon, no hacía daño. Emily se tomaba el asunto con demasiada imaginación, decía Leon. Tenían que acostumbrarse a él como algo rutinario. Nunca los amenazaba, ni siquiera se les acercaba; no había de qué preocuparse. En realidad ya formaba parte de la escenografía de sus vidas, como las casas de Crosswell Street, los escuálidos árboles marchitándose a causa de la polución y los títeres envueltos en muselina que colgaban del armario del dormitorio del fondo.

2

Ahora, en invierno, el trabajo había disminuido. Por Navidad se animaba un poco (fiestas para niños de familias pudientes y tómbolas de vacaciones); pero nada como las ferias al aire libre y los circos que tan ocupados los tenían en verano. Emily pasaba el tiempo construyendo un nuevo teatrito plegable, con bisagras, para facilitar el transporte. Reparaba los títeres y les cosía más trajes. Algunos los sustituía por otros nuevos, cosa que la llevaba a la misma pregunta de siempre: ¿Qué harían con los viejos? Eran como cadáveres, no podían tirarlos a la basura así como así. «Guárdalos para repuestos —le decía siempre Leon—. Puedes usar los ojos, o esa nariz, que está bien.» ¿Ponerle a otro títere la nariz de corcho picada de viruelas de la abuela de Caperucita? No serviría. No sería correcto. De todos modos, ¿cómo iba a destrozar aquella cara? Dejó a la abuela en una caja de cartón, junto a una Bella desgastada —de La Bella y la Bestia—, el primer títere que había hecho en su vida. Ahora iba por su tercera Bella, versión mucho más sofisticada con la misma cara de trapo. No era el uso lo que envejecía a los muñecos, sino los niños que se acercaban después de la función y les tocaban el cabello y les acariciaban las mejillas. El cutis de Bella se había vuelto gris y estaba lleno de marcas de dedos. El pelo amarillento había quedado hecho un guiñapo.

Todo el cuarto pertenecía a los títeres, el vacío dormitorio del fondo con cañerías plateadas y despintadas que apuntaban al techo y con una amarillenta mancha de lluvia que se extendía por una pared. La ventana, tapada con pintura, tenía los cristales tan sucios que el sol de la tarde creaba una película blanca y opaca sobre ellos. El suelo era de parquet; Gina se clavaba astillas en las rodillas y se ensuciaba todos los monos. El pomo de porcelana parecía negro de tan agrietado. La puerta colgaba torcida. Por las noches, cuando Emily trabajaba hasta tarde iluminada por una lámpara en forma de «S», la luz del salón, que se filtraba por debajo de la puerta, en lugar de una varilla parecía una cuña, como un trozo alargado de pastel.

Se quedó levantada hasta tarde y reparó a la malvada madrastra de usos múltiples, empleada en diferentes obras. ¡No era de extrañar que estuviera tan vieja! Un botón negro que servía de ojo colgaba precariamente. Emily se inclinó sobre la escalera de mano, que era el único mueble del cuarto, e hizo un nudo en una larga hebra.

La mayoría de los títeres en uso se guardaban en un rincón, dentro de una caja de Chablis Almaden por cuyos compartimientos asomaban la cabeza dos muchachas (una rubia y una morena), un príncipe, una rana verde de fieltro, un enano. Los otros permanecían en bolsas de muselina en el armario, con su nombre en una etiqueta atada con un hilo: «Rip van W.», «Bufón», «Caballo», «Rey». A Emily le gustaba cambiarlos de vez en cuando, asignarles papeles a los que no estaban acostumbrados. Rip van Winkle sin su barba quedaba muy bien de tercer hijo de cualquiera de esos cuentos en los que el tercer hijo, tonto y bueno, acaba ganándose a la princesa y la mitad del reino. Encajaba bien. Solo Emily sabía que ese papel no le correspondía y sentía que así le proporcionaba cierto estímulo para actuar. Lo dirigía a su modo. (Leon interpretaba a los dos hermanos mayores.) Le ponía una voz más graciosa y nasal, mientras que el auténtico tercer hijo —más guapo pero con menos carácter— yacía boca arriba entre bastidores, sonriendo desocupado.

En realidad Emily no había planeado ser titiritera e, incluso ahora, tanto ella como Leon lo consideraban un trabajo temporal. Había ingresado en la universidad para estudiar matemáticas y era la única chica de Taney, Virginia, que ni se había casado al día siguiente de la graduación de secundaria ni había empezado a trabajar en Taney Paper Products.

Su padre había muerto en un accidente de automóvil cuando ella era un bebé. Su madre, de una enfermedad cardíaca a principios de su primer curso de estudios, por lo tanto, Emily tendría que arreglárselas sola. Quería ser profesora de bachillerato. Le gustaba el frío y sistemático proceso que convertía una maraña de números desordenados en un solo número final, y la redistribución y la simplificación de las ecuaciones, base de las matemáticas del bachillerato. Pero, cuando conoció a Leon, un estudiante metido en cosas de teatro, ni siquiera acabó el semestre. Leon no podía especializarse en interpretación (no existía la carrera), así que estudiaba letras; pero en tanto que a duras penas aprobaba sus asignaturas, aparecía en cambio en todas las obras que se representaban en el campus. Emily comprendió por primera vez por qué llamaban «estrellas» a los actores. Siempre que Leon salía a escena se producía algo deslumbrante. Era un chico nervudo, carilargo y melancólico, de ojos gachos y con una boca que, surcada a ambos lados por dos semicírculos, ya comenzaba a estar como entre paréntesis. Tenía un aire amargo que inquietaba a la gente. Pero en escena todo esto le proporcionaba una especie de fuerza y de intensidad. Se concentraba y se metía tanto en sus personajes que, por comparación, todos los demás parecían de palo. Su voz (un poco triste en la vida real) se volvía más sonora que las otras. Se aferraba a las palabras con cariño y hacía que brotaran tras una breve pausa, como burlándose del público. Su papel, más que memorizado, parecía improvisado.

Emily pensó que Leon era maravilloso. Nunca había conocido a nadie así. Ella procedía de una familia vulgar y corriente, su infancia había sido normal (la de él fue terrible). Empezaron a estar juntos todo el tiempo; se pasaban la tarde en la cantina bebiendo una sola Pepsi, estudiaban en la biblioteca con las piernas enlazadas por debajo de la mesa. Emily era demasiado vergonzosa para actuar junto a él, pero poseía habilidad manual y trabajaba como escenógrafa. Clavaba plataformas, escalones y balcones, pintaba frondosos bosques sobre lonas que, en la obra siguiente, transformaba en un empapelado floreado y en revestimientos color caoba. Mientras tanto, parecía que incluso aquel pequeño

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