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EL TURISTA ACCIDENTAL

Anne Tyler  

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Fragmento

1

Habían pensado estar en la playa una semana, pero ninguno de los dos tuvo ánimos para ello y decidieron regresar antes. Macon conducía. Sarah iba sentada a su lado, con la cabeza apoyada contra la ventanilla lateral. A través de sus enmarañados rizos castaños se veían trocitos de cielo nuboso.

Macon llevaba puesto un traje de verano, su traje de viaje, más práctico para viajar que los tejanos, como solía decir. Los tejanos tenían costuras duras, acartonadas, y remaches. Sarah llevaba un playero de albornoz, sin tirantes. Hubieran podido estar de regreso de dos viajes completamente distintos. Sarah estaba bronceada; Macon no. Era un hombre alto, pálido, de ojos grises y cabello rubio y liso que llevaba muy corto, y tenía ese tipo de piel delicada que se quema con facilidad. Durante las horas del mediodía se había resguardado del sol.

Justo después de entrar en la autopista, el cielo se puso casi negro y varios goterones salpicaron el parabrisas. Sarah se irguió en su asiento.

—Esperemos que no llueva —dijo.

—No me importa que llueva un poco —dijo Macon.

Sarah volvió a apoyarse en el respaldo pero mantuvo los ojos fijos en la carretera.

Era un jueves por la mañana. No había mucho tráfico. Adelantaron a una camioneta y luego a un camión cubierto de pegatinas y fotos de paisajes. En el parabrisas, los goterones se multiplicaron. Macon encendió los limpiaparabrisas. Hacían tic-sush… Un sonido que adormecía; y en el techo se oía un tamborileo suave. De vez en cuando soplaba una ráfaga de viento. La lluvia aplanaba las hierbas altas y descoloridas del borde de la carretera. Caía al sesgo delante de embarcaderos, almacenes de madera y establecimientos de mobiliario rebajado, que ya tenían un aspecto sombrío, como si allí lloviese desde hacía rato.

—¿Ves bien? —preguntó Sarah.

—Claro —dijo Macon—. Esto no es nada.

Se situaron detrás de un camión con remolque cuyas ruedas traseras despedían arcos de agua. Macon viró hacia la izquierda y lo adelantó. Hubo un momento de acuática ceguera hasta que el camión quedó atrás. Sarah se apoyó contra el salpicadero con una mano.

—No sé cómo puedes ver para conducir —dijo.

—Quizá deberías ponerte las gafas.

—¿Eso te haría ver mejor?

—A mí no; a ti —dijo Macon—. Estás mirando el parabrisas en vez de la carretera.

Sarah continuó apoyándose contra el salpicadero. Tenía un rostro ancho y liso que daba una impresión de calma, pero si uno miraba de cerca se notaba la tensión en las comisuras de los ojos.

El coche se empequeñeció en torno a ellos, como una habitación. Sus alientos empañaron las ventanas. Hasta poco antes el aire acondicionado había estado funcionando y ahora quedaba algo de frío artificial, que rápidamente se volvió húmedo y se cargó de olor a moho. Atravesaron un paso inferior. La lluvia paró completamente durante un sorprendente segundo de vacío. Sarah emitió un gritito de alivio, pero aun antes de haberlo proferido el martilleo en el techo comenzó de nuevo. Se volvió y contempló el paso inferior. Macon seguía adelante a gran velocidad, las manos relajadas sobre el volante.

—¿Te has fijado en ese chico de la motocicleta? —preguntó Sarah. Tuvo que levantar la voz; un estruendo insistente y uniforme los rodeaba.

—¿Qué chico?

—Estaba aparcado debajo del paso.

—Es de locos ir en moto un día como hoy —dijo Macon—. Ya es de locos ir en moto un día cualquiera… Estás completamente expuesto a la intemperie.

—Podríamos hacer lo mismo —dijo Sarah—. Pararnos y esperar.

—Sarah, si tuviese la impresión de que estamos corriendo el menor peligro, me hubiese parado hace rato.

—Bueno, no sé si lo hubieras hecho.

Pasaron un campo donde caía una cortina de lluvia, capas y capas de lluvia aplastando los tallos del maíz, anegando la tierra estriada. El agua azotaba el parabrisas a rachas. Macon puso los limpiaparabrisas al máximo.

—No sé si realmente te importa demasiado —dijo Sarah—. ¿Te importa?

—¿Importarme? —preguntó Macon.

—El otro día te dije: «Macon, ahora que Ethan ha muerto, a veces me pregunto si la vida tiene algún sentido». ¿Te acuerdas de lo que contestaste?

—Así de improviso, no.

—Dijiste: «Cariño, para ser franco, a mí nunca me ha parecido que tuviese mucho sentido». Ésas fueron tus palabras.

—Mmmm…

—Y ni siquiera sabes lo que hay de malo en eso.

—No, me temo que no —dijo Macon.

Rebasó una hilera de coches que habían aparcado al lado de la carretera; las ventanas estaban opacas y las relucientes carrocerías hacían rebotar la lluvia en pequeñas explosiones. Un coche estaba ligeramente inclinado, como a punto de caer dentro del turbio torrente que se agitaba y corría en el arroyo. Macon mantenía una velocidad uniforme.

—No eres un consuelo, Macon —dijo Sarah.

—Cariño, intento serlo.

—Sigues exactamente igual que antes, con tus pequeños ritos y rutinas, tus deprimentes hábitos, día tras día. No eres ningún consuelo.

—¿Y no necesito consuelo yo también? No eres la única, Sarah. No sé por qué tienes la sensación de que es una pérdida sólo tuya.

—Pues la tengo, a veces.

Guardaron silencio unos momentos. Lo que parecía un ancho lago en medio de la carretera se estrelló contra el panel inferior del coche y lo bandeó hacia la derecha.

Macon pisó el pedal del freno en repetidos movimientos de bombeo y luego siguió adelante.

—Esta lluvia, por e

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