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EL VERANO DE LAS FLORES SILVESTRES

Kathryn Taylor  

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Fragmento

PRÓLOGO

(…) A menudo, una carta puede expresar más que una conversación extensa o que el rostro más expresivo, pues, en la seguridad del anonimato, nos atrevemos a develar hasta el pensamiento más íntimo (…).

Dama anónima

Fragmento de la carta enviada al Caballero desconocido

Costwold, Inglaterra. Julio, 1805.

El sol estaba en su esplendor aquella mañana de verano.

El almuerzo organizado por lady Honoria, duquesa de Stanton, había sido dispuesto en los jardines de Sweet Manor. Los adultos continuaban sentados sobre las mantas, conversando y observando a sus hijos jugar.

Lord Clayton, el duque, y lord Steven, conde de Baltimore, comentaban sobre caballos mientras lady Honoria y Rosalie, sus esposas, reían con sus cabezas rubias juntas. Los jóvenes Nicholas y Steven competían en una partida de ajedrez.

Y por último, lo más pequeños correteaban junto al lago.

—¡Daisy! Ya ven —le rogó lady Clarissa, moviendo su cabello rubio claro, frustrada.

—¡Sí, hermana, deja ese libro! —exigió, frunciendo el ceño, lady Violett.

Daisy las miró dudosa, apoyando el libro en sus piernas. Lady Clarissa, que tenía su misma edad, estaba muy bonita con su vestido celeste, al igual que las gemelas, Rosie y Violett, vestidas de rosa.

Pero el motivo de su indecisión no eran ellas, sino el delgado y alto niño parado un poco alejado de las niñas.

Con solo mirarlo, sus mejillas se colorearon. Siempre su timidez se intensificaba cuando debía interactuar con algún niño. No estaba acostumbrada, pues la familia Bladeston pasaba prácticamente todo el año en Londres, y ellos lo hacían en el campo.

Andy siempre estaba bromeando. Y eso la intimidaba, ya que su torpeza se acrecentaba y se volvía foco de sus pullas.

Las niñas continuaban llamándola, así que, indecisa, se puso en pie. Bajó con lentitud la colina, sintiendo su vestido floreado de volantes levantarse por la brisa. Al verla venir, las demás gritaron de emoción y corrieron en diferentes direcciones para ocultarse de su vista.

—¡Te toca contar! —aulló Violett desde alguna parte.

Daisy suspiró, otra vez la habían engañado y tendría que pasar el resto del día intentando atraparlas.

Odiaba correr, no se le daba bien. Era muy pesada para moverse con rapidez. Su madre le decía que no era pesada, solo algo robusta. Su madre la amaba demasiado, pues la verdad era que estaba tan redonda como un barril.

Lord Andrew la miró desde la orilla del lago, con una mueca de burla, y corrió tras unos árboles.

«Oh, no… Él también juega. Eso no predice nada bueno», pensó, contrariada, Daisy mientras contaba.

Al llegar a cien, abrió los ojos y, ajustando sus lentes sobre su pequeña nariz, comenzó la caminata. Luego de un rato de búsqueda infructuosa, dio con Rosie. Hallarla había sido fácil, debido a que la orilla de su vestido sobresalía de un arbusto. La niña chilló al verse descubierta; riendo, Daisy prosiguió con el juego.

A continuación, descubrió el escondite de lady Clarissa, estaba agazapada detrás de una enorme piedra, pero podía ver su pelo claro. Por último, encontró a Violett acostada debajo de una montaña de hojas. Esta bufó molesta, alegando que su escondite era muy bueno.

Solo le quedaba buscar a Andy.

Los minutos pasaron mientras Daisy rastreaba toda la zona. De repente, algo golpeó su cabeza suavemente. Aturdida, miró hacia arriba y vio al niño subido a la rama de un árbol. Él le había tirado una piedrecita y en ese momento la observaba hilarante.

—Has perdido —le dijo molesta, sobando su cabeza dolorida.

—No, tú has perdido. Tendrás que volver a comenzar el juego —le respondió con una sonrisa malévola.

Daisy lo miró boquiabierta, los ojos azules del niño brillaban con oculta intención.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! ¡Te he encontrado! —protestó Daisy.

—¿Estás segura? —le dijo el niño de pelo claro, sonrió con maldad y levantó un libro en el aire.

Daisy jadeó de sorpresa al ver su amado libro en manos de Andrew.

—Por favor, no. Devuélveme mi libro —le suplicó la niña con la barbilla temblando.

—Te lo daré solo si admites que gané el juego —dijo Andy, bajó de un salto del árbol y se acercó al lago con deliberada lentitud.

—Pero eso no es justo. Por favor, devuélvemelo —volvió a suplicar ella abriendo los ojos como platos cuando adivinó su intención.

Él chasqueó la lengua.

—Respuesta equivocada —respondió, negando con la cabeza con fingida mueca de pesar.

—¡Noo! —gritó Daisy, pero ya era tarde.

Andrew había tirado su preciado tomo al agua, lanzando una carcajada cruel.

En ese momento, todo se volvió rojo a su alrededor y, con indignación y profunda cólera, Daisy arremetió contra el delgado niño. Andrew abrió los ojos conmocionado cuando el cuerpo de la nena impactó contra el suyo. Su sonrisa se borró y sus brazos se sacudieron en el aire buscando de qué agarrarse con desesperación. Lo siguiente fue que su cuerpo rodó por la corta pendiente y aterrizó con un chapoteo sobre el agua del lago; un grito agudo salió del niño segundos antes de que su cabeza se hundiera.

Alertados por la ruidosa pelea, aparecieron las niñas y el resto de la familia, quienes se quedaron observándolos atónitos. Nicholas se apresuró a sumergirse para ayudar a levantar a su hermano. Con dificultad, depositó al niño en tierra mientras este escupía y farfullaba, todo su cuerpo empapado y cubierto de lodo; una planta colgaba de su cabeza.

—¡Tú, adefesio, te mataré! —gritó, furioso y desencajado, Andrew.

Daisy lo miró de arriba abajo, indignada, y, encogiéndose de hombros, dio media vuelta.

—No te temo, ¡Andy el apestoso! —le respondió ella con voz altiva, levantado la barbilla.

Andrew palideció y abrió la boca, pasmado, justo cuando el grupo entero estallaba en carcajadas.

CAPÍTULO 1

(…) Debo confesarle que, a pesar de mi resistencia, no he podido evitar confiarle mis más íntimos secretos. Creo que no conocer su nombre ni su rostro es un aliciente a la hora de atreverme a confesar lo oculto (…).

Caballero desconocido

Extracto de una carta enviada a la Dama anónima

Londres, Inglaterra. Abril, 1811.

Llevaba semanas esperando ese día. Había preparado cada detalle con minuciosidad y, en el momento en que había llegado, sus nervios le estaban jugando una mala pasada.

«¡No puede ser! ¡Vamos, Andy, serénate, amigo!», se dijo a sí mismo, intentando alentarse, recuperar el equilibrio.

Su carruaje se detuvo frente a la fachada de una descuidada y despintada casa de dos pisos. La propiedad no estaba ubicada en la zona de los suburbios de Londres, pero sí fuera de los barrios elegantes que se ubicaban principalmente en Mayfair y Berkerley Square.

De inmediato, la desvencijada puerta se abrió y una figura delgada cubierta por un largo abrigo negro salió y cerró con sigilo. Su corazón se aceleró de emoción y anticipación con solo verla. Esta subió, se sentó frente a él y echó hacia atrás la capucha de terciopelo de su capa, inundando el interior con su atrayente fragancia floral. Un precioso y lacio cabello rubio platino quedó a la vista, y Andy volvió a quedar cautivado por esa belleza, como la primera vez que la vio.

Había asistido obligado por su madre a un baile de presentación en Almack’s. Cuando el mayordomo presentó a la señorita Amelia Wallace, él no se había interesado y prosiguió la conversación con un conocido, Colín Benett, conde de Vander. Pero al ver la expresión de pasmo que el conde había esbozado, volteó hacia la gran escalinata del salón y entendió la reacción de su amigo y del resto de los invitados masculinos.

La dama que descendía por esos escalones era la visión más magnífica que sus ojos habían visto. Cabello como el más fino oro, ojos resplandecientes como un cielo de verano, una figura esbelta y bien dotada en los lugares adecuados, como una seductora sirena. Ella era exquisita, perfecta, irreal

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