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EL VINO DE LA SOLEDAD

Irène Némirovsky  

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Fragmento

1

En la región del mundo donde había nacido Elena Karol, el atardecer se anunciaba con una espesa polvareda que giraba lentamente en el aire y luego volvía a posarse en la tierra con el relente nocturno. Una turbia luz rojiza vagaba por la franja inferior celeste. El viento llevaba a la ciudad los aromas de las llanuras ucranianas, un tenue y acre olor a humo y la frescura del agua y los juncos que crecían en las márgenes del Dniéper. El viento procedía de Asia. Pasaba entre los montes Urales y el mar Caspio y levantaba olas de un polvo amarillento que crujía entre los dientes. Áspero y cortante, llenaba el aire de un sordo fragor que se alejaba hacia el oeste. Luego todo volvía a la calma. Apagado y sin fuerzas, el sol poniente se hundía en el río, velado por una nube lívida.

Desde el balcón de los Karol se veía toda la ciudad, desde el Dniéper hasta las lejanas colinas. Las pequeñas y vacilantes llamas de las farolas de gas bosquejaban su forma, mientras en la orilla opuesta brillaban las primeras fogatas de primavera, encendidas sobre la hierba.

El balcón estaba rodeado de tiestos repletos de flores elegidas porque se abrían de noche, flores de tabaco, reseda, nardos... Era tan grande que en él cabía la mesa del comedor, las sillas, un confidente de dril y el sillón del viejo Safronov, el abuelo de Elena.

Sentada alrededor de la mesa, la familia cenaba en silencio. La llama del quinqué abrasaba las pequeñas mariposas nocturnas de alas ocres. Inclinándose hacia delante, Elena veía las acacias del patio iluminadas por la luna. El patio estaba desatendido y sucio, pero lleno de árboles y flores, como un jardín. En las noches de verano, los criados se quedaban allí, hablando y riendo. A veces una enagua blanca se agitaba en la oscuridad y, entre los sones del acordeón, se oía una exclamación ahogada:

—¡Déjame, demonios!

La señora Karol levantaba la cabeza.

—Ahí abajo no se aburren, no... —rezongaba.

Elena se adormilaba en la silla. En esa época del año cenaban tarde. Notaba que aún le temblaban las piernas, tensas tras los correteos por el jardín. El pecho se le alzaba en un jadeo al recordar los agudos grititos que exhalaba involuntariamente mientras corría detrás del aro, como un pájaro que deja escapar sus trinos. Su pequeña mano tocaba con placer la pelota negra, su preferida, que escondida en su bolsillo bajo las enaguas de tarlatana le rozaba la pierna. Tenía ocho años. Llevaba un vestido con bordados ingleses sujeto por encima del talle con un ceñidor de moaré blanco y un nudo de mariposa fijado con dos alfileres. Habían salido los murciélagos y, cada vez que uno pasaba volando muy bajo y silenciosamente sobre sus cabezas, mademoiselle Rose, la institutriz francesa de Elena, soltaba un gritito y reía.

La niña entreabría los ojos con esfuerzo y miraba a su familia, sentada alrededor. Veía el rostro de su padre rodeado por una especie de bruma amarilla que temblaba como un halo: la luz del quinqué parecía vacilar en sus cansados ojos. Pero no, era verdad, el quinqué estaba humeando, y la abuela gritaba a la criada:

—¡Macha! ¡Baja la llama!

Mientras comía, la madre de Elena suspiraba, bostezaba y hojeaba las revistas de modas llegadas de París. Su padre no hablaba y tamborileaba suavemente en la mesa con sus dedos largos y delgados.

Elena no sólo se parecía a él, era su viva imagen. Había heredado el ardor de su mirada, su boca grande, aquel pelo rizado y la tez morena, biliosa, que se tornaba amarillenta si estaba triste o enferma. Observaba a su padre con ternura. Pero él no tenía ojos ni caricias más que para su mujer, que rechazaba su mano con expresión malhumorada y caprichosa.

—Déjame, Boris... Hace calor, déjame...

Y se acercaba al quinqué, mientras los demás quedaban en penumbra. Luego suspiraba con cara de hastío y cansancio, al tiempo que se ensortijaba bucles de pelo en los dedos. Era alta y bien proporcionada, con un «porte de reina» y una tendencia a engordar que contrarrestaba con los corsés en forma de coraza que usaban las mujeres en esa época, los pechos sostenidos por dos copas de satén, como frutas en un cestillo. Tenía unos hermosos brazos blancos y empolvados. Cuando la niña veía de cerca aquella carne nívea, aquellas blancas y ociosas manos con las uñas cortadas en forma de zarpas, experimentaba una sensación extraña, próxima a la repugnancia. Por último, el abuelo de Elena completaba el círculo familiar.

La luna derramaba su serena claridad sobre la copa de los tilos. Al otro lado de las colinas cantaban los ruiseñores. El Dniéper deslizaba una deslumbrante blancura. El resplandor lunar hacía brillar la nuca de la señora Karol, que tenía la blanca, dura e impenetrable consistencia del mármol, los plateados cabellos de Boris Karol y la corta y afilada barba del anciano Safronov, e iluminaba débilmente el pequeño, anguloso y arrugado rostro de la abuela, tan vieja, tan cansada, a pesar de sus cincuenta años escasos... El silencio de aquella aletargada ciudad de provincias perdida en lo profundo de Rusia era

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