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ELEGIDA POR LA LUNA

P.C. Cast  

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Fragmento

1

Un contagioso sonido de risas femeninas inundó la cálida y ordenada madriguera.

—¡Ay, Mari! ¡Esa ilustración no es del mito que acabo de relatarte!

La madre de Mari sostenía en una mano la hoja de papel casero y, con la otra, se tapaba la boca para intentar reprimir, sin éxito, otro ataque de risa.

—Mamá, tú te dedicas a contar historias. Y yo a dibujarlas. Es nuestro juego, ¿no? Nuestro juego favorito.

—Bueno, sí —dijo Leda, intentando recomponer todavía su expresión para hacerla más comedida—. Yo cuento las historias, pero tú tiendes a dibujar lo que crees que oyes en ellas.

—Pues yo no veo dónde está el problema. —Mari se movió para colocarse junto a su madre y examinar con ella el dibujo recién terminado—. Eso es exactamente lo que me vino a la mente mientras nos contabas la historia de Eco y Narciso.

—Mari, has dibujado a Narciso como si fuera un hombre joven que está convirtiéndose en flor. Torpemente. Una de sus manos es una hoja, pero la otra sigue teniendo aspecto de mano. Y lo mismo pasa con esto… —Leda reprimió una risilla—. Bueno, y con otras partes de su anatomía. Y tiene un bigotillo y una mirada tonta en los ojos, si bien tengo que admitir que tienes un talento asombroso para hacer que una criatura de aspecto tontorrón, medio hombre y medio flor, cobre vida. —Leda señaló en el dibujo a la fantasmal ninfa que, de algún modo, Mari había hecho parecer entre aburrida y molesta mientras observaba la transformación de Narciso—. Y has conseguido que Eco parezca… —Leda dudó, en un claro intento por encontrar las palabras adecuadas.

—¿Harta de Narciso y de su ego? —propuso Mari.

Leda abandonó cualquier atisbo de reprimenda, y rio en voz alta.

—Sí, ese es exactamente el aspecto que has conseguido que tenga Eco, aunque esa no es la historia que yo te he contado.

—Bueno, Leda —Mari pronunció el nombre de pila de su madre y enarcó las cejas—. Estaba escuchando tu relato y, mientras dibujaba, decidí que estaba clarísimo que al final le faltaba algo.

—¿Al final? ¿En serio? —Leda golpeó a su hija con el hombro—. Y no me llames Leda.

—Pero te llamas Leda.

—Para los demás. Para ti, me llamo Madre.

—¿Madre? ¿De verdad? Es que suena tan…

—¿Respetuoso y tradicional? —En esta ocasión, fue Leda quien se ofreció a completar el pensamiento de su hija.

—Más bien aburrido y anticuado —respondió Mari, esperando con ojos brillantes la predecible respuesta de su madre.

—¿Aburrido y anticuado? ¿Acabas de decir que soy aburrida y anticuada?

—¿Qué? ¿Yo? ¿Llamarte a ti aburrida y anticuada? ¡Nunca haría eso, mamá, nunca! —rio Mari, levantando los brazos en señal de rendición.

—Así me gusta. Y supongo que «mamá» está bien. Mejor que Leda.

Mari volvió a reír.

—Mamá, llevamos dieciocho inviernos con la misma discusión.

—Mari, mi niña, me alegra decir que, aunque has vivido dieciocho inviernos, no en todos tenías la capacidad de hablar. Me diste un par de inviernos de respiro antes de que empezaras y nunca más dejaras de hacerlo.

—¡Mamá! Siempre dices que tú me animabas a hablar antes de que hubiera cumplido dos inviernos —respondió Mari, con sorpresa fingida, mientras buscaba la rama carbonizada con la que estaba dibujando y le quitaba a su madre el dibujo de las manos.

—Sí, yo nunca he dicho que fuera perfecta. Era una madre joven e inexperta que intentaba hacer las cosas lo mejor posible —dijo Leda con voz afectada mientras soltaba el dibujo para que su hija lo cogiera.

—Muy muy joven, ¿no? —dijo Mari, volviendo a dibujar rápidamente mientras resguardaba el dibujo contra su pecho para que Leda no pudiera verlo.

—Así es, Mari —dijo Leda, intentando atisbar algo por encima del brazo de Mari—. Tenía un invierno menos que tú cuando conocí a tu maravilloso padre y… —Leda se quedó callada, mirando con el ceño fruncido a su hija, incapaz de contener sus risillas.

—Arreglado —dijo, tendiéndole el dibujo a Leda para que lo revisara.

—Mari, tiene los ojos bizcos —respondió su madre.

—El resto de la historia me hace pensar que no era muy avispado. Así que le he dibujado así para que parezca un poco tonto.

—Ya veo. —La mirada de Leda se cruzó con la de su hija, y ambas volvieron a dejarse llevar por la risa.

Leda se secó los ojos y estrechó a su hija en un breve abrazo.

—Retiro todo lo que he dicho sobre tu ilustración. Decreto que es perfecta.

—Gracias, madre. —Los ojos de Mari soltaban chispas.

Mari cogió una hoja de papel limpio y empuñó de nuevo la ramita, preparada para dibujar de nuevo. Le encantaban las historias antiguas que su madre le contaba desde que tenía uso de memoria, esas historias en las que entretejía la sabiduría y la aventura, la pérdida y el amor, tan hábilmente como las talentosas mujeres del clan de los tejedores elaboraban cestas, ropa y tapices para intercambiarlos con el clan de los pescadores, el clan de los molineros y el clan de los leñadores.

—¡Una historia más! ¡Solo una más! ¡Se te da tan bien contarlas…!

—Haciéndome la pelota no vas a conseguir que te cuente otra historia. Pero igual sí que consigues una cesta de arándanos tempranos.

—¡Arándanos! ¿De verdad, mamá? Eso sería fantástico. Me encanta el color de la tinta que fabrico con ellos. Es más bonita que la tinta negra que obtengo de las nueces.

Leda sonrió a su hija con orgullo.

—Solo a ti te emociona más la idea de pintar con arándanos que comértelos.

—No, no solo a mí, mamá. A ti también te gusta el tinte que fabricas con ellos.

—Sí, y tengo ganas de teñirte una capa nueva esta primavera, pero reconozco que tengo más ganas de comerme un pastel de arándanos.

—¿Pastel de arándanos? ¡Eso suena de maravilla! Igual de maravilloso sería que me contaras otra historia: la historia de Leda. Y, mamá, ¿podemos hablar un momento sobre tu nombre? ¿Leda? ¿De verdad? Supongo que tu madre conocía esa historia —bromeó Mari—. Pero, teniendo en cuenta que ella se llamaba Casandra, a veces cuestiono su capacidad de ponerle a alguien un nombre sensato.

—Sabes muy bien que las Mujeres Lunares bautizan siempre a sus hijas con los nombres que la Gran Tierra Madre les susurra a través del viento. Mi madre, Casandra, fue bautizada por su madre, Penélope. La Tierra Madre me susurró tu dulce nombre la noche de luna llena antes de tu nacimiento.

—Mi nombre es aburridísimo —suspiró Mari—. ¿Quiere eso decir que la Tierra Madre piensa que soy aburrida?

—No, eso quiere decir que la Tierra Madre piensa que tenemos que crear una historia acorde con tu nombre, una historia completamente tuya.

—Eso es lo que me has dicho durante todos los inviernos que puedo recordar, pero sigo sin tener mi propia historia —dijo Mari.

—Cuando llegue el momento, la tendrás —contestó Leda, acariciando la suave mejilla de su hija, y su sonrisa se tornó triste—. Mari, mi niña, esta noche no puedo contarte ninguna historia más, aunque me gustaría mucho hacerlo. Falta poco para que se ponga el sol, y esta noche la luna estará llena y reluciente. Las necesidades del clan serán muchas.

Mari abrió la boca para suplicarle a Leda que se quedara aunque solo fuera durante unos pocos minutos más, que pusiera sus necesidades por delante de las del clan, pero, antes de poder formular su pequeño y egoísta deseo, el cuerpo de su madre empezó a sacudirse espasmódicamente, sus hombros a temblar, su cabeza a sacudirse dolorosa e incontrolablemente. Aunque ya le había dado la espalda a su hija, como siempre, para intentar protegerla de la transformación que la noche traía consigo, Mari sabía perfectamente lo que estaba sucediendo.

Las ganas de bromear la abandonaron al instante y soltó el papel y la ramita carbonizada para acercarse a Leda. Cogió la mano de su madre y la sostuvo entre las suyas, detestando lo frías que se habían tornado, detestando el pálido tono gris plateado que estaba empezando a extenderse por su piel. Y deseando, como siempre, poder aliviar el dolor que cada noche visitaba a su madre con la puesta de sol.

—Lo siento, mamá. He perdido la noción del tiempo. No quería retenerte —susurró Mari, porque no quería mandar a su querida madre al peligro y la oscuridad con más preocupaciones de las que ya acarreaba consigo—. Ya se nos ocurrirá una historia en otro momento. Además, tengo cosas que hacer mientras tú no estás. Todavía no he conseguido perfeccionar la perspectiva en esa obra en la que he estado trabajando últimamente.

—¿Puedo verla ya? —preguntó su madre.

—Todavía no la he terminado, y sabes que no me gusta que veas mis dibujos antes de que estén acabados. —Otro temblor recorrió la piel de Leda y la mano de Mari apretó automáticamente la de su madre, dándole apoyo, comprendiéndola, queriéndola. Mari se obligó a esbozar una sonrisilla—. Pero supongo que esta noche puedo hacer una excepción, porque eres mi modelo favorita, y me gusta tener contenta a mi modelo favorita.

—Bueno, me tranquiliza saber que me tienes más aprecio que a Narciso —bromeó Leda mientras Mari se dirigía hacia la sencilla mesa de madera, en la esquina de la sala principal de la guarida excavada en la piedra que había compartido con su madre durante sus dieciocho inviernos de vida.

La mesa quedaba enmarcada por los laterales de la madriguera cubiertos por la capa más gruesa de musguinescencia y estaba alojada justo bajo el brote más grande y brillante de hongoritos, que colgaba del techo como una lámpara orgánica. Mientras Mari se acercaba a la mesa, la sonrisa forzada que le había mostrado al principio a su madre empezó a relajarse y cuando se giró hacia Leda, sosteniendo en sus manos un grueso folio de papel, fabricado con un elaborado procesamiento manual de pulpa de plantas, la sonrisa de Mari era sincera.

—Siempre que miro mi mesa de dibujo y veo cómo hemos conseguido que crezcan la musguinescencia y los hongoritos, me acuerdo de tus historias sobre los duendes terrenos.

—Siempre te han gustado mucho las historias que las Mujeres Lunares se transmiten de unas a otras para entretener y educar a sus hijas, aunque ninguna de ellas es más real que la de Narciso y su desafortunada Eco.

—Cuando las dibujo, para mí se hacen reales. —La sonrisa de Mari no titubeó.

—Eso dices siempre, pero… —empezó a decir su madre. Sin embargo, sus palabras quedaron interrumpidas por un pequeño jadeo, cuando sus ojos se posaron sobre el dibujo inconcluso—. ¡Oh, Mari! ¡Es precioso! —Leda recibió el esbozo de su hija y se lo acercó para poder contemplarlo más de cerca—. Creo que es el mejor que has hecho.

Cuidadosamente, Leda pasó la perpleja yema de su dedo por su propia imagen, sentada en su sillón de siempre, junto a la chimenea. En el regazo sostenía una cesta a medio trenzar, pero no la estaba mirando. Estaba sonriendo amorosamente a la artista.

Mari sostuvo la mano de su madre de nuevo entre las suyas y le acarició la piel.

—Me alegro de que te guste, pero los huesos de tu mano son mucho más delicados que los que yo he dibujado.

Leda apoyó la palma de su mano contra la mejilla de su hija.

—Ya lo corregirás. Siempre lo haces. Y será igual de precioso que el resto de tus dibujos. —Leda besó con delicadeza la frente de Mari antes de añadir—. Yo también tengo algo para ti, mi niña.

—¿De verdad? ¿Un regalo?

—Sí, un regalo —sonrió Leda—. Espera aquí y cierra los ojos. —Leda se escabulló con rapidez hacia la estancia trasera de su madriguera, que usaba como dormitorio además de como secadero y almacén de hierbas aromáticas. Luego, volvió corriendo junto a su hija y se quedó de pie junto a ella, con las manos entrelazadas a la espalda.

—¿Qué es? ¡Lo tienes escondido en la espalda, así que es pequeño! ¿Es una pluma nueva?

—Mari, ¡te he pedido que cerraras los ojos! —la riñó Leda.

Cerrando los ojos con fuerza, Mari sonrió.

—¡No estoy mirando! ¡Es que soy tan lista como mi mamá! —dijo, con aire engreído.

—Y tan guapa como tu padre —dijo Leda, colocándole a su hija el regalo sobre la cabeza.

—¡Ay, mamá! ¡Me has hecho una corona de doncella lunar! —Mari se quitó la intrincada corona trenzada de la cabeza. Leda había tejido hiedra con sauce para fabricar una corona preciosa, decorada además con flores de un amarillo intenso—. ¿Así que esto era lo que estabas haciendo con los capullos de diente de león? Pensaba que estabas haciendo vino.

—He hecho vino —rio Leda—. Y también te he hecho una corona de doncella lunar.

De repente, la felicidad de Mari se ensombreció.

—Se me había olvidado que esta noche es la primera luna llena de la primavera. Seguro que el clan lo celebra con alegría.

Leda sacudió la cabeza, con gesto triste.

—Ojalá, pero me temo que esta primavera no vamos a celebrar la luna con tanta alegría como otros años. Y mucho menos después de que los camaradas hayan capturado a tantas caminantes terrenas. Noto que la Tierra Madre está inquieta, que se avecinan cambios difíciles. Nuestras mujeres cargan con más penas de las habituales, y nuestros hombres… Bueno, ya sabemos la furia que las Fiebres Nocturnas infunden a nuestros hombres.

—Pero no se limitarán a estar furiosos, se volverán peligrosos. ¡Malditos escarbadores!

—Mari, no digas esas cosas de tu pueblo. Hablas de ellos como si fueran monstruos.

—Son solo mi pueblo a medias, madre, y de noche son monstruos. Los hombres lo son, al menos. ¿Qué pasaría si no los limpiaras de sus Fiebres Nocturnas cada tres días? No hace falta que contestes: sé bien lo que pasaría. Por eso las madrigueras de las Mujeres Lunares siempre son secretas, incluso para los miembros del clan. —Las palabras de Mari sonaron severas a causa de la frustración y el miedo, pero la tristeza que inundó los ojos de su madre hizo que se arrepintiera de su dureza tan pronto las hubo pronunciado.

—Mari, no debes olvidar nunca que, de noche, yo también albergo en mi interior la capacidad de ser un monstruo.

—¡Tú no! No me refería a ti. ¡Nunca te diría algo así a ti!

—Pero la luna es lo único que me protege de que mi parte escarbadora predomine sobre la de caminante terrena. Por desgracia, nuestro pueblo no comparte mi capacidad para desafiar a la luna, así que yo debo hacerlo por ellos como mínimo una vez cada tres noches. Y hoy es Tercia Noche, y también hay luna llena. Nuestro clan se reunirá, y yo los purificaré para que abran sus almas al amor y a la alegría en lugar de sumirse en la melancolía y la furia. Pero todo esto tú ya lo sabes, Mari. ¿Qué es lo que te preocupa?

Mari negó con la cabeza. ¿Cómo iba a contarle a su madre —su dulce, divertida e inteligente madre, la única persona en aquel terrible mundo que la conocía realmente y que, a pesar de todo, la quería— que había empezado a desearlo todo con más fuerza?

Mari nunca podría decirle eso a su madre, al igual que Leda nunca podría permitir que se conociera la verdad sobre su hija.

—No pasa nada. Seguramente tenga que ver con la luna llena. La siento aquí, dentro de la cueva, antes incluso de que haya salido.

La sonrisa que se dibujó en los labios de Leda era de orgullo.

—Posees mi poder, y mucho más. Mari, ven conmigo esta noche. Ponte tu corona lunar. Participa en las celebraciones del clan. Es más sencillo combatir el poder de la luna cuando está llena, y esta noche estará tan llena como el sol que ha lucido por el día.

—Ay, mamá. No esta noche. Estoy harta de fracasar y, desde luego, no quiero hacerlo delante de todos.

La sonrisa de Leda no titubeó.

—Confía en tu madre. Posees mi poder, y mucho más. Es esa abundancia la que complica tu formación.

—¿Complica? —suspiró de nuevo Mari—. Querrás decir que la imposibilita.

—¡Ay, qué dramática eres! Estás viva, sana y cuerda. De día o de noche, llueva o haga sol, haya luna o no, no demuestras ningún síntoma de delirio ni dolor. Debes confiar en que el resto llegará con paciencia y práctica.

—¿Estás segura de que no hay una manera más fácil de conseguirlo?

—Bastante segura. Es bastante parecido a todo lo que tuviste que practicar hasta que conseguiste la habilidad de hacer que un dibujo plano pareciera cobrar vida y respirar.

—¡Pero dibujar es mucho más sencillo!

Su madre rio en voz baja.

—Solo lo es para ti. —Entonces, la sonrisa de Leda se desvaneció—. Mari, sabes que pronto tendré que elegir una aprendiz. No puedo seguir dando excusas a las mujeres del clan.

—Aún no soy lo suficientemente buena, mamá.

—Y ese es otro de los motivos por el que deberías venir conmigo esta noche. Apóyame frente al clan. Intenta invocar el poder de la luna y, mientras tú practicas, yo les demostraré a las mujeres del clan que pueden estar tranquilas. Que, aunque no te he declarado mi heredera oficial, tu formación ya ha comenzado.

Mari frunció los labios.

—¿Que mi formación ha comenzado? Leda, llevas formándome desde que soy capaz de recordar.

—Siempre has sido muy buena estudiante. Y no me llames Leda.

—Buena y lenta no son sinónimos, madre.

—Conozco perfectamente la diferencia. No eres lenta, Mari. Eres compleja. Tu mente, tus capacidades, tus poderes son complejos. Algún día serás una buena Mujer Lunar. —Los grises ojos de Leda estudiaron a su hija con sabiduría—. A menos que no desees ser una Mujer Lunar.

—No quiero decepcionarte, mamá.

—No podrías decepcionarme, cualquiera que fuese el camino que eligieras para seguir tu vida. —Leda hizo una pausa, componiendo una mueca de dolor cuando una nueva sacudida le recorrió el cuerpo y el pálido tono plateado que había empezado a asomar en sus manos se extendió por sus brazos.

—De acuerdo, mamá, iré contigo —se apresuró a contestar Mari, recibiendo como recompensa la resplandeciente sonrisa de su madre.

—¡Ay, Mari, me alegro tanto! —Olvidándose momentáneamente del dolor, Leda corrió a su habitación y Mari la escuchó rebuscar entre las ollas, las cestas y los valiosos tarros de cristal que contenían su enorme colección de hierbas, tintes y ungüentos—. ¡Aquí está! —gritó, y salió de la habitación con un cuenco de madera que a Mari le resultaba familiar—. Deja que te retoque un poco la cara. Vamos a tener que volver a teñirte pronto el pelo, pero no esta noche.

Mari contuvo un suspiro y alzó el rostro para que su madre pudiera volver a aplicarle la mezcla grumosa que ambas mantenían en secreto.

Leda trabajaba en silencio, engrosando el ceño de su hija, alisando sus altos pómulos y después, por último, untando la sustancia terregosa y pegajosa, similar a la arcilla, por su cuello y sus brazos. Cuando terminó, inspeccionó a Mari con cuidado y le rozó la mejilla con suavidad.

—Compruébalo en la ventana.

Mari asintió con gravedad. Con Leda a sus espaldas, se dirigió hasta el extremo más alejado de la estancia principal de la caverna y subió los escalones de piedra hasta el nicho meticulosamente excavado entre las capas de arena y piedra. Mari apartó a un lado una larga piedra rectangular y una ráfaga de aire cálido se introdujo por la abertura, acariciando su mejilla como si de una segunda madre se tratase. Mari se asomó por el hueco hacia el mundo de la superficie y el cielo

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