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ELIZABETH COSTELLO

J.M. Coetzee  

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Fragmento

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LA NOVELA EN ÁFRICA

Elizabeth Costello coincide en una cena con X, a quien hace años que no veía. Le pregunta si todavía da clases en la Universidad de Queensland. No, contesta él, se retiró y ahora trabaja en cruceros. Viaja por el mundo, proyecta películas antiguas y les habla a los jubilados de Bergman y de Fellini. Nunca se ha arrepentido del cambio.

—Pagan bien, tienes oportunidad de ver mundo y… ¿sabes qué? La gente de esa edad escucha lo que les dices. —Él la invita a que ella lo intente—. Eres una figura destacada, una escritora muy conocida. La línea de cruceros para la que trabajo estaría encantada de poder tenerte a bordo. Serías un lujo para ellos. Tú dilo y te llevaré con mi amigo el director.

A ella le interesa la propuesta. No ha ido en barco desde 1963, cuando regresó a casa desde Inglaterra, la madre patria. Poco después de que empezaran a retirar uno por uno los grandes buques transatlánticos y a hacerlos chatarra. El final de una era. No le importaría volver a hacerse a la mar. Le gustaría hacer escala en la isla de Pascua y en Santa Elena, donde languideció Napoleón. Le gustaría visitar la Antártida: no solamente para ver con sus propios ojos los horizontes inmensos y el yermo estéril, sino también para poner los pies en el séptimo y último continente, para vivir la sensación de ser una criatura viva y que respira en el escenario de un frío inhumano.

X es fiel a su palabra. Llega un fax desde la central de Scandia Lines en Estocolmo. En diciembre, el buque Northern Lights zarpará desde Christchurch y llevará a cabo un crucero de quince días hasta la plataforma de hielo de Ross. Luego seguirá hasta Ciudad del Cabo. ¿Acaso podría interesarle a Elizabeth Costello formar parte de la plantilla de educación y animación? Los pasajeros de los cruceros de Scandia son, según explica la carta, «personas con criterio que se toman en serio su ocio». El programa de a bordo pondrá énfasis en la ornitología y la ecología de las aguas frías, pero a Scandia le encantaría que la ilustre escritora Elizabeth Costello pudiera encontrar tiempo para ofrecer un breve curso sobre la novela contemporánea, por ejemplo. A cambio de eso, y de ponerse a disposición de los pasajeros, le ofrecen un camarote de primera, con todos los gastos pagados y con conexiones aéreas hasta Christchurch y desde Ciudad del Cabo, y, por si fuera poco, unos honorarios sustanciosos.

Es una oferta que no puede rechazar. El 10 de diciembre sube a bordo en el puerto de Christchurch. Descubre que su camarote es pequeño pero por lo demás parece bastante satisfactorio. El joven que coordina el programa de animación y desarrollo personal es una persona respetuosa. Los pasajeros que se sientan a la misma mesa que ella a la hora de comer, en su mayoría jubilados, gente de su generación, son agradables y sencillos.

En la lista de conferenciantes solamente hay otro nombre que reconoce: el de Emmanuel Egudu, un escritor de Nigeria. Lo conoció hace más años de los que puede recordar, en una conferencia del PEN en Kuala Lumpur. Por entonces Egudu era un individuo enérgico y exaltado, muy metido en política. Ella se llevó la impresión de que tenía mucha pose. Y cuando lo leyó, más adelante, no cambió su opinión de él. Pero ahora se pregunta qué es tener pose. ¿Es cuando alguien aparenta ser lo que no es? ¿Y quién de nosotros es lo que aparenta ser? Y además, puede que las cosas en África sean distintas. Tal vez lo que uno puede tomar por pose en África, lo que uno puede tomar por jactancia, únicamente sea hombría. ¿Quién es ella para decirlo?

Elizabeth Costello se da cuenta de que a medida que se hace mayor ha suavizado su actitud hacia los hombres, incluso hacia Egudu. Es curioso, porque en otros aspectos se ha vuelto más (elige la palabra con cuidado) acídula.

Se encuentra con Egudu en el cóctel del capitán (Egudu ha llegado tarde a bordo). El escritor nigeriano lleva un dashiki de color verde chillón y unos elegantes zapatos italianos. Tiene la barba entrecana, pero sigue siendo un hombre apuesto. Le dedica a Elizabeth una sonrisa enorme y la abraza.

—¡Elizabeth! —exclama—. ¡Qué contento estoy de verte! ¡No tenía ni idea! ¡Tenemos mil cosas que contarnos!

Parece que, en el vocabulario de Egudu, tener cosas que contarse quiere decir hablarle exclusivamente de sus actividades. Informa a Elizabeth de que ya no pasa mucho tiempo en su país natal. Se ha convertido, en sus palabras, en un «exiliado habitual, como un delincuente habitual». Ha conseguido documentos americanos. Se gana la vida en el circuito de las conferencias, un circuito que parece haberse ampliado para abarcar los cruceros. Este será su tercer viaje en el Northern Lights. Le resulta muy descansado, muy relajante. ¿Quién se iba a imaginar, dice, que un chaval africano de campo iba a acabar así, tratado a cuerpo de rey? Y le vuelve a dedicar su enorme sonrisa, la especial.

«Yo también soy una chica de campo —le gustaría decir a ella, pero no lo dice, aunque en parte es verdad—. Ser de campo no es nada excepcional.»

Cada miembro del equipo de animadores tiene que hacer un breve discurso público.

—Solamente para decir quiénes sois y de dónde venís —explica el joven coordinador en un inglés lleno de cuidadosos giros idiomáticos. Se llama Mikael. Es atractivo al estilo sueco, alto y rubio, aunque adusto, demasiado adusto en opinión de Elizabeth.

La charla de ella se anuncia con el título «El futuro de la novela». La de Egudu como «La novela en África». Ella tiene que hablar el primer día que pasen en alta mar por la mañana. Él hablará por la tarde del mismo día. Por la noche toca «La vida de las ballenas», con grabaciones en audio.

Mikael en persona lleva a cabo la presentación.

—La famosa escritora australiana —la llama—, autora de La casa de Eccles Street y de otras muchas novelas, a quien tenemos el verdadero privilegio de tener entre nosotros. —A ella le irrita que la anuncien una vez más como autora de un libro tan lejano en el pasado, pero no puede hacer nada.

«El futuro de la novela» es una conferencia que ya ha dado antes, de hecho la ha dado muchas veces, ampliándola o condensándola según la ocasión. Sin duda también hay versiones ampliadas y condensadas de la novela en África y de la vida de las ballenas. Para la ocasión presente ha elegido la versión condensada.

—El futuro de la novela no es un tema que me interese mucho —empieza a decir, intentando sorprender a su público—. De hecho, el futuro en general no me interesa mucho. ¿Qué es el futuro, al fin y al cabo, más que una estructura de expectativas y esperanzas? Reside en la mente. Carece de realidad.

»Por supuesto, ustedes pueden replicar con razón que el pasado es igualmente una ficción. El pasado es historia, y ¿qué es la historia salvo un relato hecho de aire que nos contamos a nosotros mismos? Y, sin embargo, el pasado tiene algo milagroso que el futuro no tiene. Lo milagroso del pasado es que hemos conseguido, Dios sabe cómo, construir miles y millones de ficciones individuales, ficciones creadas por seres humanos individuales, lo bastante interconectadas entre ellas como para proporcionarnos lo que parece un pasado común, una historia compartida.

»El futuro es distinto. No poseemos una historia compartida del futuro. La creación

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