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ELLOS Y NOSOTROS (LA SEGUNDA REVOLUCIóN 2)

Costa Alcalá  

5


Fragmento

Domingo, 29 de junio.

Calle del Fresno, 27. Blyd. 10.40 de la noche

Dominio

Le ha costado semanas pero finalmente la ha encontrado en un piso diminuto. A pesar de las capuchas con las que se cubren la cara, la mujer no grita al verlos, sino que les guía hacia el salón de la casa con una sonrisa afable.

A un gesto del Águila Blanca, uno de los Caballeros coloca el orbe sobre la peana. Es el orbe que consiguió en el Liceo y por el que tuvo que sacrificar al profesor Koem, maldita su memoria. De los muchos que se grabaron durante la investigación que siguió al incendio en el palacio, ese era el más importante de todos. La imagen se forma poco a poco en el centro del saloncito donde se encuentran. Muestra una mujer vestida de negro que se retuerce las manos sentada pulcramente en medio de una sala vacía. La misma mujer que, envejecida por el paso de los años, ahora observa su propia imagen y se frota unos nudillos con dedos callosos.

—¿Qué ocurrió durante el incendio? ¿Adónde se llevaron al niño, al Heredero? —La voz del Águila Blanca suena sorprendentemente dulce.

Recuerda a la mujer, aunque solo a retazos, como el producto de otra vida. Recuerda su sonrisa, las notas desvaídas de una nana cantada en voz baja.

—Estaba en mi habitación, yo sola. Vinieron los Caballeros del Águila. Había un incendio en el palacio. Estaba yo sola. —La voz de la mujer se rompe cuando escucha que su imagen en el orbe pronuncia, casi exactamente, las mismas palabras.

—Necesito que recuerdes, querida —susurra de nuevo el Águila Blanca—. Adónde se llevaron al Heredero. No pudo sobrevivir solo. Ese Usurpador no era más que un bebé cuando ocurrió.

—Estaba en mi habitación, yo sola... —repite.

El Águila Blanca coloca una mano gentil sobre el hombro de la mujer. Ella no tiene la culpa. Podría preguntarle mil veces y la respuesta siempre sería la misma: que estaba en su habitación cuando comenzó el incendio, que estaba sola.

Pero no lo estaba.

Ibee, así se llama: Ibee, jamás podrá contar la verdad, solo dirá las palabras que le ordenaron pronunciar. Así fue como el maldito Koem descubrió que el Heredero había sobrevivido. Solo necesitó ver sus fotografías en las páginas arrancadas de aquellos libros, visiblemente embarazada; después, el orbe y los indicios claros de Dominio sobre la mujer: los gestos reiterados, la voz monocorde, la mirada perdida cuando le preguntaban por el incendio.

Koem habría revelado la existencia del Heredero. Por eso tuvo que detenerlo. Solo puede haber un legítimo soberano en Nylert y ese será el Águila Blanca. No necesita competencia a ojos de su querido pueblo. Y no va a tenerla si lo encuentra antes.

La mano del Águila Blanca se posa con suavidad sobre la frente de la mujer y la mira fijamente. Quizá si un Dominio pudo manipular sus recuerdos, otro pueda liberarlos.

El Águila Blanca parpadea dos veces seguidas y la mente de la mujer se abre de par en par. Es una mente pequeña, llena de nimiedades, de miserias cotidianas. Examina cada detalle, primero con calma y luego con una creciente frustración. Registra la mente de la mujer como lo haría con una casa, escudriñando cada esquina, abriendo puertas sin cerrarlas de nuevo mientras Ibee permanece inmóvil.

Encuentra lo que busca en un rincón escondido, lo percibe como cristal negro, opaco y endurecido por el paso de los años. La mano del Águila Blanca se crispa en un espasmo.

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Trata de liberar ese recuerdo pero no puede. Está sellado. Sin embargo, el Águila Blanca insiste a pesar de que con cada arañazo que da con su propia conciencia contra ese manojo de recuerdos bloqueados, un dolor lacerante le recorre el cuerpo.

La mujer se sacude pero continúa en silencio. Lo único que delata que debe de estar rompiéndose por dentro es el temblor, una mirada de terror mudo en los ojos.

El Águila Blanca no desfallece. Enfrentándose al propio sufrimiento, respira hondo, lo intenta de nuevo y por un segundo cree que lo consigue. La cabeza se le llena de imágenes, del rojo del Fuego, de paredes de mármol blanco, humo en los pulmones. Entonces, cuando escucha como un eco el llanto de un niño, su conciencia sale despedida con tanta fuerza que el Águila Blanca prácticamente cae de la silla donde se ha sentado. El cuerpo le arde de dolor pero también de rabia.

No puede. No va a poder.

Aparta la mano y la mujer cierra los ojos de alivio.

El dolor remite poco a poco; pero la rabia y la frustración se hacen cada vez más intensas. El Águila Blanca se yergue.

—Levántate, Ibee.

Con cuidado, el Águila Blanca recoge el viejo orbe de la peana y lo guarda en el bolsillo interior de la capa con la que a continuación se cubre el rostro. El saloncito queda inmediatamente en penumbra. Parece incluso más pobre que cuando han llegado, las paredes están desconchadas y los muebles son viejos y dispares, tan inútiles como la mujer, que sigue esperando.

—Nos vamos. —Uno de sus Caballeros se apresura a abrir la puerta de la habitación pero el Águila Blanca se acerca a Ibee una última vez—. Te agradecemos la hospitalidad y ahora te dejamos descansar, querida, y cuando nos hayamos marchado... —En este instante el Águila Blanca vacila pero la mujer lo merece. Un descanso, liberarse de ese sufrimiento que la ha acompañado toda la vida—. Cuando nos hayamos marchado deseo, por favor, que abras esa ventana y saltes.

El Águila Blanca sale de la habitación sin mirar atrás, sin plantearse qué ocurrirá al día siguiente, cuando encuentren el cadáver en el callejón.

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Miércoles, 1 de octubre.

Meseta de Blyd, aproximadamente a mil metros

sobre el suelo. 6.14 de la mañana

Dominio

—Antepasados benditos —masculla Kózel por no decir una palabrota cuando una ráfaga de aire helado se le cuela por entre la ropa. Todavía no han llegado a Blyd y, a pesar de la gorra y de llevar el uniforme del Liceo, ya está echando de menos el clima de las Koru. Las cosas que una hace por amistad.

No han pasado ni cinco minutos desde que se ha despertado. Nada más hacerlo se ha dado un susto de muerte: se suponía que Lórim estaba roncando en el asiento de al lado. Como puede, porque tiene las piernas agarrotadas, se ha incorporado un poco y a través de los ventanales de la cabina del aéreo, ha visto una figura recortada contra el resplandor violáceo del amanecer. Quién sabe cuánto tiempo lleva Lórim fuera, en cubierta, con los codos apoyados contra la balaustrada de madera, la mirada fija en un mar de nubes de tormenta.

—Te vas a congelar, Hérshel —le dice mientras se acerca con paso inseguro y le tiende la casaca de su uniforme. Se la ha encontrado arrugada en el asiento. Los ojos de su amigo permanecen atentos a las nubes que fluctúan a su alrededor, pero los labios se le curvan hacia arriba mientras se abrocha la casaca hasta el cuello.

—Quería estar aquí para cuando llegáramos a Blyd.

—Sabes que no llegaremos hasta dentro de una hora, ¿verdad? —le informa ella. De todos modos, ni aunque estuvieran llegando ya a la ciudad podrían ver algo: las nubes se arremolinan a su alrededor cada vez con más virulencia, el horizonte es poco más que una masa de siluetas borrosas. Pero Lórim encoge los hombros.

Kózel apoya los codos a su lado en la balaustrada y espera con él en silencio. Poco a poco, el cielo se va llenando de matices azafranados que contrastan con el gris oscuro de las nubes. Sigue haciendo un frío terrible, pero Kózel prefiere estar aquí fuera con su amigo que sola, dentro de la cabina. Será que se ha acostumbrado a la presencia de Lórim durante el verano. Y la ha necesitado. Nada más llegar a Hol Ibu, su familia la recibió con caras largas y le recordó que el año en Blyd no había sido más que una pérdida de tiempo, una afrenta a su familia y a sus Antepasados. La cosa no mejoró en los tres meses que Lórim y ella pasaron en casa, porque se lo recordaban a cada ocasión. La abuela Hokulea incluso la matriculó en la Academia de Artes Escénicas de Hol Ibu por si acaso se golpeaba la cabeza y decidía dejar el Liceo, supone Kózel. Suerte de Lórim, que ha evitado que su familia llegara a los niveles del verano anterior, cuando decidió marcharse por primera vez. Además, a cada reproche de sus padres o de la abuela, Lórim tenía una broma preparada o una excusa para arrastrarla hasta la playa. Será que él también entiende muy bien lo que supone ser la oveja negra de la familia.

Durante un rato observan en silencio un paisaje de nubes voluptuosas y colores cambiantes, rojos que se convierten en un naranja cada vez más vivo, azul marino, gris plomo. Ni ella misma sería capaz de crear una combinación tan perfecta Vinculando Ilusión. Tras unos minutos, Kózel se escabulle en la cabina. Regresa con dos vasitos de papel a rebosar del café humeante que venden en la minúscula cantina del aéreo. Uno se lo tiende a Lórim y el otro lo acuna entre las manos para darse calor.

—Mira... —murmura mientras señala con la cabeza hacia donde se adivina una silueta familiar: una cadena de colinas y, a sus pies, las luces parpadeantes de una ciudad que se despereza con el amanecer.

Y Lórim, que tan tranquilo había estado hasta entonces, da un brinco.

—¿Ves como valía la pena estar aquí fuera? ¿Ves? Que regresamos a Blyd, Kózel. Y ya verás, será genial, como el año pasado. Bueno, todavía mejor, que ya estamos en segundo y nadie puede llamarnos novatos. Será perfecto.

—Excepto por el peligro de muerte —responde ella arrebujándose en el uniforme—. Sería fabuloso que este año nadie quisiera matarnos.

—Tú siempre tan exigente, Hoku. —Lórim casi consigue acabar la frase sin que se le escape la risa; pero sucumbe a las carcajadas cuando Kózel le da un manotazo en la nuca. Solo recupera la compostura cuando una ráfaga de viento especialmente fuerte sacude el aéreo y él se agarra a la balaustrada como si fuera un paracaídas.

Entonces un trueno hace vibrar la plataforma y el aéreo se balancea de nuevo. De repente media docena de operarios se dan instrucciones a gritos mientras se reparten por la cubierta y alrededor del globo que hace flotar el aparato. Todos llevan levita de terciopelo rojo y pantalón negro, el uniforme de la Compañía de Transporte Aeroconducido de Nylert. Cuando están en posición, levantan los brazos y, en perfecta sincronía, Vinculan Aire a su alrededor para contrarrestar los bandazos. Al siguiente trueno, comienza a llover.

La tormenta, sin embargo, se estaba guardando lo mejor del espectáculo para la capital del país. Cada pocos segundos, un relámpago ilumina el cielo encapotado y la lluvia, furiosa, reverbera contra los cristales de la cúpula de la estación cuando bajan del aéreo. Como el mal tiempo no invita a pasear, la estación está llena de blydenses en distintos grados de remojo que se dirigen al trabajo. Lórim y Kózel evitan entorpecer el paso mientras se colocan justo debajo del reloj cúbico que cae desde el centro del vestíbulo.

—¿La ves por alguna parte? —le pregunta a Lórim dándole un codazo. Él se pone de puntillas y estira el cuello aunque no haga falta, ya que sigue siendo más alto que el blydense medio.

—No. ¿Estás segura de que llegaba al mismo tiempo que nosotros?

—Seguro.

—Pues quizá se esté retrasando por la lluvia.

—No, seguro.

—Pues te digo que su aéreo se habrá retrasado, Kóz.

—No, melón. Seguro. Si al final me descubren en el Liceo porque hablas de mí en femenino, te voy a... bueno. Es mejor que no lo sepas.

Durante unos interminables minutos, Kózel y Lórim permanecen en el centro del vestíbulo. Mientras Lórim escudriña los extremos más alejados de la estación, Kózel no pierde de vista el reloj, porque si se entretienen mucho no llegarán a tiempo al Liceo para el discurso del director.

De pronto oyen el ruido. Al principio se confunde con el omnipresente bullicio de los transeúntes y de la lluvia contra los cristales, pero luego se percibe mucho más claro. Es un estrépito agudo que precede el estallido de una breve conmoción cuando el origen de tal ruido echa a correr hacia ellos arrollando a todo el que se encuentra por delante.

—¡Allí, allí!

—¡Ñiiiiiiiiiiiiiii!

—¡Nero!

Nero choca contra ellos con la fuerza de un meteorito y los tres se funden en un achuchón. Kózel recibe un codazo y no sabe de quién, aunque le da más bien igual.

Dominio

Kástor ha salido temprano de casa: el primer día en el Liceo nunca le cuesta madrugar. Se ha vestido comprobando que el pantalón crema y el chaleco azul no tuvieran arrugas, se ha peinado, ha recogido la maleta y ha bajado a la planta baja procurando no hacer crujir los escalones porque sus hermanos todavía dormían. Su madre era la única despierta antes que él porque tenía que preparar el desayuno del abuelo. Le ha dado un beso en la frente, un paraguas y una bolsa de papel marrón con el almuerzo.

No le entra hambre hasta que ya está en el metropolitano, sentado en un asiento junto a la ventana, mientras atraviesan el río en dirección al centro de Blyd. Al vaivén del vagón se le une el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. Con mucho cuidado, rasga la bolsa de papel lentamente, cortes rectilíneos y paralelos, y se la extiende sobre las rodillas para que las migas del emparedado que hay d

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