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EMILIA PARDO BAZáN (COLECCIóN ESPAñOLES EMINENTES)

Isabel Burdiel  

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Fragmento

PROYECTOS DE BIOGRAFÍAS
ESPAÑOLES EMINENTES

 

 

 

 

Cuando, hace unos años, puso en marcha el proyecto Españoles eminentes, la Fundación Juan March perseguía tres objetivos.

Habiendo observado que las biografías no han alcanzado en la historiografía española la maestría que es notoria en otros países, donde muchos son los aficionados a su lectura y abundante la oferta editorial, se pensó que podía contribuir al desarrollo patrio del género el encargo de varias de ellas a especialistas en el periodo histórico de que se tratara. Para el cumplimiento de ese objetivo era importante que el formato de la biografía respondiera a las expectativas de un lector culto no académico. En este sentido, la biografía sigue una secuencia cronológica desde el nacimiento hasta el fallecimiento de la persona estudiada y, en lo que se refiere al contenido, la ambición ha sido ofrecer una semblanza interesante, individualizada y realista del curso de su vida proporcionando al lector los resultados sintetizados de la última investigación más que cada uno de los detalles eruditos de esta, sobre los que, con todo, ofrece orientaciones un capítulo específico dedicado a la bibliografía.

En segundo lugar, parece extraño que, con la excepción de reyes y políticos, muchos de los españoles de méritos más sobresalientes carezcan todavía hoy, en el siglo XXI, de una auténtica biografía moderna que dé a conocer los hechos de su vida y sobre todo los rasgos que han elevado su figura a la excelencia que hoy con carácter general se les reconoce. El segundo objetivo del proyecto era, en consecuencia, cubrir esa laguna, siquiera parcialmente, escogiendo para ello un pequeño pero representativo grupo de españoles eminentes cuya biografía estaba todavía por hacer o que, por cualquier motivo, se juzgaba insuficiente. La obra encargada debía responder a la cuestión de por qué el hombre objeto de la biografía es eminente y si, a juicio de su autor, este sigue siendo acreedor a este título en nuestros días, con el cambio de perspectiva que acompaña al paso del tiempo.

Durante siglos la historiografía explicó el devenir de un pueblo como una sucesión de hechos políticos, centrados en las decisiones diplomáticas y militares tomadas por los monarcas y sus consejeros. Durante el siglo XX, en cambio, disfrutó de amplia aceptación una forma distinta de escribir historia, una que, omitiendo la intervención de actores personales, pone el acento en el análisis de estructuras económicas y demográficas de la sociedad o en la descripción de las condiciones geográficas y climáticas del territorio. Son conocidos los grandes frutos que esta historiografía estructuralista ha producido en la última centuria, pero muchos son los signos de que esta fuente, antes tan copiosa, ha quedado enteramente exhausta y de que conviene ahora ensayar una aproximación a los hechos del pasado que tome en consideración la influencia de determinadas individualidades y de sus comportamientos paradigmáticos, ejemplares, eminentes, en la configuración de una tradición cultural colectiva. Se trataría de recuperar la perspectiva del ethos personal en la explicación histórica, pero distanciándose al mismo tiempo de la antigua narración política, diplomática o militar, hecha de genealogías, tratados entre príncipes y batallas.

Este es el tercero de los objetivos arriba enunciados. Se ha comprobado que una historia alrededor de hechos genera una pluralidad de interpretaciones discrepantes allí donde la historia de españoles eminentes, que protagonizan o al menos son testigos privilegiados de esos hechos, suscitan con más facilidad acuerdos y convergencias. Por ejemplo, muchos y muy diferentes son los juicios que a los historiadores ha merecido la fecha de 1812, tan cargada de significaciones de todas clases, pero casi todos, pese a su opuesta ideología, se descubren con admiración o con respeto ante un Jovellanos o un Goya, por mencionar españoles que por fortuna ya cuentan con buenos estudios biográficos. El proyecto Españoles eminentes aspira a ser una contribución a una historia de la cultura española a la luz de la ejemplaridad de determinados nombres, acerca de cuya excelencia moral hay amplio consenso. La aplicación de una razón histórico-ejemplar, como en este proyecto de biografías se intenta, quiere ayudar a reescribir la historia de España en una forma mucho más integradora de lo que hasta la fecha ha sido posible.

Ricardo García Cárcel (catedrático de Historia Moderna) y Juan Pablo Fusi (catedrático de Historia Contemporánea) formaron el consejo asesor y fueron determinantes, cada uno en su área correspondiente, en todas las fases del proceso, desde la elección de la biografía y de su autor hasta la culminación final del encargo. Por parte de la Fundación, Lucía Franco asumió las funciones de coordinación del proyecto. La editorial Taurus mostró interés en el proyecto desde la primera hora y lo hizo propio. Si el lector de esta biografía estima que se han cumplido alguno de los tres objetivos arriba enunciados, a ellos es debido.

 

Javier Gomá Lanzón

Director de la Fundación Juan March

 

 

 

 

Para Carlos y Salvador Albiñana.

 

Para Elena Alba, Lola Burdiel y Elena Bueno,

que me hablaron desde orillas distintas y me dijeron casi lo mismo.

 

 

 

 

La ilusión más temible de la escritura es la que consiste en hacerte creer que puede abolir el espacio, y también el tiempo, volver a hacer presente lo que no está, o alcanzable lo que se ha perdido para siempre. Creo que cedí a esa tentación.

 

TEODOR CERIĆ, Jardines en tiempos de guerra

 

 

Los grandes artistas son monstruosidades biológicas, históricas, engendran el tiempo que los ha engendrado.

 

SIEGFRIED KRACAUER, Las últimas cosas antes de las últimas

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INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

En 1908, cuando tenía quince años, Iliá Arensburg embarcó en Odessa con destino a lo que entonces se llamaba América del Sur. Formaba parte de una de las grandes diásporas judías de las postrimerías de la Rusia de los zares. Como muchos otros que viajaban con él, durmió en cubierta durante la larga travesía. Tras varios destinos fallidos, llegó a Santiago de Chile a principios de 1909. Allí fue acogido por una dama viuda, probablemente también de origen judío y ruso, que alquilaba habitaciones en su casa. En aquel primer alojamiento estable, en el umbral de su nueva vida, Iliá encontró un volumen de obras de Emilia Pardo Bazán. No hablaba, ni por supuesto leía, español, pero se esforzó por convertir aquellos libros en una ayuda para conseguirlo. Cuando logró abrirse paso, casi a tientas, en las historias que allí se contaban, le resultó un mundo al tiempo extraño y familiar. Le asombró que el autor fuese una mujer. Hasta más tarde no supo que era también una apasionada de la novela rusa.

Al principio todo lo que su anfitriona le contó era que se trataba de una aristócrata española muy católica, pero curiosamente avanzada en sus ideas sobre literatura y otros asuntos. Sus obras circulaban con éxito en la América hispanohablante. Especialmente en Chile, Argentina, Cuba y México, los cuentos y las crónicas que enviaba desde Madrid eran muy esperados. Con el tiempo Iliá se labró una carrera como óptico, algo no muy alejado de los intereses de aquella escritora. Abrió varias tiendas y llegó a tener una posición social desahogada y respetable. Cambió de nombre muy pronto y en los registros chilenos se llamó Guillermo. Mantuvo el sonoro apellido alemán, germanización de un topónimo estonio. Resultaba europeo y chic en su nuevo medio social. También lo era leer a doña Emilia y coleccionar sus Obras completas. Cuando ella murió, en 1921, habían alcanzado los cuarenta y dos volúmenes.

Quedan muy pocos testimonios de lectores desconocidos de Pardo Bazán como el que acabo de relatar. Hubo un tiempo en que debieron ser muchos en las versiones originales en castellano. Bastantes menos, pero muy variados, en otros idiomas. Su obra fue sobre todo traducida al francés, pero también al inglés, italiano, griego, sueco, danés o ruso; incluso al japonés. Conoció el éxito en vida y disfrutó ampliamente de él. Le molestó cuando este empezó a decaer, como le sucedió a sus compañeros de generación. Practicó entonces la ironía, que tan útil le había sido en las varias batallas de su vida.

Más de medio siglo después de su muerte, a principios de los años setenta, la escritora catalana Maria Aurèlia Capmany escribió en sus Cartes impertinents sobre lo mucho que había sorprendido la lectura de Pardo Bazán a una joven iconoclasta como ella. El paso de los años y del franquismo la habían convertido en una figura acartonada, conservadora, relegada al papel de novelista regional (gallega) domesticada. A Capmany le habían interesado especialmente los ensayos para la revista Nuevo Teatro Crítico, financiada y escrita en su integridad por doña Emilia con la herencia recibida de su padre. Le impresionó el buen sentido, la inteligencia y la vasta cultura. Se temía, sin embargo, que su influencia hubiese sido nula. De hecho, la revista tan solo duró tres años. En todo caso, ella no había visto nunca citados sus escritos cuando se hablaba de la ideología española del siglo XIX: «[…] nadie se acuerda de sus ideas, de sus denuncias, de sus esperanzas, que fueron, de hecho, todo un programa».[1] Capmany no debía de saber que, por aquel entonces, un puñado de estudiosos, españoles y extranjeros, se habían empeñado en rescatar a Emilia Pardo Bazán del olvido y de las interpretaciones rancias, pacatas o interesadas que se habían ido tejiendo en torno a ella. También de las bromas de mal gusto. Uno de los pioneros, Robert E. Osborne, comenzaba su estudio, publicado en México en 1964, preguntándose cómo era posible que una escritora de esa talla hubiese recibido en su país tan escasa y tan tímida atención.[2]

 

 

Hoy, gracias a la labor de un nutrido y brillante grupo de especialistas, que irán apareciendo con nombre propio a lo largo de las páginas de este libro, Emilia Pardo Bazán es considerada una de las grandes escritoras de ficción del siglo XIX europeo, además de sobresaliente periodista, crítica e historiadora de la literatura, traductora, comentarista política y autora teatral. Se ha reconocido su gran papel en la renovación del realismo español y en la discusión sobre qué podían aportarle el naturalismo francés, la novela rusa o la estética modernista. Se sabe también mucho más de su vida: una de sus mejores obras. Sus avatares, sus decisiones, sus dudas, sus logros, sus derrotas y, sobre todo, sus preguntas resuenan hoy con una intensidad intelectual y emocional que la hacen plenamente contemporánea y, al mismo tiempo, todo lo extraña y diferente que debe ser una vida del pasado.

Procedente de una familia liberal, militó durante algunos años de su juventud en las filas del carlismo. Defendió su derecho a declararse feminista de una forma tan radical (y vista desde hoy tan moderna) que no tiene igual entre las escritoras de entonces, ni en España ni en Europa. Cultivó una extraordinaria correspondencia con las grandes figuras intelectuales y artísticas de su época y una vida social intensa en la que trató de combinar las amistades literarias con las aristocráticas. Se casó y tuvo hijos, se separó discretamente de su marido y tuvo varias relaciones amorosas, entre ellas una célebre e intensa con Benito Pérez Galdós. A partir de un determinado momento empezó a firmar como condesa de Pardo Bazán, pero siempre defendió que la concesión regia de aquel título era un reconocimiento a su labor literaria. Se sintió cosmopolita, europea, e intensamente nacionalista española. Fue reaccionaria y progresista. A veces ambas cosas al mismo tiempo.

Su personalidad aparece rotunda y, al mismo tiempo, volátil, imprecisa, difícil de aprehender, llena de ambivalencias estéticas, emocionales y políticas. En el plano largo es un personaje de una pieza. En el plano corto, un rompecabezas. Algo que se podría decir de casi todo el mundo pero que, en este caso, resultaba y resulta especialmente inquietante. Los rasgos de coherencia e incoherencia se cruzaron entre sí y entraron a menudo en conflicto en su vida y en su obra. Ese carácter excéntrico, problemático, respecto a los patrones de conducta y de pensamiento establecidos en su época, en su clase y en la esfera pública literaria del último tercio del siglo XIX y primeras décadas del XX fue un rasgo fundamental de su imagen pública. Una imagen muy potente, que era producto tanto de lo que ella misma hizo y escribió como de la percepción, a veces muy alterada, de quienes la conocieron de cerca, la observaron de lejos y la leyeron, o no. Tan ambivalente fue su personalidad pública que pudo aparecer a un tiempo como subversiva, conservadora y amante del orden, disconforme y guardiana de la ortodoxia, iconoclasta e icono momificado del régimen de la Restauración que tanto criticó.

El objetivo de esta biografía ha sido aprehender o, quizás más precisamente, explorar esa multiplicidad: la asombrosa y desconcertante capacidad de Emilia Pardo Bazán para escapar al territorio conocido de las definiciones. Es decir, para ser alguien situado y excéntrico a la vez. Alguien que vivió tropezando, y haciendo tropezar a los otros, con las categorías al uso en un momento en el que la sociología clásica, a veces con ayuda de la historiografía, estaba trazando dualidades aparentemente insalvables entre lo tradicional y lo moderno, lo reaccionario y lo progresista, lo viejo y lo nuevo. En el esfuerzo por aprehender la complejidad de su mundo, sus sentidos de pertenencia y sus negativas a pertenecer, se me ha hecho evidente que la distinción entre vida y obra, entre lo que se hace y lo que se escribe —que tantos debates ha producido—, no es pertinente en este caso, y quizás en ningún otro. A menos que creamos que la obra no forma parte de la vida, que no es vida en sentido estricto; que el hacer está desligado del imaginar. Y a la inversa.

La discusión sobre el tema, tanto entre los historiadores como entre los críticos literarios, ha demostrado a mi juicio las diversas formas en que la perspectiva biográfica puede contribuir a plantear preguntas y problemas generales capaces de trascender las distinciones rígidas entre lo cultural y lo político, lo social, lo individual y lo colectivo. Constituye una perspectiva útil, entre otras posibles, para evitar las aporías, las perplejidades insalvables, a que conducen esas distinciones cuando se trata de entender qué es un sujeto histórico, en el más amplio y complejo sentido del término. En este caso, alguien que construyó su identidad personal, aquella en la que más continuamente se reconocía, en tanto que escritora. O, tratando de eludir las definiciones sexistas de la época, como escritor. Un intento de fuga que ella misma acabó considerando imposible, pero que desestabilizó el entramado de normas y valores sociales de su entorno contribuyendo a alterarlo. Alguien que fue capaz de engendrar el tiempo que la engendró: lo que Siegfried Kracauer ha denominado la extraterritorialidad del genio auténtico. Aquel que escapa a su época y a la vez es inconcebible fuera de ella porque, a través de sus obras, en el centro mismo del proceso creativo, se encuentran y operan las condiciones de su tiempo o, más exactamente, de los tiempos que le ha tocado vivir.[3]

Por esa razón, además de las ya mencionadas, en esta biografía he intentado sortear de forma constante (y consciente de sus implicaciones teóricas) la distinción entre lo que vivió y lo que escribió, optando por una contextualización histórica interrelacionada de ambos aspectos. En este sentido, he tratado de explorar la interacción entre esferas y escalas de experiencia en el vivir y el escribir, advirtiendo que, en ninguno de los dos casos, existe algo unívoco y lineal que podamos denominar «un tiempo», «una época» o «un contexto». Existen siempre varios tiempos en un tiempo, varias épocas en una época y varios contextos que se cruzan, confunden o enfrentan. Por eso siempre hay, en potencia, varios individuos en cada individuo, un conglomerado de tendencias y posibilidades que pueden entrar en conflicto o alimentarse mutuamente; casi siempre ambas cosas a la vez. Con mayor o menor intensidad según los casos, todos los individuos son en potencia encrucijadas, híbridos, de condiciones variadas, de posibilidades realizadas y perdidas. En el caso singular de Emilia Pardo Bazán, por origen y por vocación, esa diversidad fue intensa a lo largo de toda su vida, lo cual ha exigido cuidar el juego de conversación entre ambientes diferentes, de manera lo suficientemente flexible como para dar voz a sus diversos mundos. Al integrarla en ese entramado histórico es, precisamente, cuando resulta posible valorar mejor su vigor como individuo singular.

 

 

Uno de esos mundos, el literario, proporciona el contexto más significativo de este estudio. No podría ser de otra manera. Es el que hace posible e interesante la biografía de la hija única de los condes de Pardo Bazán. La joven hidalga gallega que logró convertirse en «la gran dama de las letras españolas» en un proceso que abarca desde los años 1880 hasta las primeras décadas del siglo XX. Una figura clave —junto a Clarín y Benito Pérez Galdós— para la reformulación de la novela decimonónica en un momento en que el realismo constituía lo nuevo y lo moderno, la vanguardia de la renovación literaria. Alguien que logró reinventarse como escritora a lo largo de todo ese proceso, ensayando nuevas formas de mirar y de escribir hasta casi el final de su vida.

Fue excepcional en muchos aspectos. El primero y principal es sin duda el hecho mismo de que lograse el éxito que alcanzó. Su talento indudable, su fuerza creativa, están por supuesto en la base de todo. Sin embargo, no siempre el talento es reconocido ni lo es de la misma manera, especialmente si se trata de una mujer

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