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EMMA (LOS MEJORES CLáSICOS)

Jane Austen

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Fragmento

Índice

Emma

Introducción

Cronología

Emma

Libro primero

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Libro Segundo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Libro tercero

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Notas

Biografía

Créditos

Jane Austen (1775-1817), nacida en Steventon, Inglaterra, ocupa un lugar destacado en la historia de la literatura inglesa. Interesada especialmente en la psicología de los personajes y en las relaciones humanas, cultivó el retrato íntimo y el estudio de la vida doméstica, apoyándose en un estilo depurado y en una indudable perfección técnica. Es autora de seis novelas, todas ellas publicadas en Penguin Clásicos: Sentido y sensibilidad (1811), Orgullo y prejuicio (1813), Mansfield Park (1814), Emma (1815), La abadía de Northanger (1818) y Persuasión (1818).

Fiona Stafford es catedrática de lengua y literatura inglesa en la Universidad de Oxford.

Título original: Emma

Edición en formato digital: junio de 2015

© 1996, 2003, Fiona Stafford, por la introducción

© 2006, 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© 1978, José María Valverde, por la traducción

© 2015, Sílvia Pons Pradilla, por la traducción de la introducción

Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial

Fotografía de portada: © Amy Weiss / Arcangel Images

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ISBN: 978-84-9105-992-0

Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.

www.megustaleer.com

019

cover.jpg JANE AUSTEN

Emma

Introducción de

FIONA STAFFORD

Traducción de

JOSÉ MARÍA VALVERDE

019

www.megustaleerebooks.com

INTRODUCCIÓN

Desde su aparición a finales de diciembre de 1815, Emma ha sido criticada por su falta de acción y elogiada por su ajustada descripción de la vida cotidiana.1 A Walter Scott, uno de sus primeros críticos, le pareció que la obra tenía «incluso menos argumento» que Sentido y sensibilidad o que Orgullo y prejuicio, pero aun así admiró el «conocimiento del mundo por parte de la autora, y el tacto característico con el que presenta a unos personajes que el lector reconoce de inmediato».2 Casi dos siglos después, actitudes parecidas se encuentran entre los lectores en general, que siguen deleitándose en la habilidad de Austen para crear personajes y situaciones verosímiles, y entre críticos de orientación histórica, que acuden a sus novelas en busca de información sobre el estilo de vida de la gente en el siglo XIX. Emma ha alimentado obras como A Jane Austen Household Book, de Peggy Hickman, en la que el orgullo del señor Woodhouse por el cerdo de Hartfield dio lugar a la publicación de una serie de libros sobre platos de carne del período de la Regencia, así como estudios más eruditos como el de Oliver MacDonagh, Jane Austen: Real and Imagined Worlds, en el que se toma a Highbury como modelo de «la organización social y las costumbres de las pequeñas ciudades y pueblos del sureste de Inglaterra durante las guerras napoleónicas».3

Esta clase de propuestas descubre un deseo persistente de los lectores de Emma por situar la novela en el «mundo real», lo que, a su vez, lleva a un estudio minucioso de cualquier detalle que pueda fijarla en un momento y un lugar específicos. No basta con que la novela sea más o menos contemporánea a la época de su creación (entre el 21 de enero de 1814 y el 29 de marzo de 1815); las referencias internas a acontecimientos tan reconocibles como la unión entre Gran Bretaña e Irlanda, la abolición de la esclavitud o la publicación de Irish Melodies, de Moore, han llevado a los especialistas a recorrer de 1800 a 1808, y hasta 1813, sin que los resultados hayan arrojado necesariamente mucha luz sobre la propia obra.4 También la geografía de Surrey ha atraído a generaciones de lectores deseosos de seguir los pasos del señor Elton o de Jane Fairfax, de explorar Box Hill o visitar la Crown. Como si descubrir la situación exacta y el plano de Highbury ayudara a explicar la novela, aunque el editor más distinguido de Austen, R. W. Chapman, admitiera hace algunos años que «las indicaciones no bastan para construir un mapa».5

Paradójicamente, es el propio tono evasivo de Emma el que ha propiciado estos decididos esfuerzos por establecer la autenticidad de ese retrato del Surrey de principios del siglo XIX; y a lo largo de las dos últimas décadas, se ha instaurado una tradición alternativa entre aquellos lectores que no están interesados en los detalles realistas del texto, sino en sus acertijos, anagramas y juegos de palabras.6 Si bien hay quienes todavía consideran la obra de Austen como una ventana al pasado, muchos críticos se muestran ahora dispuestos a aceptar la falta de resolución del texto, considerando las palabras del narrador (e incluso del señor Knightley) como parte de una serie de discursos enfrentados y enigmas lingüísticos, y no como indicadores de la intención de la autora.

Si los lectores del siglo XIX y principios del XX veían a Austen como una defensora de los valores morales del siglo XIX, en los últimos tiempos los críticos han insinuado que su obra es «subversiva», puesto que, como Joseph Litvak sostiene, Emma es «un circuito de ficción, interpretación y deseo potencialmente infinito».7 Tal vez en respuesta a la larga tradición de énfasis en el realismo de la obra, en la década de 1980 se desarrolló una tendencia a convertir Emma en una obra independiente de lugar, período o incluso autora, a considerarla un texto autónomo que debía ser tratado en sí mismo, sin tener en cuenta el contexto histórico de la obra ni las siempre inaccesibles opiniones de Jane Austen.8

Por supuesto, la dificultad reside en que ambos enfoques extraen buenos resultados de Emma, una obra en la que se provoca de forma continuada al lector con pistas realistas e ironías deliberadas. Un emplazamiento clave como Box Hill, por ejemplo, no presenta problema alguno para quienes están dispuestos a leer la novela como una historia social. Anne-Marie Edwards ha observado que Austen visitó a sus parientes, los Cook, en la rectoría de Great Bookham en junio de 1814, y opina que la experiencia contribuyó de manera directa a la obra que nos ocupa:

Había empezado a escribir Emma a principios de enero de ese mismo año. Tal vez fuera durante esa visita cuando decidió situar una de las escenas más importantes de la novela, el desastroso picnic en el que Emma es tan desagradable con la señorita Bates, en la cercana Box Hill. Este conocido lugar de excepcional belleza natural era entonces tan atractivo como lo sigue siendo ahora, y Jane debió de participar en una «excursión de exploración» (en palabras de la señora Elton) que le permitió admirar los precipicios sombreados por árboles y detenerse, como hace Emma, en la ladera que domina Dorking, para observar tranquilamente las hermosas vistas a sus pies.9

Sin embargo, el hecho de que Box Hill sea un lugar «real» y Jane Austen lo conociera no significa que su inclusión sea un recurso de verosimilitud, aunque puede ayudar a mantener la credibilidad del lector en la narración. Emma contiene nombres de lugares reales e imaginarios, pero los primeros pueden recordarse tanto por su significado metafórico secundario como por cualquier razón biográfica en particular (Richmond10 es sin duda un lugar apropiado para la señorita Churchill, mientras que Kingston11 resulta una parada apropiada para los patriotas ingleses Robert Martin y George Knightley). La propia colina de Box Hill12 ofrece múltiples posibilidades, ya que su nombre no solo remite a la pelea verbal y al daño que sufren allí los personajes de Austen, sino también a la sensación de claustrofobia —de estar encajonado— que se evoca de manera tan brillante, mientras el mismo grupo de gente se dispone a emprender otra frívola excursión. Si hay o no más referencias implícitas, por ejemplo en la escena en que se esconden detrás de la mata13 en Noche de reyes (que además contiene elementos de comedia bufa a partir de situaciones cargadas de bromas a costa de otros presentes), es debatible, porque cuando se empiezan a desvelar los constantes y traviesos juegos de palabras, todo parece posible, aunque sea por un instante.14

No son tan solo los nombres de los lugares los que parecen confundir lo real con lo metafórico. Weston, por ejemplo, es el apellido de una antigua familia de Surrey que aparece en la obra de Thomas Fuller The Worthies of England, de 1662, mientras que el nombre Randalls era el de una casa cercana a Leatherhead.15 También Knightley puede relacionarse con la historia de la región, ya que un Robert Knigthly se convirtió en representante de la Corona en Surrey en 1676, y el púlpito de la iglesia de Leatherhead fue restaurado por un tal señor Knightley en 1761.16 Sin embargo, estos hechos no disminuyen el potencial imaginativo de los nombres, y son muchos los lectores que han tratado de descifrar sus significados aparentemente alegóricos.

Por lo que respecta a George Knightley,17 parece combinar las ideas de un pasado caballeresco con la estabilidad tranquilizadora de la agricultura, por lo que su nombre resulta idóneo para el perfecto caballero. No obstante, antes de suponer que Austen está fomentando un ideal seguro y feudal, merece la pena considerar las asociaciones contemporáneas con ese nombre: a Jorge III, apodado el Granjero, lo habían declarado loco en 1810, mientras que el estilo de vida de su sucesor, el extravagante príncipe regente (a quien Austen dedica Emma), no podría considerarse estable ni conservador.18 Los «caballeros» que aparecen en la obra de Austen —sir Thomas Bertram y sir Walter Elliott— también presentan muchas imperfecciones, y tanto en Mansfield Park como en Persuasión, los baronets salen perdiendo en la comparación con los oficiales de la Armada, cuyos títulos tienen su origen en los méritos personales.19 Incluso en Emma, con su aparente desdén hacia la altanera señora Elton, se apunta a que la influencia de Knightley, aunque plenamente inglesa, tiene aspectos menos positivos. El hecho de que los gitanos, que tanto asustan a Harriet Smith, decidan acampar en el camino puede apuntar a la pérdida de tierras comunales como resultado de los continuos cercamientos de terrenos que se insinúan en los comentarios de Knightley acerca de cambiar veredas y de la rotación de cultivos.20 Además, sus gestos caritativos, aunque admirables en muchos sentidos, están subordinados a la pobreza a la que se alude discretamente a lo largo de la novela. Incluso el tradicional final feliz, en que la heroína se une a su «caballeroso» pretendiente, propicia la asimilación del terreno independiente de Hartfield en las hectáreas patrimoniales de Donwell.

El hecho de que Austen terminara Emma el año de la batalla de Waterloo ha estimulado el interés por reconocer referencias políticas en la novela y, de nuevo, muchos lectores han encontrado alusiones significativas en los nombres. La evidente asociación entre George Knightley y la anglicanidad (respaldada por el elogio de Donwell Abbey: «Era una grata vista; grata a los ojos y al ánimo. Verdor inglés, cultura inglesa, bienestar inglés») ha llevado a la ecuación contraria en el caso de Frank Churchill con Francia, en particular según el juicio de Knightley: «No, Emma, su amable joven puede ser amable solo en francés, no en inglés.

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