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EN AMéRICA

Susan Sontag  

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Fragmento

Uno

Tal vez fue la bofetada que le había dado Gabriela Ebert unos minutos después de las cinco de la tarde (yo no lo había presenciado) la causa de que algo, no, todo (yo tampoco podía haber sabido eso) se aclarase un poco. Cuando llegó al teatro, con una puntualidad inflexible, dos horas antes de que se alzara el telón, Maryna fue directamente a su cubil de artista, y su ayuda de cámara, Zofia, la desvistió hasta dejarla solo en camisa y corsé y le ayudó a ponerse una túnica forrada de piel y unas zapatillas. Entonces envió a Zofia a la habitación adyacente para que le planchara el vestido, acercó las velas a ambos lados del espejo, se inclinó hacia delante por encima de la abigarrada paleta de tarros y frascos de maquillaje ya abiertos para examinar aquella máscara demasiado familiar, su verdadero rostro, el que estaba debajo del de la actriz, y entonces pareció como si derribaran la puerta a sus espaldas y delante de ella, compartiendo el espejo, precipitándose hacia ella, vio el rostro ceñudo y enrojecido de su augusta rival, gritándole el absurdo insulto. Maryna se echó hacia atrás en la silla, se volvió, tuvo un atisbo de brazo que descendía un momento antes de que una mueca involuntaria le cerrase los párpados al tiempo que le revelaba los dientes superiores y le acortaba la nariz, y notó el golpe y el escozor de una manaza con varios anillos contra su cara.

Todo sucedió de una manera tan rápida y silenciosa (no abrió los ojos, la puerta se cerró con un portazo) y tan pro fundo era el silencio que siguió al incidente en la habitación veteada de sombras con los siseantes quemadores de gas, que podría haber sido un sueño: últimamente tenía pesadillas. Maryna se llevó la palma a la mejilla ofendida.

—¿Zofia? ¡Zofia!

Se oyó el sonido de la puerta al abrirse suavemente, y un murmullo de inquietud procedente de Bogdan.

—¿Qué diablos quería? Si no hubiera estado en el pasillo con Jan, la habría detenido. ¿Cómo se atreve a entrar en tu camerino con semejante violencia?

—No es nada —dijo Maryna; abrió los ojos y dejó caer la mano a un costado—. Nada.

Se refería al doloroso hormigueo en la mejilla, y la migraña que ahora asomaba en el otro lado de su cabeza y que ella trataba de mantener a raya mediante el ejercicio de voluntad que tanto había practicado, hasta el final de la función. Se agachó para envolverse el cabello con una toalla, y entonces se levantó y se acercó al aguamanil, donde se enjabonó, se restregó vigorosamente la cara y el cuello, y se secó la piel con leves toques de un paño suave.

—Supe desde el principio que ella no...
—Está bien —dijo Maryna, no a él, sino a Zofia, que vacilaba en la puerta medio abierta, sosteniendo en alto el vestido con los brazos extendidos.

Bogdan le hizo una seña para que entrara y cerró la puerta con más brusquedad de lo que se había propuesto. Maryna se quitó la túnica y se puso el vestido de color vino tinto con trencillas doradas («¡No, no, deja la espalda sin abrochar!»), giró lentamente una, dos veces, ante el espejo de cuerpo entero, hizo un gesto de asentimiento, encargó a Zofia que reparase la hebilla suelta de un zapato y calentara el rizador y se sentó de nuevo ante el tocador.

—¿Qué quería Gabriela? —Nada.
—¡Maryna!



Tomó un penacho de plumón y se extendió una espesa capa de Polvo Perlino en la cara y la garganta.

—Ha venido a desearme lo mejor para esta noche. —¿De veras?
—Muy generosa por su parte, ¿no te parece?, puesto que creía que le darían a ella el papel.

—Muy generosa —dijo él, y pensó en lo extraña que era esa actitud en Gabriela.

La observó mientras ella repetía tres veces la operación de ponerse los polvos, aplicarse el colorete con un hueso de pata de liebre hasta lo más alto de los pómulos, bajo los ojos y en la barbilla, y ennegrecerse los párpados, y tres veces lo eliminaba todo con una esponja.

—¿Maryna?
—A veces creo que nada de esto tiene sentido —dijo ella con voz apagada, y se aplicó de nuevo a los párpados la barrita de carbón.

—¿Esto?

Ella sumergió un delicado pincel de pelo de camello en el plato de tierra de sombra y se trazó una línea bajo los párpados inferiores.

A Bogdan le pareció que utilizaba demasiado sombreador, que este daba a sus bellos ojos una expresión de tristeza, o tan solo un aspecto avejentado.

—¡Mírame, Maryna!
—No voy a mirarte, querido Bogdan. —Se estaba aplicando más sombreador a las cejas—. Y no vas a escucharme. A estas alturas deberías estar habituado a mis ataques de nervios. El nerviosismo propio de la actriz, un poco peor que de costumbre, pero es que esta es una función inaugural. No me prestes ninguna atención.

¡Como si eso fuese posible! Él se inclinó y le rozó la nuca con los labios.

—¡Mary

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