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EN BUSCA DE APRIL (QUIRKE 3)

Benjamin Black  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Parte I

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Parte II

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Notas

Sobre el autor

Créditos

I

1.

Era el tiempo más crudo del invierno, y April Latimer parecía haber desaparecido.

Por espacio de varios días, la niebla de febrero se había asentado y no daba el menor indicio de que fuese a levantar. En el silencio embozado la ciudad parecía presa del desconcierto, como un hombre al que de pronto le fallara la vista. Los transeúntes, como inválidos, avanzaban a tientas en medio de una oscuridad permanente, pegándose a las fachadas de las casas y a las barandillas y deteniéndose con incertidumbre en las esquinas, para pisar con cautela las aceras en busca del bordillo. Los automóviles con los faros encendidos aparecían de pronto como si fueran insectos gigantes, dejando a su paso un reguero lácteo de humo de escape. El periódico de la tarde traía a diario el cómputo y la relación de los contratiempos sufridos. Se había producido una colisión de gravedad en el extremo del canal de Rathgar Road, en la que estuvieron involucrados tres vehículos y un motorista del Ejército. Un chiquillo fue atropellado por un camión de carbón en Five Lamps, aunque no perdió la vida; la madre juró y perjuró ante el periodista que fue a entrevistarla que se había salvado por la milagrosa medalla de la Virgen que le había obligado a llevar colgada del cuello. En Clanbrassil Street fue asaltado un viejo prestamista a plena luz del día, aparentemente por una banda de amas de casa; la Guardia seguía una línea de investigación precisa. Una esquinera de Moore Street fue atropellada por un furgón que ni siquiera se detuvo, y la mujer estaba en coma en el hospital de St. James. Y durante el día entero atronaban en la bahía las bocinas para avisar de la niebla.

Phoebe Griffin se consideraba la mejor amiga de April, pero llevaba una semana sin noticias suyas, y estaba convencida de que había tenido que pasarle algo. No sabía qué hacer. Desde luego, April bien podía haberse largado a donde fuera sin decir nada a nadie, así era April: en opinión de algunos nada convencional, y al decir de otros una bala perdida, aunque Phoebe estaba segura de que ése no había sido el caso.

Las ventanas del primer piso en que vivía April, en Herbert Place, tenían ese aspecto impávido de los interiores que nada dan a conocer, y no sólo debido a la niebla: las ventanas tienen ese aspecto cuando las habitaciones que hay tras ellas están desiertas. Phoebe no sabría decir cómo, pero así era. Cruzó al otro lado de la calle y se plantó con la barandilla del canal a la espalda y miró la hilera de altas casas, los exteriores de ladrillo oscuro, amenazador, que brillaban húmedos en el aire velado. No estaba muy segura de qué era lo que tenía la esperanza de ver, acaso un inapreciable movimiento en una cortina, una cara en una ventana, pero allí no había nadie, no había nada. La humedad se le filtraba bajo la ropa y contrajo los hombros para protegerse del frío. Oyó pasos a su espalda en el camino de sirga, pero al darse la vuelta no vio a nadie en medio de las colgaduras de un gris impenetrable. Los árboles sin hojas, con las ramas desnudas en alto, parecían casi humanos. El caminante al que no vio tosió una vez, y sonó como el ladrido de un zorro.

Volvió y ascendió los peldaños de piedra de acceso al portal, y aún apretó otra vez el timbre colocado encima de la tarjeta que ostentaba el nombre de April, aunque supo que no obtendría respuesta. Algunos granos de mica brillaban en el granito de los peldaños; qué raros, esos mínimos destellos, tan secretos bajo la niebla. Un chirrido desgarrador le llegó desde la serrería del otro lado del canal y se dio cuenta entonces del olor que había percibido antes sin saberlo, el aroma de la madera recién cortada.

Echó a caminar por Baggot Street y dobló a la derecha, alejándose del canal. Los talones de sus zapatos planos hacían un ruido sordo en las aceras. Era la hora de almorzar de un día laborable, pero más semejaba un domingo al amanecer. La ciudad parecía que estuviera casi desierta, y las pocas personas con que se topó pasaron de largo en un visto y no visto, siniestras como espectros. Iba razonando. El hecho de que no hubiera visto a April desde mediados de la semana anterior, el hecho de no tener noticias suyas, no significaba que April llevara ausente tanto tiempo; ni siquiera significaba que se hubiera ausentado. A pesar de todo, ¿ni una palabra desde entonces, ni siquiera una llamada telefónica? En el caso de cualquier otra persona, una semana de silencio tal vez no tuviera mayor relevancia, pero April era una de esas personas de las que se suelen preocupar los demás, y no porque no fuera capaz de cuidarse por sí sola, sino porque estaba demasiado segura de que era muy capaz.

Las luces estaban encendidas a ambos lados de la puerta del hotel Shelbourne, relucían de un modo extraño, como gigantescos dientes de león a punto de esparcirse en el aire. El portero, con librea y capote, inmóvil ante la puerta, se llevó la mano al sombrero de copa gris y la saludó. De buena gana habría propuesto a Jimmy Minor que se reuniese con ella en el hotel, sólo que Jimmy desdeñaba esos sitios que consideraba de puro lucimiento y no ponía el pie en ellos a no ser que anduviera investigando una posible noticia, o que fuera a entrevistar a un notable de visita en la ciudad. Siguió adelante, cruzando Kildare Street, y se encaminó hacia las escaleras de bajada al Country Shop. A pesar del guante, percibió lo fría y grasienta que estaba la barandilla de las escaleras. En el interior, en cambio, el pequeño café le ofreció calor y luminosidad, y un acogedor arom

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