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EN DEFENSA DE JACOB

William Landay  

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Fragmento

1

Ante el gran jurado

Sr. Logiudice: Diga su nombre, por favor.

Testigo: Andrew Barber.

Sr. Logiudice: ¿En qué trabaja, señor Barber?

Testigo: Fui ayudante del fiscal del distrito de este condado durante veintidós años.

Sr. Logiudice: «Fui». ¿En qué trabaja ahora?

Testigo: Supongo que podría decirse que estoy en paro.

En abril de 2008, Neal Logiudice me citó finalmente ante el gran jurado. Cuando ya era demasiado tarde. Demasiado tarde para su caso, desde luego, pero también demasiado tarde para Logiudice. Su reputación ya estaba afectada sin remedio, y su carrera también. Un fiscal con una reputación en entredicho puede seguir renqueando durante una temporada, pero sus colegas lo vigilarán como lobos y al final lo obligarán a marcharse, por el bien de la manada. Yo lo he visto muchas veces: un ayudante de fiscal del distrito que hoy es insustituible mañana ya ha sido olvidado.

Yo siempre tuve debilidad por Neal Logiudice (pronúnciese la-JOO-dis). Llegó a la oficina del fiscal del distrito doce años antes, directamente de la facultad de Derecho. Tenía entonces veintinueve años, era bajo, se estaba quedando calvo y tenía tripita. Los dientes se le salían de la boca y tenía que hacer fuerza para mantenerla cerrada, como una maleta repleta, lo cual le obligaba a fruncir los labios con gesto arisco. Yo solía insistirle para que no hiciera esa mueca delante de los miembros del jurado —a nadie le gusta que lo riñan—, pero él lo hacía sin darse cuenta. Se ponía de pie frente al estrado, meneando la cabeza y frunciendo los labios como un maestro de escuela o un sacerdote, y todos los miembros del jurado albergaban el secreto deseo de votar en contra suya. En la oficina, Logiudice era un poco manipulador y lameculos. Todos le tomaban el pelo. Los demás ayudantes del fiscal se metían con él a todas horas, pero el resto de la gente también, incluso personas que trabajaban fuera del despacho: policías, administrativos, secretarias, gente que no solía expresar su desagrado hacia un fiscal de forma tan obvia. Lo llamaban Milhouse, como ese personaje bobo de Los Simpson, y se les ocurrían miles de variaciones de su nombre. LoFoolish, LoDoofus, Sid Vicious, Judicious, y cosas así. Pero a mí Logiudice me caía bien. Simplemente era ingenuo. Pulverizaba las vidas de la gente con la mejor intención y sin perder jamás un minuto de sueño por ello. Al fin y al cabo, él solo perseguía a los malos. Ese es el sofisma del fiscal —«Son los malos porque yo los acuso»—, y Logiudice no era el primero en dejarse engañar por eso, así que yo disculpaba su rectitud. Incluso me gustaba. Lo apoyaba precisamente por sus rarezas: el nombre impronunciable, los dientes superpuestos —a cualquiera de sus compañeros se los habrían arreglado con un aparato dental carísimo pagado por mami y papi—, incluso su descarada ambición. Yo veía algo en aquel tipo. Cierta tenacidad en su forma de resistir tanto rechazo, en cómo se limitaba a aceptarlo y lo aceptaba. Obviamente era un chico de clase trabajadora, decidido a conseguir para sí mismo aquello que a tantos otros les habían regalado sin más. Supongo que en ese sentido, y solo en ese, era igual que yo.

Ahora, doce años después de llegar a la oficina, y pese a todas sus peculiaridades, lo había conseguido, o casi. Neal Logiudice era primer ayudante, el número dos de la oficina del fiscal del distrito de Middlesex, la mano derecha del fiscal y jefe de fiscales litigantes. Me quitó el puesto a mí, ese chaval que un día me dijo: «Andy, tú eres exactamente lo que yo quiero llegar a ser». Debería haberlo visto venir.

Aquella mañana, en la sala del tribunal, los miembros del jurado estaban de mal humor y alicaídos. Una treintena de hombres y mujeres que no habían sido suficientemente hábiles como para eludir sus obligaciones, sentados, apretujados en esas sillas prefabricadas de escuela con mesitas adosadas a los brazos. A esas alturas ya entendían bastante bien su cometido. Los tribunales de acusación duran varios meses y ellos comprendieron con bastante rapidez de qué va el espectáculo: acusar, señalar con el dedo, nombrar al malo.

Un proceso ante el gran jurado no es un juicio. No hay juez en la sala, ni abogado defensor. El fiscal domina el espectáculo. Es una investigación, y en teoría una comprobación del poder del fiscal, ya que el gran jurado decide si el fiscal tiene pruebas suficientes para que al sospechoso lo juzgue un tribunal. Si hay pruebas suficientes, el gran jurado otorga al fiscal el derecho a la acusación, su pase para el Tribunal Superior de Justicia. Si no, no existe «acusación formal» y el caso termina antes de empezar. En la práctica, la inexistencia de acusación formal es poco común. La mayoría de las veces el gran jurado acusa. ¿Por qué? Solo conocen un lado del caso.

Sin embargo, en esa ocasión, sospecho que los miembros del jurado sabían que Logiudice no tenía caso. Ese día no. La verdad no saldría a la luz, no con esas pruebas viciadas y contaminadas, no después de todo lo que había ocurrido. Ya hacía más de un año, habían pasado más de doce meses desde que habían descubierto en el bosque el cadáver de un chico de catorce años con el pecho atravesado por tres cuchilladas en hilera, como si le hubieran clavado un tridente. Pero no era tanto por una cuestión de tiempo. Era por todo lo demás. Demasiado tarde, y el gran jurado lo sabía.

Yo también lo sabía.

Solo Logiudice permanecía impertérrito. Frunció los labios con ese gesto extraño que solía hacer. Revisó las notas de su cuaderno, meditó la siguiente pregunta. Se limitó a hacer lo que yo le había enseñado. La voz que oía en la cabeza era la mía: «No dejes que te preocupe la debilidad del caso. Cíñete al sistema. Juega el juego del mismo modo como se ha jugado durante los últimos quinientos años, utiliza la misma táctica rastrera que siempre ha guiado los interrogatorios: atraer, atrapar, joder».

Dijo:

—¿Recuerda cuándo se enteró del asesinato del chico Rifkin?

—Sí.

—Descríbalo.

—Recibí una llamada, creo que la primera fue de la COAC, es decir, la policía estatal. Luego enseguida hubo dos más, una de la policía de Newton, otra de la fiscalía de guardia. A lo mejor no fue en ese orden, pero básicamente el teléfono empezó a sonar sin parar.

—¿Cuándo fue eso?

—El jueves 12 de abril de 2007, hacia las nueve de la mañana, justo después de que descubrieran el cadáver.

—¿Por qué lo telefonearon a usted?

—Yo era el primer ayudante. Me notificaban todos los asesinatos del condado. Era el procedimiento habitual.

—Pero usted no se hacía cargo de todos los casos, ¿verdad? Usted no investigaba en persona, ni llevaba todos los homicidios que llegaban.

—No, claro que no. No tenía tiempo para eso. Yo me quedaba con muy pocos homicidios. La mayoría de ellos se asignaban a otros ayudantes del fiscal.

—Pero se quedó con este.

—Sí.

—¿Decidió inmediatamente que lo iba a llevar usted mismo, o fue más tarde?

—Lo decidí casi inmediatamente.

—¿Por qué? ¿Por qué quería este caso en particular?

—Yo tenía un acuerdo con la fiscal del distrito, Lynn Canavan: ciertos casos los llevaría yo personalmente.

—¿Qué tipo de casos?

—Los más prioritarios.

—¿Por qué usted?

—Yo era el abogado litigante más antiguo de la oficina. Ella quería asegurarse de que los casos importantes se llevaran de forma adecuada.

—¿Quién decidía si un caso tenía prioridad máxima?

—En primera instancia yo. Consultándolo con la fiscal del distrito, naturalmente, pero las cosas suelen ir muy rápido en los primeros momentos. Por lo general no hay tiempo para reuniones.

—¿Así que decidió usted que el asesinato de Rifkin era un caso con prioridad máxima?

—Por supuesto.

—¿Por qué?

—Porque implicaba el asesinato de un niño. Creo que también pensé que podía convertirse en algo gordo, captar la atención de los medios de comunicación. Era un caso de ese tipo. Había ocurrido en una ciudad rica, la víctima era rica. Ya habíamos tenido unos cuantos casos como ese. Al principio tampoco sabíamos exactamente de qué se trataba. Si se hubiera convertido en un asunto menor, más adelante lo habría transferido, pero en aquellas primeras horas tenía que asegurarme de que todo se hiciera bien.

—¿Informó usted a la fiscal del distrito de que tenía un conflicto de intereses?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no lo tenía.

—¿No era su hijo Jacob compañero del niño muerto?

—Sí, pero yo no conocía a la víctima y, que yo supiera, Jacob apenas lo conocía. Ni siquiera llegué a saber el nombre del chico muerto.

—Casi no conocía usted al chico. De acuerdo. Pero ¿sabía que él y su hijo estaban en el mismo curso de la misma escuela de enseñanza media de la misma ciudad?

—Sí.

—Y aun así, ¿no consideró que existía un conflicto que lo excluía? ¿No pensó que podían cuestionar su objetividad?

—No. Claro que no.

—¿Ni siquiera lo piensa ahora? ¿Insiste usted, incluso hoy, en que sigue sin ver que las circunstancias creaban un aparente conflicto?

—No, no había nada impropio. Ni siquiera inusual. ¿El hecho de que yo viviera en la ciudad donde sucedió el asesinato? Eso era bueno. El fiscal de condados más pequeños vive a menudo en la misma comunidad en la que sucede un crimen, a menudo conoce a los afectados. ¿Y qué? Por eso tiene un deseo aún mayor de capturar al culpable. Eso no es un conflicto de intereses. Mire, la verdad es que yo tengo un conflicto con todos los asesinos. En eso consiste mi trabajo, en resumidas cuentas. Aquel era un crimen horrible, espantoso, y mi trabajo era hacer algo. Mi intención era hacer simplemente eso.

—De acuerdo.

Logiudice bajó la mirada hacia el cuaderno. No tenía sentido atacar al testigo al principio de su declaración. Sin duda tendría tiempo de volver a ese punto a lo largo del día, cuando yo es

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