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EN EL CORAZóN DE LOS FIORDOS

Christine Kabus  

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Fragmento

Título original: Im Land der weiten Fjorde

Traducción: Ana Guelbenzu

1.ª edición: enero 2013

© 2012 by Bastei Lübbe GmbH & Co. KG, Köln

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 31175.2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-311-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para Michael Marius

 

 

 

 

 

Var det ikke for mørket, så visste vi ikke om sternene.

De no existir la oscuridad, no conoceríamos las estrellas.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

Prólogo

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Tusen takk!

Prólogo

—Ya puedes abrir los ojos.

La chica obedeció y se quedó boquiabierta. Delante de ella, sobre la cama, había un bunad drapeado. Sorprendida, se volvió hacia su madre, que la miraba con ilusión.

—¿Es para mí?

—Sí, cariño. Necesitas un traje adecuado para tu boda —contestó su madre con una sonrisa.

—Es maravilloso —dijo la chica en un susurro, al tiempo que acariciaba con timidez el traje de fiesta. Sobre una falda negra que llegaba hasta los tobillos se extendía un mandil con un vistoso bordado y un saquito de tela atado. El corpiño era sin mangas y de color granate, ornamentado con un ribete bordado, y por debajo sobresalían las mangas abultadas de una blusa blanca.

—Pero falta lo más importante —dijo la madre, sacó una cajita y se la alcanzó a su hija invitándola a abrirla con una sonrisa.

La chica abrió la cajita y sacó un colgante redondo de plata que se balanceaba en una cinta de terciopelo.

—Pero es tu medallón nupcial —exclamó.

La madre asintió.

—Me lo regaló mi madre cuando me casé con tu padre. Ahora me gustaría dártelo para que puedas meter tus fotos —dijo.

La chica le dio la vuelta en la mano a la alhaja, con un laborioso grabado, y en la parte posterior descubrió una inscripción. Miró a su madre, intrigada.

—La dedicatoria es mía —le explicó.

Su hija leyó aquellas palabras llenas de afecto, rompió a llorar y le dio un fuerte abrazo a su madre.

—Te echaré tanto de menos... —murmuró.

—Yo también, mi niña, yo también —susurró la madre.

1

Fráncfort, abril de 2010

Lisa soltó aliviada la pesada bolsa con el equipo fotográfico, entró la maleta de ruedas y cerró la puerta del pequeño apartamento que ocupaba en la cuarta planta de un edificio de vivivendas en una calle tranquila, junto a la Alten Oper. Antes de quitarse la chaqueta fue corriendo al salón y abrió la puerta del diminuto balcón para que entrara aire fresco. Salió fuera y miró hacia el patio interior, donde había un abedul solitario cuyas ramas empezaban verdear. Un mirlo posado en el canalón del edificio de enfrente entonaba su canción melódica al atardecer. ¡Por fin la primavera! Lisa sonrió, cerró los ojos y respiró hondo el aire fresco.

Qué lejos le parecía ahora Mumbai y el calor abrasador en el que se asaba veinticuatro horas antes. Había estado haciendo una especie de inventario fotográfico artístico por encargo de un instituto de investigación de urbanismo en Dharavi, un enorme barrio bajo situado en medio de la ciudad. En breve el confuso mar de barracas de chapas onduladas, alfarerías y otros talleres de artesanía, negocios y burdeles tenía que dejar paso a un barrio moderno con torres de oficinas y viviendas y servir de modelo para sanear otros suburbios. Aquel proyecto despertaba sentimientos encontrados entre los afectados, según Lisa pudo constatar de inmediato. Los vecinos iban a ser trasladados a viviendas adecuadas, pero sobre todo los talleres temían no poder continuar con su trabajo allí.

Lisa se sumergió en aquel mundo fascinante y regresó con una buena colección de fotografías y nuevas experiencias. No le quedaba mucho tiempo para digerirlo todo, pues en unos días estaría de nuevo de viaje, esta vez en Dubai, donde durante los últimos años había estado registrando regularmente con la cámara el desarrollo de un gigantesco proyecto de construcción.

El timbre sonó tres veces, señal de que era Susanne. Lisa volvió a entrar en el piso y abrió la puerta.

Su vecina y amiga Susanne la saludó con una sonrisa de oreja a oreja. Era casi una cabeza más baja que Lisa y muy delicada. A Lisa su pelo largo color caoba, que resaltaba el rostro en forma de corazón y la piel clara, los ojos castaños de cejas alargadas y los labios rojo cereza le recordaban a Blancanieves. De hecho, de niña se imaginaba así al personaje del cuento.

Aquel día Susanne llevaba un vestido de color borgoña de una tela vaporosa que ponía de relieve sus formas femeninas. A su lado Lisa siempre parecía especialmente desgarbada, no solo por su altura, sino por la ropa informal y deportiva que en vez de resaltar su figura esbelta la disimulaba.

Debido a su aspecto aniñado, los hombres solían considerar a Susanne un ser tierno y desvalido, un error que ella sabía aprovechar con gran placer. A Lisa, en cambio, la mayoría la trataba de forma amistosa, como a una compañera. En realidad a ella le resultaba muy agradable, pero a veces, cuando iba de viaje con Susanne, la hería en lo más hondo que todas las miradas se clavaran en su amiga como si fueran teledirigidas y ella de pronto se sintiera invisible. Aun así, jamás se le había ocurrido tomárselo en serio ni modificar su aspecto.

Su amistad con Susanne se remontaba a poco después de mudarse allí cinco años antes, ya que vivían en la misma planta. Las dos jóvenes se cayeron simpáticas desde el principio a pesar de ser muy distintas, o precisamente por eso. A partir de entonces Susanne recogía su correo cuando Lisa estaba de viaje, y ella le devolvía el favor ampliando la colección de gatos de su vecina, trayéndole de todos los lugares figuras y representaciones de gatos de todos los materiales imaginables. Esta vez tenía un pequeño bolso de mano rojo con motivos de gatos en el equipaje.

Susanne sujetaba en una mano un montón de cartas y en la otra un ramo enorme de rosas de té amarillas, cuyo aroma intenso llegó hasta Lisa. Sorprendida, se arregló los díscolos rizos cortos de color rubio oscuro y sonrió a su amiga.

—No, no, no son mías —dijo Susanne—. Las han traído para ti, aquí hay una tarjetita. —Señaló con la barbilla un sobrecito pegado a una rosa—. Las desempaqueté y las puse en agua, no sabía cuándo llegabas exactamente. Pero no he leído la tarjeta, ¡palabra de honor!

Lisa sonrió a Susanne. Sabía que se estaba muriendo de curiosidad, así que, para no tener más tiempo en vilo a su amiga, arrancó el sobrecito de las rosas y sacó la tarjetita.

—«Cara, hasta mañana en la ciudad. Te espero a las ocho en el Da Vinci. Besos, Marco.» —Leyó Lisa en voz alta. El resplandor de ilusión que reflejaba el rostro de Susanne se desvaneció.

—Vaya, de Marco. ¡Pensaba que tenías un admirador secreto!

Lisa la miró con fingida indignación, le cogió el ramo de rosas y las cartas y la invitó a pasar al piso con un gesto de la cabeza.

—¿Te apetece un Masala Chai? Está muy bueno.

Susanne sacudió la cabeza.

—Lo siento, pero no tengo tiempo, voy con prisa. Tengo turno de tarde en el restaurante.

Susanne era diseñadora gráfica y de páginas web autónoma, y quería seguir así. Si no tenía encargos suficientes, prefería trabajar de camarera para pagar el alquiler que dejarse explotar en una oficina. Eso lo había dejado atrás definitivamente. Lisa lo entendía: la idea de pasar día tras día hacinada en una oficina le resultaba insoportable. Era uno de los motivos por lo que le gustaba tanto su profesión.

—Entonces ven mañana a desayunar a casa —propuso.

—Una idea genial —contestó Susanne—, estoy ansiosa por saber cómo te ha ido en la India. —Le rozó el brazo con suavidad a Lisa—. Y cómo estás en general.

«Sí, ¿y cómo estoy?» Lisa se miró pensativa en el espejo tras cerrar la puerta del piso cuando Susanne se fue. Las frecuentes estancias en países soleados habían bronceado su piel, clara por naturaleza, lo que resaltaba sus grandes ojos azules de pestañas espesas. Durante los últimos meses había estado evitando mirar en su interior y se había volcado en un encargo tras otro, totalmente concentrada en su trabajo. Le había ayudado a superar la primera impresión y a estar preparada para enfrentarse a una pérdida tan inesperada. Aún no podía creer que no volviera a ver nunca más a sus padres, Simone y Rainer.

Cuando pensaba en ellos los veía a los dos sentados en una cafetería griega, explorando el interior de Australia o paseando por un bazar marroquí. Desde la jubilación de su padre siete años atrás, sus padres siempre estaban viajando por el mundo, siguiendo con la vida errante que llevaban durante la carrera diplomática de Rainer Wagner. En el fondo esperaba que en cualquier momento sonara el teléfono y oyera la voz alegre de su madre informándole de sus nu

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