Loading...

EN EL MOMENTO JUSTO

Chris De Wit  

5


Fragmento

Prólogo

CANDELA

Mar del Plata, Argentina

«¿Quieres casarte conmigo, Candela?».

En tanto enjugaba una lágrima que caía rodando por mi mejilla, repetía en mi mente esa frase maravillosa y sonreía como una boba.

Esa noche, mi novio, Sebastián Araujo, cuando apenas había ingresado al apartamento que compartíamos desde hacía dos meses, cayó de rodillas ante mí y me hizo la gran pregunta.

Al principio me quedé helada, porque hacía solo seis meses que nos conocíamos y me tomó por completo de sorpresa. Pero, por lo visto, a Sebastián el tiempo poco le importaba y a mí, para qué negarlo, tampoco. Así que, encantada, había aceptado su propuesta porque nos queríamos con el alma.

Levanté el dedo anular de mi mano izquierda y no pude dejar de admirar el anillo de oro y platino con pequeños diamantes que lo rodeaba con elegancia. Sebastián me había asombrado también con ese regalo. Yo sabía que provenía de una familia adinerada, aunque todavía no me la había presentado, pero como el dinero nunca me había interesado demasiado y Sebastián era conocedor de ese hecho, jamás me hubiese imaginado que, algún día, iba a llevar en mi mano una joya tan valiosa como la que destellaba frente a mis ojos. De todas maneras, lo más importante para mí era lo que ese anillo representaba: Sebastián me había elegido para pasar el resto de su vida con él.

Giré la cabeza y, sonriendo aún más, estiré la mano para acariciar el cuerpo bronceado que dormía a mi lado. Después de aceptar su propuesta, Sebastián me había levantado en brazos y me había llevado al dormitorio, donde festejamos haciendo el amor varias veces hasta que él se quedó dormido y yo, sumida en mis reflexiones en la cama.

Me detuve un momento sobre el rostro de mi prometido y me maravillé una vez más. Su cara de niño era lo que más me había atraído desde el primer instante, lo cual era un dato curioso, ya que siempre me habían gustado los chicos con facciones más masculinas. Sin embargo, más allá de su belleza angelical, lo que en realidad me había conquistado fue su generosidad para conmigo. En los meses que llevábamos juntos, Sebastián se había dedicado a brindarme su amor, como no me había ocurrido con otro muchacho. Y marcó un precedente. Por lo tanto, yo, Candela Podestá, no tardé en caer rendida a sus pies.

Volví al presente al percibir que Sebastián, adormilado, envolvía mi mano con la suya. Me acurruqué más contra él y cerré los ojos. Al instante, me quedé dormida.

Un estallido espantoso me hizo incorporar en la cama y mirar hacia todos lados despavorida. No sabía si había pasado un minuto, varios o, quizás, horas desde que me había entregado a los brazos de Morfeo.

Gritos ensordecedores pitaron en mis oídos y, aterrorizada, logré distinguir unas figuras vestidas de negro y encapuchadas que se erigían ante mí y me apuntaban con unas armas que hasta entonces yo solo había visto en las series de televisión: enormes, oscuras y mortales. Tuve miedo de orinarme encima, porque aquello era espeluznante. Y me obligué a sacudir la cabeza. ¡Debía de ser un sueño!

Mi mano ya no estaba sujeta a la de Sebastián, e intenté palpar con ella el lado de la cama donde mi novio debía estar. Pero unos dedos enormes que no conocía se aferraron con premura a mi muñeca y me lo impidieron. En ese segundo, me di cuenta de que aquello no era un sueño, sino algo real. Unas voces gruesas bramaban y me hacían preguntas, pero mi miedo era tan irracional que lo único que podía hacer era observar sin responder. No entendía nada y mi cerebro parecía haberse desconectado de mi cuerpo. Aun así, fui capaz de llorar.

El timbre de un vozarrón penetró en mi mente:

—¿Dónde está Sebastián Araujo?

Casi sonrío ante la estúpida pregunta. ¿Acaso no era evidente que él dormía a mi lado? Pero, de repente, comprendí: la cama estaba vacía.

Levanté la mirada y comencé a llamar a Sebastián. Berreé y pataleé contra el sujeto sin rostro que me atrapó entre sus brazos desde atrás. Mientras forcejeábamos, él me repetía al oído algo que no comprendía. Luché contra su agarre no sé por cuánto tiempo, pero todo fue inútil, salvo al final, cuando enfoqué la vista en mi anillo de compromiso y logré darme cuenta de lo que su voz intentaba explicarme.

Me detuve y respiré hondo. Por primera vez desde que había despertado, fui consciente de todo a mi alrededor, en especial del ruido de las pisadas que se desplazaban de un lugar a otro del apartamento.

Y la cruda verdad me destrozó.

Sebastián había desaparecido.

Capítulo 1

CANDELA

Isla de San Andrés, Colombia

Un mes y medio después

Me miré en el espejo de la habitación y apenas pude reconocerme. Moví la cabeza de un lado a otro y no pude dejar de sorprenderme al verme tan distinta por los cambios introducidos en mi look. El verde claro de mis ojos había desaparecido detrás de unas lentillas marrones, y el cabello, que por lo normal llevaba liso y en la gama de los rojos, había regresado al color miel natural y, hasta esa tarde, a los bucles con los que había nacido. Alcé una de mis manos y con los dedos rocé mi pelo. Para profundizar el cambio, unas pocas horas atrás me había animado a llenarme la cabeza de rastas que caían hasta mi cintura. Me las había hecho un joven descendiente de etíopes que se ganaba la vida en la isla de esa forma, y debía reconocer que, aun dentro de mi abatimiento, me quedaban bien.

Suspiré hondo y me obligué a proseguir con lo que tenía que llevar a cabo. Odiaba con todas mis fuerzas todo aquello, pero no me quedaba otra salida.

De mi mochila, extraje los documentos y los inspeccioné una más de las tantas veces que lo había hecho con anterioridad. El pasaporte con el nuevo nombre estaba en orden, así como la visa de estadía y de trabajo en San Andrés y, por último, la tarjeta de crédito que me posibilitaría cubrir todos mis gastos. De todas maneras, el poco efectivo que me pertenecía lo había extraído de mi caja de ahorros y lo había colocado en un sobre cerrado que traje conmigo para usarlo en la compra de artículos más personales, como ropa y elementos de aseo.

Con la documentación chequeada, salí del cuarto del hostal. Apenas era capaz de contener las lágrimas y volví a enfadarme conmigo. ¡Por Dios! No era el mejor momento para quebrarme.

Bajé por las escaleras a toda prisa y, en la calle, me dediqué a buscar un taxi. Me subí a uno y, en pocos minutos, me dejó frente a la entrada del hotel de cinco estrellas cuya dirección le había dado al chofer. Antes de i

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta