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EN EL PAíS DE LA NUBE BLANCA (NUBE BLANCA 1)

Sarah Lark

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Mapa 2

LA PARTIDA

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ALGO ASÍ COMO EL AMOR...

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ALGO ASÍ COMO EL ODIO...

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LLEGADA

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Agradecimientos

LA PARTIDA

 

 

Londres, Powys, Christchurch

 

1852

1

La iglesia anglicana de Christchurch, Nueva Zelanda, busca mujeres jóvenes y respetables, versadas en las tareas domésticas y la educación infantil, que estén interesadas en contraer matrimonio cristiano con miembros de buena reputación y posición acomodada de nuestra comunidad.

 

La mirada de Helen se detuvo brevemente en el discreto anuncio de la última página de la hoja parroquial. La maestra había hojeado unos momentos el cuadernillo mientras sus alumnos se ocupaban en silencio de resolver un ejercicio de gramática. Helen hubiera preferido leer un libro, pero las constantes preguntas de William interrumpían incesantemente su concentración. También en ese momento volvió a levantarse de los deberes la pelambrera castaña del niño de once años.

—Miss Davenport, en el tercer párrafo, es «qué» o «que».

Helen dejó a un lado su lectura con un suspiro y por enésima vez en esa semana explicó al jovencito la diferencia entre el pronombre relativo y la conjunción. William, el hijo menor de Robert Greenwood, quien la había contratado, era un niño encantador, pero no precisamente de grandes dotes intelectuales. Necesitaba de ayuda en todas las tareas, olvidaba las explicaciones de Helen más rápido de lo que ella tardaba en dárselas y sólo sabía adoptar una conmovedora apariencia de desamparo y engatusar a los adultos con su vocecilla dulce e infantil de soprano. Lucinda, la madre de William, siempre mordía el anzuelo. Cuando el niño se le ponía zalamero y le proponía que hicieran cualquier cosa juntos, Lucinda suprimía de forma sistemática todas las clases que Helen había programado. Ésa era la causa de que William todavía fuera incapaz de leer con fluidez y de que hasta los más sencillos ejercicios de ortografía le exigieran un esfuerzo excesivo. De ahí que fuera impensable que el joven cursara estudios superiores en Eaton u Oxford, como soñaba su padre.

George, de dieciséis años de edad, el hermano mayor de William, ni siquiera se tomaba la molestia de fingir que entendía. Puso los ojos significativamente en blanco y mostró un pasaje en el libro de texto en el que se ponía como ejemplo exactamente la frase a la que William iba dando vueltas desde hacía ya media hora. George, un chico larguirucho y espigado, ya había terminado el ejercicio de traducción del latín. Siempre trabajaba deprisa, aunque no sin cometer errores. Las disciplinas clásicas le aburrían. George estaba impaciente por formar parte un día de la compañía de importación y exportación de su padre. Soñaba con viajar a países lejanos y realizar expediciones a los nuevos mercados de las colonias que, bajo la soberanía de la reina Victoria, se abrían casi cada hora. No cabía duda de que George había nacido para ser comerciante. Ya ahora demostraba ser diestro en la negociación y sabía sacar partido de su considerable encanto. Con él conseguía incluso embaucar a Helen y reducir las horas de clase. También ese día hizo un intento de ese tipo cuando, finalmente, William comprendió de qué trataba el ejercicio, o, al menos, dónde podía copiar la respuesta. Helen fue a coger el cuaderno de George para corregirlo, pero el muchacho lo retiró con un gesto provocador.

—Oooh, Miss Davenport, ¿de verdad quiere usted que lo discutamos ahora? ¡Hace un día demasiado bonito para estar en clase! Vayamos mejor a jugar un partido de cróquet... Debe mejorar su técnica. En caso contrario no podrá participar en las fiestas del jardín y ninguno de los jóvenes caballeros se fijará en usted. Así nunca hará fortuna casándose con un conde y tendrá que dar clases a casos perdidos como Willy hasta el fin de sus días.

Helen puso los ojos en blanco, dirigió la mirada fuera de la ventana y frunció el ceño a la vista de las nubes negras.

—No es mala idea, George, pero amenazan nubes de lluvia. Cuando nos hayamos ido de aquí y estemos en el jardín descargarán justo encima de nuestras cabezas y eso no me hará en absoluto más atractiva para los caballeros de la nobleza. ¿Pero cómo has llegado a pensar que yo tenga tales intenciones?

Helen intentó adoptar una expresión marcadamente indiferente. Sabía hacerlo muy bien: cuando se trabajaba como institutriz en una familia londinense de la clase alta lo primero que se aprendía era a dominar las propias expresiones del rostro. La función que Helen desempeñaba en casa de los Greenwood no era ni la de un miembro de la familia ni tampoco la de una empleada corriente. Participaba en las comidas y, a menudo, también en las actividades que la familia realizaba en el tiempo libre, pero evitaba manifestar opiniones personales si no se las solicitaban o llamar la atención de otro modo. Ésta era la razón por la que no hiciera al caso que en las fiestas del jardín Helen se mezclara despreocupadamente con los invitados más jóvenes. En lugar de ello, se mantenía apartada, charlaba cordialmente con las señoras y vigilaba con discreción a sus alumnos. Como es natural, su mirada rozaba de vez en cuando los rostros de los invitados varones más jóvenes y, a veces, se abandonaba a un breve y romántico ensueño en el que paseaba con un apuesto vizconde o baronet por el jardín de la casa de sus señores. ¡Pero era imposible que George se hubiera percatado de ello!

George se encogió de hombros.

—¡Bueno, siempre está leyendo anuncios de matrimonio! —contestó con insolencia, señalando con una sonrisa conciliadora la hoja parroquial. Helen se enfadó consigo misma por haberla dejado abierta junto a su pupitre. Era innegable que George, aburrido, había echado un vistazo mientras ella ayudaba a William.

—Y sin embargo, es usted muy guapa —añadió George, adulador—. ¿Por qué no iba a casarse con un baronet?

Helen puso los ojos en blanco. Sabía que debería reprender a George, pero el chico más bien la divertía. Si seguía así, al menos con las damas, llegaría lejos, y también en el mundo de los negocios serían apreciadas sus hábiles alabanzas. No obstante, ¿le serían de algún provecho también en Eaton? Por lo demás, Helen se mantenía inmune a tan torpes cumplidos. Era consciente de no poseer una belleza clásica. Sus rasgos eran armoniosos, pero poco llamativos: la boca un poco pequeña, la nariz demasiado afilada y los ojos, grises y serenos, tenían una mirada demasiado escéptica y, sin lugar a dudas, demasiado experimentada para despertar el interés de un joven y rico vividor. El atributo más espléndido de Helen era su cabello sedoso, liso y largo hasta la cintura, cuyo color castaño intenso adquiría unos sutiles tonos rojizos por efecto de la luz. Tal vez pudiera causar sensación con él si lo dejara flotar al viento a menudo, como hacían algunas muchachas durante las comidas campestres o las fiestas en el exterior a las que asistía Helen acompañando a los Greenwood. Durante un paseo con sus admiradores, las más osadas entre las jóvenes ladies aprovechaban el pretexto de tener demasiado calor y se sacaban el sombrero o fingían que el viento les arrancaba el tocado cuando un joven las llevaba en bote de remos por el lago de Hydepark. Entonces agitaban sus cabellos, libres como por azar de cintas y horquillas, y dejaban que los hombres admirasen el esplendor de sus bucles.

Helen nunca se hubiera prestado a eso. Hija de un párroco, había recibido una estricta educación y desde que era una niña llevaba el cabello trenzado y recogido. Además, había tenido que crecer deprisa: su madre había muerto cuando ella tenía doce años, por lo que el padre había delegado sin más en su hija mayor la dirección de los asuntos domésticos y la educación de las tres hermanas más jóvenes. El reverendo Davenport no se interesaba por los problemas que surgían entre la cocina y el dormitorio infantil, lo único que le interesaba eran las tareas para con su comunidad y la traducción e interpretación de textos religiosos. A Helen le había dedicado atención únicamente cuando lo acompañaba en esas tareas, y sólo refugiándose en el estudio de su padre podía ella escapar a la intensa agitación de la casa familiar. De este modo se había dado casi de forma natural el hecho de que Helen leyera la Biblia en griego mientras sus hermanos justo empezaban a estudiar el abecedario. Con una bonita caligrafía escribía los sermones de su padre y copiaba los borradores de los artículos para los boletines de su gran comunidad de Liverpool. No le quedaba más tiempo para otras distracciones. Mientras que Susan, la hermana menor de Helen, aprovechaba los bazares benéficos y los picnics de la iglesia para conocer sobre todo a jóvenes notables de la comunidad, Helen colaboraba en la venta de artículos, preparaba tartas y servía el té.

Lo que sucedió era previsible: Susan se casó, ya a los diecisiete años, con el hijo de un reputado médico, mientras que tras la muerte de su padre Helen se vio obligada a ocupar un puesto de profesora particular. Con su salario contribuía también en los estudios de Derecho y Medicina de sus dos hermanos. La herencia paterna no alcanzaba para financiar una formación adecuada para los jóvenes, que, por añadidura, no hacían grandes esfuerzos por terminar pronto sus estudios. Con un asomo de rabia, Helen recordó que su hermano Simon había vuelto a suspender un examen la semana anterior.

—Los baronets suelen casarse con baronesas —respondió un poco disgustada con la observación de George—. Y en lo que aquí respecta... —señaló la hoja parroquial—, he leído el artículo, no el anuncio.

George se guardó la respuesta, pero sonrió de forma significativa. El artículo trataba de los beneficios de la aplicación del calor en casos de artritis. Algo seguramente de gran interés para los miembros de edad avanzada de la comunidad, pero era seguro que Miss Davenport todavía no sufría de dolores articulares.

De todos modos, su profesora consultaba ahora el reloj y decidió dar por concluida la clase de la tarde. En apenas una hora se serviría la cena. Y si bien George necesitaba como mucho cinco minutos para peinarse y cambiarse para la comida y Helen no mucho más, en el caso de William, quitarle la bata escolar manchada de tinta y ponerle un traje presentable siempre requería de más tiempo. Helen daba gracias al cielo de al menos no verse obligada a preocuparse del aspecto de William. De eso se encargaba una niñera.

La joven institutriz acabó la clase con unas observaciones generales sobre la importancia de la gramática, a las cuales los dos niños prestaron a medias atención. Justo después, William se levantó de golpe encantado, sin dedicar ni una mirada más a su cuaderno y sus libros de texto.

—¡Tengo que enseñarle corriendo a mamá lo que he pintado! —informó, con lo que consiguió dejar en manos de Helen la tarea de recoger sus cosas. Ella no podía arriesgarse a que William acudiera llorando a su madre y le notificara de cualquier atroz injusticia de su profesora. George lanzó una mirada al torpe dibujo de William, que su madre seguramente no tardaría en recibir entre exclamaciones de entusiasmo, y alzó los hombros resignado. A continuación recogió deprisa sus cosas antes de marcharse. Helen notó que, entretanto, le lanzaba una mirada compasiva. Se sorprendió pensando en la anterior observación de George: «Si no encuentra marido, tendrá que dar clases a casos perdidos como Willy hasta el fin de sus días.»

Helen tomó la hoja parroquial. En realidad quería tirarla, pero luego se lo pensó mejor. Casi con disimulo se la metió en un bolsillo y se la llevó a la habitación.

Robert Greenwood no disponía de mucho tiempo para su familia, sin embargo, la cena con la esposa y los hijos era para él sagrada. La presencia de la joven institutriz no le incomodaba. Al contrario, solía encontrar estimulante incluir a Miss Davenport en la conversación y conocer sus opiniones sobre los acontecimientos mundiales, la literatura y la música. Era obvio que Miss Davenport entendía más de esos asuntos que su esposa, cuya educación clásica dejaba que desear. Los intereses de Lucinda se limitaban al cuidado del hogar, idolatrar a su hijo menor y a colaborar con el comité femenino de diversas organizaciones benéficas.

También esa noche, Robert Greenwood sonrió amigablemente a Helen cuando entró y le acercó la silla una vez que hubo saludado respetuosamente a la joven profesora. Helen devolvió la sonrisa, pero se guardó de incluir en este gesto también a la señora Greenwood. En ningún caso debía despertar la sospecha de que flirteaba con su patrón, incluso si se trataba de un hombre sin duda atractivo. Era alto y delgado, tenía un rostro alargado e inteligente y unos ojos castaños y escrutadores. El traje marrón con la cadena de reloj de oro le sentaba soberbio y sus modales no iban a la zaga de aquellos propios de los caballeros de familias nobles con quienes los Greenwood mantenían tratos comerciales. No obstante, no eran del todo aceptados en esos círculos, donde se los consideraba unos advenedizos. El padre de Robert Greenwood había levantado su floreciente empresa prácticamente de la nada y su hijo había aumentado la fortuna y se esforzaba por conseguir el reconocimiento social. Para ello había contraído matrimonio con Lucinda Raiford, que procedía de una familia noble venida a menos; consecuencia ello de la afición del padre por los juegos de azar y las carreras de caballos, según se murmuraba en la alta sociedad. Lucinda se las apañaba con la burguesía a regañadientes y tendía a alardear como reacción al descenso de categoría social. Así pues, las reuniones y fiestas en el jardín de los Greenwood siempre resultaban un poco más opulentas que acontecimientos similares en las residencias de otros notables de la sociedad londinense. Las otras damas se beneficiaban de ello, aunque no dejaran de criticarlo.

También ese día Lucinda se había arreglado de un modo un poco demasiado solemne para la sencilla cena familiar. Llevaba un elegante vestido de seda color lila y su doncella había debido de pasar horas ocupada en el peinado. Lucinda charlaba sobre una reunión del comité femenino del orfanato local en la que había participado esa tarde; no obstante, no obtuvo una gran respuesta. Ni Helen ni el señor Greenwood estaban especialmente interesados.

—¿Y qué habéis hecho vosotros en este día tan bonito? —preguntó finalmente la señora Greenwood a su familia—. A ti no necesito preguntártelo, Robert, seguramente la jornada ha girado en torno a negocios, negocios y más negocios. —Dirigió a su marido una mirada que pretendía ser afectuosa.

La señora Greenwood opinaba que su marido les prestaba muy poca atención a ella y sus tareas sociales. Éste hizo una mueca involuntaria. Posiblemente estaba a punto de dar una respuesta desagradable, pues sus negocios no sólo alimentaban a la familia, sino que hacían también posible la colaboración de Lucinda en los diversos comités de damas. En cualquier caso, Helen dudaba de que la señora Greenwood hubiera sido elegida por sus notables cualidades organizativas antes que a causa de los generosos donativos de su esposo.

—He mantenido una interesante conversación con un productor de lana de Nueva Zelanda, y... —empezó Robert con la mirada puesta en su hijo mayor; pero Lucinda simplemente siguió hablando, mientras en esta ocasión dedicaba su mirada indulgente a William sobre todo.

—¿Y vosotros, queridos hijos? Seguro que habéis estado jugando en el jardín, ¿no es cierto? William, cariño, ¿has vuelto a ganar a George y a Miss Davenport en el cróquet?

Helen permanecía con la mirada clavada en su plato, pero percibió con el rabillo del ojo que George parpadeaba de una forma típica en él hacia el cielo, como si pidiera la ayuda de un ángel comprensivo. De hecho, William sólo había conseguido una única vez obtener más puntos que su hermano mayor y en una ocasión en que George estaba muy resfriado. Normalmente, hasta Helen lanzaba la bola a los aros con mayor destreza, si bien se daba peor maña que la que tenía para dejar ganar al más pequeño. La señora Greenwood apreciaba su gesto, mientras que el señor Greenwood se lo recriminaba cuando advertía el engaño.

—¡El chico debe acostumbrarse a que la vida está jalonada de duros fracasos! —afirmaba con severidad—. Debe aprender a perder, sólo entonces acabará ganando.

Helen dudaba de que William pudiera salir alguna vez airoso fuera cual fuese el ámbito en que se moviera, pero su tenue asomo de compasión hasta el desgraciado niño pronto se quedó en nada ante el siguiente comentario de éste.

—¡Ay, mamá, Miss Davenport no nos ha dejado jugar! —se lamentó William con una expresión llena de desolación—. Nos hemos quedado todo el día en casa estudiando, estudiando y estudiando.

Como era de esperar, la señora Greenwood lanzó de inmediato una mirada de desaprobación a Helen.

—¿Es eso cierto, Miss Davenport? Ya sabe usted que los niños necesitan aire fresco. A esta edad no pueden quedarse todo el día sentados leyendo libros.

Helen estaba furiosa, pero no debía acusar a William de mentiroso. Para su alivio, intervino George.

—No es verdad. William ha salido a pasear como cada día después de comer. Pero ha llovido un poco y no quería estar fuera. El aya, de todos modos, lo ha llevado al parque, pero ya no hemos tenido tiempo de jugar al cróquet antes de la clase.

—Por eso William ha estado pintando —añadió Helen intentando cambiar de tema. Tal vez la señora Greenwood se pusiera a hablar del dibujo, «digno de exhibirse en un museo», de su hijo y se olvidara del paseo. Sin embargo, la estrategia no funcionó.

—Aun así, Miss Davenport: si el tiempo no acompaña al mediodía, debe hacer un descanso por la tarde. Los círculos que un día frecuentará William conceden casi tanta importancia a la forma física como al estímulo de la mente.

William parecía disfrutar de que dieran una reprimenda a su maestra y Helen pensó de nuevo en el anuncio...

Pareció como si George leyera los pensamientos de su institutriz. Como si la conversación con William y su madre no hubiera existido, retomó la última observación de su padre. Helen ya se había percatado varias veces de este artificio en padre e hijo y solía admirar la elegante transición. En esta ocasión, sin embargo, el comentario de George la hizo enrojecer.

—Miss Davenport se interesa por Nueva Zelanda, padre.

Helen tragó saliva con esfuerzo, cuando todas las miradas se dirigieron a ella.

—¡En serio? —preguntó Robert Greenwood, con calma—. ¿Está pensando usted en emigrar? —Soltó una risa—. En tal caso, Nueva Zelanda constituye una buena

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