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EN ESTADO SALVAJE

Charlotte Wood

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Fragmento

 

Así que había dacelos allí. Fue lo primero que pensó Yala esa mañana oscura. Eso y «¿Dónde están mis cigarrillos?». Dos aves que prorrumpieron en ese variado y seco cacareo, un canto de pájaro antes de que saliera el sol, ruidoso y desquiciado.

Se levantó de la cama y notó unos tablones duros bajo los pies. También la aspereza extraña del tejido de un camisón sobre la piel. ¿Quién se lo había puesto?

Anduvo sobre los secos tablones de madera y se plantó, alargando el cuello para mirar el mundo a través del espacio estrecho y elevado de un ventanuco. Las dos farolas que había visto en sueños resultaron ser dos estrellas enormes en el cielo de color azul oscuro. Los dacelos manchaban la oscuridad con su horrible sonido.

Después oiría otros pájaros, a veces preguntaría por ellos, pero las preguntas despertaban la suspicacia de la gente y nadie le respondería. Empezaría a inventarse sus propios nombres. Pájaros de cascada, cuyo canto caía dando tumbos. Y los chillones, los pequeños y grises, veloces como flechas. ¿Quién habría dicho que podría haber tantos pájaros en medio de la puta nada?

Pero eso sería después.

Allí, esa primera mañana, antes de que empezara todo, miró el cielo mientras clareaba la noche azulada, oyó a los dacelos y pensó: «Ah, sí, claro». La habían ingresado en un manicomio.

Tanteando las paredes llegó a una puerta. Pero no encontró el picaporte. Metió las uñas en la ranura: cerrada. Volvió a la cama y se tapó hasta el cuello con la sábana y la manta. Puede que tuviesen razón. A lo mejor estaba loca y todo iría bien.

Sabía que no estaba loca, pero todos los locos piensan lo mismo.

De niños, a Darren y a ella les había dado por coleccionar pedazos de musgo que había debajo del grifo en la parte trasera de los apartamentos, en el rincón más húmedo del patio, que estaba fresco hasta en los días más calurosos. Arrancaban los montículos de musgo y notaban el peso de la tierra en los dedos; era muy agradable levantarlos por un lado con cuidado de que no se desmenuzaran, y con el tiempo se les fue dando mejor no romper el musgo a cachos. Llenaron con él un cubo de plástico naranja medio rajado y fueron a venderlo en el arcén. «¡Se vende musgo!», gritaban riéndose, haciendo gestos y payasadas a los coches recalentados que pasaban, y «¿No querría comprar un poco de musgo?», con más educación si pasaba un hombre o una mujer. Nadie les compró nunca musgo, ni siquiera cuando lo exponían a lo largo del arcén, y Darren envió a Yala dos veces a por agua para echársela por encima, para que estuviese mullido al tacto. Luego empezó a hacer demasiado calor, y Darren la dejó allí sentada en el arcén mientras él iba a buscar dos vasos de agua, pero nadie compró nada. Así que subieron las escaleras y fueron adentro a ver la televisión, y el musgo se secó, se volvió gris y polvoriento y se murió.

A eso le recordaba el camisón, a ese musgo seco, y quería a Darren aun a sabiendas de que era él quien les había permitido llevarla allí, dondequiera que se encontrara. Puede que la hubiese metido en el puto cubo naranja y la hubiese llevado él mismo.

Lo que de verdad le hacía falta era un cigarrillo.

Mientras esperaba en la cama, con el camisón de musgo muerto en el vasto silencio —los dacelos callaron con tanta brusquedad como habían empezado a cantar—, hizo inventario de sí misma.

Yala Kovacs, diecinueve años y ocho meses. Buen cuerpo, y era la pura verdad. No hacía falta mentir sabiendo que era eso lo que la había metido en este lío. Tiró del camisón acartonado; había descubierto que picaba menos cuando estaba más tenso.

Una madre y un hermano vivos. Un padre, desconocido, vivo o muerto. Un novio, Robbie, que ya no la creía, y al pensar en el pobre Robbie, un sollozo acudió a su garganta. Lo reprimió. Una noche, una habitación oscura, ese cabrón y sus amigos, una equivocación espantosa. Y luego un gigantesco y puto desastre.

Yala Kovacs, loca. La palabra la asustó; volvió la cara y lloró contra la dura almohada.

Dejó de llorar y continuó con el inventario. Cosas que había perdido: el bolso, claro. Los cigarrillos, un paquete casi lleno, el encendedor púrpura, el teléfono, el maquillaje, la camiseta azul, el sujetador, las bragas, unos tejanos ajustados. Los zapatos. Tres anillos de plata de Bali, un colgante con forma de reno que le había regalado Darren. Se llevó otra vez la mano al pecho para buscarlo, y seguía sin estar allí.

Yala alzó la vista hacia el ventanuco. «¡Oh, estrellas, quedaos conmigo!» Pero el cielo se iluminó al poco rato y las estrellas desaparecieron por completo.

Espiró e inspiró, echaba de menos la nicotina, se acurrucó en la cama mirando la puerta.

 

Aprovechando un rayo de sol, Vera se sienta en una silla plegable de madera y espera. Contiene el aliento cuando se abre la puerta. Otra chica entra en la habitación. Cruzan la mirada un instante, luego miran al suelo, a las paredes.

La chica se mueve con rigidez con su extraño vestido, y avanza solo unos pasos. La puerta se ha cerrado a su espalda. La única silla libre está al lado de Vera, así que se levanta y va hacia la ventana. Es intolerable que la pongan tan cerca de una desconocida. Se queda al lado de la ventana, mirando hacia la nada a través del cristal cubierto de cagadas de mosca. La brillante luz del sol se cuela en la habitación, aunque solo después de reflejarse en los tablones blancos de otro edificio que hay a pocos metros. Aprieta la cara contra el cristal, pero no ve ninguna ventana en ese edificio.

Intuye la presencia de la otra chica detrás de ella, mirando fijamente su peculiar vestimenta. El rígido guardapolvo verde de tela, la áspera blusa de percal que lleva debajo, las gruesas bot

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