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EN LA GUARIDA DEL ZORRO

Charlotte Link  

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Fragmento

 

El niño no estaba seguro de que lo que había visto fuese un zorro, tal vez se tratara de otro animal, pero finalmente decidió que era un zorro porque la idea le gustaba mucho más. Lo había visto deslizándose como una sombra oscura y fugaz por el pequeño valle, entre la hierba, los matorrales bajos y las piedras, y cuando llegó al otro lado, al único en que el valle no limitaba con prados que ascendían suavemente colina arriba, sino con una pared escarpada de roca, se perdió entre los pedruscos y desapareció. Fue como si la pared se lo hubiera tragado en un instante.

El niño siguió observando, fascinado. Daba la impresión de que había una entrada en la roca, una hendidura que bastaba para que un animal no muy pequeño, al menos como un zorro, pudiera escabullirse dentro sin problemas. Tenía que investigar el misterio. Dejó caer la bicicleta sobre la hierba y corrió colina abajo. Conocía muy bien la zona, iba a menudo a aquel pequeño valle tranquilo, aunque tuviera que recorrer más de ocho kilómetros en bicicleta para llegar. No era fácil encontrar aquel paraje, puesto que no había ningún camino que condujera hasta allí. Pero por eso se estaba tan bien. Podía tumbarse al sol o sentarse en una piedra tranquilamente, contemplar el cielo y quedarse absorto en sus pensamientos.

El niño llegó al sitio por donde había desaparecido el zorro. Cuando era más pequeño, había trepado arriba y abajo por aquella pared de roca, imaginando que escalaba el Everest. Ahora tenía diez años y esos juegos le parecían infantiles, pero todavía recordaba muy bien la sensación de aventura que siempre le había transmitido aquella pendiente escarpada. Sin embargo, nunca había descubierto nada que le hiciera sospechar que hubiera una abertura en la roca.

El corazón le latía con fuerza mientras buscaba una entrada entre los helechos, altos y tupidos, y todavía empapados de la lluvia que había caído la noche anterior. No estaba seguro de que el zorro hubiera desaparecido exactamente allí. El niño le dio una patada a la roca. Unas cuantas piedras se desprendieron y rodaron sobre los helechos.

Delante de él había una hendidura. No había podido verla nunca porque los helechos la ocultaban, pero era evidente que en la pared de roca había una abertura. Y era lo bastante grande para que un zorro entrara por ella. El niño resoplaba a causa de la emoción. Metió el brazo en la grieta, temiendo tropezar enseguida con algún obstáculo, pero le dio la impresión de que se trataba realmente de una cueva.

Sacó el brazo y volvió a dar patadas en la roca, esta vez con mucha más fuerza. De nuevo se desprendieron piedras hacia el suelo, algunas grandes. La abertura se agrandó un poco. El niño se arrodilló y apartó las piedras. Nunca se había fijado en que en ese sitio estaban bastante sueltas. ¿Las habría apilado alguien? Miró arriba. Quizá mucho tiempo atrás se produjo un desprendimiento de tierras, algunas partes de la roca se fragmentaron y se precipitaron al suelo, y cerraron aquella entrada al interior de la montaña.

Ya había apartado suficientes piedras para dejar al descubierto un boquete lo bastante grande para poder pasar por él. Descansó unos instantes para recobrar el aliento. Aunque el día era frío y húmedo, el niño estaba empapado en sudor. Mover las piedras, algunas muy grandes y pesadas, había sido agotador. Y a eso cabía añadir la excitación. Temblaba de los pies a la cabeza.

Luego entró reptando por la abertura.

Nada más cruzar la entrada, ya pudo ponerse de pie. Un adulto habría tenido que pasar con la cabeza agachada, pero para un niño de su edad había sitio de sobra. Recorrió un pequeño pasadizo, que enseguida se ensanchaba formando una especie de cueva. La luz del día entraba débilmente y apenas pudo ver nada. Solo distinguió vagamente las paredes, en parte de roca, en parte de tierra, y raíces que colgaban del techo bajo, así como unos finos regueros de agua que goteaban sobre el suelo, y allí eran absorbidos por la rocalla y el fango. Casi no se atrevía a respirar de tanta emoción, de tanto entusiasmo. Había descubierto una cueva. Una cueva en la roca, accesible únicamente a través de una entrada secreta que nadie había hallado antes.

Dio media vuelta y se abrió paso entre las angostas paredes para regresar a la entrada. No había encontrado ni rastro del zorro, pero quizá no lo había descubierto debido a la oscuridad. Tenía que ir a casa a buscar una linterna, luego volvería y exploraría la cueva a conciencia. También llevaría algunas cosas (lápices de colores, sellos, un vaso de plástico) y las dejaría dentro. Esa sería la prueba. Volvería todos los días y controlaría los objetos. Si todo seguía siempre en su sitio, se demostraría que él era de verdad el único que conocía la existencia de aquel lugar secreto.

Al llegar al exterior estuvo a punto de echar a correr hacia la bicicleta, pero se controló y se tomó la molestia de volver a apilar todas las piedras y cerrar cuidadosamente la entrada. Incluso fue a buscar tierra mojada y embarró las ranuras para que nadie sospechara que la rocalla estaba suelta, tan solo amontonada. Después enderezó lo mejor que pudo los helechos que había pisado. En el futuro tendría que ir con más cuidado y moverse con más cautela y habilidad para no dejar un camino trillado que condujera directamente a la entrada. La cueva sería su secreto, nadie más tenía que descubrirla. No se lo contaría a nadie; a su madre y a su padrastro, por supuesto que no, pero tampoco a sus amigos del colegio. Nunca había hablado con nadie de aquel sitio, al que tanto le gustaba ir, y ahora aquel paraje había cobrado mucha más importancia.

«Mi valle —pensó—, mi cueva.»

El zorro le había señalado el camino y, al pensarlo, se le ocurrió el nombre que le daría a aquel rincón del mundo que le pertenecía únicamente a él:

Fox Valley.

El valle del Zorro.

Le pareció que sonaba enigmático, especial.

El valle del Zorro.

Contempló satisfecho su obra. Era imposible que alguien reconociera que había una hendidura en la roca. Nadie encontraría nunca su escondite. Y él pasaría mucho tiempo allí, y quizá ampliaría el pasadizo y fortificaría la cueva y se crearía un maravilloso refugio para toda la eternidad.

Fue hacia la bicicleta.

—Volveré pronto —murmuró.

Agosto de 2009

1

En el viaje de vuelta entre el norte y el sur de Gales, volvieron a enredarse en la discusión infructuosa, larga y enervante en la que llevaban semanas enzarzándose. Cuando salieron del parque nacional de la costa de Pembrokeshire y llegaron a Fishguard, incluso se pelearon. De no haber sido así, tal vez las cosas habrían ido de otra manera. Si hubieran intentado aclarar el asunto con calma, a uno de los dos se le habría ocurrido decir: «No echemos a perder este fantástico día. Cambiemos de tema. Esta noche nos sentaremos tranquilamente delante de una copa de vino y lo hablaremos».

Pero no salieron de la espiral en la que estaban atrapados y todo desembocó en una tragedia, aunque nadie podría haberla previsto. La trifulca venía latiendo desde hacía tiempo y, en opinión de Vanessa, en el fondo era… por nada. Matthew, su marido, trabajaba en una empresa de Swansea que desarrollaba software y había obtenido muy buenos resultados durante muchos años. Últimamente la situación había empeorado, la competencia era más fuerte, el mercado, más duro y se movía más rápido, y en la empresa se habló de tomar medidas de reestructuración que consistían básicamente en sopesar la opción de captar empleados más jóvenes en otras empresas para que sustituyeran a los que ya no eran competitivos. Matthew estaba convencido (Vanessa lo llamaba «idea fija») de que iban a despedirlo. Al menos consideraba la posibilidad. Y puesto que había recibido una oferta de Londres para trabajar en otra empresa, no veía por qué razón no podía adelantarse a la amenaza del despido aceptando el puesto en la ciudad.

—Porque no cobrarás la indemnización —argumentó Vanessa.

—De acuerdo. Pero ¿de qué me servirá la indemnización si el puesto de Londres ya está cubierto entonces y me quedo en paro?

—¡Ya encontrarás otra cosa!

—¿Y si no encuentro nada?

Evidentemente el problema no era ese, el problema era Londres. Vanessa daba clases de Literatura en la Universidad de Swansea. No veía por qué tenía que dejar su trabajo, a sus alumnos, todo su entorno, para seguir a su marido a Londres solo porque quería avanzarse a un despido que, hasta entonces, solo existía en su imaginación.

—Te comportas como un pachá del siglo XIX —dijo Vanessa, furiosa—. Tú decides y yo te sigo obedientemente a donde quieras ir. Pero las parejas ya no funcionan así. No iré a Londres, Matthew. ¡Quítatelo de una vez de la cabeza!

Matthew suspiró.

—Después de quince años en Swansea —replicó—, ¿tan malo sería un cambio?

—No. Pero no precisamente ahora. Y menos aún si solo es porque te conviene a ti.

Max, el gran pastor alemán de pelo largo que iba en los asientos de atrás, levantó la cabeza y gimió. Matthew echó un vistazo por el retrovisor.

—Me temo que Max tiene que salir. No aguantará hasta que lleguemos a casa.

Vanessa no contestó. Apretaba los labios con tanta fuerza que acabaron transformándose en una línea blanca. A la primera oportunidad, Matthew salió de la carretera principal y siguió por la comarcal que se adentraba de nuevo en el parque nacional. Caía la tarde y el sol ya estaba muy bajo. Un atardecer cálido, claro y magnífico del mes de agosto. Una luz cobriza se posaba sobre los campos de los alrededores. Divisaron a un excursionista solitario que trepaba una de las vallas que separaban los prados. Aparte de eso, no se veía un alma. El parque nacional que se extendía a lo largo de muchos kilómetros de litoral pero también se desplegaba hacia el interior, era un imán para los turistas. En verano siempre estaba lleno de gente paseando a pie, a caballo o en bicicleta de montaña, principalmente por la zona que daba a la costa. En cambio, lejos del mar se podía caminar a veces durante horas sin cruzarse con nadie.

Pasaron junto a un pequeño aparcamiento situado debajo de la carretera que tenía unas vistas preciosas sobre el paisaje. Había una mesa de picnic con dos bancos y una papelera metálica. La papelera estaba vacía. Parecía evidente que allí no solía ir nadie.

Matthew frenó.

—Anda, vamos a dar un paseo con Max —dijo—. Nos sentará bien.

Vanessa negó con la cabeza.

—Ve tú. Necesito estar sola. Quiero pensar. Te espero aquí.

—¿Seguro?

—Sí, seguro.

Salieron del coche. Notaron el aire caliente. Habían puesto el aire acondicionado del coche a veinte grados y en el exterior debían de estar todavía a veinticuatro. No había ni una sola nube en el cielo azul. Era uno de esos días de verano con los que se podría soñar todo el invierno.

«¿Te acuerdas de aquel fantástico domingo de agosto? Aquel área de descanso en el fin del mundo… Aquella calma y el calor…»

No, no hablarían así. Vanessa pensó que seguramente siempre relacionarían aquel domingo con la pelea. Tanto daba cómo acabaran decidiéndose las cosas; ellos recordarían un largo viaje desde Holyhead a Swansea en el que discutieron la mayor parte del tiempo. Y que Matthew fue a dar una vuelta con Max, mientras ella se quedaba en el coche porque estaba tan enfadada que no quiso acompañarlo.

Había un sendero que al principio descendía ligeramente hacia el valle y luego trazaba una curva cerrada hacia la izquierda, rodeando la colina. A partir de allí, no se veía nada más desde el aparcamiento. Vanessa vio desaparecer a Matthew y a Max por el recodo. Antes, Max volvió la cabeza hacia su dueña un par de veces, inquieto, pero finalmente echó a correr y tomó la delantera, mientras Matthew caminaba detrás más despacio. Vanessa notó en los hombros levantados y tensos de Matthew que también estaba enfadado. Se sentía incomprendido, claro. Pero él tampoco era muy comprensivo. Seguramente pasearía un buen rato con el perro. Matthew necesitaba moverse cuando estaba agobiado. Luego, como casi siempre, volvería mucho más relajado y sereno.

Se apartó del coche, avanzó lentamente hacia la mesa de picnic y se sentó en el banco de madera, que el sol había calentado. La luz crepuscular era tan suave que ya no cegaba. Contempló el valle poco profundo y extenso, plagado de ondulaciones y muy verde. Un muro de piedra se extendía por la cara norte y terminaba junto a una pequeña arboleda. Aparte de eso, solo se veían matas bajas de retama, en esa época de un verde polvoriento. En abril, cuando florecían, aquel paraje seguramente rebosaría de manchitas amarillas.

¡Qué preciosidad! Vanessa pensó que deberían ir allí más a menudo. Las distintas zonas del parque nacional no quedaban muy lejos de Swansea, pero podía contar con los dedos de una mano las veces que ella y Matthew se habían encaminado hacia aquel lugar en los últimos quince años. Y, cuando lo habían hecho, siempre habían ido a nadar a la costa. No estaría mal pasar un fin de semana practicando el senderismo en otoño. A Max le encantaría, le gustaba mucho pasear. Bueno, quizá a esas alturas ya estarían preparando la mudanza a Londres.

Londres.

«No quiero alejarme de todo lo que conozco —pensó— y tampoco quiero una relación de fin de semana, Matthew en Londres y yo en Swansea… Eso no es lo que yo me había imaginado…»

Al mismo tiempo, se preguntó si aferrarse a lo conocido era la actitud

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