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EN LA LíNEA DE FUEGO

James Brabazon  

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Fragmento

PRÓLOGO

La última luz

Domingo, 27 de marzo de 1994

Todo comenzó hace mucho tiempo. Por aquel entonces, yo tenía diecinueve años y era soldado. No era un asesino.

Aquella tarde me llamaron al despacho del coronel Ellard. Mandó a un ordenanza, el cual me dijo que le acompañara de inmediato con mi fusil. Pregunté si me había metido en algún lío, y él se encogió de hombros con una sonrisa.

—Hay un tipo trajeado con el coronel. Tienen prisa.

Salimos disparados por el pasillo. El ordenanza sonrió otra vez y se quedó fuera, no quería que le enviasen a hacer más recados, así que entré solo en el despacho. Dentro encontré al coronel Ellard y al individuo que llevaba todo el día observándome sentado a un lado, justo detrás de la puerta. Me costaba distinguirlo con claridad.

Aquella mañana, cuando el sargento mayor nos permitió tomarnos un descanso para echar un pitillo, reparé en él: estaba junto a la verja principal, de pie en el lado de dentro de la alambrada. Hacía poco que había amanecido y todavía hacía frío. Tenía las manos embutidas en los bolsillos del pantalón de un traje gris oscuro y me miró fijamente mientras yo encendía y me fumaba medio Marlboro. La chaqueta llevaba un forro de seda roja que brillaba cuando la agitaba el viento y unas estrechas solapas que enmarcaban una camisa blanca abierta en el cuello. Aplasté el cigarrillo en una papelera galvanizada, y al devolverle la mirada, se volvió y echó a andar a paso vivo hacia el comedor de oficiales. No llevaba abrigo y estaba sin afeitar, lo cual me hizo preguntarme de dónde habría salido.

Aquel mismo día volví a verle, esta vez hablando con el coronel Ellard. Me señalaron mientras disponía mi equipamiento (el fusil, la funda, el visor, el supresor y una caja de veinte municiones) y acto seguido echó a andar hacia mí. Me tumbé boca abajo en la línea de tiro y, sin presentarse, se arrodilló y me preguntó si veía el perno de retención que sujetaba el objetivo, a cien metros. Levanté la vista hacia Ellard, que me hizo un gesto de asentimiento. Volví a la mira del fusil y respondí que sí. El individuo me dijo que disparase, y así lo hice. A continuación me volví hacia él, que estudió mi rostro con detenimiento, como si estuviera buscando algo que hubiera perdido, y se largó.

Una vez en el despacho permanecí de pie, en posición de descanso. Según era la costumbre de Raven Hill, no se intercambiaban saludos, pero en presencia del coronel uno nunca podía relajarse del todo. Hablaba en una voz tan baja que en la cancha de tiro costaba trabajo oírle, y tenía tanta paciencia con nosotros que daba la sensación de que focalizaba toda su atención en ti, y en nada más que en ti. Era el último oficial irlandés del ejército británico que había ascendido a lo más alto del escalafón empezando desde abajo. «No desde soldado raso, sino desde el pozo», les decía a los nuevos reclutas. Antes de enrolarse, se dedicaba a extraer carbón tumbado boca arriba en las minas de Arigna, en el condado de Roscommon. Y ahora era un jefazo. Esperaba, y recibía, obediencia absoluta. No temíamos encolerizarle, sino decepcionarle. Y, como sus métodos funcionaban, nos plegábamos a ellos sin cuestionarlos. Además, nos tenía a todos aterrorizados porque, aunque nos caía bien, no le entendíamos. Enseguida aprendí que, en el Ejército, sin el acicate del miedo era imposible progresar en lo que fuera.

Sentado detrás del escritorio de nogal, el coronel Ellard me indicó con una seña que le entregara el fusil, de modo que saqué el cargador, accioné el pasador dos veces para mostrar que la recámara estaba vacía y se lo entregué. Su política era que siempre tuviéramos las armas en código ámbar: con el cargador lleno y nada en la recámara. Lo dejó con cuidado encima de la mesa.

—Gracias. Fuera encontrará un Mercedes de color negro. Móntese y espere. No conducirá usted.

Hice ademán de marcharme, pero él levantó la mano derecha para impedírmelo y señaló al otro individuo con la cabeza.

—Max, este es el comandante Knight. Obedecerá sus órdenes como si las impartiera yo. Hasta nuevo aviso será su oficial al mando.

Knight permaneció sentado a mi espalda sin decir nada. Al volverme para salir pude ver su rostro con claridad. Se había afeitado. Sonrió y me saludó levemente con la cabeza.

Me acomodé en el asiento del pasajero. A los diez minutos, salió Knight y metió un fusil enfundado en el maletero del coche; luego se acercó y se sentó al volante. Rodamos durante una hora sin hablar. Yo no tenía nada que decir. Empezaba a despuntar la primavera, las colinas de color parduzco absorbían los últimos retazos de luz diurna. Aquella madrugada se había adelantado la hora, y me resultó inquietante que anocheciera tan tarde. Rodeábamos un pueblo grande situado al oeste de Belfast por una carretera de grava cubierta de barro, trillada por los neumáticos de los tractores y salpicada de boñigas de vaca. Nos metimos por detrás del montículo más alto y nos encontramos con la luna elevándose por encima de Lough Neagh.

Al llegar a un punto de control ubicado por debajo de un corte de la carretera atendido por soldados rasos se nos sumaron dos soldados vestidos de paisano, muy probablemente procedentes del Servicio Aéreo Especial o de la Unidad Especial de Reconocimiento. Ninguno saludó. Se montaron a la parte de atrás y parecían sentirse cómodos con la presencia de Knight, ya debían de conocerse. Al cabo de un cuarto de hora, nos detuvimos de nuevo. Fui el primero en apearme, y pude ver que uno de nuestros pasajeros llevaba una pistola SIG semiautomática metida en la cinturilla de los vaqueros. Knight me dijo que sacara el fusil del maletero y que le acompañara a subir el repecho. Hablaba con un acento de Dublín refinado en un colegio privado inglés, y me recordó a la entonación inglesa de mi padre. Si aún viviera, tendría su misma edad. Las botas le resbalaban continuamente, así que en más de una ocasión tropezó y tuvo que ayudarse a trepar apoyando las palmas de las manos. Había sido un día caluroso y el sol me había quemado la piel, pero ahora hacía frío y un viento cortante volvía a soplar con fuerza.

Subimos un poco más, y empecé a notar el olor y los ruidos del pueblo. Era domingo. Por la puerta de vaivén del bar salía una música tradicional irlandesa que se propagaba colina abajo. Un aroma a carne asada, mezclado con el hedor del humo de turba y de la hierba mojada, flotaba en la brisa que provenía del lago.

Finalmente, la pendiente se niveló para formar una ancha alfombra de hierba. Nos acercamos al borde del repecho que daba al lado sur del pueblo corriendo despacio y semiagachados, pero en ningún momento solté las correas de la funda del fusil que agarraba con la mano derecha. Me di cuenta de que, después de haber tropezado repetidas veces, el rocío de la tarde había mojado el traje de Knight: unas manchas oscuras señalaban las rodillas y los puños de la camisa, con los que había parado la caída. Por la ventana entreabierta de una casa de piedra, justo debajo de donde estábamos, se filtraba el estruendo de cacharros de cocina que anunciaba el final de la cena. Escruté el terreno con el mapa y los prismáticos que pedí a uno de los soldados de paisano que nos acompañaban.

A trescientos metros, en la escasa luz del ocaso, distinguí, enmarcada por unos visillos ennegrecidos por el humo de la chimenea, una familia de siete miembros que se alumbraba con una única bombilla de tungsteno. Había cuatro niños que parloteaban y correteaban alrededor de la mesa, se lamían la grasa de los dedos y llevaban platos vacíos a una mujer de mediana edad que trajinaba en la cocina. Estaba de pie, como paralizada, frente a un hondo fregadero que se encontraba debajo de otra ventana. Presidía la mesa un varón con una niña que lucía una melena del color del maíz trillado sentada en las rodillas. Era su hija. Knight se puso de cuclillas a mi lado y me pasó un cargador.

—El hombre que está sentado a la mesa tiene las manos manchadas de sangre. Tiene la orden de matarlo.

—Sí, señor. Entendido.

Saqué el fusil de la funda acolchada. Era el mío. A pesar de todo el traqueteo del trayecto, no había duda de que el punto de mira seguía alineado. Inserté el cargador, ajusté la elevación de la mira y me acerqué el cristal al ojo. Observando el interior de la casa distinguí los lamparones de la camisa del hombre y el corte en el cuello que se había hecho aquella mañana al afeitarse antes de acudir a misa. Vi que la niña movía los labios. Los ojos del uno eran la viva imagen de los del otro. Vi elevarse el pecho del hombre, estudié el ritmo de su respiración. El objetivo volvió el rostro ha

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