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EN MI MUNDO (BILOGíA ENTRE DOS MUNDOS 2)

Nadia Noor  

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Fragmento

Prólogo

Umay apretaba con fuerza el muñeco de porcelana en sus brazos mirando asustada a su alrededor. Sabía que, de un momento a otro, invadirían su espacio y se lo quitarían. Y no pensaba permitirlo. El sonido estridente de una sirena irrumpió en sus oídos, por lo que, cautelosa, se acercó a la ventana y, oculta bajo la cortina plisada de brocado, echó un vistazo. Observó una ambulancia detenerse delante de la casa y un par de profesionales bajar de forma apresurada del vehículo.

―Planean separarnos ―se dirigió al muñeco con voz temblorosa. Se sintió desconcertada ante la serenidad de su bebé, que no compartía sus inquietudes y se limitaba a mirarla sin pestañear. Lo zarandeó por los hombros, lo que provocó que sus ojos de cristal, azules y nítidos, se agitaran―. No tengas miedo, yo te protegeré.

Dicho esto, se introdujo en el interior del armario y se escondió bajó las telas de sus vestidos acogiendo en sus brazos al muñeco. Respiraba con dificultad y los demonios, que se explayaban a gusto dentro de su cabeza, le provocaban pavor. Escuchó con el corazón desbocado cómo unos pasos se acercaban al lugar donde se hallaba escondida.

Cuando la puerta del armario se abrió, el halo de luz que penetró en el interior la cegó. Sintió que la estaban atacando, por lo que, dejando al bebé de lado, alargó los brazos y arañó la cara del hombre que quería importunarla.

―Umay, tranquila ―le pidió Emir, su exmarido, mientras le aprisionaba las manos entre las suyas tratando de calmarla―. No te haré ningún daño.

Ella siguió defendiéndose empujando y oponiendo resistencia, negándose a abandonar su escondrijo, pero, ante la fuerza de Emir, sucumbió y se dejó arrastrar fuera del armario. El bebé colgaba de cualquier manera de su mano y eso hizo que se preocupara por su bienestar. Dejó de luchar y se sentó en el borde de la cama junto a él aparentando una serenidad que en realidad no sentía. En cuanto tuvo las manos liberadas volvió a poner al muñeco derecho en sus brazos y le rozó la cara en una sentida caricia.

―Umay, escúchame con atención ―exigió Emir en cuanto su semblante se relajó. Dejó de contemplar al bebé y centró la atención en su exmarido, que parecía realmente angustiado―. Estás muy enferma, necesitas cuidados médicos. Hemos llamado a la ambulancia, es necesario ingresarte.

El cuerpo de la joven se crispó y su mirada almendrada se endureció ante la perspectiva de separarse de su adorado «hijo». De pronto, la cabeza de Emir se convirtió en una visión horrorosa, una aparición terrorífica capaz de infringirle el mal. Se levantó asustada y, dando pequeños pasos hacia atrás, le dijo con voz entrecortada por el miedo:

―No te acerques a mí. No me hagas daño.

―Umay, no te haré ningún daño, te lo prometo ―le aseguró acortando la distancia entre ambos. Su voz calmada la hizo regresar a la realidad y verlo como lo que era, un hombre que se inquietaba por ella―. Te pido que colabores, no quiero que te marches de aquí en contra de tu voluntad y atada. Haz un esfuerzo, acepta que necesitas ayuda.

―No necesito nada ―replicó enfadada dirigiéndole una mirada acusatoria―. Yo solo quiero cuidar de mi bebé, déjame en paz.

―Hace una hora has intentado tirar a la pequeña Elia por el acantilado y has golpeado a Eva con una piedra en la cabeza. ¿Lo recuerdas?

Flashes fugaces de un carrito de bebé que daba vueltas por una pared abrupta y rocosa llegaron a su retina y los gritos de Eva explotaron con fuerza e

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