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EN MIS BRAZOS (EL AFFAIRE STARK 2)

J. Kenner  

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Fragmento

1

Jackson Steele apuró el vaso de whisky, lo dejó sobre la reluciente barra de granito y pensó si pedirse otro.

No le vendría mal, eso seguro, pero sin duda era mejor tener la mente despejada antes de acudir a la cita con su hermano.

«Su hermano.»

Le costaba mucho decirlo. Demonios, se había pasado toda la vida evitando hacerlo. Le habían dicho que no podía.

—A veces las familias tienen secretos — había asegurado su padre.

Y era una gran verdad.

El magnífico y glorioso Damien Stark, uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, no tenía ni idea de que compartía padre con Jackson.

Pero en unos quince minutos lo sabría. Porque Jackson iba a decírselo. Tenía que decírselo.

Joder.

Levantó la mano para llamar la atención del camarero. ¡A la mierda!, necesitaba otra copa.

El camarero asintió, le sirvió dos dedos de Glenmorangie y deslizó el vaso hasta Jackson. Luego vaciló, con el trapo en la mano, hasta que Jackson levantó por fin la vista y le miró a los ojos.

—¿Algo más? —preguntó Jackson.

—No. Perdón. —Era mentira, claro, y mientras Jackson lo miraba, las mejillas del camarero se tiñeron de rojo.

El camarero, cuya insignia le identificaba como Phil, tenía unos veintipocos años, y con su oscuro pelo liso y su traje negro, de corte impecable, parecía tan importante para el bar Gallery —que encarnaba el glamour y la emoción de los años veinte— como la madera pulida, las relucientes arañas que colgaban del techo y las elaboradas tallas que llenaban y completaban aquel espacio.

El histórico hotel Millennium Biltmore siempre había sido uno de los lugares preferidos de Jackson en Los Ángeles. De adolescente, cuando solo soñaba con convertirse en arquitecto, iba tan a menudo como podía, por lo general suplicándole a algún amigo que le acercara desde San Diego y le dejara en el centro. Deambulaba por el hotel, empapándose de la exquisita arquitectura de estilo renacentista español e italiano que tan bien se integraba en California. Los arquitectos, Schultze y Weaver, estaban entre los ídolos de Jackson, y se pasaba horas examinando los finos detalles de todos los elementos, desde las elegantes columnas y las puertas hasta los techos, de estructura de madera vista, pasando por las intrincadas barandillas de hierro forjado y las elaboradas esculturas de madera.

Como en cualquier edificio excepcional, cada estancia poseía su propia personalidad a pesar de compartir algunas características. El bar Gallery era el espacio favorito de Jackson; la música en directo, la iluminación íntima, la excelente carta de vinos y el exquisito menú aportaban un valor añadido a un espacio de por sí inestimable.

Ahora, Phil se encontraba tras la larga barra de granito, que era uno de los centros neurálgicos. A su espalda, el resplandor de la tenue iluminación danzaba sobre un surtido de excelentes whiskies enmarcados a cada lado por un ángel tallado en madera y, en opinión de Jackson, parecía que los tres —ángeles y hombre— lo estuvieran sometiendo a juicio.

Phil carraspeó al darse cuenta de que no se había mo­vido.

—Sí. Lo siento. —Comenzó a limpiar la barra con energía—.Es que me resulta usted familiar.

—Debo de tener una cara vulgar —dijo Jackson de manera cortante, perfectamente consciente de que Phil sabía quién era.

Jackson Steele, célebre arquitecto. Jackson Steele, protagonista del documental Piedra y acero, que se proyectaba en el cine Chinese. Jackson Steele, la más reciente incorporación al equipo del Resort de Cortez, un complejo vacacional propiedad de la Stark Vacation Property.

Jackson Steele, al que habían soltado bajo fianza el día anterior por agredir a Robert Cabot Reed, productor, director y por encima de todo un ser despreciable.

Lo último, claro está, era lo que había puesto a Jackson en el radar de Phil. A fin de cuentas estaba en Los Ángeles y, allí, cualquier cosa relativa al mundo del ocio adquiría la relevancia de noticia seria. En Los Ángeles, Hollywood se imponía a todo lo demás. Y eso significaba que la fotografía de Jackson había aparecido en todos los periódicos, cade­nas de televisión locales y prensa del corazón.

No se arrepentía. No de la pelea. Ni del arresto. Ni siquiera pese a la prensa, aunque era consciente de que iban a escarbar. Y si escarbaban lo suficiente, descubrirían un sinfín de razones por las que Jackson podría querer acabar con el patético señor Reed.

Bueno, pues que indagaran. No se arrepentía lo más mínimo. ¡Demonios!, en todo caso solo deseaba poder volver a hacerlo, pues los pocos puñetazos que había logrado asestarle a Reed solo le habían resultado satisfactorios en el momento. Pero cada vez que pensaba en ello, cada vez que recordaba lo que el muy hijo de puta le había hecho a Sylvia, le parecía haberle hecho poco.

Debería haber matado a ese cabrón.

Por haberle hecho daño a la mujer a la que Jackson amaba, Robert Cabot Reed merecía morir.

Ella tenía tan solo catorce años en aquel momento. Una cría. Una inocente. Y Reed la había utilizado. La había violado. La había humillado.

Él era fotógrafo por entonces y ella, su modelo. Una posición de poder y confianza, y había utilizado eso, convirtiéndolo en algo vil y sucio.

Había hecho daño a la adolescente y había perjudicado a la mujer.

Y a Jackson, todo lo que se le ocurría que pudiera pasarle a ese hombre le parecía poco.

Cerró los ojos y pensó en Sylvia. Su cuerpo menudo y delgado, que parecía acoplarse a la perfección entre sus brazos. Los reflejos dorados de su cabello castaño oscuro, que iluminaban su rostro. Dios, la quería a su lado. Quería entrelazar los dedos con los suyos y tenerla cerca. Deseaba su fortaleza, aunque ella ni siquiera se daba cuenta de lo fuerte que era.

Pero aquello era algo que tenía que hacer solo. Y tenía que hacerlo ya.

Se bajó del tabu

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