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EN TIERRA DE LOBOS

Luis García Jambrina  

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Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

1. Provincia de Salamanca, 10 de marzo de 1953

2. Madrid, 10 de marzo de 1953

3. Salamanca, 10 de marzo de 1953

4. Salamanca, 10 de marzo de 1953

5. Salamanca, 11 de marzo de 1953

6. Madrid, 11 de marzo de 1953

7. Madrid, 12 de marzo de 1953

8. Salamanca, 13 de marzo de 1953

9. Salamanca y provincia, 13 de marzo de 1953

10. Madrid, 14 de marzo de 1953

11. Madrid, 14 de marzo de 1953

12. Salamanca, 14-15 de marzo de 1953

13. Salamanca y Villamediada de la Ribera, 15 de marzo de 1953

14. Cementerio de Villamediada, 15-16 de marzo de 1953

15. Salamanca y provincia, 16 de marzo de 1953

16. Salamanca, 16 de marzo de 1953

17. Provincia de Salamanca, 17 de marzo de 1953

18. Madrid, 17 de marzo de 1953

19. Madrid, 17 de marzo de 1953

20. Madrid, 17 de marzo de 1953

A la memoria de la periodista Margarita Landi,
que me inspiró el personaje de Aurora Blanco;
para la hispanista francesa Marie Franco,
por su investigación académica sobre El Caso.

[...] hombres
con diminutos ojos triangulares
como los de la abeja,
legitimando oficialmente el fraude,
la perfidia, y haciendo
la vida negociable; las mujeres
de honor pulimentado, liquidadas
por cese o por derribo,
su mocedad y su frescura
cristalizadas en
ansiedad, rutina
vitalicia, encogiendo
como algodón. Sí, sí, la vieja historia.
[...]

CLAUDIO RODRÍGUEZ,
«Por tierra de lobos»

1

Provincia de Salamanca, 10 de marzo de 1953

¿Cuánto tiempo llevaba corriendo? No era capaz de precisarlo. ¿Y cuánto más podría resistir? ¿En qué momento caería fulminada sobre la tierra húmeda, bajo los árboles cargados de sombra? Eso parecía más fácil de predecir. En cualquier caso, lo mejor era no pensar. Seguir corriendo con fuerza, con rabia, con determinación, como si ya no fuera a parar nunca en la vida de huir. Correr, si fuera necesario, por toda la eternidad. A lo lejos, se oía el ladrido tenso de los perros. Ella estaba descalza y casi desnuda, pero ya no sentía el frío del relente, ni los golpes de las ramas en la cara, ni menos aún los arañazos en los muslos y las pantorrillas, ni siquiera el filo de las piedras en las plantas de los pies. Los pulmones le ardían, eso sí, como un incendio que se avivara con cada inspiración, como una caldera siempre a punto de estallar.

Hacía rato que había comenzado a amanecer, pero una espesa niebla había ido sustituyendo la oscuridad de la noche, lo que hacía aún más difícil la huida. Correr, correr, correr; no pensar, no pensar, no pensar... Confiar solo en el instinto, en la capacidad de resistencia y en ese inmenso caudal de rabia acumulado durante tantos años. No pensar, no pensar, no pensar, ser solo un animal herido que huye entre los árboles para intentar ponerse a salvo.

Por un momento, dejó de oír a sus perseguidores. Sin detenerse, venteó hacia un lado y hacia el

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