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EN UN LUGAR SOLITARIO

Enrique Vila-Matas  

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Fragmento

No hay que hacer nada luego

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Del ya muy remoto año de 1971, que pasé en Melilla como soldado del ejército español, recuerdo muy especialmente los veinte días que estuve internado en el manicomio militar de esa plaza fuerte. Todo habría transcurrido distinto, diría que hasta con cierta normalidad, de no haber sido porque un buen día, a muy primera hora de la mañana —no voy a negar que desesperado—, subí al palomar del cuartel y en pocos minutos me bebí una botella de coñac, fumé varios porros de kif y tomé cinco anfetaminas. Dos horas después, en plena instrucción militar, condicionado por los efectos de la feroz mezcla, lanzaba con potente ímpetu mi fusil a las nubes. Después, farfullé cuatro palabras confusas que el capitán del pelotón intentó descifrar preguntándome, con notable insistencia, qué sucedía. Sí, qué pasaba, parecían estar diciendo también mis compañeros, entre asombrados y aterrados. El fusil había volado muy alto, como si anduviera yo escandalosamente sobrado de fuerzas. Siguieron cinco segundos interminables.

Dicen que hacerse pasar por inglés es una de las representaciones más difíciles de poner en escena. Pues bien, simular que uno está loco (sin estarlo) también es muy complicado, pero desde luego no lo es tanto si uno —como me ocurría a mí en aquel momento— está loco perdido, loco de verdad.

—Sucede que tengo demencia —terminé diciendo. Solemne, el gordo Canterías, el capitán Canterías del Morral, avanzó lentamente hacia mí y, supongo que buscando de  golpe atajar todo aquello, me dijo que los locos nunca decían estarlo. Aun así, era tan furibunda mi mirada que fui ingresado en calidad de perturbado mental en el Hospital Militar de la ciudad, donde lograría estar en observación —tuvo su mérito aguantar tanto tiempo en un lugar donde cada día había una rigurosa revista matinal de locos, y no siempre podía uno, a horas tan tempranas, fingir desvarío— veinte largos días con sus veinte eternas noches.

Conviví con grandes desequilibrados a los que estudié a fondo, dándome cuenta de que aquella gente era una nada desdeñable fuente de inspiración para posibles relatos. A mí me interesaba ser realizador de cine (de hecho, antes de verme obligado a cumplir el servicio militar en Melilla, había dirigido ya dos cortometrajes), pero en aquellos días de manicomio recordé que tenía o creía tener ciertas condiciones para la escritura.

Algo emerge con cierta nitidez en mi memoria: aquélla fue la primera vez en la que reparé seriamente en conductas humanas que podía contar por escrito. Es más, todo aquello terminó por convertirse en literatura, pues años después mi experiencia de frenopático, debidamente transformada, la utilicé para escribir «Todos conocemos Hong Kong», cuento de Nunca voy al cine.1

Aquella estancia en el manicomio tenía algún día que terminar y la verdad es que acabó cuando menos lo deseaba, cuando más acostumbrado estaba ya a mi vida de loco. Se vivía muy bien allí, sin hacer nada, fumando todas las tardes en los jardines del recinto la marihuana que mi amigo JFC me traía, día tras día, al hospital. Me llamó a su despacho el coronel psiquiatra y me dijo que no había conseguido engañarle con mi supuesta enajenación y que para él estaba claro que yo no tenía problema mental alguno. «Se le ha visto todas las tar

1. Años más tarde reciclé «Todos conocemos Hong Kong» y lo convertí en un texto más extenso, en el relato «El hijo del columpio», de mi libro Hijos sin hijos.

 des ir al despacho del asistente jefe y robarle el periódico para leer un rato», me dijo, como si manejara la prueba irrefutable de mi cordura. «Además», añadió buscando mi complicidad, «usted tiene estudios». La misteriosa frase del coronel me ha acompañado el resto de mis días. ¿Estudios universitarios o estudios profundos acerca de la locura ajena? ¿Los estudios están en el lado opuesto de la locura?

Días después de salir del manicomio, fui enviado a un nuevo destino dentro del cuartel de Ingenieros al que pertenecía. Un comandante pidió «quedarse conmigo», lo solicitó con estas palabras y tuve la impresión de que el hombre se aprovechaba de que había pasado yo a ser no apto para muchas actividades castrenses. Me había sido de repente prohibido, por ejemplo, el manejo de armas, lo que demostraba que no estaban del todo seguros de mi cordura. Y ese comandante dio la orden de que me mandaran al colmado militar que él regentaba y donde me encomendó —sin que faltara, por mi parte, una gran sensación de estupor— una misión secreta: se esperaba de mí que llevara la contabilidad del establecimiento y de paso actuara como un discreto detective del lugar y tratara de averiguar quién semanalmente se llevaba de allí a escondidas unas tres cajas de botellas de whisky, lo que impedía que cuadraran las cuentas.

La investigación fue agotadora, no sólo porque me obligó a pasarme la vida en el colmado, lo que me condujo, entre otras cosas, a tratar de ocupar parte del tiempo escribiendo en la trastienda el primer libro de mi vida —esa nouvelle que primero se llamó El libro de Caldetes, luego En un lugar solitario (que he considerado siempre que era su verdadero título), y finalmente Mujer en el espejo contemplando el paisaje, el título con el que se publicó—, sino porque descubrí que aquellas cajas de botellas las robaba el mismo comandante que me había encargado investigar el caso.

O sea que, gracias a que pasé infinidad de horas en mi estratégico rincón de la trastienda buscando cuadrar las difíciles  cuentas, o bien escribiendo, o simulando que escribía, o simplemente simulando que cuadraba cuentas, acabé por descubrir al inesperado culpable de los hurtos.

Desde entonces, indagar y escribir me parecen dos actividades paralelas, a veces casi idénticas.

—¿Por qué escribe? —me preguntan a veces.

Si lo supieras, pienso.

Una respuesta posible: porque a un comandante español le dio por robar cajas de whisky en un colmado de África.

Quizá sea una ley universal: a uno le espera el destino esencial de su vida en el lugar más trivial, el más fútil de todos. En mi caso, el destino de escritor me esperaba detrás de la pedestre puerta de madera —casi de western— de aquel lánguido economato militar de Melilla en el que —para no sentir que perdía tanto el tiempo, pues me quedaba por delante un año en África sin hacer nada— me puse a escribir un monólogo poético —que para aclararme llamaba «novela», pero que era un texto sujeto a leyes líricas, las únicas que conocía, pues hasta entonces apenas había leído yo algo que no fuera poesía—, un monólogo de escritura automática acerca de todo lo que buenamente fuera dictándome la inspiración.

Nada veo de malo en ese método empleado para mi primer libro, sino todo lo contrario. A fin de cuentas, como dice J.M. Coetzee, una de las cosas que la gente no suele comprender de los escritores —los escritores serios, por lo menos— es que uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello, sino que es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir.

Otro asunto es que En un lugar solitario —narración vanguardista, especie de primerizo ejercicio de estilo; investigación melancólica sobre el arte de escribir, pensada sin ánimo alguno de que alguna vez se publicara— permitiera respirar al lector. La ausencia total de puntos y de puntos y aparte de las  que hace gala este abigarrado texto sigue pareciéndome, al igual que entonces, un arma asesina para asfixiar sin contemplaciones y acabar con el lector más bondadoso. Pero ha de tenerse en cuenta que el libro fue pensado y escrito sin la idea de ser publicado. Cuando éste fue editado por Tusquets editores, el joven Javier Marías —entonces «joven Marías» de verdad, no tenía ni veinte años— se adentró brevemente en aquellas páginas —fue el entrañable Michi Panero quien le pasó mi librito— y recuerdo que, un día, bajando por la calle de Velázquez, me comentó Marías que había apreciado el ejercicio vanguardista de En un lugar solitario, pero que eso no quitaba que habría agradecido, como lector, una puntuación más formal. Como Javier Marías siempre ha tenido tres años menos que yo y a tan tempranas edades las diferencias se ven más grandes de lo que son, por unos momentos pensé que me había faltado al respeto, pero por suerte comprendí a tiempo que sólo había querido sugerirme un sensato consejo, disuadirme de que en mis siguientes libros insistiera demasiado en aquel tipo de prosa sin pausas.

Hoy, al regresar a aquellas páginas del pasado, creo descubrir que debutar en la literatura de aquella forma (no especulando acerca de

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