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ENCERRADOS

Megan Goldin  

5


Fragmento

Prólogo

Fue Miguel quien llamó al 911 a las 4.07 de una gélida madrugada de domingo. El joven guardia de seguridad habló con voz temblorosa, disimulando el miedo con un tono de petulante despreocupación.

Miguel se había dedicado al culturismo hasta que se lesionó la espalda cargando cajas en un almacén. Mantenía la musculatura, tenía el cabello negro y un hoyuelo en la barbilla. Era vigilante nocturno en un edificio de oficinas que se estaba acabando de construir. Se encontraba en mitad de su turno cuando sucedió.

Angela oyó el primer grito. Miguel no oyó nada. Estaba estirado en el sofá de cuero del vestíbulo mientras le hacían una mamada.

—¿Qué coño pasa? —protestó Angela.

Miguel abrió los ojos y vio que, indignada, se estaba bajando el top de licra y recolocando la falda.

—Angela, cariño —rogó él, desconcertado por la inesperada interrupción—. No te vayas. Todavía no hemos acabado.

—Sí que hemos acabado. Me habías dicho que estaríamos solos.

Miguel miró confuso a su alrededor. El desierto vestíbulo estaba iluminado por los focos de una grúa plantada en el exterior, cuya luz se colaba por las ventanas y por el techo de cristal. El mobiliario consistía en un largo mostrador de recepción de roble claro y cristal verde y varios sofás de cuero color plomo distribuidos por el enorme espacio en diversas zonas de espera.

—Cariño, no te preocupes. Estamos solos —susurró él con voz ronca—. El edificio todavía está en construcción. Faltan un par de meses para que lo inauguren. Aquí no hay nadie aparte de nosotros.

—Entonces ¿por qué acabo de oír gritar a alguien? —Angela deslizó los pies cubiertos por medias en los zapatos de tacón de aguja y se retocó el cabello con sus uñas pintadas de magenta oscuro.

Sin la distracción de Angela sobre su regazo, Miguel oyó el segundo grito. Rebotó en el suelo de mármol claro y creó una reverberación.

—¡Mierda! ¿Qué cojones ha sido eso?

Se levantó de un salto del sofá y se subió la cremallera del pantalón. Se abotonó la camisa azul marino del uniforme tan rápido que no se dio cuenta de que se había olvidado de dos botones y le quedaba entreabierta a la altura del pecho.

—No sé qué está pasando —masculló, escrutando el desierto vestíbulo—. Angela, creo que será mejor que te largues.

—¿Seguro? —Ella recogió el bolso y se lo colgó del hombro.

—Te llamo después —le prometió él.

—No pienso cogerte la llamada —murmuró Angela mientras se daba la vuelta para marcharse.

—Ange, espera. —Ella se volvió hacia él con una mano en la cadera—. Hazme un favor. No le cuentes a nadie que has estado aquí. Si se enteran, seguro que me despiden. Necesito este trabajo.

—Te mereces que te despidan. No sé a qué juegas trayéndome aquí, pero no vas a engañarme. Debería haberme imaginado que era una encerrona.

—Te juro que no sabía que hubiese nadie. De verdad que lo siento, ¿vale?

Angela vio en sus ojos de gruesos párpados que decía la verdad.

—Ya nos veremos.

Los tacones de aguja de sus zapatos repiquetearon contra el suelo mientras enfilaba hacia la puerta. Miguel contempló el bamboleo de sus nalgas camino del coche, aparcado en la curva del camino de acceso al edificio.

No se oyeron más gritos. Miguel se preguntó si debía revisar el edificio. El vestíbulo estaba en completo silencio, una solemnidad que le ayudó a tranquilizarse: era imposible que hubiera alguien más allí dentro. Los albañiles se marchaban todos los viernes a las cinco de la tarde y, por razones de seguridad y siguiendo el protocolo de la aseguradora, se hacía un recuento cuando salían para asegurarse de que no quedaba nadie en el inmueble. Los del equipo de ventas, que utilizaban el vestíbulo como punto de reunión para alquilar las oficinas a futuros inquilinos, no trabajan los fines de semana. Allí los viernes por la tarde, los sábados y los domingos no había nadie, salvo los guardias de seguridad. Dos por turno, excepto aquella noche, en que Miguel estaba solo.

Cuando el otro guardia, Sánchez, no se presentó, Miguel llamó a Angela para convencerla de que le hiciera una visita. Angela se acercó en coche después de bailar con unos amigos en el Bonjo, el club donde se habían conocido. Apareció a las tres de la madrugada, con un subidón de chupitos de vodka y bastante acelerada después de horas bailando hip hop y música latina.

Angela le había estado dando la lata a Miguel para que le enseñara el edificio donde trabajaba. Estudiaba interiorismo y era una forofa del afamado arquitecto danés que había diseñado el complejo, una especie de niño prodigio del mundillo. El edificio se basaba en los contrastes: era futurista pero cálido, minimalista y lujoso al mismo tiempo.

Miguel no tenía por qué entrar en el vestíbulo a menos que hubiera una emergencia. Pero lo visitaba con frecuencia. Prefería dormir en uno de los mullidos sofás de cuero de la entrada que en la incómoda cama plegable de la oficina provisional en la que los guardias descansaban entre ronda y ronda. Todavía no se habían instalado las cámaras de videovigilancia, de modo que podía hacerlo sin ser visto.

El complejo estaba rodeado de vallas con alambre de espino en la parte superior. Desde el acceso principal parecía terminado. A ambos lados del camino habían colocado maceteros con arces jóvenes, y la entrada había sido decorada y amueblada para impresionar a los futuros inquilinos cuando vinieran a visitar las oficinas.

La segunda torre, la que daba al East River, era obvio que todavía estaba en construcción. Había andamios en las zonas en las que se estaba colocando el revestimiento, los paneles de cristal de las ventanas estaban cubiertos de plástico azul y había contenedores con material de construcción depositados como coloridas piezas de Lego sobre el terreno embarrado junto a las excavadoras ahora inmóviles y la grúa.

En el vestíbulo, el largo mostrador de recepción estaba iluminado por luces interiores que lo hacían resplandecer en la oscuridad. En la esquina donde se ubicaría la cafetería había apiladas mesas y sillas envueltas en plástico, junto a una cascada artificial que todavía no funcionaba.

El complejo era la primera edificación de un futuro distrito financiero junto al río en el que se erigirían bloques de oficinas, apartamentos y restaurantes. Todo muy exclusivo. Era parte de un plan urbanístico para revitalizar una zona de almacenes en decadencia.

Angela había quedado impresionada por el futurista atrio de cristal y las paredes de piedra vista del vestíbulo que Miguel le había enseñado muy orgulloso. Después se tumbaron juntos en el sofá de cuero y contemplaron el cielo nocturno a través de la cristalera mientras empezaban a montárselo sin prisas.

Después todo se fue al garete. Angela se asustó justo cuando la cosa empezaba a ponerse interesante. Miguel temía que no volviera a dirigirle la palabra.

Se convenció a sí mismo de que habían confundido los chirridos de la grúa en una noche ventosa con gritos. Desde que Angela se había marchado indignada, nada había roto el silencio, lo cual confirmaba su teoría. Decidió que se limitaría a cerrar la puerta por la que habían entrado y se olvidaría de la desastrosa velada.

Miguel estaba alisando el cuero del sofá donde habían estado tumbados cuando oyó un sonoro estruendo que reverberó por todo el edificio con tal intensidad que le pitaron los oídos. Le siguió un silencio q

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