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ENCONTRANDO A SILVIA (SAGA SILVIA 2)

Elísabet Benavent  

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Fragmento

Prólogo
A PARTIR DE AHORA TODO ES PRESENTE…

Estos días en Ámsterdam me han venido bien. Dormir abrazada a Gabriel no tanto. Tengo más que decidido que no puedo dejarme llevar y arriesgar nuestra relación. Él no cree en el amor y ya lo ha dejado claro muchas veces. Al menos no cree en el amor como lo hago yo. De ahí solo podrían salir problemas y no quiero tener que alejarme de él por haber cedido a la tentación de meternos en la cama. Necesito estar a su lado. Necesito saber que está bien. Le necesito a él.

Estos dos últimos días hemos paseado por los canales y hablado bastante sobre lo que queremos en la vida. Él insiste en que mi trabajo no me deja crecer y que me tiene enjaulada, pero las cosas hay que hacerlas a conciencia.

Él quiere ser mejor; así me lo dice siempre. Y cuando lo hace, con las cejas arqueadas y los ojos brillándole de ilusión, yo también quiero que sea mejor, pero consigo mismo. No quiero que se haga daño. No quiero que sea infeliz. Y la parte más egoísta de mí misma también quiere ser parte de esa mejora. Quiero ser el catalizador a partir del cual Gabriel viva de otro modo. ¿Es posible cambiar de vida en realidad? Me lo pregunto tanto respecto a él como a mí.

Y por las noches nos abrazamos. Intento hacer de ese gesto algo que no signifique mucho más de lo que sería si fuera Bea en lugar de él, pero es imposible. Su olor, el tacto de sus manos en mi cintura, su respiración en mi nuca, su nariz paseando por mi cuello, sus labios besándolo. Cuando me dice que me quiere tanto que le duele… yo le creo. Pero es tan complicado dar nombre a lo que estamos sintiendo que ya no sé qué más puedo hacer.

La despedida ha sido dura. No sé bien cuándo volveré a verle. Depende de tantas cosas que ya prefiero no planteármelo y que cuando ocurra, sea una sorpresa. De lo contrario, pasaría los días demasiado pendiente del calendario.

Gabriel se ha puesto muy pesado con lo de la gala de los American Music Awards. Dice que va a hacer el ridículo al ir solo una semana después del numerito de los EMA.

—Van a pensar que ya me has dejado —me refunfuñó antes de despedirnos en el aeropuerto.

Cuando se pone en ese plan, me parece muy tierno, pero no le hago caso. Tiene que acostumbrarse a que, a veces, va a recibir negativas. No se le puede decir que sí a todo porque sea Gabriel el cantante y porque su cuenta bancaria esté llena de ceros. Es reticente a entender ese tipo de cosas, porque creo que se ha olvidado de lo que es depender de algo que no sea tu propia voluntad.

Pero no me voy enfadada. Al revés. Me hace mucha ilusión que insista, a pesar de que no puedo acceder a su petición. Eso quiere decir que me va a echar de menos tanto como yo a él. Ay, por Dios, qué moñas es todo. Pronto vomitaremos arcoíris y lloraremos purpurina.

Y aquí estoy, de nuevo en casa. Aquí también empieza a hacer bastante frío. Me parece mentira que haga casi seis meses que Gabriel y yo nos conocemos. Ha sido todo tan intenso que parece que han pasado años. Y para terminar de hacerlo un poco más dramático, ahora no me quito de la cabeza el hecho de que es evidente que Gabriel es una persona de voluntad débil, con una naturaleza melancólica, un historial de vicios y ganas de morir joven. Pero no puedo tomar decisiones dejándome llevar por sentimientos como esos. Al menos no decisiones tan importantes como el rumbo que va a tomar mi vida. Él quiere mejorar, ¿no?

He ido a ver a mi madre y me ha sorprendido mucho encontrarla de tan buen ánimo. Parece ser que un par de vecinas han ido a su puerta con la murga de que si «tu hija es famosa». Ahora soy una estrella en el barrio y creo que esperan de mí, no sé, que vaya siempre con gafas de sol en plan famosa trasnochada o que alguien me lleve el bolso. Y mi madre feliz, porque Toñi y Lourditas están que trinan porque he salido guapísima en la tele y porque me he casado con un hombre de bien y con dinero que me trata como a una reina.

Sé que mi madre no es tonta, así que deduzco que ella misma ha bloqueado en su cabeza los aspectos menos atractivos del mundo del espectáculo, y no seré yo quien le diga que ese hombre de bien y con dinero que me trata como a una reina tiene un historial de consumo de drogas apabullante y que ha intentado suicidarse al menos una vez. En lugar de eso, le he dicho:

—Te van a decir cosas horribles de él, mamá. La gente es así. Tú no hagas caso. Solo fíate de si a mí me ves bien.

Al menos creo que el numerito de feria que montó Gabriel en los EMA ha servido para desviar la atención de mi madre y que se le olvide un poco lo preocupada que está, que es mucho. Pero mamá siempre ha sido mujer de pocas palabras. Mis hermanos y yo debemos de parecernos a mi padre, pero eso es un suponer, porque sobre él solo he escuchado silencio.

A pesar de ello, mamá me dice, mientras ve las repeticiones, que estamos muy guapos, que tiene cara de buena persona y que tendremos hijos preciosos. Ay, Dios… ¿cómo se lo explico?

Durante el camino de vuelta a casa he ido pensando en que, siendo sincera, lo que más miedo me da es la reacción de Álvaro a lo de la gala. Sí, eso de subirme al escenario y arrodillarse delante de mí con un anillo de compromiso enorme frente a no sé cuántos miles de espectadores de todo el mundo no suena muy discreto. Y Álvaro no es amigo de ese tipo de circos. No le gustan los numeritos ni los dramas. Nadie lo diría, porque los dos hemos protagonizado unos cuantos. Hasta me he parado a pensar en si me compensaría distanciarme de Gabriel para que funcione lo nuestro. Pero… ¿no es mucho suponer que lo nuestro vaya a funcionar? De todas maneras, nunca lo haría. Esa es la conclusión a la que he llegado. No podría «abandonar» a Gabriel a su suerte después de todo lo que sé ahora. No podría quitármelo de la cabeza. Pero no es por eso solamente, es porque Gabriel se ha convertido en alguien muy importante para mí. Que no sepa darle nombre al tipo de amor que siento por él no significa que no exista. Existe y crece cada día que pasa. Es AMOR de verdad. Pero… no sé qué tipo de amor.

Llamo a Bea para marujear y para contarle bien y de viva voz todo lo que me ha pasado. Aunque nos hemos estado mandando mensajes, quiero contárselo con pelos y señales porque sé que le gustará.

—¿Sabes lo increíblemente perfecta que estabas? —responde al primer tono.

—¿Qué me vas a decir tú? ¿Que parecía un orco?

—Si lo hubieras parecido, te lo habría dicho en un mensaje esa misma noche: «Niña, pareces un orco de Mordor, de los que tienen escondidos en las minas de lo feos que son». ¡¡¡Ay!!! —se pone a lanzar grititos, a aplaudir (con qué estará cogiendo el teléfono, me pregunto)—. Tengo una corazonada, Sil, ese Gabriel es lo mejor que te ha pasado en la vida.

—Bueno, bueno…

—¿Qué «bueno, bueno» ni qué niño muerto? Me muero de ganas de ver ese anillo. Fue lo más romántico que he visto en mi vida, y ya sabes que esas cosas me dan alergia, pero… ¡¡¡Silvia!!! ¿Viste los ojos con los que te miraba? Y el beso. ¡¡¡El beso!!! Me has devuelto la fe en el amor, cerda. ¡Qué bonito! ¡Se notaba la electricidad entre vosotros hasta en casa! Cuando te estábamos viendo aquí todas, ¡hasta Andrea lloró de envidia! ¡¡¡Y encima con ese vestido de Elie Saab!!! ¡Por el amor de Dios! ¿Es que quieres matarnos?

—¿No se me veía barriga de preñada sin la faja? El puñetero Martin el nazi me ha dejado tocada…

—¿Estás preñada? Porque si te has tirado a Gabriel y no me has contado con pelos y señales cómo calza, no vuelvas a llamarme en toda tu jodida y glamurosa existencia.

—Claro que no. Bueno, le toqué un poco el rabo, pero…

—¿Cómo? —grita fuera de sí.

—Nos pusimos muy tontos al día siguiente en el hotel… Dijo cosas preciosas y me pidió que le tocara. «Quiéreme, Silvia», me dijo. ¿Es o no es para comérselo?

—¿Y por qué no te lo llevaste a la salvaje tierra del polvo maratoniano? ¡¡¡Silvia!!! —se queja.

—Porque… Bea… yo… a veces tengo miedo.

—Eso es amor de verdad, del de las películas. Lo sabes, ¿verdad?

—No lo sé. No es eso. O sí, yo qué sé. Joder… —Me froto la cara—. Estoy cagada. Gabriel no para de decirme que lo deje todo, que me vaya a vivir a Estados Unidos con él y que me quiere.

—¿Dónde está el problema?

—¿Cómo me va a querer alguien que no cree en el amor, que no cree en la monogamia a largo plazo y que vive en Los Ángeles?

—Lo de vivir en Los Ángeles no tiene sentido en esta frase, pero aun así… ¿de verdad crees que no te quiere, Silvia?

—No. Siendo sincera sé que me quiere, pero no confío en que dure. Y además… no dejo de pensar en si…

—Si vas a nombrar a Álvaro, mejor cállate. Me irritas —contesta molesta—. Me niego a pensar que ese tío vaya a estropear la historia más bonita que has vivido jamás.

Me callo

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