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ENEMIGOS DE ESPARTA

Sebastián Roa  

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Fragmento

1

El mestizo

Tracia. Año 380 a.C.

Prómaco observa la muerte a su alrededor.

Tribalos. Salvajes guerreros incapaces de rendirse. Caídos sin soltar sus armas, acribillados a dardos o mutilados. Amontonados allí donde chocaron con las filas odrisias. Una larga línea de cuerpos que se entrelazan; cada matador con su víctima, que lo mató a su vez. A trechos se ve un tribalo destrozado con varios odrisios muertos a su alrededor. Y aun ahora resulta peligroso caminar por donde fue más densa la matanza. Esos norteños moribundos intentan apuñalarte con su último hálito. Por eso los odrisios recorren el campo y alancean varias veces todos los cadáveres enemigos.

«Tribalos. Han vendido muy cara su piel», reconoce Prómaco.

—Ifícrates quiere verte.

El muchacho se vuelve. El mensajero muestra la misma expresión que él. La de quien acaba de mirar cara a cara al implacable Hades, pero ha conseguido retrasar el momento. Señala a su espalda, a la cima de una pequeña loma alfombrada de verde a cuyos pies se ha desarrollado la masacre.

Prómaco asiente. Enfunda su kopis sin molestarse en limpiar la sangre y se ayuda de la mano diestra para desembrazar la pelta. El escudo está inservible. Astillado, casi partido por la mitad. Lo deja caer en ese mar de lodo rojizo que es ahora la llanura tracia a orillas del río Hebro. Camina a grandes pasos, esquivando cadáveres y miembros que todavía aferran lanzas, dagas y jabalinas. Rodea cauto a un par de hombres que aún se agitan. Ignora la cantinela monótona que parece brotar de la tierra. Un quejido colectivo de dolor y desesperanza. Los moribundos llaman a sus madres, a sus esposas o a sus hijos con las pocas fuerzas que les quedan. Algunos odrisios buscan a sus heridos. Los ayudan o les ofrecen un último trago de vino. Se están formando cuadrillas para tomar prisioneros. Apresar vivo a un tribalo es toda una hazaña, y el rey Cotys la recompensará con creces.

Pero eso no le incumbe ahora a Prómaco. Prefiere confirmar con un vistazo rápido que cinco de los seis hombres a su cargo han sobrevivido. Cinco hijos que volverán a ver a sus madres. Aunque el sexto es el que más le importa. Piensa en qué dirá a sus familiares. «Luchó bien. Con honor. Mató a muchos enemigos. Ares está contento con él.»

Salvo que encuentren su cuerpo lejos de la matanza y con una herida en la espalda, claro. El estratego Ifícrates es inflexible con eso. Los cobardes recibirán la infamia tanto vivos como muertos. Sus familias sabrán que intentaron huir o, si lo consiguieron, harán frente a la deshonra. Y si el desertor es capturado, su ejecución se convertirá en un ejemplo para los demás. Por eso no es habitual que los hombres de Ifícrates huyan. Por eso y porque Cotys, rey de los odrisios del llano y de la costa, paga bien. Muy bien.

Prómaco asciende por la suave ladera. Ahora nota el dolor sordo en las piernas. Esta noche caerá en el sueño solo cuando los quejidos de sus articulaciones cedan a la enorme fatiga del combate. Aunque antes, como es costumbre entre los tracios, celebrará la victoria con una borrachera de proporciones olímpicas.

—Prómaco, hijo de Partenopeo. Bebe conmigo.

Es Ifícrates, el estratego. El hombre que ha hecho posible la victoria. De baja estatura, hombros anchos, cráneo afeitado y mirada penetrante. Como todos sus peltastas, va armado a la ligera. Nada del pesado escudo redondo que los hoplitas llaman aspís, nada de coraza ni grebas. Sostiene el casco con la izquierda, con la derecha aguanta la copa. Uno de sus auxiliares derrama vino en ella desde una jarra. No lo mezcla con agua. No hoy.

—Ares y Atenea, hemos vertido la sangre por vosotros. —Ifícrates deja caer un chorro para ofrecer la primicia a los dioses—. Ahora vertemos el vino.

Prómaco acepta la copa llena que le tiende el sirviente. Imita a su estratego y apura el resto de un trago. Vino de Kazanluk. Viejo. Fuerte. Los demás jefes —los que han sobrevivido a la batalla— brindan igualmente. Ifícrates los observa satisfecho. En verdad ha sido una gran victoria.

—Los tribalos no volverán a adentrarse en el reino de Cotys —señala uno de los militares. Al igual que Ifícrates, es ateniense. Este sonríe como si el vaticinio le hiciera feliz solo a medias.

—No se atreverán siquiera a cruzar la frontera. Hemos aniquilado a su ejército.

«Es cierto», piensa Prómaco mientras se vuelve. La colina es baja, pero ofrece la vista del campo de batalla. No es normal tanta mortandad, aunque lo cierto es que las reglas cambian cuando son tracios los que combaten, y más si es contra otros tracios. Los odrisios no han dado cuartel ni los tribalos lo han pedido. No ha habido ruptura tras el choque, como suele ocurrir cuando son griegos los que batallan.

El mensajero tracio que avisó a Prómaco llega a la carrera. Hace una rápida reverencia ante Ifícrates.

—Señor, hemos hecho algunos prisioneros.

—Imposible —dice uno de los jefes griegos—. Los tribalos jamás se rinden.

—Estos no lo hicieron. Son heridos.

Ifícrates reflexiona un instante. Todos los demás lo observan.

—Que los curen. Pero cuidado. Intentarán degollar a los médicos y, si pueden, se quitarán la vida después. En fin, Cotys se alegrará de que le llevemos unos cuantos enemigos vivos.

Prómaco se atreve a hablar. Tal vez el vino puro le suelta la lengua:

—Los torturará.

«Claro que los torturará», parece decir la expresión de Ifícrates. Pero no es sobre eso de lo que quiere hablar.

—Te he invitado a unirte a la libación, Prómaco, porque te has distinguido hoy. Te has batido muy bien, tu padre estaría orgulloso. He decidido ascenderte. A partir de mañana no serán seis los peltastas a tu cargo, sino treinta y seis.

—Gracias, señor. Pero...

—Mirad a este muchacho, amigos. —El estratego extiende la copa hacia Prómaco—. Apenas tiene veinte años y ya manda sobre otros hombres. Dentro de poco me quitará el puesto.

Algunas risas forzadas. Eso contrasta con los gemidos de angustia que ascienden desde la llanura.

—Respecto a eso... —Prómaco se frota el hombro izquierdo, dolorido de aguantar la pelta durante el combate—, creo que no estoy preparado para el ascenso. Es más: quisiera que me relevaras del mando que tengo ahora. Me siento más cómodo como simple soldado, señor.

—Eso me gusta, chico. —Ifícrates le clava una mirada profunda—. No confío en quienes ansían mandar. Prefiero a un general capaz e inconformista que a cinco inútiles satisfechos.

Nuevas risas. Más forzadas esta vez. Prómaco asiente. Ifícrates tiene fama de hombre justo, pero no es buena idea llevarle la contraria.

—Entonces será un honor continuar, estratego.

Ifícrates deja la copa en manos de su auxiliar y se ajusta el casco. Un modelo tracio, claro; con carrilleras y un penacho de pelo de caballo que le cuelga hasta la nuca.

—Tengo que ver a esos prisioneros, Prómaco, pero tú quédate y bebe un poco más. Te lo has ganado. Esta noche cenarás en mi tienda.

El estratego desciende la colina bajo la mirada respetuosa de su plana mayor. Lleva más de cinco años en Tracia como jefe mercenario para el rey Cotys. Y este se mantiene en el trono gracias a Ifícrates y sus peltastas, así que paga con largueza. Y no solo eso. Cotys incluso le entregó a una de sus hijas como esposa. Dos aldeas tracias fueron su dote.

—Hablas bien el griego, chico —le dice a Prómaco uno de los lugartenientes de Ifícrates, un eubeo llamado Teógenes—. ¿Detecto un acento eolio?

El joven saca pecho.

—Mi padre era tebano, señor.

—¿También sirvió con Ifícrates?

—No, señor. Fue con la expedición de los Diez Mil a Persia.

El eubeo entorna los ojos.

—Ah, era de esos...

—Se llamaba Partenopeo. Sirvió a las órdenes de Próxeno de Beocia. Cuando los Diez Mil volvieron de Asia, mi padre encontró una esposa tracia y prefirió quedarse aquí.

—Así que eres mestizo. Eso lo explica todo. —Mira de arriba abajo a Prómaco—. Hablas como un griego, pero luchas como un tracio.

—Mi padre no nos dejó mucho dinero cuando murió. No puedo permitirme la panoplia de hoplita.

Teógenes asiente mientras se retoca las escamas de bronce de su coraza. Señala a Ifícrates, que ahora se aleja rodeado de auxiliares hacia donde se congregan las tropas odrisias supervivientes.

—Él acabó con el orgullo de los hoplitas, chico. O eso dicen.

—Lequeo.

Lequeo. Ifícrates ha cobrado fama de gran militar en toda Grecia, y también en Tracia y el Helesponto. Pero su hazaña más sonada tuvo lugar hace trece años, durante la guerra de Corinto.

—Cuando lo de Lequeo, Ifícrates tenía veinte años, como tú. Supongo que por eso le caes bien. No te ha quitado ojo en toda la batalla. Y si te perdía de vista, preguntaba por ti. Sí, está claro que le recuerdas a él mismo cuando empezó con esta locura. Aunque Ifícrates, a tu edad, ya dirigía a los peltastas atenienses y era capaz de guiarlos a la victoria. Lequeo.

Prómaco conoce la historia, como todo el que lucha bajo las órdenes de Ifícrates. Por aquel entonces el ateniense, hijo de un simple zapatero, había conseguido por méritos propios el mando de los mercenarios del Helesponto. Su humilde origen no le daba derecho a mandar sobre los hoplitas y, pese a su habilidad y a su evidente inteligencia, nadie tenía mucha fe en él; por eso le habían asignado los dos mil peltastas. Soldados armados a la ligera, con escudos de mimbre y cuero, jabalinas y espadas cortas. Sin una sola pieza de armadura y con una esperanza de vida de medio suspiro frente al hoplita. Guerreros a sueldo, pagados con el dinero que los persas enviaban para ayudar a Atenas frente a la potencia invencible: Esparta. La machada de Ifícrates consistió en enfrentarse a una mora espartana cuando la sorprendió en campo abierto y sin apoyo de caballería cerca de Lequeo, el puerto de Corinto. Ifícrates fue tan frío como astuto, y aprovechó la velocidad de sus hombres para acosar a los orgullosos hoplitas espartanos. Seiscientos guerreros protegidos con pesados escudos de bronce. La victoria de Ifícrates llegó tras un lento y paciente acoso, pero marcó un hito.

—Derrotar a Esparta es algo reservado a los dioses. Quizás a los héroes antiguos —admite Prómaco—. Más aún con solo veinte años. Estoy muy lejos de parecerme al estratego.

Teógenes quita importancia al asunto con un gesto displicente.

—La gente habla mucho de lo que no sabe. Ifícrates no derrotó a Esparta. Aquel día murieron doscientos cincuenta espartanos, pero no se trataba de auténticos iguales, sino de laconios de baja condición. El resto de la mora eran auxiliares peloponesios y chusma perieca: pobres desgraciados de las ciudades doblegadas que sirven en el ejército espartano. Y los peltastas de Ifícrates, que los superaban en cuatro a uno, jamás se acercaron a ellos a menos de un tiro de jabalina. Fue una victoria admirable... si te gusta combatir como un cobarde.

Prómaco mira fijamente a Teógenes. Sabe que ese tipo jamás se atrevería a decir tal cosa ante Ifícrates. Su padre se lo había contado antes de morir: los griegos practican como nadie el deporte de la envidia. Si fuera disciplina olímpica, no habría corona más reñida.

—Vencer a doscientos cincuenta espartanos es propio de un dios —insiste.

Teógenes sonríe con media boca.

—Entiendo que admires a Ifícrates. Sobre todo ahora que él también te admira a ti. Pero no me dirás que eres de esos que admiran a los espartanos.

Prómaco aprieta los labios.

—Dime, señor: ¿tú has vencido alguna vez a uno?

Un solo criado se encargaba de servir el vino, ahora muy aguado. Llenó la copa de Ifícrates y se detuvo ante la de Prómaco, que le indicó con un gesto que no deseaba más.

El muchacho había aguantado el tipo con un éxito aceptable mientras los jefes griegos de la tropa mercenaria engullían buey asado, se emborrachaban a dolor y lo sometían a sus pullas de prohombres civilizados. Porque en aquel ejército a sueldo de un rey tracio, los tracios eran quienes, paradójicamente, ocupaban los puestos de más bajo rango. Los bárbaros que morían con el barro hasta las rodillas. Cuando Ifícrates consideró que Prómaco había soportado suficientes burlas, mandó que todos abandonaran la tienda menos el escanciador y el joven mestizo. Ahora Ifícrates también ordenó al criado que saliera. Una vez solos, se dirigió al muchacho:

—Te preguntas por qué estás aquí.

Prómaco tenía cierta idea, sobre todo tras haber hablado con el eubeo Teógenes. Aunque la admiración de un hombre hacia un muchacho podía adquirir diversas formas.

—Así es, señor. ¿Por qué estoy aquí?

Ifícrates vació media copa y se secó los labios con el dorso de la mano.

—Teógenes me ha dicho que habéis hablado. Él cree que me recuerdas a mí cuando tenía tu edad. Y tiene razón. Por eso te haré una pregunta, y quiero que me respondas con la verdad.

—Por supuesto, señor.

—¿Hay algo que te retenga aquí, en Tracia?

—Sí.

—Pues olvídalo. Debes irte lo más lejos posible.

El consejo sorprendió a Prómaco, que entornó los ojos. Intentó adivinar qué escondía la mirada del estratego, ahora tan afable como la que podría tener un padre para con su hijo.

—Esta misma tarde has decidido ascenderme, señor.

—Delante de esos, sí. Y tú has respondido como debías, así que tu honor está a salvo. Pero la batalla de hoy, ya lo has visto, ha sido una apuesta a los dioses. Tres de cada diez hombres a mis órdenes han dejado la vida en esa llanura. Uno o dos más morirán por sus heridas antes de que acabe la semana. Y después de semejante salvajada, muchos pedirán que los licencie y querrán volver a casa, a dejarse caer entre los brazos de sus mujeres para olvidar el horror. O a dar gracias por seguir vivos a algún dios bárbaro de nombre enrevesado. Unos pocos seguiremos, dispuestos para la siguiente. Esta vez han sido los tribalos. Es muy posible que los bitinios quieran aprovechar nuestras bajas antes de que nos recuperemos. O tal vez los que vean la oportunidad sean los crobycios. O los dardanios. El rey Cotys se ha ganado tantos enemigos que no hemos de preguntarnos si habrá más guerra, sino de dónde vendrá la próxima vez.

Prómaco, que escuchaba con atención a Ifícrates, se encogió de hombros.

—Bien. Somos mercenarios y el rey Cotys paga con largueza, ¿no? Disculpa, señor, pero siempre puedes contratar a otros hombres para suplir las bajas. Y dado que tenemos tantos enemigos, el trabajo está asegurado.

—Y la muerte también. Tarde o temprano, muchacho, morirás. Quizá muera yo antes. O no. Y moriremos con la bolsa llena, sí. Pero solo hace falta una moneda para cruzar al otro lado.

—Bueno, no es que me disguste la vida... —Prómaco sonrió con timidez—. Pero soy soldado, señor. Es lo que me enseñó mi padre y solo sé hacer esto.

—Hazlo entonces. Pero manteniendo el pellejo a salvo. Teógenes también me ha dicho que admiras a los espartanos. ¿Es cierto?

—No creo, señor, que exista un solo soldado que no los admire.

Ifícrates asintió despacio.

—La vida del espartano es dura, supongo que ya lo sabes. Y no me refiero a esa bazofia perieca con la que rellenan sus ejércitos. Hablo de los espartiatas de verdad. Esos que se llaman a sí mismos «iguales».

—Claro que lo sé. Mi padre me habló largo y tendido sobre ellos.

—¿Sabes, Prómaco, cuántos espartiatas mueren de viejos?

El muchacho enarcó las cejas. Aquella pregunta tenía una respuesta indudable.

—Pocos, naturalmente.

—Ya. Eso no te lo enseñó tu padre, supongo. La verdad es que salvo un puñado de ellos, los auténticos espartiatas viven muchos años. Con cicatrices por todo el cuerpo, desde luego; y sí, admirados por los guerreros del orbe desde Italia hasta Persia. Pero no hagas caso de las habladurías. Esos cabrones mueren en sus casas junto al Éurotas, rodeados por sus nietos y biznietos.

Prómaco se removió en la silla.

—No lo entiendo.

—Eso es porque no los has visto en pleno combate, muchacho. En realidad son muy pocos los que los han visto luchar. Sí, los ejércitos de Esparta están por todas partes. Cada verano, las lambdas de sus escudos aparecen por aquí o por allá. Pero se trata de la chusma de segunda. Ya te lo he dicho, periecos e ilotas libertos acompañados por un montón de peloponesios alistados a la fuerza.

»Y es curioso, porque cuando cualquier milicia griega tiene que enfrentarse a esas lambdas, es casi seguro que no llegarán a chocar. Antes de acercarse lo suficiente para ver el blanco de los ojos espartanos, cualquier griego dejará caer su aspís, dará la vuelta y correrá hasta su casa como un campeón olímpico. Ahora trata de imaginar, si es que puedes, qué pasa cuando son los auténticos espartiatas los que te plantan esa maldita lambda en las narices.

—Perdóname, señor, pero no sé adónde quieres ir a parar.

Ifícrates suspiró. Dejó la copa s

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