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ENGAñAR A HOUDINI

Alex Stone  

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Fragmento

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Las Olimpiadas de la Magia

En el vestíbulo de un hotel del centro de Estocolmo, una impresionante joven belga de veintidós años había atraído a una pequeña multitud. Tenía los ojos marrón oscuro y largos rizos castaños. Sostenía un as en cada mano. Giró los brazos en el aire y los naipes se transformaron en reyes. El público ya había visto esa clase de cosas anteriormente, no eran el tipo de gente que fuera a volverse loca con un simple cambio. Pero entonces, en una sucesión fluida, la chica giró de nuevo sus muñecas y los reyes se transformaron en reinas. La energía de la sala se fue acelerando a medida que sus brazos serpenteaban en el aire, como los de una bailaora de flamenco —una, dos veces— y las reinas se transformaban en jotas y después en dieces. Quienes la rodeaban empezaron a dar vítores. Otro caracoleo más y los dieces se convirtieron en jokers. Esa chica belga es una de los pocos magos del mundo que consigue hacer cinco transformaciones seguidas, y el público estaba ahora entusiasmado con ella.

En el fondo del vestíbulo, un hombre rubicundo tocado con un sombrero de copa baja hacía una demostración de trile, ese antiquísimo timo gitano que se ejecuta con tres cáscaras vacías y un guisante. En el rincón más próximo a la entrada, instalados en unos sillones rojos, una pandilla de adolescentes estaba sumida en una especie de kung-fu acrobático de juegos de manos con naipes que se conoce como «manipulación extrema de cartas»: un frenesí de cortes, giros y florituras. En sus manos los naipes formaban pirámides, copos de nieve, espirales rizadas como conchas de moluscos, mandalas de ángeles ciclistas… El líder del grupo, el nerd alfa, un chico mofletudo con un gorro de lana, ejecutó ostentosamente una maniobra en la que los mazos de cartas iban formando patrones geométricos entrecruzados, como en una de las ilusiones de M. C. Escher. Había también mentalistas: lectores de mentes, dobladores de cucharas, clarividentes. Vestidos casi por completo de negro, se habían apostado en un par de mesas redondas en medio del vestíbulo y yo hubiera dado un riñón por ser una mosca posada en alguna de sus jarras de cerveza. Allá donde miraras —en los pasillos, en el bar, en el restaurante, junto a los ascensores, incluso en los servicios— encontrabas hombres y mujeres compartiendo secretos e intercambiando trucos. Apreté la desgastada baraja de naipes Bicycle que tenía en la mano y me empapé bien del ambiente.

Eran casi las diez de una templada noche de fin de semana de principios de agosto, pero el cielo de Estocolmo aún no estaba oscuro y un crepúsculo diáfano se filtraba por las claraboyas arrojando un laberinto de sombras sobre la alfombra del amplio vestíbulo. Durante los meses de verano en Suecia, el sol apenas se pone y el insomnio provocado por la perpetua luz de un día interminable puede dejarte muy cerca del delirio. Tampoco es que yo tuviera intención de dormir. Ahí estaba, respirando el mismo aire que los mejores magos del mundo, muchos de ellos mis héroes.

Nos encontrábamos en Estocolmo con motivo del Campeonato Mundial de la Magia (también conocido como las Olimpiadas de la Magia) de 2006. Una vez cada tres años, los mejores ilusionistas de todo el mundo arriban a una ciudad determinada, pertrechados con sus secretos más celosamente guardados, y combaten, truco a truco, por ver quién de entre ellos es el más poderoso. Esta edición número 23 de las olimpiadas celebrada en Estocolmo fue la mayor de su historia, con cerca de tres mil participantes de 66 países y 146 concursantes que competían por las medallas en ocho certámenes. Y ese año yo era uno de los contendientes.

Dado que las olimpiadas son, de lejos, el certamen de magia más duro del mundo, entrar siquiera en la competición es ya casi un milagro. Para poder ser elegido debes pertenecer a una de las 87 sociedades de magia reconocidas por la Fédération Internationale des Sociétés Magiques, o FISM, la mayor y más prestigiosa asociación de magos del mundo. En Estados Unidos hay tres sociedades de magia aprobadas por la FISM: la Academy of Magical Arts, con sede en el Magic Castle de Hollywood; la International Brotherhood of Magicians, y la Society of American Magicians, o SAM («¡Magia, Unidad, Poder!»), de la que soy miembro.

El aspirante debe obtener también la autorización escrita del presidente de su sociedad, y al no haber competido yo nunca en ningún torneo internacional —o más bien en ningún torneo a secas—, estaba convencido de que el presidente de la SAM, Richard M. Dooley, me rechazaría al instante. Me quedé estupefacto cuando una semana después de enviar mi solicitud recibí su respuesta deseándome suerte.

Vaya si la iba a necesitar.

Yo tenía cinco años cuando mi padre, un genetista y acérrimo escéptico que fabrica su propia colonia y se lava los dientes en el coche, me regaló una caja de magia de FAO Schwarz que había comprado en Nueva York durante un viaje a un congreso académico. Era un equipo para principiantes, con una varita, un libro y una docena de trucos sencillos. Incluía un pequeño cubilete verde de plástico —una copa en miniatura— con una bolita que desaparecía, una familia de conejitos rojos de gomaespuma que podías hacer que se multiplicaran en tu mano y una cajita de madera que convertía los centavos en monedas de cinco centavos. Nunca olvidaré la expresión de asombro en la cara de mi padre cuando le enseñé mi primer truco.

Mi debut tuvo lugar en la fiesta de mi sexto cumpleaños. Hay por ahí alguna fotografía mía, vestido con una chistera y una capa roja y negra que me cosió una vecina, en la que se me ve con gesto vacilante ante un pequeño grupo de amigos. Mi pericia estaba aún lamentablemente en bruto y fui acribillado con interrupciones hasta que acabé llorando. Pero no lo dejé. Y fue, en gran medida, gracias al estímulo de mi padre. Papá no era un hombre religioso. Tampoco le gustaban los deportes ni estar al aire libre. Nunca íbamos a ver partidos ni tampoco de camping. Los Estudios de Chopin que yo me dedicaba a martillear en nuestra sala de estar —resultado de varios años y algunos miles de dólares invertidos en clases de piano— rara vez merecían más que un gesto ausente de asentimiento por su parte. Pero hasta el más simple truco de magia hacía que su rostro se iluminara. Era un lenguaje que entendíamos los dos. Nuestro ritual eran las visitas de los sábados al JCR Magic —un lugar fantástico lleno de monedas trucadas, sartenes para hacer aparecer palomas y vó

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