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ENTRE DAMAS ANDA EL JUEGO

Ester González Escobar

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Fragmento

1

¡QUEDAS DETENIDO POR SINVERGÜENZA!

Diana se recostó en el asiento de su Audi A3 y dio un sorbo al café de su termo. Ese día le tocaba vigilancia. Le encantaba la vigilancia, se sentía como uno de aquellos policías de las películas que siempre acababan pillando a los malos. Solo que ella no era policía, se obligó a recordarse a sí misma, así que nada de placa ni de pistola. Qué pena, pensó. A veces le habría gustado apuntar con su arma a alguno de los especímenes a los que investigaba y gritarles: «¡Quedas detenido por sinvergüenza!».

Aquella era una de esas veces. La mujer a la que debía investigar tenía treinta años, había nacido en Serbia y al parecer era una desalmada cazafortunas. Había conocido a un chico un fin de semana y se lo había camelado. El chico, un pobre inocentón, de familia acaudalada, que rondaba los cuarenta y nunca había tenido una relación estable, cayó de cuatro patas. Contentísimo, le contó a su familia que por fin tenía novia, a lo que ellos no dieron mucho crédito; sin embargo, a los dos meses ella se instaló en su piso.

La chica, Christine, que así se llamaba, tenía un visado de vacaciones a punto de caducar, pero ese era un pequeño detalle al que su novio no le daba importancia. Tampoco le importaba que ella no tuviera trabajo. Que ella no lo buscara en absoluto y se pasara todo el día en el piso de él sin hacer nada, fumando, conectada a Facebook, Twitter, Instagram y demás redes sociales, tampoco ayudaba mucho.

Todo esto tenía a la familia de Ángel con la mosca detrás de la oreja. Cuando empezó a gastar su dinero de forma desorbitada en ropa, joyas, zapatos, bolsos y todo lo que le apetecía, la familia decidió contratar sus servicios, para probar que Christine estaba engañando al pobre Ángel y que solo perseguía su dinero.

Sin embargo, aquella vigilancia iba a resultar difícil. La mayoría de las veces, quien la contrataba le facilitaba datos del sujeto al que debía investigar, tales como lugar de trabajo, aficiones, horario laboral, lugares a los que acudía con regularidad, direcciones de amistades, etc., que le facilitaban la labor a la hora de seguir al objetivo y conseguir así la información necesaria para emitir su posterior informe, pero en aquella ocasión la familia de Ángel no había podido facilitarle nada de todo aquello. La chica no trabajaba, no iba al gimnasio ni a ningún lugar de ocio habitual, no sabían quiénes eran sus amistades, y mucho menos dónde vivían; lo único que sabían de ella era su nombre y poco más.

Con la escasa información que disponía no sabía por dónde empezar. Decidió iniciar la vigilancia a partir de media tarde en el piso de Ángel. Si no trabajaba y no hacía nada en todo el día debía resultarle asfixiante esa inactividad, encerrada durante horas entre cuatro paredes. Diana suponía que saldría aunque fuera a dar una vuelta a la manzana, a fumar o de compras… Alguna cosa tendría que hacer durante el día…

Aparcó su vehículo en la parte más alta de un descampado que hacía las veces de aparcamiento, situado enfrente de la vivienda, un precioso dúplex en Sarriá, en Can Caralleu, cerca de la Ronda de Dalt. El aparcamiento le ofrecía una vista perfecta de la casa. Miró hacia la ventana del salón, situado en el primer piso, cuya persiana estaba abierta y dejaba a la vista el interior, pero no vio ningún movimiento. Divisó un par de sofás de color claro, paredes claras, un gran televisor de pantalla plana –por la que su marido daría un brazo−, una moderna mesita de centro bicolor y una gran planta en una esquina. No supo identificarla, no sabía nada de plantas. Le molestaba no saber nada sobre algo.

Nota mental: comprar un libro sobre plantas.

Las paredes del dúplex estaban cubiertas por un par de grandes cuadros de arte moderno que parecían muy caros. Estaba claro que Ángel tenía dinero.

Diana permaneció en el coche alrededor de tres horas, con la radio encendida y la música no muy alta, para no llamar la atención y, sobre todo, para no distraerse del objetivo. Iba variando, de Rock FM a M80 y, de vez en cuando, a Europa FM.

Cuando se le acabó el café y el frío del mes de enero le empezó a calar en los huesos, el tiempo comenzó a transcurrir más lento, hasta que sintió la necesidad de estirar las piernas. Bajó del coche, cruzó la acera y se situó debajo del edificio de Ángel, de modo que, si él o Christine miraban por la ventana, no pudieran verla. Caminó arriba y abajo de la calle un par de veces, girándose de vez en cuando, no quisiera la casualidad que Christine saliera justo en ese preciso instante. Al no detectar movimiento alguno, decidió volver al coche para marcharse de allí; por el momento se había terminado la vigilancia. No parecía que aquel día fuera a dar sus frutos. Además, en un par de horas tenía una cita ineludible.

Diana y Juan llegaron diez minutos antes a la consulta de la doctora Anaya. Diana odiaba llegar tarde. Le parecía una falta de respeto hacia los demás y una falta de organización. La chica de la recepción, una joven de veintitantos, con el pelo recogido en una coleta rubia y con exceso de maquillaje los hizo pasar a la sala de espera, donde ambos tomaron asiento.

Juan cogió una revista. No es que le interesaran lo más mínimo las revistas que pudiera haber allí, pero estaba nervioso y malhumorado y quería distraer su mente de algún modo. Diana no parecía nerviosa, pero en su fuero interno se preguntaba si aquello habría sido una buena idea.

«Diez ideas para no perder la pasión», leyó Juan. «Joder –pensó–. ¿Qué hago yo aquí?». Dejó la revista donde estaba y se puso a jugar con su móvil. Diana lo miró de reojo. No soportaba que hiciera eso.

Al cabo de cinco minutos oyeron a alguien salir de alguno de los despachos de la consulta y a una pareja que se despedía. Era su turno, pensaron los dos. Juan, de forma inconsciente, se incorporó en su asiento con la espalda recta, en tensión. Diana suspiró hondo. «¡Allá vamos!», se dijo a sí misma. No podía echarse atrás, al fin y al cabo, la idea de ir a terapia de pareja había sido suya.

−Ya podéis pasar −les indicó la recepcionista.

La siguieron por un pasillo hasta una de las puertas de la consulta, que se hallaba entreabierta. Ella llamó con los nudillos.

–Adelante −dijo una voz.

La recepcionista los hizo pasar y a continuación cerró la puerta tras de sí. Ya no había escapatoria.

−Buenas tardes, soy la doctora en psicología Eva Anaya –se presentó.

Ambos estudiaron a la mujer durante unos instantes. Se trataba de una mujer oronda que rondaba la cincuentena, sin embargo, tenía el pelo totalmente blanco, de forma que parecía mayor. Llevaba unas grandes gafas neg

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