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ENTRE DOS MUNDOS

Olivier Norek  

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Fragmento

La niña

En algún lugar del mar Mediterráneo

Con la mano en la palanca de aceleración, aprovechó el ruido del viejo motor para ocultar en él la frase y evitar así altercados o generar pánico.

—Tírala por la borda.

—¿Ahora?

—Será más fácil librarnos de ella en mitad del mar que en un área de descanso de la carretera. Lleva tosiendo desde que salimos. No conviene llamar la atención cuando los hayamos metido en los camiones en Italia.

En la embarcación, doscientos setenta y tres migrantes. Edades, sexos, orígenes, colores mezclados. Zarandeados, empapados, congelados, aterrados.

—No me siento capaz. Hazlo tú.

Un suspiro de fastidio. Nada más. El otro dejó el timón para dirigirse, resuelto, hacia la mujer que se escondía al fondo. Se abrió paso entre los pasajeros a empellones, sin la menor consideración. La mujer reparó en que se acercaba y apretó con más fuerza el cuerpo que protegía entre sus brazos, pegó firmemente la mano a la boquita fría y rezó para que dejara de toser. Atemorizada, la criatura soltó el viejo conejo violeta de peluche y el hombre lo aplastó bajo el peso de su pie sin ni siquiera verlo.

—Tu niña. Tienes que arrojarla.

El loco

Campamento de migrantes de Calais.

Octubre de 2016

Último día del desmantelamiento de la Jungla

Insaciables, las excavadoras devoraban las chabolas y las tiendas, reduciéndolas a escombros para, un poco más allá, hacer montañas de plástico, tela y ropa que serían pasto del fuego en cuanto el viento cesara.

En aquel erial ya no quedaba nada de lo que la esperanza había levantado allí.

La pala mecánica abrió sus fauces y se preparó para recorrer esa tierra de nadie hecha de ruinas y destrucción. El motor se revolucionó, la máquina salió dando tumbos por el firme rugoso endurecido por el frío y se dirigió en línea recta hacia su siguiente objetivo: una vieja chabola de palés de madera y tejado de cartón. Una de las últimas.

Varios años antes, un vertedero y un cementerio se disputaban el lugar. Luego el Estado reunió allí a los migrantes que llegaban soñando con cruzar hasta Inglaterra. Esa mañana el vertedero había vuelto a aparecer. Pero cuando los potentes dientes de la excavadora se clavaron en la tierra lo que resurgió fue el cementerio.

Habían asomado tres brazos, medio desenterrados por la acción de la excavadora, y los operarios dedujeron que debía de haber por lo menos un par de cuerpos allí, en ese agujero, justo a las afueras del campamento. Uno de ellos de un niño, sin duda, a juzgar por el tamaño de uno de los brazos. Avisaron de inmediato al jefe del equipo por el walkie-talkie.

A unos veinte metros de allí, una sombra se alejó por la linde del bosque que rodeaba la Jungla, sin quitar ojo a las maniobras de las máquinas. Mientras tanto, los operarios se congregaron alrededor de la escena, como alelados por el horror que veían.

Uno de los operarios levantó la vista y vio una silueta que salía del bosque. Harapos, pelo largo y grasiento, tez negra o marrón, o simplemente cubierta de roña. Y un machete con manchas de óxido asido con puño firme, el brazo extendido a lo largo de la pierna. El hombre se acercó despacio mientras fijaba la vista en cada uno de ellos como una amenaza y se golpeaba el muslo con la hoja del cuchillo conforme avanzaba. No hubo nadie que tuviera el valor suficiente para interponerse en su camino, y todos dieron varios pasos atrás.

El inquietante desconocido se arrodilló delante del socavón y se puso a escarbar con las manos la tierra que todavía cubría los cadáveres. Primero frenéticamente, acompañando los movimientos con gemidos animales, y luego cada vez con más calma. Tocó una pierna, acarició una mano como si aún estuviera viva. Asió el brazo del niño para acercárselo a los ojos y a continuación lo olisqueó y lo dejó caer otra vez. El brazo, rígido por la muerte, quedó levantado, tieso, unos segundos y luego, por su propio peso, cayó lentamente hacia el suelo.

El hombre parecía una silueta incluso a plena luz. Un amasijo de andrajos repulsivos y de mugre, los brazos metidos en una fosa en la que dejó de escarbar como si de pronto hubiese perdido toda esperanza. Se levantó, azorado, y se alejó caminando de espaldas, sin soltar el machete, hasta perderse otra vez en el bosque.

El primer policía que tuvo información concreta la transmitió por teléfono al fiscal, quien aun así dudó si personarse en el lugar.

—Los del Servicio de Identificación de la policía científica mencionan siete cuerpos.

—¿Adultos?

—No todos.

—¿Enteros?

—No todos.

El policía al teléfono acabó de dar el informe y su compañero se permitió hacer un comentario.

—¿Por qué no le has dicho nada de ese tipo tan extraño del machete?

—Eso me lo guardo para el teniente. Es el único al que le importa este marrón. Si le hablo al fiscal de un tipo extraño con un machete, nos tocará encontrar a un tipo extraño con un machete. Y darnos un paseíto por el bosque, ahora que está anocheciendo, no es que me apetezca mucho.

—Mira, llevamos casi dos años cerrando los ojos y no va a ser hoy el día que los abramos.

PRIMERA PARTE

Huir

1

Damasco, Siria

Junio de 2016

Sección 215, Military Intelligence (Servicio de Inteligencia Militar)

Sala de interrogatorios del centro de detención

 

El último golpe había partido el arco superciliar sin que los gritos del hombre, desnudo y atado a la silla, atravesaran las recias paredes del sótano. La sangre corrió por las baldosas de color ocre polvoriento de esa habitación sin ventanas. Adam agarró al prisionero por la nuca y pegó su frente a la de él, sudores mezclados de quien golpeaba y de quien recibía los golpes.

—Hablarás. No existe ninguna causa tan justa como para hacerte soportar el dolor que te espera. Lo sabes, ¿verdad?

Al fondo de la sala, Salim dejó en una mesa de madera la botella de agua deformada por el calor y se secó la boca con la manga. Al tiempo que se ponía en pie, cogió un grueso cable de plástico negro dentro del cual había tres hilos eléctricos trenzados. Pesado y sólido, más eficaz que una porra. Empezó a andar alrededor del hombre atado.

—Dices frases demasiado largas y no formulas ninguna pregunta —espetó a Adam—. Se nota que no sales de los despachos. Este sabe perfectamente lo que queremos oír. No merece la pena gastar saliva con él.

El grueso cable se abatió sobre la rodilla izquierda, bastante hinchada ya, abierta y sangrante; la otra seguía intacta. Se alzó aún dos veces y golpeó exactamente en el mismo lugar, dejando los tendones a la vista. El prisionero, electrizado por el dolor, ni siquiera fue capaz de gritar. Se aovilló y murmuró, una y otra vez, la misma frase de una plegaria a Dios. Y, puesto que lo compartían, eso sacó a Salim de sus casillas.

—De todas formas, con los golpes no avanzamos. Ya hace una hora que te dije que pasáramos al ácido…

—Pero ¿tú quieres respuestas o cargártelo sin más? —preguntó Adam—. Con el ácido se quedan inconscientes. En la tortura también hay que dar respiros, de lo contra

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