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ENTRE LAS SOMBRAS (ROSA BLANCA 4)

Laura A. López  

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Fragmento

Capítulo 1

Londres, 1832.

La vida de lady Onella Lloyd, hija del conde de Wessex, no era tan negra como sus días desde aquel momento. Con las belleza de una muñeca, era rubia, de ojos verde agua, labios carnosos y rosados, una nariz recta, muy bella, era adorada por su padre, lord Marcus Lloyd conde de Wessex, su madre había fallecido al nacer y su padre se había vuelto a casar con lady Carlotta, quien no la quería. Su madrastra estaba frustrada, pues no podía darle un heredero al conde.

Aquella desazón, la llevó a que toda su frustración fuera directamente en dirección a su hijastra, a quien nunca toleró, pero debía fingir cariño ante el conde.

—No la soporto más. La quiero lejos de aquí, me enferma ver su rostro todos los días —masculló mientras la observaba por la ventana.

—Milady, si me permite, ¿por qué no le dice al conde que la envíe a un internado? —sugirió la doncella.

—Lo que deseo es no volver a verla, si va a un internado, regresaría en algún momento.

Lady Carlotta vio como su esposo iba junto a la juguetona niña.

—Onella, ven aquí. Tengo un regalo para ti...

—¿Qué es padre? ¿Dónde está que no lo puedo ver? —preguntó mirando a su alrededor y queriendo mirar tras la espalda de su padre.

—Está en las caballerizas.

—¿Entonces es... es... una yegua? —inquirió emocionada.

—Sí, querida. Es la yegua que tú querías, aunque no sé si estás lista para montarla.

—Tengo 10 años, padre, por supuesto que puedo montar.

—Eres demasiado confiada, mi niña.

—Confío en usted, padre, que me enseñó.

—Ven, vamos a que te subas a su lomo.

Onella vio a la hermosa yegua canela y se enamoró perdidamente de ella, bautizándola en el acto.

—Canela, vamos a pasar mucho tiempo juntas, viendo tantas salidas y entradas del sol, seremos grandes amigas.

La yegua relinchaba feliz, Onella era muy dulce y cariñosa.

Carlotta se dirigió de una ventana a otra. Viendo a la niña cerca de la yegua, había tenido la idea de cómo deshacerse de ese estorbo que representaba Onella, solo era una cuestión de tiempo para que esa niña dejara de ser un impedimento en su vida.

—Onella, llevas dos horas montando a Canela, baja, estará cansada —recomendó su padre tirando de las riendas de la yegua.

—Por hoy lo considero necesario, pero ella no se salvará de que paseemos por los campos casi todos los días.

—Está bien, mi niña, vamos a la casa, Carlotta nos está esperando para el almuerzo.

Después de terminado el almuerzo, Onella fue a practicar su violín, aún le faltaba un poco para estar completamente afinada, sería un talento más adherido a su persona, cosa que ponía todavía peor a Carlotta.

Vivía ahogada por los celos, ella seguía viva mientras su pequeña bebé había muerto en el parto y la dejó seca por dentro, ya no pudo volver a embarazarse.

—Madre, ¿quiere que le toque algo para usted?

—No, querida, mejor ve a tu habitación y ponte a leer.

—Pero...

—Pero nada... ya vete... —mandó impaciente.

Odiaba que la llamara madre, aquella niña pensaba que se ganaría su afecto con su violín y esa dulzura que la empalagaba.

Día tras día, Onella seguía montando en su hermosa Canela. Era lo más novedoso y divertido que tenía en aquel lugar.

Su padre la miraba dar vueltas en su caballo, trotaba para luego hacer caminar con elegancia al fastuoso animal. Al lado de él, se encontraba otro caballero mirándola orgulloso.

—¡Onella, ven, tenemos una visita! —la llamó su padre captando su atención.

—¿Quién es?

—¿Qué, no me recuerdas? —preguntó el elegante caballero.

—¿Tío Frances? —respondió notando el parecido con su padre.

—Mi pequeña, ven que quiero verte —pidió, haciendo que bajara del caballo.

—¿Viene a darme medicinas?

—No, solo he venido para verte a ti.

Ella se arrojó a los brazos de su tío Frances que era el mayor de los hermanos, el que debía ser el conde, pero que cedió su título a su hermano por el amor a su profesión, la medicina.

—Está más viejo, tío —opinó Onella sonriéndole.

—Y lo estaré cada vez más. En cambio tú te ves mejor, ¿hace cuánto no te veía?

—Dos años, la última vez me curó de gripe.

—Ya lo recuerdo. Eras una mucosidad ambulante —se burló su tío con una sonrisa.

Ver a su tío Frances después de mucho tiempo, la llenó de felicidad, quería mostrarle todo lo que había aprendido en ese tiempo y demostrarle que se estaba convirtiendo en una dama.

Esa tarde, l

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